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Hiroko Takenishi

Itsukushima: el tiempo recobrado

Hiroko Takenishi.
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Los templos, construidos sobre arena, se comunican mediante galerías.



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Este torii marca la entrada al santuario.



Hiroko Takenishi

Nacida en Hiroshima en 1929, la novelista y socióloga Hiroko Takenishi ha publicado unas setenta obras. Se hizo famosa en 1969 con su novela breve Gishiki (La ceremonia). Como crítica literaria, se dio a conocer gracias a sus ensayos sobre la literatura clásica del Japón y las poetisas niponas de la alta Edad Media. Sus Obras escogidas en seis volúmenes (Takenishi Hiroko chosakushu) fueron publicadas en 1996.
En inglés, sus cuentos figuran en la prestigiosa antología del Premio Nobel Kenzaburo Oé, Fire from the ashes (Londres, Readers International, 1985), así como en Western Literature in a World Context (ed. Paul Davies et al., Nueva York, St. Martin’s Press, 1995).



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Itsukushima

Situada en la parte occidental del Mar Interior, cerca de Hiroshima, la isla de Itsukushima alberga
un magnífico templo del siglo XII, cuya construcción data aproximadamente de fines del siglo VI. Punto de confluencia entre el mar y la montaña, el conjunto arquitectónico de este santuario sintoísta es único en Japón. Testimonio de la cultura espiritual del pueblo japonés, ilustra a la perfección el concepto nipón de estética del paisaje.




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Las barcas ceremoniales transportan el objeto más sagrado del santuario.
A primera vista, Itsukushima es una entre tantas islas del Mar Interior del Japón. Sin embargo, alberga un magnífico santuario que perpetúa la tradición sintoísta.

Sobre las aguas tranquilas se suceden las siluetas de una multitud de islas e islotes que, contemplados desde las costas de Hondo, pueden pasar, con sus contornos bien trazados, por la prolongación de la tierra. La línea del horizonte apenas se adivina. Los barcos de pesca y los buques de transporte se cruzan en un ballet incesante. Cuando se mira el paisaje por la ventanilla del avión, causa embeleso la forma en que alternan en la superficie del agua islas de formas y superficies tan diversas. A veces parecen un rebaño de animales echados, con las patas estiradas, a veces gigantescos trazos de tinta estampados con enérgica pincelada por la mano robusta de un calígrafo.
Colores del cielo. Movimientos y formas de las nubes. Tonalidades de las colinas que dominan las islas. Nada permanece estático un solo instante, y menos aún las mareas del Mar Interior. La armonía del cielo, las islas y el mar —que cambia constantemente a lo largo de las cuatro estaciones, según los caprichos del alba y del crepúsculo, de la noche y del día— crea escenarios cuya gran variedad parece reflejar el misterio mismo de la naturaleza. Los días de llovizna, los paisajes cobran la apariencia de aguadas que se ahogan hasta el infinito en una sucesión de claroscuros. Al atardecer, cuando el tiempo está claro, el mar que reverbera bajo los rayos del sol en un centelleo de lentejuelas de oro, se convierte en una pintura al óleo con matices tornasolados.

