
En el barrio comercial de Mogadiscio abundan las agencias de viajes.

Somalia

Carga y descarga de mercancías en el puerto de Mogadiscio.
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Somalia
en fechas
1960: Creación
de la República de Somalia independiente.
1969: El general Mohamed Siyad Barreh toma el poder mediante un golpe de Estado,
suspende la Constitución y funda el Consejo Supremo Revolucionario para administrar
el país siguiendo directrices marxistas.
Julio de 1977: Somalia declara la guerra a Etiopía en la región
etíope de Ogaden. El gobierno somalí anuncia la retirada de su ejército
en esta región en 1978.
1991: El presidente Siyad Barreh vuela a Mogadiscio ante la presencia de una
oposición armada. Estalla la guerra civil entre jefes militares rivales.
Mayo de 1991: Se declara una república independiente al norte del país,
autodenominada Somaliland.
Diciembre de 1992-marzo de 1995: Una fuerza de la ONU dirigida por
Estados Unidos intenta establecer la paz y el suministro de ayuda a las víctimas
de la sequía y la guerra. Esta intervención fracasa y las tropas de
la ONU abandonan el país en 1995.
Julio de 1998: Puntland, provincia al nordeste del país, declara
su autonomía.
Marzo de 2000: Las negociaciones de paz comienzan en Arta, Djibuti. Por
primera vez, la sociedad civil está representada. En agosto se elige una asamblea
nacional de transición basada en la representación de los clanes y
se nombra un gobierno.
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Cifras
clave
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Población:
9,4 millones (1999)
PNB/habitante:
no disponible (1999)
Evolución anual
del PNB/habitante:
no disponible (1990-98)
Esperanza de vida
al nacer:
48 años (1998)
Tasa de analfabetismo
de los adultos:
76 % (1998)
Fuentes: Banco Mundial, PNUD. |
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En
la capital de Somalia, hombres de negocios surgidos de la milicia están socavando
el poder de los caudillos de la guerra con la ayuda generosa de los tribunales islámicos.
Hace diez años,
el dictador Mohamed Siyad Barreh huyó de la capital somalí escondido
en un tanque: Mogadiscio, a merced de las facciones rivales, se sumió en la
violencia y la anarquía, y hasta la instalación, a comienzos de 2001,
de un tambaleante gobierno de transición, ha sobrevivido sin un atisbo de
autoridad. Y sin embargo…
Aunque se trate de una ciudad saqueada, arrasada y dividida, donde sólo subsisten
escasos edificios públicos, Mogadiscio no vive al margen del resto del mundo.
Cuatro compañías aéreas privadas, creadas por empresarios locales,
vuelan regularmente a los países árabes. Unos 15 aviones Cessna procedentes
de Kenya aterrizan a diario en su aeropuerto. El puerto natural de El-Ma’an, a 30
km al nordeste de Mogadiscio, emplea a más de 4.000 personas, y unos 3.000
somalíes trabajan en el sector de las telecomunicaciones. Las exportaciones
de cabras, ovejas y camellos a los países árabes procuran divisas para
importar arroz, azúcar, aceite y ropa.
Irónicamente, el mercado de Bekara, en el sector comercial de la ciudad, es
uno de los mejor abastecidos de África Oriental. Vendedores infantiles vocean
por las calles más de 20 periódicos, incluso media docena de pasquines
mal impresos que casi nunca tienen más de seis páginas. También
se forman grupos de gente que cambian divisas extranjeras o moneda nacional. Y, al
parecer, las guerras entre bandos rivales no afectan a la moneda: Mogadiscio Norte
y Sur tienen la suya, y otro tanto ocurre con la república separatista de
Somaliland, pero todas son convertibles en las demás. Las transacciones se
realizan de viva voz y los tipos de cambio se fijan en función de la balanza
comercial del día: cuando se exportan miles de cabezas de ganado pagaderas
en dólares, el valor del billete verde cae automáticamente.
Mogadiscio, antaño uno de los puertos más prósperos del Océano
Índico, ha vuelto a convertirse en un centro comercial ajeno a las leyes y
a la administración; controla una vasta red de comunicaciones y se apoya en
una pletórica diáspora. Cada vez que los clanes han roto las negociaciones,
el millón de emigrantes le ha permitido sobrevivir.
A principios de los años 90, en plena guerra, cuando la milicia armada impedía
circular por el país, imponiendo el pillaje, matando a los viajeros y violando
a las mujeres por doquier, la necesidad fue una vez más un poderoso estímulo
para la inventiva. Jóvenes emprendedores se apoderaron de las emisoras de
radio abandonadas por el régimen depuesto, creando servicios de comunicación
que permitieron a los habitantes establecer contacto con sus familiares en cualquier
punto del país. Cuando el hambre hizo estragos en esa tierra de pastores,
establecieron el sistema halawad, que permitió girar fondos con un 6% de interés
desde países como Kenya, Etiopía, Djibuti, Yemen y los Emiratos Árabes
Unidos.
