
Movilización de ecologistas surcoreanos en defensa de las zonas verdes.

Las protestas de los Verdes lograron frenar un proyecto de presa en el río
Dong.
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Un
luchador con nervios de acero
Sus compañeros
lo llaman “el hombre de hierro”, expresión que cuadra muy bien a este militante
de 51 años, luchador incansable en defensa de sus ideales. En sus tiempos
de estudiante, Choi Yul se opuso vigorosamente al régimen militar, lo que
le valió ser encarcelado y torturado. Tras su liberación, en 1982,
fundó el Instituto Coreano de Investigación sobre Problemas Ambientales.
Pero fue condenado a un arresto domiciliario y sus actividades quedaron sometidas
a una estricta vigilancia. “Hasta 1987 el gobierno no me autorizó a viajar
al extranjero para participar en conferencias sobre el medio ambiente”, precisa.
En 1993, su movimiento se fusionó con otras siete organizaciones para constituir
la Federación Coreana del Movimiento Ecologista (FCME), que, con sus 47 secciones
regionales y sus 85.000 miembros, ha pasado a ser una de las organizaciones ambientalistas
más importantes de Asia.
En 1994 Choi Yul fue galardonado con el premio del medio ambiente mundial otorgado
por el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) y, al año
siguiente, con el prestigioso premio Goldman. Pese a sus éxitos indiscutibles,
aún le queda mucho camino por recorrer para cumplir su misión. Los
medios de comunicación coreanos señalan a Choi Yul como una de las
personalidades más influyentes en la opinión del país. De ser
así, es de esperar que se produzca un cambio de las mentalidades.
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Tótems para defender los pantanos |
Durante
su permanencia en la cárcel, Choi Yul cobró conciencia de la importancia
de los problemas del medio ambiente. En la actualidad, es el principal dirigente
de los verdes e incita a la población surcoreana a luchar contra las industrias
contaminantes.
En estos últimos
veinte años, Corea ha experimentado un crecimiento industrial y económico
impresionante. ¿Cuáles han sido las repercusiones en el medio ambiente?
Gracias al auge económico, la economía coreana acusó uno
de los índices de crecimiento más rápidos de Asia, procurando
cierta prosperidad a la población. Pero esta última se inquietó
muy poco por las consecuencias nefastas de la industrialización vertiginosa
para el medio ambiente, y hoy está pagando los platos rotos.
La fuerte contaminación atmosférica de origen industrial provocó
lluvias ácidas comparables, según ciertos informes científicos,
a las de los países desarrollados. El agua de nuestros principales depósitos
se acidificó, pasando a ser inapta para el consumo. El gobierno adoptó
medidas1 para controlar la
contaminación industrial, pero no la ocasionada por el tráfico. En
Seúl, por ejemplo, 60 % de los contaminantes atmosféricos proceden
de los tubos de escape de los vehículos. En 1998, Corea del Sur ocupaba el
noveno lugar mundial en cuanto a emisiones de carbono, con 2,32 toneladas de este
elemento por persona, frente a 2,28 toneladas en Japón y una media de 1,33
toneladas en Extremo Oriente y Oceanía.
La energía nuclear es otro problema. Para atender las necesidades crecientes
de energía de la industria, el gobierno proyecta construir nuevas centrales
atómicas. Es una decisión muy inquietante, en la medida en que contamos
ya con 16 reactores nucleares que generan más de 40 % de la electricidad del
país y que en algunos casos no reúnen los requisitos indispensables
en materia de seguridad. El menor accidente podría tener consecuencias catastróficas,
no sólo en Corea del Sur, sino en toda la región.
¿Están dispuestos los coreanos a adoptar un estilo de vida más
respetuoso del medio ambiente?
Es evidente que la situación ha cambiado. Hace veinte años los
coreanos no tenían conciencia de los problemas del entorno. Abordar en público
el tema de la contaminación era considerado hostil al gobierno y al desarrollo.
El régimen militar de esa época reprimía todo tipo de actividad
cívica. Pero, con el triunfo de la democracia en 1987, la influencia de las
asociaciones ecologistas aumentó considerablemente. Hoy la población
está mejor informada y participa de manera más activa en las campañas
de protección.
Hemos de decidir qué tipo de prosperidad deseamos: llevar una vida saludable,
aceptando disponer de recursos modestos, o acumular riquezas contaminando el entorno.
