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Afganistán en fechas

Unidos por la tradición
Alain Boinet, director de la asociación Solidarités.
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La asamblea del pueblo delibera y toma las decisiones.


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Afghanistán










Afganistán en fechas

1973. Un golpe de Estado militar derriba la monarquía. Mohamed Daud, primo del rey, se convierte en presidente de la República.
1978.
Los comunistas toman el poder.
1979.
En diciembre, la intervención del ejército se enfrenta a una fuerte resistencia. Babrak Karmal es elegido jefe del Estado.
1986.
El presidente Sayid Mohamed Nayibulá continúa la guerra civil contra los rebeldes musulmanes.
1988.
Se inicia la retirada soviética. Las fuerzas gubernamentales y las diversas facciones de la resistencia prosiguen los combates.
1992.
El 16 de abril, los muyaidines entran en Kabul, derrocando a Nayibulá e imponiendo un consejo provisional. Los combates entre las tropas del ministro de Defensa, Ahmed Shá Masud y las del Hezb-I-Islami de Gulbuddin Hekmatyar, se reanudan hasta la firma de un acuerdo de paz.
1994-1996.
Los talibanes (estudiantes coránicos), un nuevo movimiento fundamentalista apoyado por Pakistán, van ganando influencia.
1996. Los talibanes ocupan Kabul y controlan el 90% del país. Afganistán es proclamado Estado Islámico. El ex presidente Nayibulá es ejecutado.
1999.
Tras la derrota de las negociaciones entre los talibanes y la oposición, Estados Unidos impone sanciones económicas al régimen talibán.
2000.
Naciones Unidas exige la detención de Osama Ben Laden, terrorista saudita instalado en Afganistán, e impone sanciones al país. Los refugiados afganos se convierten en el mayor grupo de población desplazada del mundo.



“El gobierno ha de nacer del país.”

José Martí, político y escritor cubano (1853-1895)

En Afganistán, a pesar de la guerra y el derrumbe del poder central, las sólidas estructuras tradicionales mantienen la cohesión social.

Las cinco de la mañana. Amanece en el valle de Jalrez. Al pie de las cumbres nevadas, una franja de vegetación se extiende a lo largo de 50 kilómetros. Al pasar vemos grupos de mujeres vestidas de vivos colores y niños que conducen rebaños de ovejas. Hay en el suelo aún cráteres abiertos por las bombas y flamean las banderas en memoria de los sahids, los mártires de la guerra contra los soviéticos. Pronto aparece la aldea de Doabi, de unos 560 habitantes.
“Asalamaleikum…” Hayi Amin, el jan, equivalente del alcalde, nos acoge con la tradicional hospitalidad afgana. Hablamos del problema del momento: la sequía. De las 180 aldeas del valle, más de 20 sufren una grave penuria y se estima que 10.000 de sus 50.000 habitantes podrían verse forzados a partir. Tras 20 años de conflicto, no existe ninguna estructura estatal capaz de adoptar medidas de emergencia. La ayuda depende únicamente de la iniciativa de las aldeas y los vínculos que éstas han creado con las organizaciones humanitarias.
La sequía afecta a los cultivos de secano en todo el país. Hayi Amin ha oído decir que la corriente de exiliados va en aumento. Al parecer, 750 personas llegan cada día a los campos de refugiados de la frontera pakistaní. En el apogeo de la guerra, hasta seis millones de afganos, de una población aproximada de 16 millones, huyeron del país. Actualmente, 2,6 millones siguen refugiados en Pakistán e Irán.
Pese a la gravedad de esta nueva crisis, la población se organiza para hacerle frente. Es tal vez la única constante de la historia reciente de Afganistán. La guerra costó la vida a un millón de afganos, hay diez millones de minas enterradas en todo el país y las plagas se suceden, pero las comunidades rurales y sus sólidas estructuras tradicionales logran amortiguar los efectos.
En Doabi, la vida transcurre en una autonomía casi total. Los habitantes practican el trueque, participan en los trabajos de interés común y ayudan a las familias con dificultades. A finales del verano, cada cual entrega una porción de su cosecha al molá, otra al mirab (“señor de las aguas” responsable de los canales de riego) y otra al guardián del rebaño. Después se procede al reparto.

