
Los habitantes de El Mezquital cavan un foso para instalar las canalizaciones de
agua.

Guatemala

Los habitantes de El Mezquital cavan un foso para instalar las canalizaciones de
agua.
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Guatemala
en fechas
1954. Un
golpe de estado apoyado por la CIA derriba al gobierno reformista de Jacobo Arbenz
Guzmán.
1962. Se inician los primeros movimientos guerrilleros.
1966-1984. Guerra contra la insurrección. Los cuatro grupos guerrilleros
del país fundan la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG).
1986. El presidente Vinicio Cerezo es elegido e inicia un gobierno constitucional.
Continúa la violencia mientras se multiplican las denuncias de torturas y
asesinatos cometidos por los “escuadrones de la muerte”.
1993. El presidente Jorge Serrano Elías impone la ley marcial, pero se
ve obligado a suspenderla. Regreso gradual a las leyes constitucionales y esfuerzo
real de investigar las violaciones de los derechos humanos.
1994. La ONU establece una Misión para la Verificación de los Derechos
Humanos en Guatemala (MINUGUA).
1996. Firma del tratado de paz entre el gobierno y las guerrillas de la URNG,
el 29 de diciembre.
1999. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), publica
el informe Memoria del silencio, que estima que más de 200.000 personas desaparecieron
o fueron asesinadas entre 1962 y 1996. Las fuerzas armadas aparecen
como responsables de 93% de las violaciones.
2000. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, recomienda que la misión
de MINUGUA continúe hasta diciembre de 2001. El Estado acepta su responsabilidad
en un número muy limitado de las masacres ocurridas en el país y acuerda
compensar a algunas de las víctimas.
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Cifras
clave
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Población:
11,1 millones (1999)
PNB/habitante:
1.660 dólares (1999)
Evolución anual
del PNB/habitante:
1,7 % (1990-98)
Esperanza de vida
al nacer:
64 años (1998)
Tasa de analfabetismo
de los adultos:
32,7 % (1998)
Fuentes: Banco Mundial, PNUD. |

María del Carmen, miembro de la cooperativa COOVIES. |
En
Guatemala, los habitantes del barrio del Mezquital han puesto en marcha algunas de
las iniciativas comunitarias mejor organizadas de la capital.
“Pandilleros matan a
tres jóvenes en El Mezquital”. Así titulaba su primera edición
del año 2001 un vespertino de Ciudad de Guatemala. Pocos lectores se sorprenden,
porque el nombre de El Mezquital, como los de otros barrios populares de la ciudad
más grande de Centroamérica, está asociado no solamente a la
extrema pobreza, sino también a la delincuencia y la violencia.
Situado en el extremo sur de la ciudad, El Mezquital comprende seis comunidades o
“asentamientos”, y se estima que la población sobrepasa los 120.000 habitantes.
Entre éstos se encuentran empleados del sector público y privado, incluso
algunos profesionales. La mayoría, sin embargo, carece de empleo o, como el
43% de la población activa guatemalteca, trabaja en el sector informal. En
el centro del barrio las calles están asfaltadas, circulan vehículos
de transporte público y funcionan pequeños comercios. Pero los asentamientos
son en gran parte zonas marginales cuyas viviendas, a menudo construidas al borde
de barrancos, son de lámina de cinc y tablas.
Por encontrarse sobre terrenos ocupados de manera ilegal, inicialmente los asentamientos
no recibieron ningún tipo de servicio municipal, lo cual propició el
surgimiento de iniciativas comunitarias que figuran entre las mejor organizadas de
la capital. Decididos a no seguir dependiendo de la intervención estatal,
los vecinos decidieron solventar sus necesidades creando asociaciones que impulsan
el desarrollo de la comunidad y se encargan de proveer y administrar algunos servicios
básicos.
“Cuando la cooperativa se fundó, en 1990, éramos sólo 35 miembros.
Hoy somos más de 1.600”, dice Juana de Jesús Padilla, ama de casa y
vocal de la Cooperativa Integral de Vivienda Esfuerzo y Esperanza (COIVIEES), fundada
con el propósito de obtener la legalización de lotes en los terrenos
ocupados y conseguir fondos para la construcción de viviendas.