Nuestro estilo de vida actual ha sufrido la influencia de la cultura occidental y
sus hábitos de despilfarro. Pero estoy seguro de que la gente cambiará
de actitud el día en que se dé cuenta de la gravedad de la situación.
Y el gobierno tendrá que seguir la corriente.
Por lo demás, si Corea del Sur no respeta la reglamentación internacional
sobre el medio ambiente, perderá su competitividad económica. Si persiste
el ritmo actual de contaminación, los inversores extranjeros terminarán
por volverle la espalda. Además, el gobierno se verá obligado a invertir
miles de millones de dólares para reparar los daños. Pienso que Corea
ha superado la etapa en la que el crecimiento sólo podía lograrse sacrificando
la calidad del medio ambiente. Desde un punto de vista económico, la protección
del entorno es la mejor garantía del bienestar social, mucho más que
la proliferación de industrias contaminantes supuestamente generadoras de
riqueza.
¿Cómo se convirtió en activista de la protección del
medio ambiente y con qué dificultades tropezó?
En los años setenta, en pleno régimen militar, junto con otros
alumnos de la universidad en que estudiaba, organicé movimientos en favor
de la democracia. Fui detenido en 1975 y pasé seis años en la cárcel
(ver recuadro). Durante ese periodo de aislamiento, pedí a Amnistía
Internacional y a otras asociaciones cívicas que me enviaran libros sobre
el medio ambiente, que no eran considerados “políticos” por las autoridades
carcelarias. Leí por lo menos 250 obras y me di cuenta de que la industrialización
desenfrenada de Corea del Sur no tardaría en provocar una catástrofe
ecológica.
Al salir de la cárcel, mis compañeros reflexionaban sobre cómo
crear nuevos movimientos democráticos y sindicales. A mí en cambio
me parecía que lo primero era que la población cobrara conciencia de
los problemas ecológicos. Liberado en 1982, fundé, con ayuda de algunos
militantes de movimientos juveniles y de defensa de la democracia, la primera ONG
ecologista del país: el Instituto Coreano de Investigación sobre Problemas
Ambientales. Las autoridades exigieron su disolución, pero no me dejé
intimidar. Luchamos contra un proyecto gubernamental de construir sitios de almacenamiento
de desechos nucleares, contra la contaminación procedente de las fábricas
de briquetas de carbón, contra la construcción de campos de golf en
zonas montañosas, contra la desecación de las marismas del litoral…
Una de nuestras primeras campañas, en 1984, puso de manifiesto los peligros
del complejo de Onsan, conocido por su industria de metales. Nuestras investigaciones
revelaron que el agua, la flora y la fauna de esa zona contenían metales pesados,
como cobre, cinc y cadmio, con índices de 10 a 100 veces superiores a los
de otras regiones. Cerca de 10 % de la población local padecía serios
problemas de salud: conjuntivitis, dolores en los brazos y las piernas y graves lesiones
cutáneas. Pese a ello, nos costó mucho trabajo sensibilizar a la población,
por no hablar de los médicos y bioquímicos locales, que se negaban
a admitir que probáramos científicamente nuestras alegaciones. Invité
entonces a Onsan al médico japonés Harada Masazumi, que fue quien identificó
la contaminación industrial como causa del mal de Minamata.2 Llegó a la conclusión
de que las afecciones existentes en la región eran provocadas por ese fenómeno,
mucho más grave que la enfermedad de Minamata. Sus estudios fueron ampliamente
difundidos por la prensa surcoreana, con lo que el asunto se convirtió en
un problema social de primera magnitud. Y por fin reaccionó el gobierno. Formó
un equipo de investigación y adoptó medidas como el traslado de la
población a regiones más seguras.
En 1993, junto con otras asociaciones similares, fundó usted la Federación
Coreana del Movimiento Ecologista. Una de las grandes preocupaciones de la FCME es
la energía nuclear. ¿Por qué se opone a las centrales nucleares
en Corea del Sur?
Cuando esas centrales empezaron a proliferar en los años cincuenta, se
afirmaba que eran seguras y no contaminantes. Yo también creí en esa
propaganda. Pero después de Chernobil, quedó muy claro que no había
ningún remedio contra las radiaciones nucleares: la región permanecerá
contaminada durante siglos y la población sufrirá las consecuencias
durante generaciones.