La
vida continúa
En
1995, tras el fracaso de la operación Restore Hope (Devolver la esperanza)
en Somalia, el moderno material abandonado por las fuerzas las Naciones Unidas contribuyó
a la expansión del sistema. Desde entonces, han brotado numerosas empresas
de telecomunicaciones que ofrecen servicios telefónicos, fax y correo electrónico
a cualquier punto del planeta por un dólar el minuto —la tarifa más
baja de África. Las empresas más prósperas han abierto sucursales
en todo el territorio nacional, y también en los países vecinos donde
hay una población somalí numerosa.
Aunque la inseguridad permanente ha hecho huir a la mayoría de los inversores,
los hombres de negocios locales se empeñan en demostrar que pueden proseguir
sus actividades. Desde el comienzo de la guerra civil, contrataron para protegerse
los servicios remunerados de milicias de sus propios clanes. Para poder circular
entre las distintas zonas de la ciudad, controladas por facciones rivales, formaron
sus propios ejércitos, negociaron con los distintos clanes para extender su
campo de acción y transportaron sus mercancías en vehículos
blindados entre el puerto y la ciudad. Y fueron prácticamente los únicos
que dieron trabajo a una abundante mano de obra, reduciendo el número de desempleados.
Como tienen en sus manos las tres radioemisoras de FM de la capital, también
controlan la información. Aunque esas emisoras adopten posiciones políticas
diferentes, han prestado una colaboración valiosa a las ONG, transmitiendo
regularmente mensajes sobre aspectos sanitarios y relacionados con la supervivencia.
En los últimos tiempos, la nueva élite de los negocios se ha apoyado
en otras fuerzas para colmar el vacío de autoridad: los tribunales y el clero
islámicos. Es evidente que las milicias islámicas han restablecido
una seguridad relativa en la ciudad, granjeándose la confianza de la población,
traumatizada por tantos años de violencia. Cada familia contribuye con dinero
–o con un hijo– a la seguridad del barrio. Los empresarios lograron conjugar la acción
de los tribunales islámicos, creando una organización de seguridad
muy amplia para toda la capital. Así, la aplicación de la charia, la
ley islámica que castiga implacablemente el asesinato, el robo o el adulterio,
no suscitó mayor oposición. Sólo los caudillos de la guerra,
que vieron disminuir su influencia, se pronunciaron violentamente contra su introducción.
Además de ocuparse de la seguridad, los grupos islámicos han llenado
un vacío político y social, que va de la distribución de alimentos
a la atención médica. Organizaciones locales, financiadas por países
como Arabia Saudí y Kuwait, consiguieron reabrir en la capital unas 30 escuelas,
que siguen los programas de estudios de los países donantes. Además,
las 22 ONG que funcionan en la ciudad –algunas dirigidas por mujeres– han adquirido
una influencia considerable. En efecto, desempeñaron un papel decisivo en
la preparación de las conversaciones de paz impulsadas por Djibuti en 2000
(ver recuadro), que permitieron la elección de un presidente y 245 parlamentarios,
entre ellos 25 mujeres, cifra récord en la historia política del país.
Una de las muchas ironías de esta ciudad de 1,5 millones de habitantes es
que los hombres de negocios, las autoridades religiosas y las ONG se esfuerzan por
mantener un orden particularmente frágil. ¿Seguirán estos grupos
respaldando la reconciliación? El advenimiento del nuevo presidente Andiquassim
Salad Hassman, miembro del Hawiye, clan mayoritario en Mogadiscio, ¿significará
el adiós a las armas? Aún falta mucho para ganar la partida. Recientemente,
motines callejeros provocados por la circulación de billetes falsos, la escasez
de combustible y el alza de los precios estremecieron el barrio de negocios. Los
refugiados que escapan de la sequía y la guerra en otros puntos del país
se hacinan en chabolas y edificios administrativos agujereados por los bombardeos.
La electricidad sólo se obtiene de generadores pequeños, el abastecimiento
de agua depende las reservas de los hogares o de cisternas arrastradas por asnos.
Aunque han sido criticados por saquear los recursos naturales del país y preocuparse
poco de los más pobres, los círculos de los negocios ya han ofrecido
financiar la desmovilización de unos 20.000 milicianos, medida que contribuirá
a la paz, pero que también beneficiará al sector privado.
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“De
lo local a lo nacional.”
