
Rupública Democrática del Congo

Toda la actividad de Bumba, privada de vías de comunicación, se ha
ralentizado.

Toda la actividad de Bumba, privada de vías de comunicación, se ha
ralentizado.
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La
república democrática de Congo en fechas
1960: La
República del Congo se independiza de Bélgica.
1961: Asesinato del primer jefe de Estado, Patrice Lumumba.
1965: El general Joseph-Désiré Mobutu toma el poder mediante un
golpe de Estado. Apoyado por Occidente, cambia el nombre del país por el de
Zaire y emprende su pacificación y unificación.
1970: El Movimiento Popular Revolucionario (MPR), se convierte en partido único
y acapara todos los poderes.
1986-1990: Crecen la intranquilidad y las críticas extranjeras a los abusos
contra los derechos humanos. Mobutu anuncia la instauración de un sistema
democrático multipartidista que nunca se concretó.
1994: Después del genocidio de Ruanda, 1.300.000 hutus se instalan en
campamentos del este de Zaire.
1996-1997: El líder del partido rebelde, Laurent Désiré
Kabila, funda la Alianza de las Fuerzas Democráticas para la Liberación
del Congo, y, ayudado por Uganda y Ruanda lanza una sublevación en la zona
este de Zaire, la más rica en minerales. Mobutu huye del país en mayo
y muere meses después. Kabila entra en Kinshasa y se declara presidente. El
nombre del país es cambiado de nuevo por el de República Democrática
del Congo.
1998: Estalla la guerra entre Kabila y sus antiguos aliados. El conflicto se
convierte en una guerra regional en la que los países circundantes envían
tropas para asistir a una u otra facción (Ruanda y Uganda ayudan a los rebeldes,
mientras Zimbabue y Angola apoyan a Kabila). El país queda dividido en dos.
1999: Firma en Lusaka (Zambia) de un alto el fuego que nunca fue respetado.
2001: Kabila es asesinado el 17 de enero.
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“Encontraremos
un camino o lo abriremos nosotros mismos.”
Aníbal,
general cartaginés
(247-183 A. C.)
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Cifras
clave
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Población:
49,8 millones (1999)
PNB/habitante:
110 dólares (1999)
Evolución anual
del PNB/habitante:
—8,3 % (1990-98)
Esperanza de vida
al nacer:
51 años (1998)
Tasa de analfabetismo
de los adultos:
41,1 % (1998)
Fuentes: Banco Mundial, PNUD. |
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Los
comerciantes de Bumba recorren mil kilómetros en bicicleta para abastecer
a una población aislada por la guerra.
Cuando el pequeño
avión Cessna de la ONG Aviation sans Frontières, cargado de cajas de
medicamentos para el hospital, quiere posarse en Bumba, describe primero grandes
círculos en torno a la pista. Vista desde arriba, el área de aterrizaje
parece un montón de arena en medio de la vegetación. En cuanto se oye
el ronroneo del motor, Bumba sale de su letargo. Individuos en uniforme corren hacia
la pista, bloquean el acceso con una carrocería de camión, que pronto
retiran por orden de un oficial ugandés. Algunos civiles se precipitan en
bicicleta, un sacerdote europeo hace grandes ademanes.
En cuanto llegan, los pasajeros se instalan en los taxis locales, los tolekas, antiguas
bicicletas cuyo asiento posterior se ha acolchado con restos de lana. Estos vehículos,
que rechinan suavemente en la arena, han pasado a ser el único medio de transporte.
Sólo algunos buscadores de diamantes hacen ostentación de sus motos
estrepitosas, que circulan orgullosas hasta que se agota el combustible: un barril
cuesta 300 dólares. Inmenso, majestuoso, el río Congo, arteria principal
de este país del tamaño de Europa, está ahora muerto. Las balleneras
se quedaron en Kinshasa, con las barcazas inmovilizadas, las piraguas ocultas en
la hierba de las orillas, por temor de que fueran requisadas por los soldados.
Bumba era antes un granero desde donde se despachaba a Kinshasa la mandioca, el arroz
y el aceite de palma. Hoy día, la ciudad se encuentra en la parte del territorio
controlada por uno de los grupos rebeldes que se reparten los despojos de la República
Democrática del Congo (ex Zaire), el Movimiento de Liberación del Congo
que dirige Jean-Pierre Bemba, fuertemente apoyado y manejado por tropas ugandesas.