La eliminación sin riesgos de los desechos radiactivos de las centrales constituye
un problema muy serio. Corea del Sur, al igual que otros países, trata de
encontrar una solución. Cabe señalar que el riesgo de precipitaciones
radiactivas es mayor en los países en desarrollo gobernados por regímenes
represivos o autoritarios. Puede observarse que es precisamente en esos países
donde se construyen cada vez más reactores nucleares. La posibilidad de una
catástrofe es allí mucho mayor que en otras latitudes y, en caso de
accidente, sería sumamente difícil conocer la verdad.
En Corea del Sur nos preocupa muy en especial el problema nuclear. No sólo
todos nuestros vecinos —China, Corea del Norte, Taiwán, Japón— poseen
centrales, sino que, además, Rusia utiliza su litoral del Extremo Oriente
para deshacerse de sus residuos, con lo que esta región se torna especialmente
vulnerable. El accidente ocurrido en la central nuclear de Tokaimura, en Japón,
que costó la vida a dos obreros en 1999, nos recuerda que ni siquiera los
países ricos son capaces de garantizar la seguridad de sus reactores.
¿Cuál es la situación de las centrales nucleares en Corea del
Sur? ¿Puede el país prescindir de esta fuente de energía?
El sistema de seguridad de las centrales surcoreanas no es satisfactorio. Aunque
no se haya hablado de accidentes graves, prácticamente en las 16 centrales
existentes ha habido problemas técnicos y escapes radiactivos. Evidentemente,
la industria atómica ha tratado de ocultarlos. Algunas centrales utilizan
reactores anticuados de tipo CANDU. En octubre de 1999 se escaparon más de
cuatro metros cúbicos de agua radiactiva de un reactor en la central atómica
de Wolsong y 22 obreros quedaron expuestos a las radiaciones, además de los
que participaron en las operaciones de salvamento.
Un equipo de la FCME se trasladó allí para realizar una investigación.
Antes de llegar al sitio del accidente nos pusimos vestimenta protectora. Sin embargo,
al salir, los detectores señalaron que habíamos sido irradiados. No
corríamos peligro, pero fue alarmante advertir que incluso a los investigadores
exteriores se les proporcionaba un equipo de protección defectuoso. ¿Cuál
sería entonces la situación del personal?
Mientras los países desarrollados tratan de depender menos de la energía
atómica, Corea del Sur hace justo lo contrario. Estados Unidos estimula el
desarrollo de energías alternativas, a fin de fomentar su utilización
de aquí a 2030. En cambio, nuestro gobierno ha previsto la construcción
en ese mismo plazo de otras 19 centrales nucleares. Las energías renovables
representan actualmente menos de 1 % de los recursos energéticos de nuestro
país y no tenemos ningún plan serio para impulsar su desarrollo.
Entendemos que el cierre inmediato de todos los reactores nucleares es imposible.
Pero nos oponemos firmemente a la construcción de nuevos reactores y reclamamos
medidas estrictas de seguridad para los existentes. El único medio es modificar
la estructura industrial del país, dando prioridad a industrias que requieran
menos energía. Para lograrlo, es indispensable que la población entienda
que existen alternativas. Con este fin, la FCME presentó recientemente un
modelo de vivienda que utiliza energía solar y eólica, y la reacción
del público fue favorable.
Hace algunos años, el éxito de dos campañas de la FCME tuvo
mucha resonancia en la prensa internacional. Una se refería a la isla de Gulup,
en Corea del Sur, y la otra a Taiwán.
En 1994 supimos que el gobierno había iniciado secretamente la construcción
de un sarcófago de desechos nucleares en la isla de Gulup. Organizamos manifestaciones
que costaron una vida humana y la detención de varios participantes. La campaña
se transformó en protesta nacional, y el gobierno renunció a su proyecto.
Esa campaña es recordada como un hito del movimiento antinuclear coreano.
En cuanto a Taiwán, su proyecto de exportar desechos nucleares a Corea del
Norte se hizo público en enero de 1997. Estábamos decididos a atacarlo
en la raíz, pues sabíamos que la población norcoreana sería
su primera víctima, en la medida en que el régimen imperante en el
país nunca le revelaría los detalles de ese contrato. Además,
Corea del Norte no contaba con los recursos ni la tecnología indispensables
para almacenar sin peligro esos desechos indefinidamente. Un grupo de militantes
y parlamentarios, reunidos por la FCME, se dirigió al sitio en que se encontraba
el depósito nuclear en Taiwán. Organizamos manifestaciones de protesta,
haciendo ver a las autoridades que si los norcoreanos se morían de hambre,
había que enviarles alimentos, no residuos nucleares. Dirigimos peticiones
a las Naciones Unidas y obtuvimos el apoyo de numerosas ONG y asociaciones de ecologistas
del mundo entero. En diciembre de 1997, Taiwán terminó por renunciar
al proyecto.