Una isla patrimonio de la humanidad
En este paisaje marino, Itsukushima no es más que una isla entre otras. Con unos treinta kilómetros de circunferencia, está situada en el sudoeste de la bahía de Hiroshima, en el distrito de Saeki. Allí culmina la cima del monte Misen, a 530 metros de altitud, que alberga bosques antiquísimos pertenecientes a sitios naturales protegidos. También se la conoce con el nombre de Miyajima (isla del santuario) porque varias divinidades sintoístas son aquí veneradas. Hubo una época en que, según la tradición, nadie tenía derecho a habitarla. Considerada en su totalidad un objeto de culto, sólo era posible adorarla desde lejos. Lo que la diferencia también de las demás es que su templo principal descansa en un banco de arena, al pie de un montículo, y que el gran torii bermellón, que indica la entrada del santuario, está construido directamente en el mar.
Más allá de este pórtico, erigido en el fondo de una bahía de la costa septentrional, frente a Hondo, se yergue el santuario de Itsukushima, uno de los tesoros nacionales del Japón, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en diciembre de 1996.
Pinos y faroles de piedra se alternan a ambos lados del camino que conduce al santuario, por el que también pasean los antes. Los templos con sus techumbres de varias capas de corteza de ciprés resaltan imponentes sobre el verde oscuro de las colinas. Están unidos entre sí por galerías de color rojo bermellón. Cuando sube la marea, parecen los pabellones de una fastuosa residencia que flota en el mar; pabellones elegantes que, a medida que se retiran las aguas, vienen a reposar en las arenas blancas.
El espectáculo de los pececillos que retozan bajo las galerías cuando sube la marea resulta siempre vivificante. Los rayos del sol, al penetrar en el mar perfectamente límpido, revelan ora los ojos redondos, ora la espina dorsal o las vísceras de estos peces dedicados a trazar líneas rectas o redondeles en el agua. Y durante la breve travesía que lleva a Itsukushima, el sol recorta en la arena de los bajíos la sombra de los pasajeros.
Nací en Hiroshima en 1929 y viví allí hasta 1949. Durante esos 20 años, tomé en innumerables ocasiones el transbordador para Itsukushima. La emoción que sentía cuando me acercaba a la isla y ésta parecía acogerme, la tristeza que me embargaba al alejarme de ella, variaban mucho según mi edad y mi estado de ánimo. Pero tuve que crecer y abandonar mi ciudad natal para llegar a entender en diversas oportunidades que lo que había sentido allí no era anodino: esa experiencia de juventud llevaba ya en ciernes la exaltación o el abatimiento que, una vez adulta, iban a dominarme a veces. Y si su recuerdo me llenaba de nostalgia, contenía, sin embargo, algo más que ese mero sentimiento. Incluso hoy, la llamada del último barco del día vibra claramente en el aire y el resplandor de los faroles colgados en las galerías titila en la superficie del agua.
La bomba atómica del verano de 1945 transformó Hiroshima para siempre. Antes, los estudiantes de la ciudad visitaban regularmente con sus maestros la isla de Itsukushima o las ruinas del castillo de Hiroshima. Esas ruinas eran famosas sobre todo por la belleza de los cerezos.
En Itsukushima también hay hermosos cerezos en flor en primavera, pero el follaje otoñal es aún más esplendoroso. Contemplada desde el mar, Itsukushima, con su relieve singular, se impone a la vez por su majestad y su gracia incomparables. Una vez que hemos puesto un pie en la isla, son los árboles los que nos conmueven por la delicadeza de sus formas y colores.
Particularmente llamativo en Momijidani (el valle de los arces), el colorido de las hojas en el otoño es un auténtico deleite para la vista. Por doquier, colores suaves. Suaves y vivos a la vez. Los juegos de luz y sombra, que cambian sin cesar según la orientación y la intensidad de los rayos solares, se suman al susurro del viento en los pinos, al olor de la marea, al graznido de los cuervos, al paso de los antes, confiriendo a la isla encantos que no se dan en ningún otro sitio. Para impedir que los antes devoren los brotes, son cada vez más numerosos los árboles rodeados por un collar metálico.

