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Haití en Fechas

Gérard Barthélemy:
“Una tradición: no esperar nada del Estado.”

Haití: la “gente de fuera”

Gotson Pierre, periodista haitiano.
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Haïtí







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El reparto de agua potable en Martissant es una iniciativa de las asociaciones locales.







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La escuela de Martissant carece de equipamiento. Y tiene pocos alumnos.



Haití en Fechas

1804. Haití se convierte en el primer país independiente del mundo fundado por antiguos esclavos.
1957.
François “Papa Doc” Duvalier es elegido presidente, título que en 1964 pasa a ser vitalicio. Gobierna con mano de hierro hasta su fallecimiento, en 1971.
1971-86.
Jean-Claude “Baby Doc” sucede a su padre como “presidente vitalicio”. Una insurrección general lo obliga a huir a Francia en 1986. El ejército toma el poder.
1986-1990.
Sucesión de regímenes militares hasta la victoria aplastante en las elecciones del sacerdote católico de izquierdas Jean-Bertrand Aristide.
Septiembre de 1991. El ejército derroca a Aristide. Se imponen a Haití sanciones internacionales.
1993.
Las Naciones Unidas decretan un embargo de petróleo y armas. El ejército acepta que Aristide vuelva a asumir el poder, pero le impide regresar del exilio.
1994.
El 19 de septiembre, tropas estadounidenses ocupan el país, y Aristide vuelve al poder el 15 de octubre.
1995.
Un contingente de pacificación de las Naciones Unidas sustituye a las tropas estadounidenses. Un protegido de Aristide, René Préval, es elegido presidente.
1996-98.
La violencia y los asesinatos aumentan, y el partido Lavalas, en el poder, se escinde. Una disputa electoral da lugar a la dimisión del primer ministro en 1997, pero el Parlamento se niega a dar su aprobación a todo sucesor.
1999. Préval nombra un nuevo gobierno sin la aprobación del Parlamento.
2000.
El partido Fanmi Lavalas de Aristide gana las elecciones, pero los discutidos resultados provocan críticas internacionales y el boicot por parte de la oposición de las elecciones presidenciales de noviembre, ganadas por Aristide (92%) frente a candidatos de poca talla.





“Necesitamos un gobierno que realice para el pueblo lo que éste no puede realizar por sí mismo.”

Abraham Lincoln, decimosexto presidente de Estados Unidos
(1809-1865).



Cifras clave

Población:
7,9 millones (1999)
PNB/habitante:
460 dólares (1999)
Evolución anual
del PNB/habitante:
—3,2 % (1990-98)
Esperanza de vida
al nacer:
54 años (1998)
Tasa de analfabetismo
de los adultos:
52,2 % (1998)

Fuentes: Banco Mundial, PNUD.
Los habitantes del barrio de chabolas de Martissant, en Puerto Príncipe, han puesto en marcha numerosas asociaciones para paliar en lo posible la carencia total de servicios públicos.

