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Las patentes y la OMC

La salud es más que un negocio
Ivan Briscoe, periodista del Correo de la UNESCO.
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Un niño africano sirve de lazarillo a su abuelo, enfermo de oncocercosis.



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Enfermedades como la tuberculosis, que se creían erradicadas, siguen haciendo estragos.




Las patentes y la OMC

Para los laboratorios, representa la ratificación oficial de sus derechos mundiales; para los activistas de la salud pública, puede convertirse en un salvoconducto para el control que ejercen las sociedades anónimas y la indiferencia moral: aprobado en 1995, con motivo de la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) constituirá sin duda el centro del futuro debate sobre el acceso a los medicamentos esenciales.
La ironía es que el propio ADPIC es ambiguo en cuanto a la protección otorgada por las patentes. Para 2006, los 137 países miembros de la OMC deberán haber reconocido unos fuertes derechos de propiedad intelectual que garanticen un monopolio de 20 años sobre los medicamentos nuevos. Sin embargo, varios artículos del texto dejan alguna salida. Por ejemplo, la concesión de licencias para la fabricación de la versión local de un medicamento patentado o la importación del proveedor extranjero más barato en caso de emergencia sanitaria.
De momento está poco claro lo que pueda resultar de todo esto. Los funcionarios estadounidenses entienden que el acuerdo ha actuado como un acicate en países como Tailandia y la Argentina, donde prosperan las empresas farmacéuticas dedicadas a la fabricación de sustancias genéricas (el consejo de conciliación de la OMC deberá pronunciarse sobre varias demandas presentadas contra Argentina y Brasil). Sin embargo, el ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, parecía inclinarse por la interpretación más benigna cuando en mayo de 2000 firmó una orden que eximía a los países africanos de pagar los derechos de patente farmacéutica. La batalla no ha hecho más que empezar.

Con la propagación del sida y la reaparición de enfermedades que se creían erradicadas, el acceso a los medicamentos es crucial para los países pobres. La industria farmacéutica lo lamenta. Pero no hace mucho más.

