
Una
mujer muestra sus manos llenas de heridas debido a la contaminación del agua.

En algunas aldeas, como Shanta (en la foto), las mujeres continúan utilizando
el agua contaminada.

Miembros de una ONG informan del peligro a los habitantes de Khanazagar.

Bangladesh
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Diez
años de lucha
Dipankar Chakraborti
fue el primero en lanzar la alarma internacional sobre la crisis del arsénico
en Bengala Occidental, estado de la India del que es originario, y luego en Bangladesh.
Actual director de investigación sobre el medio ambiente de la Universidad
Jadavpur, en Calcuta, efectuó sus primeros trabajos en 1988. Durante una visita
a la aldea de sus padres, en Bengala Occidental, oyó hablar a los habitantes
de ciertos síntomas extraños de enfermedad. Tomó muestras del
agua y las envió a la Universidad de Amberes (Bélgica), que descubrió
un elevado contenido de arsénico.
En 1992, Chakraborti se dio cuenta de que el problema de Bengala Occidental era sólo
un pálido reflejo del flagelo mucho más grave que amenazaba a su vecino
bangladeshí. En una aldea india conoció a una mujer que presentaba
síntomas de envenenamiento, mientras su familia y otros habitantes del lugar
parecían sanos. La mujer le explicó que había llegado desde
Bangladesh después de casarse y que en su tierra algunas personas sufrían
problemas similares que los médicos atribuían a la lepra.
Desde hace cinco años Chakraborti trabaja con los médicos del hospital
municipal de Dacca para brindar atención médica a los enfermos más
desfavorecidos. Además de tratar a las víctimas, esta institución
se encarga de evaluar la situación general del país y dar a conocer
la epidemia en el extranjero. En abril de 2000, Chakraborti publicó los resultados
de un trabajo de campo realizado por personal del hospital: en 900 aldeas de Bangladesh,
la tasa de arsénico sobrepasa los topes fijados por el gobierno. Para Chakraborti,
se trata sólo de “la parte visible del iceberg”.
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¿De
dónde viene el arsénico?
El arsénico
proviene sin duda de las fuentes himalayas del Ganges y el Brahmaputra. Descansa
desde hace milenios en las espesas capas aluviales del delta común a ambos
ríos. Según David Kinniburgh, especialista del British Geological Survey
que acaba de concluir un estudio sobre la trayectoria del arsénico, la concentración
de ese veneno no tiene nada de excepcional. El verdadero culpable es el tiempo. Los
aluviones en esta región del globo son más espesos, más extensos
y más planos que en cualquier otro punto del planeta. Las aguas subterráneas
tardan cientos o miles de años en filtrarse a través de esos depósitos
antes de llegar al mar. Durante todo ese tiempo, se impregnan de arsénico.
Este fenómeno explica, según Kinniburgh, que las concentraciones de
arsénico varíen tanto de un pozo a otro. La mayor parte de los pozos
contaminados extraen agua a una profundidad situada entre 20 y 100 metros. Si son
menos profundos, permanecen sanos, pues se alimentan de agua de lluvia. Y si son
más profundos, captan el agua de depósitos sumamente antiguos, que
se han deshecho hace tiempo del veneno. Se necesitarán miles de años
para que todo el arsénico sea arrastrado hacia el Océano Índico.
Numerosos manantiales subterráneos del mundo contienen arsénico. Así,
en algunas regiones de Taiwán, Argentina, Chile y China se han producido epidemias
de enfermedades cutáneas, gangrena o cáncer. Allan Smith, autor del
informe publicado por la OMS en septiembre de 2000, estudió la epidemia taiwanesa
y se basó en ella para hacer estimaciones respecto a la situación de
Bangladesh, cuya gravedad, afirma, no tiene precedentes. Sus conclusiones sirvieron
a la OMS para fijar los niveles aceptables de arsénico en el agua.
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Como
consecuencia de un desastroso proyecto de desarrollo, el agua que consumen desde
hace 30 años las aldeas de Bangladesh está envenenada con arsénico.
¿Se necesitarán otros 30 años para poner fin a esta contaminación
en gran escala, la más terrible de la historia?
Cuesta creerlo. En los
años setenta, varias organizaciones internacionales, encabezadas por el UNICEF,
destinaron millones de dólares a la perforación de pozos tubulares
en Bangladesh, a fin de procurar agua “limpia” a la población. El resultado,
según un reciente diagnóstico de la Organización Mundial de
la Salud (OMS), es el mayor envenenamiento colectivo de la historia: la mitad de
los diez millones de pozos tubulares del país están contaminados con
arsénico. Decenas o incluso cientos de miles de personas están condenadas
a muerte.