En Martissant todo va de mal en peor. Lo mismo cabe decir de toda la ciudad de Puerto Príncipe, pero la degradación es más visible aún en esta gran barriada de tugurios, colgada de la ladera de una colina al sur de la capital de Haití. Según estimaciones, el número de habitantes era de 25.000 en 1996. Desde entonces, a causa del elevado índice de natalidad y el éxodo rural, la población está en progresión constante. Aguas servidas estancadas en calles destripadas, cunetas atestadas de todo tipo de desperdicios, construcciones anárquicas: la insalubridad invade todo. Privados de los servicios públicos más elementales, los habitantes se llaman a sí mismos la “gente de fuera”, pero desde el fin de la dictadura de los Duvalier, en 1986, tomaron la iniciativa de crear servicios alternativos para que la comunidad pudiera vivir (o sobrevivir). En la actualidad, muchachos que salieron de la escuela y no encontraron trabajo, otros que aprendieron un oficio, desempleados o mujeres animan múltiples asociaciones dedicadas a diversas actividades.
Edouard, padre de tres hijos, es miembro muy activo del comité directivo de la Asociación de Niños de la Calle Sainte Bernadette et Malet (AJSM). “Nuestra primera preocupación son las inmundicias”, afirma. Los jóvenes de la AJSM, desempleados en su mayoría, recogen las basuras y las depositan más abajo, en la carretera principal, ya que los basureros no entran en este barrio superpoblado.
La asociación ha presentado un proyecto al ayuntamiento de Puerto Príncipe. Quiere conseguir megáfonos para informar a la población, guantes, carretillas, picos y palas por un total de 22.685 gourdes (900 dólares). Hasta ahora las gestiones han sido infructuosas. “Nos mandan de una oficina a otra”, comenta Malherbe, un miembro de la asociación. “Si esto sigue así, vamos a movilizar a todo el mundo y a organizar una manifestación.”
La gestión de las basuras y otros problemas delicados originan a veces conflictos muy serios entre los habitantes “de arriba” y los “de abajo”, cuando los primeros vierten sus basuras que se van acumulando más abajo. Pero las llamadas a la policía chocan siempre con la misma respuesta: “Apáñenselas como puedan”. Por eso, cuando surgen conflictos entre el vecindario, la población se dirige a los “notables”, esperando de estos decanos por su edad, a menudo propietarios o nacidos en Martissant, que actúen como mediadores y restablezcan la paz. Dos o tres de ellos se reúnen a petición de una de las partes e, inspirándose en el derecho consuetudinario, tratan de encontrar una solución consensual.
El recurso a la justicia institucional es muy raro. “Es una pérdida de tiempo, la justicia se vende como el arroz y los guisantes en el mercado”, declara Padeau. Además, llevar a un vecino a comparecer ante la justicia es a veces peligroso. ¿Se atreverá el ujier a hacer frente a los “chimères”, desempleados contratados por el partido en el poder? Seguros de su impunidad, se imponen por la intimidación, y el acceso al barrio depende en definitiva de lo que a ellos se les antoje.
Para hacer frente a la delincuencia, los jóvenes de Martissant forman “brigadas de vigilancia”, que velan por la seguridad a la caída de la noche. Estos grupos de 10 a 15 personas no tienen existencia permanente, y vuelven a aparecer en cuanto la criminalidad aumenta. “Vigilamos desde los tejados, explica Charles. En cuanto vemos a un zenglendo (palabra criolla que designa a un bandido), damos la alerta tocando el lambi (caracola de un molusco)”. La población se despierta sobresaltada, agarra al zenglendo y lo entrega a la policía, que a veces lo pone en libertad. “En tal caso, a veces ha sucedido que la población lo linche”, agrega Charles.
De día Martissant parece un hormiguero. Abundan los vendedores ambulantes y las mercancías expuestas en el suelo. En las zonas próximas al bulevar, los agentes municipales intervienen de vez en cuando para obligar a las vendedoras de estas “tiendecitas” a no invadir la calzada.
La mayoría de las mujeres de Martissant se dedican al comercio informal. Como no pueden conseguir un crédito, tienen que recurrir a los usureros, que practican la llamada “puñalada”, esto es, unos intereses exorbitantes que pueden representar hasta 30% mensual. Todos los medios son buenos para forzar a los deudores a respetar su compromiso, sin olvidar la presión a cargo de hombres armados. Pero, ¿dónde hallar protección? Las víctimas no llegan a creer que el Estado quiera realmente atender sus quejas. “Hemos creado una mutua de solidaridad”, explica Marie-Eramite, de la Organización de Mujeres Valientes de Martissant (OFVM). Unas 50 personas cotizan una gourde diaria. Al cabo de un mes, la suma recaudada se entrega como crédito a dos miembros del grupo. Esta práctica funciona mejor, insiste, que otra más tradicional conocida como “saldo”, con cotizaciones mensuales.