Una vieja enfermedad olvidada está reapareciendo, y son ya tres los vecinos de Faustino Torrico que la han contraído. Catedrático de medicina en la universidad de Cochabamba (Bolivia), quisiera poder hacer más para ayudar a cuantos la padecen, pero el parásito inmundo causante del mal de Chagas tiene una defensa invencible: al Trypanosoma cruzi le gusta que los insectos que le sirven de portadores vivan en paredes y techos de barro, le encanta la miseria.
El doctor Torrico tiene claro que las cifras no cuadran. Sabe que existen unas píldoras que podrían aliviar a las 450.000 personas contagiadas de la región, muchas de las cuales sufrirán perforaciones irreversibles del corazón y del intestino, pero cada dosis de esas píldoras cuesta un dólar, lo que representa 90 millones de dólares para tratar a la ciudad de Cochabamba simplemente, o sea, una cifra que supera en 84 millones el presupuesto nacional de seis años para combatir el mal de Chagas en todo el país.
Los profesionales de la salud de los países en desarrollo están perfectamente al corriente de los resultados de tan inmensas carencias. Para los 23 millones de víctimas del sida de África subsahariana, se resumen en ausencia de tratamiento, ajetreos semiclandestinos para conseguir comprimidos baratos y fallecimiento casi inevitable. Prácticamente puede decirse lo mismo del paludismo y la tuberculosis. Estas tres enfermedades son las tres grandes plagas mundiales, todas ellas (incluso el paludismo) están en mayor o menor grado presentes en los países ricos y acaparan la atención mundial. Pero afecciones con nombres exóticos, como el mal de Chagas en Bolivia, la fiebre amarilla en Guinea y la enfermedad del sueño en Uganda, causan estragos tras un muro de silencio.
Por lo que respecta a los medicamentos, los que hay son caros, ineficaces o ambas cosas. Un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaba que entre 1975 y 1997 se comercializaron 1.223 nuevos tratamientos químicos. Sólo 11 estaban destinados a las llamadas enfermedades tropicales, y de éstos, más de la mitad eran de uso veterinario.
En los últimos 20 años, la participación de los países en desarrollo en el consumo farmacéutico mundial ha bajado del 25 al 20 %. Así pues, 75 % de la población mundial consume nada más que 20 % de los fármacos existentes, explica Jonathan Quick, jefe de la División de Medicamentos Esenciales de la OMS.
Lógica mercantil, no sanitaria
Salvar la distancia que media entre las necesidades y la oferta de medicamentos se ha convertido en una tarea urgente, debatida en julio pasado en la mesa de negociaciones del G-8 en Okinawa (Japón). Para los políticos, ha adquirido carácter prioritario a causa de los estragos del sida. La actitud de la industria farmacéutica, puramente mercantil, no tiene en cuenta las necesidades sanitarias de los que son demasiado pobres para pagar los medicamentos. Complica aún más la tarea la fragmentación de la sanidad moderna. Hasta hace poco, las enfermedades infecciosas más mortíferas (tuberculosis, viruela, sífilis y poliomielitis) recorrían todo el planeta, sin distingos geográficos ni económicos. Hoy, sin embargo, las enfermedades que aquejan a los ricos y las que padecen los pobres son bien distintas. La principal causa de mortandad en Occidente son las dolencias crónicas (enfermedades cardíacas, cáncer, embolia). Por su parte, la pobreza y la mala atención sanitaria han resultado ser el caldo de cultivo ideal para la aparición de nuevas cepas resistentes en las pestilencias de antaño. Por no citar más que un caso entre mil, más del 70 % de los enfermos de paludismo de Sierra Leona siguen tomando por prescripción médica cloroquina, que no les hace el menor efecto. Para las empresas, se trata de una triste realidad que nada tiene que ver con su estrategia de mercado.
La industria del fármaco ha cambiado tanto desde sus comienzos con el comercio de la penicilina, al término de la Segunda Guerra Mundial, que resulta irreconocible. El gasto anual del sector en investigación y desarrollo asciende a 40.000 millones de dólares y eclipsa la labor que realizan los laboratorios públicos, que a su vez forcejean para ponerse a la altura de las prioridades. El poder está en manos de un puñado de empresas multimillonarias que se mueven en una corriente de fusiones y adquisiciones, tratando por todos los medios de complacer a los accionistas, evitar ser compradas y encontrar el remedio milagroso capaz de producir mil millones de dólares anuales durante los 20 años de vigencia de su patente.
Vista la cuantía de las inversiones (unos 500 millones de dólares por cada nuevo fármaco), es evidente que las ventas potenciales son determinantes en la elección de las investigaciones. Según Herman Mucke, analista independiente de la industria farmacéutica, la locura del momento —la obsesión por mantenerse jóvenes— es la columna vertebral del sistema y representa una fuente de ingresos colosales en Europa, cuya población envejece. Desde que Pfizer comercializó el Viagra, han prosperado también los fármacos al servicio del estilo de vida. Gracias a una inversión considerable de fondos y de talento se han puesto a punto atractivos tratamientos contra el exceso de peso, las arrugas y la angustia que provoca separarse de un animal de compañía. Las empresas apuntan directamente a colmar los deseos del consumidor, como si fueran supermercados. En un artículo publicado en la revista estadounidense de izquierdas The Nation, se llegaba a la conclusión de que un ricachón viejo, gordo, calvo, enmohecido e impotente, contaba sin la menor duda mucho más para la industria farmacéutica que 500 millones de personas expuestas a contraer el paludismo.
Para la industria farmacéutica, esas críticas confunden la indignación moral con un juicio objetivo. Es en el sector privado, en definitiva, donde la industria debe llegar a los consumidores y recuperar sus inversiones. Para los accionistas no existen más razones para facilitar medicamentos a los pobres que las que tendrían los bancos para regalar dinero a los necesitados o los supermercados para distribuir comida gratis entre los hambrientos. Quizá, individuos de diversas empresas tienen más altura de miras, pero ya se sabe que estas compañías funcionan gracias a millares de accionistas preocupados sólo por los beneficios. Si éstos bajan, el director va a la calle y listo, afirma Mucke.
Con todo, varios laboratorios han cooperado ya en importantes iniciativas sanitarias públicas. La firma estadounidense Merck, por ejemplo, regaló 60 millones de dosis de ivermectin a lo largo de un decenio, contribución esencial a los esfuerzos que, con resultados alentadores, se han hecho para erradicar la oncocercosis en África. Otras empresas se han comprometido también a seguir fabricando medicamentos contra la enfermedad del sueño.
Pero son pocos los activistas de la salud que se hacen ilusiones en cuanto a la bondad de los laboratorios. La lógica de la industria farmacéutica no es la de la acción social, afirma Jean-Marie Kindermans, de Médicos Sin Fronteras (MSF). Esta ONG ha empezado a moverse para que se adopten de inmediato medidas para facilitar medicamentos a quienes no pueden comprarlos.