Desde comienzos de la guerra, a los comerciantes, que antes se abastecían
gracias al río, no les queda más recurso que la bicicleta. La población
los saluda como a verdaderos héroes. Los más valientes viajan así
a Kisagani, capital de la provincia Oriental, o a Butembo, en la frontera con Uganda,
para conseguir dos tesoros igualmente codiciados: fardos de ropa vieja y bloques
de sal. Su precio es exorbitante, pues los ciclistas de los bosques tienen que recorrer,
por su cuenta y riesgo, más de mil kilómetros por las regiones en guerra
donde las bandas armadas subsisten asaltando civiles. Esos hombres, que por término
medio pesan 60 kilos, transportan cargas a veces superiores a 100 kilos, y cada viaje
dura más de dos semanas. En toda la ciudad, privada de agua potable y electricidad,
sólo el aceite de palma alimenta las lamparillas con que la gente se alumbra
por las noches, llamadas irónicamente “lámparas Bemba” por el nombre
del caudillo local. En otros sitios se las llama “lámparas Kabila”, como el
ex jefe del Estado. Este aceite de palma ha elevado a la categoría de héroe
al Padre Carlos, un religioso belga que vive desde hace 30 años en la provincia
del Ecuador. Gracias a él funciona un generador arreglado por el sacerdote,
que alimenta un antiguo transmisor: es el único medio de comunicación
de la población de Bumba con el resto del mundo.
Una
vida cotidiana organizada
Ahora
bien, sería erróneo creer que Bumba, apesar de todo, vive sin orden
ni ley. En primer lugar, las autoridades rebeldes, así como el poder central,
mantienen estructuras de vigilancia muy estricta, y, evidentemente, disponen de los
medios necesarios para transmitir informaciones sin demora. Además, hace tiempo
que los congoleños han constituido miles de asociaciones y agrupaciones de
base, que estructuran y organizan todas las secuencias de la vida cotidiana, que
ejercen una función de control social, de regulación de los escasos
recursos, e incluso imparten una justicia expeditiva. Un visitante extranjero no
puede recorrer los tenderetes del mercado sin haber hecho previamente una visita
a su “presidente”. Elegido para esa función por los comerciantes, es responsable
del orden en el recinto: decide el puesto de cada cual, fija los precios y arbitra
los litigios.
Por lo demás, en Bumba, como en los barrios populares de Kinshasa, la criminalidad
es relativamente baja, no porque la población sea virtuosa, sino porque los
“comités de vigilancia” que existen desde hace años para tratar de
impedir los abusos de los militares, no se paran en barras en cuanto a los medios
empleados. Si se sorprende a un ladrón con las manos en la masa, se le propina
una paliza descomunal y en algunos casos puede terminar con un neumático ardiendo
al cuello. Asimismo, las asociaciones de defensa de los derechos humanos han proliferado
en todo el país. Éstas observan, toman nota, dan cuenta de los atropellos
y multiplican los informes.
Situado en el centro de Bumba, el hospital es impecable. El personal va vestido de
blanco; las salas se barren debidamente, una farmacéutica joven muestra con
orgullo sus anaqueles en perfecto orden. Pero en pocos instantes el malestar se apodera
del visitante. Único establecimiento en esta ciudad de 100.000 habitantes,
el hospital está prácticamente vacío. En un corredor desierto,
las religiosas han cubierto con un paño una silueta tendida en el suelo, de
la que sólo emergen unas botas militares: es un soldado del ejército
gubernamental, muerto de hambre porque nadie disponía de medios para alimentarlo
y no tenía parientes en la región. Un médico de guardia resume
la situación: la gente ya no tiene dinero. Nada, ni siquiera para pagar una
consulta, el equivalente de algunos centavos de dólar, ni los medicamentos
estrictamente indispensables, ni tampoco para adquirir guantes esterilizados, hilo
o vendas.
“Hay más defunciones que nacimientos”, dice el Padre Carlos, “más enfermos
que alumnos. Mis feligreses ya no asisten a misa los domingos, pues les da vergüenza
ir cubiertos de harapos o, lisa y llanamente, desnudos.”
Se han arrancado las puertas de las escuela, y también han desaparecido los
bancos y los pizarrones, pues los habitantes se los llevan para fabricar ataúdes.
Pero también están muy bien organizados. Es cierto que el número
de alumnos ha disminuido, pues las familias tienen que decidir cuál de sus
hijos será el destinatario de la módica suma indispensable para sufragar
los gastos escolares. Hace muchísimo tiempo que el Estado no paga a los profesores,
pero los padres abonan cada trimestre el equivalente de un dólar, y los maestros
se las arreglan con este modesto ingreso.