Con motivo del encuentro histórico de los dirigentes de las dos Coreas en
junio de 2000, renacieron las esperanzas de una reunificación. ¿Cuál
sería el papel del medio ambiente en ese proceso?
Es evidente que el entorno podría ser una piedra angular en las negociaciones
entre Corea del Norte y del Sur. No disponemos de datos de primera mano sobre la
situación ecológica del otro lado de la frontera, pero algunos norcoreanos
nos han asegurado que allí la contaminación industrial no es tan grave
como en nuestro país. Sin embargo, Corea del Norte afronta otros problemas:
inundaciones, erosión de los suelos e incluso hambrunas. En la cumbre de junio
del año pasado, el presidente Kim Dae-Jung tomó la feliz iniciativa
de abordar la cuestión del entorno en la península coreana. Espero
que el tema se vuelva a tratar en el futuro.
Como el consumo de energía es menor en el Norte que en el Sur, sería
más fácil, y tal vez más eficaz, lanzar allí un programa
de energía alternativa. La repoblación forestal del Norte también
podría desembocar en un proyecto común y convendría estudiar
la gestión conjunta de los recursos hídricos y la conservación
del ecosistema en la zona fronteriza desmilitarizada, que es particularmente sensible.
Hemos sabido que los norcoreanos son partidarios de que se mantenga esa zona. Como
Corea del Sur tiene una economía más fuerte, debería ayudar
financieramente a Corea del Norte a resolver sus problemas ambientales. Pero habrá
que velar por que nuestras industrias contaminantes no invadan el Norte, en nombre
de la cooperación y la asistencia económicas.
¿Cuáles son sus proyectos para el futuro?
En junio de 1998, la FCME obtuvo el estatuto especial consultivo ante el Consejo
Económico y Social de las Naciones Unidas, lo que nos permite llevar a cabo
acciones de protección a través de diversos programas de esa Organización.
Aunque seamos suficientemente fuertes para actuar solos en nuestro país, necesitamos
el apoyo de otras asociaciones para tomar iniciativas en el plano internacional.
Hemos logrado ya crear programas de cooperación regional. Así, algunos
miembros de la FCME realizaron una investigación en el terreno sobre los incendios
en los bosques tropicales húmedos de Indonesia, con la colaboración
de organizaciones locales, con objeto de elaborar una estrategia de preservación
del bosque.
Entre otras actividades, inauguramos recientemente un Centro de Educación
Ambiental encargado de preparar programas de formación para estudiantes, dirigentes
y activistas en el terreno y de motivar a los ciudadanos para que se sumen a las
campañas de protección. Si queremos seguir siendo eficaces, no podemos
limitarnos a crear conciencia entre la población de los perjuicios que sufre
el medio ambiente, debemos atraerla hacia los lugares donde éstos se producen.
La FCME interviene también en el Centro Ecológico Coreano, en Seúl,
que será a la vez la sede del movimiento ecologista y un establecimiento educativo
para la ciudadanía. Este proyecto recibe ayuda del gobierno y de otros organismos
de financiación.
Por último, estamos preparando, con 60 especialistas en diversas disciplinas,
un anteproyecto sobre un nuevo modelo de sociedad. Ésta se interesaría
más por el entorno, utilizaría menos energía, menos agua y menos
medios de transporte contaminantes, y sabría generar mayores dividendos fiscales
en favor del medio ambiente.
1. Corea del
Sur no ha ratificado el Protocolo de Kioto sobre el cambio climático. Sin
embargo, desde 1990 el gobierno ha adoptado normas encaminadas a limitar las emisiones
nocivas de origen industrial. Además, en febrero de 2000, los ministros del
Medio Ambiente de Japón, China y Corea del Sur acordaron llevar a cabo un
estudio conjunto sobre la contaminación atmosférica, y crear un centro
de datos sobre los problemas ecológicos.
2. Trastorno neurológico debido a la contaminación del agua por desechos
industriales. |