Definir las prioridades
El primer objetivo son los seropositivos y enfermos de sida en África. Peter Langi, un alto funcionario del ministerio de Sanidad de Uganda (820.000 personas contagiadas en una población de 21 millones), admite que el acceso a los carísimos medicamentos contra el VIH es mínimo. Sólo se consiguen en unos cuantos hospitales de la capital. Los cinco principales laboratorios farmacéuticos acordaron en mayo rebajar en 80 % el precio de los medicamentos contra el sida en África. Langi explica que, por lo que respecta a Uganda, se acaba de decidir bajar el precio de la triterapia antirretroviral a 140 dólares mensuales. La única pega es que el presupuesto gubernamental de sanidad es de 12 dólares por persona y año.
Para MSF, los pactos entre caballeros con las empresas farmacéuticas no bastan. Numerosos activistas de la salud estiman que las empresas actúan por las mismas razones estratégicas que motivaron su donativo de 20 millones de dólares a la campaña presidencial estadounidense. No cabe duda de que rebajar los precios y regalar medicamentos, como hizo recientemente Pfizer al comprometerse a donar gratuitamente a Sudáfrica fluconazol (sustancia que sirve para tratar la meningitis criptocócica, una de las complicaciones frecuentes del sida), queda muy bien en los sueltos de prensa, pero las versiones genéricas de los mismos medicamentos se fabrican ahora en laboratorios de Brasil, India, Tailandia y Argentina, a un precio hasta 40 veces más bajo que el de las grandes empresas. ¿Y si la caridad de los colosos no fuera más que una treta para suscitar el aplauso, anular a la competencia y preservar los derechos de protección mundial de las patentes? (véase recuadro).

La industria se defiende
La solución del sida no consiste en que cinco grandes donantes rebajen sus precios. Es necesario un acuerdo político, no caritativo, declara Kindermans. Entre las medidas prioritarias figuran la fabricación de productos genéricos baratos, la reducción de las restricciones de las patentes y la fijación de precios diferentes para los medicamentos en los países ricos y en los países pobres. El objetivo último es recordar a la industria farmacéutica que la salud, condición de la vida humana, no puede ser nunca un mercado más.
Pero el enfrentamiento, como la OMS se apresura a agregar, no soluciona nada. Hacen falta cambios en todos los terrenos, en las empresas, en la política e incluso en los consumidores de los países ricos, que podrían tener que pagar precios más altos por los comprimidos. Con el sida, al igual que sucede con la tuberculosis, el paludismo y las enfermedades tropicales olvidadas que hemos mencionado antes, la única opción parecen seguir siendo los acuerdos de investigación entre el sector público y el privado. Así, una importante iniciativa mundial contra el paludismo prevé la fabricación de un nuevo medicamento durante cinco años por tan sólo 150 millones de dólares, y la industria ha prometido su ayuda. Y aunque se están regalando en la actualidad varios medicamentos para combatir la enfermedad del sueño, la OMS no sabe qué hacer con una de las sustancias patentadas más prometedoras, la eflornithina, ya que ninguna empresa se ha atrevido hasta ahora a afrontar los riesgos de su fabricación por combustión.
Mientras tanto, los colosos de la farmacia se atrincheran. Su preocupación primordial es el sistema de patentes, eje de toda la industria. Su transformación o su desmantelamiento, que exigen los activistas más radicales, podría llevarlos a la quiebra.
La defensa está preparada: en los países en desarrollo, el problema estriba más en una atención sanitaria deficiente que en la falta de medicamentos. Y si los países pobres necesitan tener empresas farmacéuticas florecientes —afirma Viren Mehta, director del centro de análisis farmacéuticos Mehta Partners, con sede en Nueva York—, un sistema fuerte de patentes y una dosis de fondos públicos resultan fundamentales. La industria farmacéutica se encuentra en un punto de inflexión. El nuevo instrumento que brinda la biotecnología abre perspectivas muy prometedoras, ya que, según afirma Mehta, permitirá iniciar la investigación fundamental de los mecanismos de la naturaleza. Lo que se precisa en el plazo de dos generaciones son soluciones que puedan distribuirse con una buena relación costo-eficacia. Lo que debe aportarnos esta ciencia es una pastilla que cure el paludismo de manera segura y efectiva, otra capaz de purificar el agua y otra que estimule el crecimiento de los cultivos.
Si los fármacos producidos gozan de protección por un plazo breve en el sector privado, gracias a este incentivo estarán al alcance de todos en la generación siguiente. Pero la naturaleza humana, agrega Mehta, es incapaz de mostrar interés cuando no hay ganancias. La industria lo confirma: gracias al nuevo régimen de patentes, afirma, una auténtica industria dedicada a la investigación ha surgido en México y Brasil. Incluso algunos de los 28.000 laboratorios imitadores de la India se han pasado a la invención.
Pero mientras las buenas obras de la industria farmacéutica se deban al afán de lucro, los incentivos para eliminar los parásitos de los techos de Cochabamba tendrán que hacerse esperar.

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