“No teníamos agua”, recuerda, “íbamos a lavar al río y bebíamos
el agua que nos vendían los camiones; muchos niños contraían
enfermedades intestinales”. Algunas ONG y organismos del Estado hicieron donaciones
para que la comunidad iniciara su propio proyecto de agua potable, y la recién
creada COIVIEES se encargó de ponerlo en marcha y administrarlo. Con los fondos
iniciales se construyeron tres pozos, se instalaron tuberías y plantas para
el tratamiento de las aguas. Si bien se contrató personal cualificado para
la parte técnica, muchos vecinos voluntarios aportaron su mano de obra. María
Elizabeth Mijangos, presidenta de la junta directiva, proporciona algunas cifras:
“Los pozos producen un promedio mensual de 57.000 m3 de agua para beneficio de 2.600
familias. Cobramos un quetzal por metro cúbico (Q1,00 = $0,13), mientras que
en otros barrios la municipalidad cobra tres quetzales.”
COIVIEES se encarga también de la colecta de basuras, a través de un
camión que circula dos veces por semana. La cuota mensual es de 15 quetzales,
(1,95 dólares), cinco menos que la media municipal. La Asociación de
Vecinos Pro-Mejoramiento de la Colonia El Mezquital (AVEPROCOMEZ), fue fundada en
1989. su actual secretario, David Luna, empleado público, recuerda cómo,
hace seis años, el director del Centro de Salud El Mezquital anunció
que se vería obligado a cerrar sus puertas porque no reunía las condiciones
de limpieza y seguridad mínimas para funcionar. Además, el terreno
que rodeaba el Centro, protegido sólo por malla metálica, era objeto
constante de pillaje por parte de los pandilleros.
Héctor Gutiérrez, ingeniero y presidente de AVEPROCOMEZ, cuenta: “Organizamos
rifas y solicitamos donaciones casa por casa. Nuestra prioridad era construir un
muro perimétrico que protegiera las instalaciones, pero pronto nos dimos cuenta
de que había más necesidades. Pensamos entonces en invertir los fondos
iniciales en una obra que produjera ganancias suficientes para autofinanciarse y
asegurar la conservación del Centro”.
Así nació un parqueo público, contiguo al centro de salud. “Esto
era un basurero”, afirma Jacinto González, vicepresidente de la asociación,
“nos tomó seis meses terminar la limpieza, cortar la maleza y nivelar el terreno”.
El parqueo puede albergar hasta 35 vehículos y sus beneficios se utilizan
para el mantenimiento del Centro y para pagar a un vigilante.
En medio del tráfico y la contaminación, el renovado Centro de Salud
es un pequeño oasis: el pasto lo cubre todo, hay árboles, rosales y
pájaros. El doctor Walter Méndez es uno de los tres médicos
que trabajan allí: “Atendemos a cerca de 2.400 pacientes por mes, brindando
consulta y medicamentos gratuitos.” Aunque la clínica pertenece al ministerio
de Salud Pública, “la mayor parte de todo lo que se ve aquí ha sido
obtenido gracias a las iniciativas de AVEPROCOMEZ”, afirma el doctor Méndez,
que añade: “Estoy convencido de que éste es el centro de salud con
mejor infraestructura de toda la zona metropolitana.”
Fondos provenientes del parqueo han sido además utilizados para comprar pupitres
y otros muebles en el recién inaugurado Instituto de Educación Básica
estatal, que fue entregado completamente vacío a los maestros designados por
el ministerio de Educación para dirigirlo. La enseñanza primaria del
barrio, por su parte, está cubierta por algunas escuelas privadas y, sobre
todo, dos públicas y otras dos de la iglesia católica, que son casi
gratuitas.
La inseguridad es la gran asignatura que queda pendiente en El Mezquital: “Todos
estamos expuestos a ser asaltados en la calle o en nuestros domicilios, y la policía
no hace nada al respecto” se queja José Luis Gutiérrez, residente de
la Décima Calle, una de las más peligrosas del barrio. La amenaza que
representan las pandillas de jóvenes, popularmente conocidas como “maras”,
no es exclusiva a El Mezquital: un estudio publicado por la prensa local indica que
en la capital operan aproximadamente 90 maras. Sólo en 1999, fueron detenidos
más de 4.000 “mareros”, en su mayoría menores, acusados de consumo
y tráfico de drogas, tenencia ilícita de armas, asesinato, abuso sexual
y extorsión.