La belleza de los arces y el santuario
¿Cómo olvidar esos brotes verde claro que adornan las ramas de los arces como gotas de rocío antes de los primeros calores del verano? Incluso cuando el follaje, al crecer, se torna más espeso, ese verde límpido conserva todo su esplendor. El sol pone de manifiesto las nervaduras de las hojas nuevas, que de pronto parecen alguna deliciosa golosina estival.
Varios caminos llevan a la cumbre del monte Misen. También se puede acceder a ella en teleférico. Es imposible imaginar, cuando uno está en la orilla, lo sobrecogedor que resulta contemplar desde el teleférico las profundidades del bosque que se extiende más abajo. Siempre recuerdo con qué exaltación miraba de niña la cima de los arces, cuya belleza nada tiene que envidiar a los que he visto después en todas la regiones del Japón.
El santuario de Itsukushima depende de la ciudad de Miyajima. Las partes del santuario consideradas tesoros nacionales son seis: el templo principal, los cuatro edificios del santuario anexo de Marodo (santuario de la Visitante), y las galerías Este y Oeste.
El templo principal está consagrado a Ichikishima Hime-no-Makoto, Tagori Hime-no-Makoto y Tagitsu Hime-no-Makoto, tres diosas del mar, protectoras de los marinos y sus naves. Según los archivos, la construcción del templo se remonta al año 593. Pero se sabe que el conjunto sólo adquirió las dimensiones y el estilo que hoy se le conocen gracias a importantes obras de restauración y acondicionamiento realizadas por iniciativa del shogun Taira no Kiyomori (1118-1181). A partir de 1146, año en que fue designado gobernador de la provincia de Aki (zona occidental del actual departamento de Hiroshima), se fortaleció extraordinariamente su fe en las divinidades de Itsukushima. Deseoso de obtener, gracias a su protección, paz y prosperidad duraderas para su clan, multiplicó los donativos al santuario de la isla y llegó incluso a ordenar fabricar especialmente para el templo los 33 rollos decorados con el “Heyke nokio”, sutra
1 donado por el clan de los Taira. Declarados tesoros nacionales, estos rollos son auténticas obras de arte que demuestran la calidad de los objetos conservados en el santuario de Itsukushima. El culto rendido por Kiyomori a las divinidades del lugar se propagó pronto entre los aristócratas de la corte imperial. Después de que el emperador en persona hiciera una visita al santuario, las personas deseosas de obrar bien adquirieron la costumbre de orar en el lugar. Sin embargo, pese a los deseos de Kiyomori, la gloria de su clan fue de corta duración, y el linaje de los Taira no tardó en extinguirse. En los archivos del templo se alude a numerosos incendios que destruyeron algunos edificios tras la muerte de Kiyomori, y a las renovaciones parciales de que fueron objeto. Según parece, la reconstrucción del templo principal en 1571 dio lugar a las últimas obras importantes. Por su arquitectura, que sigue los cánones del estilo Shindenzukuri, característico de los palacios aristocráticos del periodo Heian (794-1185), es considerado un elemento importante del patrimonio cultural del Japón.
Como dije antes, tomé en innumerables ocasiones el barco para Itsukushima. No sólo porque la isla está cerca de la ciudad de Hiroshima, sino porque mi familia poseía allí una casita donde pasábamos habitualmente el verano, de modo que he visto amanecer y anochecer en la isla con más frecuencia que los visitantes ocasionales. Numerosas fiestas jalonan el año: la fiesta de los templos de las siete bahías (Nanaura jinja matsuri) durante la cual se practica un rito dedicado a los cuervos; la fiesta de la justa por el tesoro (Tamatori matsuri), cuyos participantes luchan en el agua, en pleamar, por apoderarse de una bola de madera; o la fiesta para aplacar el fuego (Chinkasai), destinada a prevenir los incendios. Me complace citar aquí uno de los festivales más famosos, el Kangensai (literalmente: “fiesta de los instrumentos de viento y de cuerda”).

Una fiesta al ritmo de las mareas
Este rito tiene lugar en el mar, una vez al año. Comienza por la tarde del decimoséptimo día del sexto mes, según el calendario lunar, y termina bien avanzada la noche. El desarrollo de la fiesta está subordinado a la aparición de la luna, así como al flujo y reflujo de la marea. Colocado en un palanquín imperial, el objeto más sagrado del santuario de Itsukushima recorre en barca de ceremonia todos los templos vecinos. Un sacerdote sintoísta acompaña el palanquín. La barca, adornada con banderolas y colgaduras, es remolcada por otro barco en el que muchachos con músculos de atleta accionan la espadilla y el remo. Los oficiantes de las ceremonias de cada templo suelen actuar como músicos interpretando en el agua piezas de gagaku, música antigua de la corte imperial.
Las teas encendidas en la proa de la barca de ceremonia crepitan lanzando centellas que, en medio del olor a humo y resplandores deslumbrantes, caen a raudales en el agua como ramas inflamadas de un sauce llorón. Los sonidos de los instrumentos de gagaku, llevados por el viento, dejan tras ellos mágicas resonancias. Esta fiesta, en la que curiosamente se conjugan la valentía y la gracia, el abandono y el rigor, está animada por la imagen de un shogun en el pináculo del poder, con el corazón lleno de una ansiedad difícil de calmar y de una incurable fascinación por una época que pertenece al pasado: la edad de oro de Heian.
En el momento en que, concluido su periplo, la barca de ceremonia pasa de nuevo bajo el gran torii para dirigirse al templo principal de Itsukushima, la luna, en segundo plano, se encuentra ya alta en el cielo, encima del monte Misen. Unos 30 años después de haber dejado mi ciudad natal, escribí una novela titulada Kangensai. Con el corazón palpitante como al despertar de pronto de un sueño prolongado, contemplé nuevamente, tal como las recordaba, la isla y sus colinas, las mareas y sus corrientes. Contemplé el agua, y el fuego, y los muertos. Viviendo así un momento de mi existencia que nunca hubiese imaginado en la época en que vivía aún en Hiroshima.


1. Libro de preceptos sánscritos.

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