La vivienda, principal preocupación
“El Estado debería asumir sus responsabilidades y construirnos un mercado”, afirma Guerda, madre de cinco hijos “sin papá”. Su principal preocupación, como la de otros muchos cabezas de familia, es pagar su “casa”, una habitación única alquilada por 5.000 a 7.500 gourdes al año. “Ayer tocaba pagar el alquiler, y ando escondiéndome para no encontrarme con el propietario”, dice Guerda, cuyos ingresos son inferiores a las 36 gourdes (1,40 dólares) diarias de una obrera asalariada. Sabe que su insaciable propietario se dispone a subir el alquiler en unas 2.000 gourdes (80 dólares). Sin embargo, recalca, los propietarios “no pagan ni siquiera el impuesto por arriendo”. Son muy pocas las viviendas conectadas al tendido eléctrico. No faltan quienes se conectan ellos solos a la red por medio de “un enchufe”, que luego venden a sus vecinos por unas 50 gourdes (2 dólares) mensuales.
Y cuando se produce un incendio, “nos toca a nosotros trabajar para extinguirlo”. “El verano pasado, explica Marie-Eramite, tuvimos que hacer un konbit (palabra criolla del campo, que significa trabajo en común) para apagar uno. Todos los vecinos ayudaron a acarrear agua con los utensilios disponibles. Los niños contribuían arrojando piedras al fuego. “Cuando llegaron los bomberos, el incendio estaba apagado. A pesar de las llamadas, habían puesto primero todo tipo de pegas, entre ellas la estrechez de las calles.”
Los padres de Martissant sueñan con poder enviar a sus hijos a la escuela. Pero no ingresa todo el que quiere, se queja Guerda. “Nos reclaman como gratificación extra 1.000 gourdes por niño”. El costo de la escolarización aumenta cada año, y los “colegios” apenas merecen tal nombre. “Cuando mis hijos se van cada mañana a Hermann Hereaux, una de las escuelas públicas más viejas del barrio, tengo miedo de que las paredes se les caigan encima”, confiesa Yolette. “Y no tienen ni lavabos, ni agua potable, pero el barrio no puede estar tres meses sin escuela.” Los padres han decidido echarse mano al bolsillo para sustituir los bancos rotos. “Los carpinteros trabajan gratis”, dice Yolette.
Pero las iniciativas de la sociedad civil tropiezan enseguida con sus límites, habida cuenta de la magnitud de las necesidades y la escasez de los recursos. La organización feminista Solidaridad de las Mujeres Haitianas (SOFA) dirige desde 1996 un centro de salud, ya que Martissant no tiene ningún dispensario público. “Atendemos a las mujeres y los niños”, explica Marie-Yolenne, encargada de recibir a los pacientes. El centro funciona tres días por semana, con una ginecóloga que actúa también como generalista y recibe a unas 30 pacientes al día. La consulta cuesta 15 gourdes (0,60 dólares). “Pero la gente las pasa moradas para comprarse medicamentos”, dice Marie-Yolenne.
Al igual que los demás barrios pobres, los habitantes creyeron en el cambio tras las elecciones del 16 de diciembre de 1990, de las que salió triunfador Jean-Bertrand Aristide. Decepcionados, fueron muchos menos los que votaron en las elecciones presidenciales del 26 de noviembre de 2000. Sin embargo, declara Guerda, “seguimos teniendo la esperanza de que esto cambie. Porque de una cosa estamos seguros: esto no puede seguir así.”




Gérard Barthélemy*:
“Una tradición: no esperar nada del Estado.”

Una insurrección armada de esclavos, dirigida por libertos, logró en 1804 la independencia de Haití, considerada en aquel entonces como la colonia más rica del mundo. Pero la mitad de esos 400.000 esclavos había nacido en África, de modo que hubo que inventar totalmente Haití como país; los vencedores tuvieron que construir a la vez un Estado y una nación. No es sorprendente, pues, que la evolución ulterior del país no haya sido fácil ni clásica. Los antiguos esclavos huyeron enseguida de las plantaciones para instalarse en pequeñas parcelas de las que se convertían en propietarios. El hábitat rural se dispersó al infinito hasta por las regiones montañosas, aunque sin organizarse en pueblos. En cuanto a las ciudades, casi todas ellas en la costa, siguieron cumpliendo su función de establecimientos neocoloniales en beneficio de la nueva élite local que, recreando las estructuras y los usos coloniales, pronto sustituyó a los antiguos amos.
Así, el nuevo Estado se encerró desde su nacimiento en un papel de depredador arbitrario y violento. La población rural prefirió ignorar, soslayar y, en lo posible, escapar a este Estado del que no parecía poder esperarse a priori nada bueno.
Bajo los regímenes autoritarios o dictatoriales de los siglos XIX y XX, la población trató de atender los servicios mínimos de interés colectivo que el Estado le negaba. Además, éste veía en tal actitud un medio cómodo de descargarse de sus propias responsabilidades, inclusive financieras, en materia de educación, salud o equipamientos colectivos. El funcionamiento de la vida cotidiana adquirió así una autonomía de facto. La importancia de este fenómeno se puso claramente de manifiesto con la caída de Duvalier en 1986. Unas 30.000 asociaciones y agrupaciones de base de todo tipo, cuya existencia era hasta entonces informal, surgieron a plena luz durante ese período. Sólo un puñado afirmaba una vocación política. La gran mayoría trataba de tomar las riendas de la vida de ciudades y campos, administrando de la mejor manera posible las necesidades colectivas primordiales.
Pero el peso de la herencia no ha dejado de hacerse sentir. El miedo al poder sigue siendo grande, reavivado incluso por el golpe militar de 1991. Esas estructuras se mantienen en una semiclandestinidad con objeto de proteger, en caso necesario, a sus miembros. Por otra parte, a la atomización histórica de la sociedad haitiana, patente en su fragmentación física, corresponde un déficit de las estructuras intermedias. Sigue siendo muy difícil hoy federar a la multitud de agrupaciones nacidas para defenderse del Estado o suplirlo en sus funciones. Las bases de una articulación democrática entre el Estado y los ciudadanos están por inventar.

* Autor, en particular, de Créoles-Bossales: le conflit haïtien, L’Ibis rouge, 2000, París.

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