¿A qué se debe esta calamidad? Sencillamente a que nadie se preocupó
jamás de analizar el agua para verificar sus índices de arsénico,
un veneno natural que suele estar presente en las aguas subterráneas. Más
grave aún: cuando un médico descubrió rastros de arsénico
en el agua y cada vez más personas aquejadas de cáncer o con síntomas
de envenenamiento acudieron a consultar a los facultativos, se trató por todos
los medios de ocultar la relación entre esas dolencias y el agua extraída
de los pozos.
Hoy, con el escándalo a plena luz, nadie quiere reconocer su responsabilidad.
Ni el UNICEF, que lanzó proyecto y financió los 900 primeros pozos,
ni el Banco Mundial, que respaldó la operación, ni las autoridades
bangladeshíes, ni los ingenieros extranjeros, ni tampoco los responsables
de la salud pública pensaron en analizar el agua.
Los organismos internacionales que patrocinaron este desastre se lamentan hoy día
amargamente y estiman que se requerirán 30 años para inventariar todos
los pozos envenenados, o sea, más tiempo del necesario para perforarlos.
El origen del problema se remonta a comienzos de los años setenta. En esa
época, la mayor parte de los bangladeshíes que vivían en el
medio rural bebían agua extraída de ríos y estanques. Ahora
bien, las bacterias procedentes de las aguas servidas desencadenaban epidemias que,
según el Banco Mundial, provocaban la muerte de 250.000 niños al año.
De ahí la iniciativa del UNICEF, que decidió perforar pozos para bombear
el agua del subsuelo, ignorando la sabiduría popular y las advertencias de
la población, que calificaba esas reservas subterráneas de “agua del
diablo”.
El UNICEF aduce hoy que “los procedimientos habituales en esa época para determinar
la salubridad de las napas freáticas no incluían el análisis
de los índices de arsénico, ya que ese elemento nunca se había
descubierto en formaciones geológicas como las existentes en Bangladesh”.
Tal afirmación indigna a numerosos geoquímicos, como John McArthur,
del University College de Londres, para quien lo ocurrido se debe al dogma, ampliamente
aceptado por responsables de la salud pública que desconocen la geología,
según el cual las aguas subterráneas son necesariamente salubres.
Nadie
se responsabiliza de la catástrofe
En
realidad, ¿quién sabía qué?, y ¿desde cuándo?
El gobierno de Bangladesh sostiene que sólo fue informado de los primeros
casos de envenenamiento en 1993 y que dos años más tarde llegó
a la conclusión de que se trataba de una intoxicación masiva cuya causa
eran probablemente los pozos. Pero según Quazi Quamruzzaman, que trabaja en
el hospital municipal de Dacca, las autoridades estaban al corriente del problema
desde 1985, cuando se diagnosticaron los primeros casos de envenenamiento con arsénico
entre los bangladeshíes instalados en la India, en Bengala Occidental.
El arsénico mata lentamente. Los síntomas más evidentes son
heridas en las palmas de las manos y las plantas de los pies, que pueden gangrenarse
y volverse cancerosas. Al mismo tiempo, el veneno ataca a los órganos internos,
en especial pulmones y riñones, y provoca una serie de patologías que
incluyen el cáncer. Pese a las pruebas cada vez más concluyentes de
la contaminación de las aguas, no se realizó ningún estudio.
Por su parte, el Banco Mundial sostiene también que el índice de arsénico
de las napas freáticas nunca se midió antes de 1993, como explica Babar
Kabir, el hidrogeólogo que dirige el departamento de aguas de ese organismo.
Sin embargo, Peter Ravenscroft refuta esta afirmación. Este ingeniero, que
trabaja en Dacca en la consultora Mott MacDonald y colaboró mucho tiempo con
las organizaciones internacionales en el proyecto de los pozos tubulares, afirma
que descubrió arsénico en las aguas subterráneas a fines de
los ochenta y que publicó sus conclusiones en 1990.
Pese a ello, hubo que esperar hasta 1998 para que la comunidad internacional aceptara
por fin que le cabía cierta responsabilidad por la catástrofe.
En Bangladesh hay 68.000 aldeas, y todas están potencialmente amenazadas.
El Banco Mundial anunció un estudio sobre 4.000 de ellas, seguido de la elaboración
de un plan de acción para cada localidad. Este programa acelerado debía
ser la primera fase de un plan de 15 años de duración encaminado a
estudiar con lupa todos lo pozos tubulares del país.