La asamblea, instrumento de decisión
En cuanto surge un conflicto de vecindad con otro pueblo o alguna amenaza grave, como la sequía, el pueblo convoca su “asamblea”. La yirga, como se llama en lengua pashta, o la shura, en farsi, congrega a los ancianos, el qazi o juez religioso, el molá, el maestro y algunos agricultores, entre ellos antiguos comandantes de la resistencia y, por supuesto, el jan. Mientras toman el te, cada uno escucha y habla cuando le toca.
Sería un error ver en la yirga un simple modo de salir del paso en ausencia de otras instancias administrativas. En el pasado, explica Hayi Amin, se convocaban con frecuencia a nivel regional o incluso nacional asambleas similares procedentes de los pueblos. Garantizar el funcionamiento de las yirgas locales es también mantener las estructuras que sirvieron para definir el bien común para todo el país. Y, según Hayi Amin, aunque esta perspectiva sea hoy improbable, todo el mundo está convencido de que se trata de la mejor solución.
Afganistán es un mosaico étnico, y el valle de Jalrez es una síntesis parcial bastante peculiar. Está poblado en su mayoría por pashtos, pero también por tayikos y hazaras, descendientes, según se afirma, de los soldados labradores de Gengis Jan, que constituyen la minoría chiíta de un país con 85% de sunníes.
En Qala Ali, una aldea de las tierras altas muy afectada por la sequía donde viven 40 familias, nos detenemos frente a la mezquita. Allí se reúne la shura, se recibe a los viajeros y el molá enseña el Corán, caligrafía y rudimentos de cálculo a los niños.
El molá Ahmad, cuya autoridad es manifiesta, se expresa en nombre de la aldea. A pesar de los combates, ésta siempre ha logrado subsistir en una semiautarquía. Tradicionalmente, algunos hombres van a trabajar a Kabul o a Irán para mejorar el sustento familiar.
Hace dos años que no llueve. Las cosechas de trigo han disminuido en 80%, las patatas ya no se dan. Los campesinos han vendido algunas cabezas de ganado, y se han endeudado en espera de días mejores.
La educación constituye la otra preocupación permanente de Ahmad. Hace años que la asamblea contempla la posibilidad de contratar a un malem (maestro), pero los fondos no alcanzan, hoy menos que nunca.
En 1974, Afganistán, uno de los diez países más pobres del planeta, tenía 15.000 maestros, 350 escuelas de niñas y 2.500 de varones. El sistema nacional, ciertamente poco desarrollado, controlaba la escolarización hasta la universidad. Hoy, los esfuerzos educativos se sufragan exclusivamente con los modestos medios de las aldeas, y la formación del personal docente ya no existe.
De regreso a Kabul, nos cruzamos con jinetes y grandes camiones decorados con leones o flores de colores, que suben hacia el puerto. En pocos años, la pista ha cambiado. El tráfico es más intenso, ya no se ven individuos armados y es posible circular sin interrupciones, mientras que antes había que detenerse en los controles de alguno de los bandos por lo menos cada tres kilómetros.

Un país controlado por los talibanes
Nuestro chófer nos explica cómo los talibanes tomaron el control del valle, poco después de entrar en Kabul, en septiembre de 1996. Primero enviaron a algunos hombres a predicar la paz de las armas, a amenazar a los recalcitrantes con las peores represalias y a comprar, en caso necesario, a las facciones indecisas. Sólo después instalaron sus dos gobiernos: uno civil y uno militar. ¿Los servicios públicos? Inexistentes. Pero, al contar con una correlación de fuerzas sumamente favorable, los talibanes pusieron lisa y llanamente término a la guerra de todos contra todos. El país sigue sin tener un régimen legítimo, los enfrentamientos persisten en el Nordeste, controlado por el comandante Massud, y vuelven a brotar focos aquí y allá. Pero los nuevos amos de Kabul han logrado arrogarse el monopolio de la violencia.
Algún día, quizás, una gran yirga nacional definirá el bien común y las atribuciones de un nuevo Estado nacional. Mientras tanto, los habitantes del valle, extenuados por 20 años de combate, han optado por deponer las armas para disfrutar de la paz y la seguridad, dos valores mucho tiempo olvidados.


Más información
www.solidarites.org





Cifras clave

Población:
25,9 millones (1999)
PNB/habitante:
no disponible (1999)
Evolución anual
del PNB/habitante:
no disponible (1990-98)
Esperanza de vida
al nacer:
46 años (1998)
Tasa de analfabetismo
de los adultos:
65 % (1998)

Fuentes: Banco Mundial, PNUD.

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