Somalia es
el arquetipo de Estado ausente: es el último territorio del planeta donde
no hay Estado nacional, sencillamente, ni siquiera en el papel, desde 1991. Ni gobierno
nacional, ni funcionarios, ni banco central, ni servicios públicos –empezando
por la policía y la justicia– ni siquiera nacionalidad, jurídicamente
hablando, puesto que el pasaporte somalí, que cualquiera puede comprar por
30 dólares, no es reconocido en ningún lado.
Es más, Somalia está dividida en tres zonas: Somaliland en el Noroeste,
Puntland en el Nordeste, y el Sur del país, que sigue en guerra. En Mogadiscio
–o más bien en la parte de la ciudad que controla–, el flamante gobierno nacional
transitorio, surgido en agosto de 2000 de la conferencia de paz reunida en Arta (Djibuti),
funciona en algunas habitaciones de hotel (a expensas de generosos hombres de negocios).
No lo reconoce ningún gobierno occidental, aunque muchos de ellos lo “alienten”,
lo impugnan los jefes de Somaliland y de Puntland, y lo combaten las fuerzas que
han sumido el país en el caos: los caudillos de la guerra y sus milicias.
Los conflictos armados y su cortejo de víctimas son el pan de cada día.
Aunque la situación ha mejorado recientemente, 400.000 somalíes son
víctimas de inseguridad alimentaria, 150.000 han tenido que huir de las inundaciones,
y se ha declarado un epidemia de cólera.
Y, sin embargo, …en Somaliland y Puntland reinan desde hace años una estabilidad
y una seguridad relativas. La situación en Mogadiscio se normaliza. Tal vez
se esté recomponiendo una nación y constituyendo un nuevo tipo de Estado,
gracias a un proceso único, “autocentrado”, “endógeno”, de abajo hacia
arriba, de lo local hacia lo nacional.
Los doce intentos de la Liga Árabe, Egipto y Etiopía de reconciliar
y reunificar Somalia fracasaron porque pretendían restablecer un Estado de
corte clásico, “desde arriba”, por medio de un acuerdo entre los caudillos
de la guerra.
La estructura básica de esta sociedad es el clan, dividido en múltiples
subclanes. La institución fundamental es el shir, la reunión de los
jefes de clanes, cuyo éxito puede exigir que sesione durante meses. Fueron
shir sucesivos, ampliados gradualmente para incluir familias de clanes, los que permitieron
instaurar una administración autónoma en Somaliland, con su policía,
su ejército, su justicia, sus funcionarios, su moneda y su prensa pluralista.
La economía funciona prácticamente sin ayuda exterior. La dinamiza
una nueva generación de hombres de negocios en los que este mini-estado delega
ciertos servicios generalmente públicos. Actuando como “civiles” contra los
militares, los shir han logrado neutralizar e incluso eliminar a los caudillos. Y,
sobre todo, la autoridad pública es considerada legítima porque, por
un lado, sus leyes se basan en el derecho consuetudinario y, cada vez más,
en el derecho coránico y, por otro, porque no se impone a los clanes, sino
que emana de ellos: este mini-estado respeta escrupulosamente sus equilibrios.
Ese enfoque ha servido de modelo en otros lugares, especialmente en Puntland. Es
evidente que inspiró en buena medida la conferencia de Arta, que, en las antípodas
de las conferencias internacionales tradicionales de este tipo, parecía un
gigantesco shir tradicional, aunque también modernizado. Duró más
de seis meses.
Por primera vez, intelectuales, responsables de ONG e, incluso, hecho sin precedentes
en la historia somalí, mujeres, acudieron a representar el elemento “moderno”
de la sociedad civil. Luego se reunieron los decanos de edad, los hombres de negocios,
los jefes religiosos, los jefes tradicionales, y, por último, los caudillos
de la guerra. Toda la dinámica de la conferencia, en la que participaron hasta
2.800 delegados y todos los resultados de las elecciones a que procedió se
basaban en los equilibrios clánicos.
¿Dará resultado este primer intento de dotar a Somalia de una autoridad
nacional a partir de sus estructuras sociales y de su cultura? ¿No habrán
querido sus promotores –principalmente Djibuti– avanzar demasiado rápido,
volviendo la espalda a una postura más gradual, consistente en aglomerar poco
a poco zonas correctamente autogobernadas hasta abarcar el conjunto del territorio?
Una cosa es cierta: la conferencia de Arta representa un cambio de rumbo decisivo.
La implicación de todos los estamentos de la sociedad somalí fue allí
tan fuerte que sólo cabe decir que el futuro está en sus manos.
* Mohamed
Abdi Mohamed “Ghandi” es antropólogo en el Instituto de Investigación
para el Desarrollo (IRD), París.
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