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El Estado desde abajo

René Lefort, director del Correo de la UNESCO.

Un Estado de derecho es el resultado de la fusión de la acción de auto-organizaciones y el compromiso del poder público.

A comienzos del siglo XIX, menos de una décima parte de la población mundial vivía en un país independiente. Hoy, 189 Estados son miembros de la ONU y prácticamente todos los seres humanos viven bajo la autoridad de un Estado soberano reconocido por la comunidad internacional. Pero, ¿qué grado de legitimidad otorgan los ciudadanos a esos Estados?
Grupos armados asesinan, torturan y secuestran civiles en 46 de los 144 países y territorios que figuran en el último informe de Amnistía Internacional. El Estado no cumple allí una de las misiones que le ha confiado voluntariamente la comunidad: el monopolio del mantenimiento del orden.
Violaciones de los derechos humanos, inseguridad, asalto a los bienes colectivos: algunos Estados se han convertido en un instrumento de enriquecimiento para una minoría que no restituye con servicios lo que obtiene de la población en impuestos. La expresión “Estado ladrón” les cala muy bien. Y aunque se proclamen de derecho, en la práctica algunos de ellos son incapaces de cumplir sus misiones primordiales.
Frente al vacío y la coerción, la población puede reaccionar apoyándose en su “capital social”, en su voluntad de salir adelante y en las organizaciones que crea para lograrlo. Genera así una dinámica de progreso material centrada en la lucha contra la pobreza, una dinámica de identidad —tomando las riendas de su destino a partir de sus tradiciones y conocimientos— y una dinámica política a través del desarrollo de una democracia participativa local.
Ahora bien, ¿es posible que la extensión progresiva de estos poderes locales autónomos sea el camino para construir, esta vez “desde abajo”, un nuevo tipo de Estado, acorde con las expectativas y las necesidades locales, y por tanto inevitablemente diferente del tipo de Estado “importado” de los países industrializados?
La autonomía comunitaria tiene una doble limitación que sólo puede superarse mediante la intervención del Estado, aunque éste esté ausente o inspire desconfianza. Por un lado, el acondicionamiento de un barrio debe inscribirse en una red de infraestructuras y un marco reglamentario creado por los poderes públicos y acorde con el acondicionamiento de los barrios vecinos. De otro lado, los inevitables conflictos entre los actores locales sólo pueden ser arbitrados democráticamente en el seno de instancias más globales, que sólo el Estado puede ofrecer.
Para reconstruir Estados fuertes y legítimos, las aproximaciones “desde abajo”, que hacen fructificar un capital social a menudo menospreciado, y las aproximaciones “desde arriba”, en las que el poder público asuma sus tareas, no sólo no se oponen, sino que deben fusionarse.

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