Pero las organizaciones internacionales y el gobierno de Bangladesh han tardado un
año en negociar el programa acelerado, cuya conclusión se aplazó
así hasta finales de 2002. Y las averiguaciones efectuadas por el Correo
de la Unesco revelan que esta iniciativa se empantanó a medio camino.
Richard Wilson, destacado experto en la crisis bangladeshí del Departamento
de Salud Pública de la Universidad de Harvard, afirma que el proyecto está
paralizado. Acusa de esa situación al gobierno, incapaz según él
de decidir cómo gastar los fondos. Y afirma que los responsables del Banco
Mundial se declaran en privado sumamente contrariados por esta inoperancia.
Sin embargo, públicamente el Banco desmiente tales afirmaciones. Khawaja Minnatullah,
especialista en problemas de agua de la oficina del Banco Mundial en Dacca, afirma
que el proyecto no está paralizado y que avanza regularmente tras haber superado
las dificultades iniciales. Admite sin embargo que las investigaciones realizadas
hasta la fecha sólo conciernen a 800 aldeas, poco más del 1% del total.
Y de hecho aún no se ha encontrado una solución concreta, prosigue,
pues los especialistas no han descubierto un método fiable y económico
para eliminar el arsénico.
Mientras afluyen asesores extranjeros atraídos por el señuelo de un
proyecto aún más importante que la perforación de los pozos,
en la vida diaria de las aldeas es muy poco lo que ha cambiado. Ése es por
lo menos el análisis de Dipankar Chakraborti, científico y activista
indio que trabaja en el hospital municipal de Dacca (ver recuadro): “Me parece inadmisible
que la mitad de los fondos vaya a asesores la mitad extranjeros”, dice. “El país
ha pasado a ser un campo de experimentación para las naciones occidentales.”
Bangladesh mismo no reaccionó con rapidez. Las autoridades designaron una
comisión que a su vez creó, en septiembre de 2000, un comité
de expertos encargado “de determinar las causas de la intoxicación con arsénico
en el país”, interrogante que la mayoría de los especialistas considera
resuelto desde hace tiempo.
Mientras el programa oficial balbucea, numerosas organizaciones no gubernamentales
se esfuerzan por subsanar esta carencia, y en primer lugar el hospital municipal
de Dacca. Pero la tarea supera ampliamente la capacidad de las ONG. Shahida Azfar,
representante del UNICEF en Dacca, explicó en una conferencia celebrada en
mayo de 2000 en la capital que, hasta esa fecha, “sólo 250.000 pozos tubulares
habían sido analizados. Si seguimos a este paso, nos harán falta 30
años para concluir la tarea”.
Es evidente ahora que incluso las previsiones más sombrías resultan
optimistas. Según Khawaja Minnatullah, el primer estudio realizado en 800
aldeas reveló la existencia de un número de pozos superior en 70% a
las estimaciones. “Según observaciones recientes, hay unos 10 millones de
pozos contaminados que potencialmente son bombas de relojería”, precisó
al Correo de la UNESCO, o sea más del doble de la cifra señalada
inicialmente.
Por lo demás, en septiembre de 2000 la OMS publicó un informe en el
que se estima que 35 a 77 millones de bangladeshíes beben un agua que sobrepasa
el límite de salubridad, fijado en 10.000 millonésimas de arsénico
por litro de agua. Según Allan Smith, autor del texto y especialista de la
Universidad de California en Berkeley, “la magnitud de la catástrofe es muy
superior a las de Bhopal o Chernobil”.
Todavía no existe un método para determinar cuáles son los pozos
salubres y cuáles los portadores de enfermedades y muerte. Un estudio realizado
por David Kinniburgh, experto del British Biological Survey, que se publicó
en junio de 2000, revela que en aldeas vecinas e incluso, con frecuencia, en casas
de la misma localidad se bebe agua con un nivel de toxicidad muy variable, por lo
que no queda más remedio que examinar uno por uno los pozos tubulares del
país (ver
recuadro).
Lo más probable es que la mitad de esos pozos sobrepase el tope fijado por
la OMS. Según esta Organización, en algunos se registra incluso una
tasa de arsénico varios cientos de veces superior a ese límite. Además,
es posible que esa cifra aumente. En efecto, Dipankar Chakraborti dio a conocer recientemente
informaciones inquietantes sobre el distrito de Faridpur, donde los pozos sanos analizados
en 1995 están actualmente contaminados.