Fray Demsey Luarca, que dirige la parroquia Dios Con Nosotros, comparte esta preocupación:
“Los niños que acuden a nuestra escuela son blanco fácil de los mareros,
que los esperan a la entrada o salida de clases y los despojan del poco dinero que
llevan para el refrigerio, de sus cuadernos e incluso de su ropa y zapatos.” Después
de muchos esfuerzos infructuosos por lograr una mayor participación policial,
Fray Demsey trató de establecer un sistema de vigilancia similar al utilizado
en una comunidad aledaña, donde los residentes se alertan unos a otros por
medio de silbatos cuando sospechan la presencia de delincuentes. Esta iniciativa
no se pudo llevar a cabo, según el religioso, “porque la gente temía
las represalias que puedan tomar las maras”.
Aunque existe una subestación de la Policía Nacional Civil en El Mezquital,
con seis agentes permanentes, la confianza que la población deposita en ella
parece ser mínima. Lo mismo ocurre a nivel nacional, ya que la joven fuerza
de policía, creada en 1997 como resultado de los Acuerdos de Paz entre el
gobierno y la guerrilla, carece aún de la experiencia y del equipo necesarios
para garantizar la seguridad.
Para los residentes de El Mezquital las esperanzas de un futuro mejor están
puestas en sus propios esfuerzos. Al terminar sus labores diarias como pequeño
comerciante, Jacinto González a menudo colabora con otros pobladores en actividades
comunitarias como la limpieza y pintura del edificio del instituto. “Hay quienes
pueden aportar dinero”, afirma, “pero es más valiosa una hora de nuestro tiempo”.
“Tengo 67 años”, dice Juana de Jesús, “pero me siento como de 15, y
mientras pueda seguiré dando todo mi tiempo libre al trabajo de la cooperativa”.
Nadie se atreve a ponerlo en duda.
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Francisco
Diaz*: “Guatemala, la sed de cambio.”
El factor
de éxito más importante de El Mezquital es que el propio pueblo, formado
en su mayoría por gente llegada del campo o hijos de campesinos con grandes
deseos de integrarse en la sociedad urbana, era profundamente consciente de que vivía
en condiciones intolerables. Sus representantes afirmaron pronto su voluntad de hacer
de esta villa miseria una auténtica ciudad, transformando su aspecto físico
y creando los servicios urbanos mínimos. Esta disposición viene de
lejos: la sed de cambios de los guatemaltecos, siempre reprimida, se lee en los sobresaltos
de su Historia. El Estado, acaparado por la guerra e incapaz de responder institucional
y materialmente a ese anhelo, acallaba cualquier iniciativa popular, ya que, a sus
ojos, éstas provenían de sus adversarios. La ausencia de Estado aguzaba
la voluntad de renovación de los habitantes de El Mezquital. Paradójicamente,
la destrucción general de la sociedad guatemalteca favorecía la aparición
de estructuras autónomas.
En 1986, organizaciones humanitarias como UNICEF y Médicos sin Fronteras acudieron
no para imponer sus soluciones, sino para catalizar un movimiento iniciado antes.
Al llegar, no encontraron un vacío institucional: el pueblo de El Mezquital
había escogido a sus representantes, más o menos democráticamente,
al margen de cualquier proceso electoral oficial.
Los dirigentes de las organizaciones populares no tienen un perfil tipo. Se trata
de cabecillas espontáneos, habitantes con un pasado sindical o político,
o bien gente muy sencilla. No pueden entregarse sin límites. Como en cualquier
empresa colectiva, los intereses personales, las luchas de poder o los desvíos
de fondos son inevitables, pero menores que en otros lugares.
Los límites de este tipo de auto-organización popular que se da en
El Mezquital se deben más bien a la ambigüedad de las relaciones que
imperan entre las autoridades oficiales y las organizaciones locales. Los primeros
aprecian que los segundos alivien parte de su peso ocupándose de los barrios
explosivos. El poder municipal llega a “subcontratarlos” muy oficialmente, ya que
la implicación de las agencias extranjeras de desarrollo es una especie de
garantía para estos organismos locales. Pero ningún poder municipal
ni estatal ve con buenos ojos la consolidación de estas organizaciones autónomas,
cada vez más parecidas a un contrapoder, por lo que se esfuerza por controlarlas
y frenar su crecimiento.
El coste financiero de este tipo de auto-desarrollo urbano es notable; el Banco Mundial
estima en 1.300 dólares la inversión por familia entre 1994 y 1997.
Los inversores extranjeros tienen que mostrarse perseverantes y modestos tanto en
su comportamiento como en sus objetivos. Deben aceptar que lo que van a vivir es
la vida, con sus altibajos…
* Actual
responsable de agua, higiene y saneamiento de la ONG Médicos sin fronteras,
trabajó durante diez años con organizaciones populares de El Mezquital.
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