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Mi madre,
mi espejo
Texto
de Luisa Futoransky y fotos de Adriana Lestido. Luisa Futoransky es poeta. Su último
libro publicado es París, desvelos y quebrantos (Penn Press, Nueva
York, 2000). Adriana Lestido es fotógrafa. Ambas son argentinas. |
| Las
relaciones madre e hija están hechas de ecos, de reflejos. Y también
de barreras, a veces infranqueables. |
Érase
una vez, al menos así comienzan los cuentos… ma-má, una simple sílaba
al cuadrado. Y muy atrás en la memoria la primera línea de mi libro
escolar, que aseguraba: “Mi mamá me ama”. Así aprendíamos en
mi época a leer. Nos educaron para creer que el amor de madre es único
y diferente de los otros tipos de amor. No puede equivocarse, dudar, ni ser ambivalente
y contradictorio como los otros cariños. Y esto es ilusorio, como buena parte
de los dogmas.
El tema, durante mucho tiempo silenciado, comienza a irrumpir en coloquios, ensayos,
filmes y antologías. Recuerdo mi emoción ante una exposición
que hace apenas unos años convocó a 80 fotógrafas del mundo
a que refirieran sus “Imágenes de madre”. Conflictivas o volcánicas,
jóvenes o viejas, seductoras o tiernas, de mirada ausente o combativas, la
galería de la representación maternal es compleja y multifacética.
Pero la angustia por el parecido, mi madre = yo misma, era uno de los temas recurrentes.
El refrán lo pregona y de alguna manera el sicoanálisis lo corrobora:
De tal palo, tal astilla. El mito de la madre perfecta y la ‘buena hija’ suelen desmoronarse
como lo que son, castillos de naipes a merced de cualquier viento. Sin proponérselo,
los pies de foto de aquella exposición coinciden con las imágenes de
este reportaje gráfico de Adriana Lestido en no estar fechados. ¿Será
para indicarnos que los vínculos entre madre e hija van más allá
del tiempo? Vínculos construidos de un calidoscopio de espejos deformantes,
de ecos, de boomerang. ¿Qué decir de los gestos corporales, los tics
de lenguaje que rechazamos en nosotras porque son calco de los de ella, la que nos
supervisa desde el otro lado del espejo? Amor y rebelión parecen inseparables
de esta ligadura primera y esencial, siempre salpicada por la intensidad y la culpa.
Y por tanta angustia.
La relación madre hija no es muy diferente en Argentina, me cuestiono, de
una relación similar en Bélgica, Transilvania o Canadá. Y sin
embargo, tal vez sí. Mi país está unificado por la lengua española,
llamada castellano en mi juventud, y constituido fundamentalmente por inmigrantes.
Eso nos fue configurando las arterias. De generación en generación,
en el exilio, las mujeres fueron transmitiendo la fuerza poderosa de la cultura de
donde eran oriundas y a través de ella también la presencia no siempre
silenciosa de una lengua ausente. Eco de ello son esas nanas quebradas y roncas,
con sus letras y ritmos incomprensibles pero que sin embargo nos adormecen los pesares.
La desterrada, la emigrante, llega con unas pocas imágenes fijas; caben en
el pañuelo con el que a veces se cubre la cabeza. Está anclada a ese
hatillo, su caja fuerte de náufraga. Su tesoro quedó en el fondo de
la memoria, pero los cerrojos saltaron o se perdieron en el reino del dolor fundacional.
En un segundo plano, el más poderoso, se apiña un tropel de sensaciones,
recuerdos, melodías. Veo por ejemplo a mi propia madre casi adolescente arrojando
maíz a las gallinas, peinándose y peinándome largas trenzas…
pobre mi madre querida, decía el estribillo de la canción más
popular de la época, entonada por Alberto Castillo. Y luego el rito casi cotidiano
de plancharme minuciosa con la plancha de carbón las tablitas del delantal
de piqué blanco almidonado. Su mano cada vez más firme, mi rebeldía
cada vez más manifiesta. Y su victoria cada vez más rotunda, porque
la madre de la infancia nunca muere.