Aunque en general la cantidad de arsénico es muy pequeña, con el tiempo
el veneno se acumula en el organismo. Los primeros síntomas físicos
aparecen en las personas que han consumido agua contaminada durante diez años
o más. Según las cifras oficiales, hasta el momento se han diagnosticado
8.500 casos de envenenamiento. Sin embargo, no cabe duda de que tales datos están
muy por debajo de la realidad en un país de 128 millones de habitantes que
en su mayoría se hallan en situación de extrema pobreza, viven lejos
de las ciudades y no disfrutan de ningún régimen de atención
médica estatal.
Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), 20.000
personas corren el riesgo de morir cada año. Es difícil determinar
el número de víctimas, puesto que determinados cánceres sólo
se desarrollan al cabo de 20 años. Allan Smith estima que en muchas regiones
del sur de Bangladesh, una de cada diez muertes entre la población adulta
es imputable a un cáncer de los órganos internos debido al arsénico.
La mala alimentación, la ingestión de grandes cantidades de agua (cinco
litros diarios como media, según Dipankar Chakraborti) y el consumo de arroz
cultivado y luego cocido con agua envenenada multiplican los riesgos.
“Hasta donde llegan nuestros conocimientos, no existe tratamiento eficaz contra el
envenenamiento crónico por arsénico”, señala Quazi Quamruzzaman,
del hospital municipal de Dacca. Bebiendo agua pura y con una buena alimentación
pueden desaparecer las manchas de la piel características de los comienzos
de la intoxicación. Pero una vez que se declaran la gangrena o el cáncer,
la situación se hace desesperada.
En algunas aldeas, prácticamente toda la población está envenenada;
en otras solamente algunos habitantes, cuya situación es crítica: “Nadie
quiere tener contacto con ellos”, resume Jinat Nahar Jitu, que trabaja en el hospital
municipal de Dacca. “No pueden salir de su casa y no les permiten ir a buscar agua
a pozos no contaminados. Los hombres se divorcian de sus esposas enfermas y a los
niños no se los admite en la escuela en razón de un riesgo imaginario
de contagio.”
Pinjra Begam vivió ese calvario. Tenía 15 años en 1988, cuando
se casó con Masud Rana, empleado en una hilandería. Poco después,
su piel se cubrió de manchas que se transformaron en horribles heridas y luego
se gangrenaron. Su marido la abandonó. Luego se le declaró un cáncer
que se propagó a los pulmones. Pinjra Begam falleció en mayo último
en su aldea natal de Miapur Paschim Para, cerca del río Ganges. Tenía
apenas 26 años y tres hijos de siete, cinco y uno.
Existen soluciones técnicas que permitirían suministrar agua potable
a los bangladeshíes, aunque resulta difícil aplicarlas en un país
pobre, esencialmente rural y con un bajísimo nivel de instrucción.
Pero lo primero es inventariar los millones de pozos tubulares peligrosos. La lentitud
del programa del Banco Mundial podría resultar fatal para el país.
En su informe publicado en septiembre último, Allan Smith advertía:
“No hacer nada sería lo peor.” Para la mayor parte de las víctimas
de la catástrofe, lo que se hace es exactamente eso: nada.
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¿Qué
hacer?
Lo primero
es un gesto muy simple: marcar con pintura roja los pozos peligrosos. Los habitantes
de cada aldea deben abastecerse de agua potable en los demás pozos.
A largo plazo, la solución consistirá en hacer perforaciones más
profundas que lleguen a napas freáticas sin riesgos. Sin embargo, son necesarios
millones de dólares en inversiones para perforar e instalar depósitos
y redes de distribución de agua, sin contar con que en Bengala Occidental
se ha advertido que algunos pozos tubulares profundos se contaminan meses o años
después de haber sido perforados.
Otra posibilidad es volver a los métodos tradicionales de recolección
de aguas pluviales en estanques o depósitos. Estas medidas pueden dar resultados
en ciertas regiones, estima Shahida Azfar, representante del UNICEF en Dacca, “pero
no llueve los suficiente como para convertirlas en la estrategia principal”.
¿Es posible tratar el agua de los pozos tubulares? En los dos últimos
años se han ensayado numerosos procedimientos para filtrar el agua o aplicarle
sustancias químicas, pero “aún no existe una tecnología segura
y barata para eliminar el arsénico”, según explica Khawaja Minnatullah,
especialista del Banco Mundial.
La mayoría de los expertos aconsejan no optar por una solución única.
Cada aldea necesita medidas específicas, pero ninguna podrá definir
un proyecto antes de saber qué pozos vierten su veneno en los cubos de los
habitantes.
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