Las aulas del Instituto Notre Dame, un establecimiento privado de una congregación
de religiosas, ofrecen un espectáculo inusitado: los alumnos no tienen libros
y estudian con algunos cuadernos repletos de notas. Pero en el pizarrón hay
hileras de cálculos impecables, junto a lecciones de gramática, inglés
o latín, y los estudiantes, que se expresan en perfecto francés, no
vacilan en interpelar a los visitantes extranjeros y preguntarles, por ejemplo, si
la elección de un nuevo presi-
dente en Estados Unidos va a tener alguna influencia en esta guerra que devasta el
Congo y que nadie desea…
En cuanto a los funcionarios, recuerdan con nostalgia haber sido pagados una sola
vez en tres años: pocos meses después de la de la llegada al poder
de Laurent Désiré Kabila, recibieron 180 dólares en concepto
de sueldo y atrasos. Desde entonces, sólo se presentan a trabajar para guardar
las apariencias y mantener su condición social, registrando cuidadosamente
el nombre y la función de cada visitante.
Curiosamente, Internet imprimió un nuevo dinamismo a las asociaciones de base.
En Bumba, cuando funciona el generador del Padre Carlos, su teléfono vía
satélite se pone al servicio de las asociaciones populares. Es posible que,
gracias a Internet, los congoleños hayan mantenido el contacto entre ellos
en un país dividido y ocupado, hayan difundido la información y, cuando
era necesario, atacado a las autoridades. La auto-organización de la sociedad
civil ha suplido así las carencias del Estado y preservado lo que, a juicio
de los congoleños, es hoy lo más esencial: la identidad y la singularidad
de su nación.
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Wamu
Oyatambwe*: “¡Arréglenselas como puedan!”
Aunque no
figura en ningún texto de ley, el célebre “artículo 15” es la
regla de oro de la supervivencia zaireña. Se expone en tres palabras: “¡Arréglenselas
como puedan!”. En un lugar que fue en principio propiedad personal del rey Leopoldo
II y a partir de 1908 una colonia belga, la explotación económica de
los “indígenas” se impuso con una dureza que ninguna otra colonia africana
había conocido. La relación entre la población y el poder público
estaban regidas por el miedo y las represalias.
Los tímidos esfuerzos emprendidos tras la Segunda Guerra Mundial no bastaron
para superar el retraso administrativo y social acumulado: en 1960, año de
su independencia, el país contaba con un único diplomado universitario.
La falta de personal cualificado para administrar el Estado, combinada con la guerra
fría, las manipulaciones de Bélgica y los conflictos étnicos,
fueron factores determinantes del caos en el que Congo se sumergiría con rapidez.
Los primeros servicios sociales, apreciables en particular en la educación
y la formación, siguieron a la toma de poder de Mobutu, en 1965, y la pacificación
del país. Pero la instrumentalización del Estado para saciar los intereses
personales en detrimento del interés común precipitó al país
en el abismo. Debido a la confusión institucional entre el partido único
y el Estado, a la nacionalización de la economía y, en especial, a
la generalización de la corrupción, las estructuras estatales se encontraban
en fase terminal cuando Kabila tomó el poder, en 1997.
Frente a este Estado a la vez decadente y predador, la población desarrolló
progresivamente sus mecanismos de autorregulación y de autodefensa para sobrevivir.
Esto puede observarse en todos los planos: en el económico, todo el mundo
—las mujeres en primer lugar—, ejerce un pequeño oficio o comercio no oficial;
en el jurídico, donde mecanismos informales, impregnados de usos no tradicionales,
suplen las carencias del Estado; y en el terreno social —escuelas y hospitales— aunque
el tradicional dominio de las iglesias en este sector comienza a declinar. Es cierto
que en el plano político, desde finales de los años 80 un sinnúmero
de asociaciones campesinas, de barrio, profesionales o confesionales (religiosas
o sectarias) surgieron para promover los intereses comunes y defender los derechos
frente a los apetitos de lo que quedaba del Estado, o incluso frente a otras asociaciones.
Sus dirigentes pertenecen a la clase media, instruida aunque arruinada, o bien son
antiguos ingenieros tradicionales, o simplemente personas de fuerte carácter.
Pero esta auto-organización tiene también sus límites. El sector
económico informal permite, como mucho, sobrevivir. La ley del más
fuerte es con frecuencia la mejor. La mala gestión, las manipulaciones de
todo tipo y el clientelismo son comunes. La falta de medios materiales y financieros
es escandalosa, ya que sólo pueden llegar de una ayuda occidental difícil
de obtener. A todo ello hay que sumar la guerra, que causa estragos desde 1998 dividiendo
al país en dos zonas, aproximadamente iguales, una de ellas dirigida por las
facciones rebeldes, apoyadas por Ruanda y Uganda. Todo esto rompió los mecanismos
de solidaridad familiar, que desempeñaban un papel primordial.
* Investigador
congoleño, autor de Église catholique et pouvoir politique au Congo-Zaïre
y De Mobutu à Kabila: avatars d’une passation inopinée, 1997
y 1999, ediciones L’Harmattan, París.
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