Las mujeres de quienes hablo, madres, abuelas y bisabuelas, no correspondían
a los presupuestos de un imaginario urbano. Como sobrevivientes que eran debieron
agudizar su ingenio en la percepción de lo inmediato. Sin llaves para traducir
el nuevo mundo, lo forzaron con ganzúas o, a falta de otra cosa, horquillas
para el pelo, cambiadas como ellas de destino. Repoblaron así la vida de nuevos
gestos y palabras. Para los hombres el salto fue más fácil: el servicio
militar, las tareas del campo y el comercio los integraron mucho más deprisa
a los usos, sabores y costumbres del país.
Pertenezco a la generación de los hijos de judíos que vinieron a la
Argentina porque entre guerra y guerra y pogrom y pogrom se caían del mapa
en barcos, como lo hacen ahora los albaneses, malayos, cubanos o haitianos y antes
los vietnamitas, los coreanos, en suma, los náufragos de siempre. Los de una
mano atrás y otra adelante, y gracias que hay manos.
El exilio, tantísimo antes de Babel, qué duda cabe, ha sido y es una
condena.
Soy resabio de un mundo donde recién se afirmaba la electricidad, un planeta
sin televisión, de calles sin asfaltar y barreras infranqueables estigmatizadas
por el “De eso no se habla, nena”. Vasto “eso” que incluía las declinaciones
del amor y por supuesto el tabú sexual.
En los gineceos de mi infancia, hechos del ronroneo de las máquinas de coser
Singer, imperaba la radionovela. En la amargura de los mates se cebaban también
esos duelos exagerados, donde las mujeres de mi familia y las vecinas teñían
en grandes tinas de zinc con anilina negra la ropa de temporada, para respetar sus
lutos rigurosos. Tres largos años de compostura monocroma para pasar luego
a los gamas grises del medio luto. Mis mujeres argentinas, incapaces de aceptar demasiadas
pérdidas para una sola vida, destilaban en su fuerza aparente una densa melancolía
y furia.
A un cuarto de siglo del comienzo de la tragedia que sacudió todos los estamentos
de la sociedad argentina, el drama de la filiación continúa sin cicatrizar.
La dictadura argentina (1976-1983), con su horroroso tendal de decenas de miles de
muertos desaparecidos, arrojó a Europa, a la tierra de sus abuelos, a una
generación de jóvenes sobrevivientes atemorizados y desconcertados.
Esa espada es aún filosa en la memoria de los protagonistas del desastre.
Su impronta alevosa envenena el aire, tal como en Europa ocurre aún con las
nefastas cicatrices dejadas por los latrocinios de la Segunda Guerra Mundial o, más
recientemente, en Asia por el genocidio de Camboya o en África por el de Ruanda.
En América Latina abundan desgracias que no podrán cerrarse. La conducta
ejemplar de Las Madres de Plaza de Mayo, que con su dignidad, furia y valor fueron
el paradigma de cómo se puede enfrentar la ferocidad de las dictaduras con
armas aparentemente inofensivas como justicia y amor reconforta.
Respecto de la madre propia, la que sentó reales indelebles dentro y fuera
de nosotros, pienso que para recuperarla en su valía hay que alejarse. Nada
más difícil que dibujar lo más cercano, las líneas de
la propia mano. Difícil para ella y para nosotras cortar el vínculo
sanguíneo de similitudes y diferencias. De angustias y reproches. Pero nadie
nos prometió que alcanzar en la vida la verdadera independencia fuera un camino
de rosas... |
Madres de
Plaza de Mayo: verdad y justicia
En abril de 1977, 14
mujeres argentinas se reunieron en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, frente a la
Casa Rosada, sede de la presidencia, para reclamar a la junta militar noticias de
sus hijos desaparecidos. La policía trató de obligarlas a dispersarse,
y, para no obedecer, se pusieron a dar vueltas a la plaza. Esta marcha se repite
cada jueves a las 15h30 desde hace 23 años. Con su reclamo de “Verdad y justicia”,
en el momento más álgido de la represión argentina, las Madres
de la Plaza de Mayo lograron con sus pañuelos blancos y la filiación
y los lazos sanguíneos como únicas armas, más que la magistratura,
las organizaciones gremiales o la diplomacia. Símbolo de la lucha contra la
impunidad de una dictadura militar cuyo saldo supera los 30.000 desaparecidos, dibujaron
el camino que siguieron después otras madres de Líbano, Israel o Argelia
El lema que las dio a conocer fue: “Con vida los llevaron, con vida los queremos.”
Más información:
www.madres.org
www.madres-lineafundadora.org |
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