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¿Cómo ven su futuro?

Los profesores, último bien de las escuelas rusas

Nick Holdsworth, colaborador del Times Higher Education Supplement y de diversos diarios británicos, autor de Moscow, The Beautiful and the Damned. Life in Russia in Transition, André Deutsch, Londres, 2000
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La Antigüedad renace en la Escuela Moscovita para la Autodeterminación.






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Rusia





¿Cómo ven su futuro?

Según un informe del UNICEF-Centro de Investigaciones Innocenti de Florencia, el número de individuos de 15-18 años que no siguen sus estudios en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) ha aumentado en tres millones en 1989 y 1998, pasando así de seis a nueve millones, lo que equivale a un tercio de las personas comprendidas entre esas edades. Los nuevos Estados independientes que pasan por una crisis económica y no aplican programas de reformas son los que tienen los índices más bajos de matrícula. Por término medio, los índices de éxito escolar han bajado en 13% en la CEI: -16% en Rusia, -13% en Kirguistán y -26% en Tayikistán, devastado por la guerra.
Además, según un estudio de la OCDE, el acceso a la educación se vuelve cada vez menos igualitario “a medida que la sociedad rusa se estratifica en función de la riqueza”. Este informe, titulado “Los jóvenes en las sociedades en mutación”, recoge entrevistas con jóvenes de 27 países de la región y aboga por unas escuelas más “respetuosas de los alumnos” en sus métodos, sus programas y el medio escolar. En relación con los temas de sanidad pública, muestra también su preocupación por la amenaza del sida en una región que hasta ahora figuraba entre las menos afectadas del mundo.


www.unicef-icd.org




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Tatiana Serguéyevna muestra el único ordenador, obsoleto, de su escuela.





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El comedor del Colegio N°2 de Rtishevo.
En medio de toda suerte de privaciones, los docentes rusos se esfuerzan por mantener una educación de calidad e incluso realizan experiencias pedagógicas innovadoras. Dos ejemplos, uno de provincias y otro de Moscú.

Tatiana Serguéyevna Korobóvtseva no acepta el desaliento. Sin embargo, en Rtishevo, una ciudad de 40.000 habitantes, nudo ferroviario de la región de Saratatov, a 650 km de Moscú, la directora adjunta del Colegio Nº 2 ha de hacer frente a toda suerte de dificultades, al igual que todos los docentes de provincias.
Tiene 40 años y desde 1985 se dedica a la enseñanza. En sus comienzos, Mijaíl Gorbachov acababa de acceder al poder, y de los programas escolares se encargaba el Partido Comunista. Con la glasnost, la perestroika y la caída del comunismo en 1991, el impulso de libertad que se apoderó del país llegó también a la educación. Pero el fracaso del liberalismo de Borís Yeltsin y la quiebra del poder central han generado pobreza, alimentado las dudas y reducido a casi nada las nuevas libertades. Así, Tatiana Serguéyevna vio bajar su nivel de vida a medida que bajaba el valor real de su sueldo (frecuentemente pagado con retraso) y tuvo que afrontar problemas inéditos incluso en la Unión Soviética moribunda de mediados del decenio de los 80. Y nada ha cambiado, según ella, desde que Vladimir Putin está en el poder.
Pese a estas condiciones, Tatiana Serguéyevna, junto con el director de la escuela, Vyacheslav Sashenkov, y todo el personal (40 asalariados), hacen cuanto pueden por mantener la calidad de la enseñanza en este establecimiento, que cuenta con 690 alumnos y tiene fama de ser uno de los mejores de la ciudad.
El presupuesto de la escuela es de dos rublos diarios por alumno. Tatiana cobra 1.500 rublos (unos 50 dólares) al mes, y el director un dólar más. Muchos alumnos pertenecen a familias modestas. En el comedor, subvencionado, pueden almorzar por tres rublos. Un consejo de administración integrado por padres, directores de empresas locales y docentes recauda fondos, pero la falta de material pedagógico, libros y ordenadores recientes es acuciante.
En los últimos diez años muchos profesores han dimitido para dedicarse a los negocios, que a menudo se limitan a la reventa en Rusia de productos comprados a buen precio en Turquía o Polonia. Los que han permanecido en la educación no han encontrado ninguna solución de recambio, o bien siguen convencidos de la importancia de su misión.
Tatiana Serguéyevna pertenece a esta segunda categoría. Se aferra a un trabajo tan mal pagado (incluso en comparación con los modestos sueldos locales) por una razón muy sencilla: “Me gusta mi trabajo y no podría vivir sin enseñar”, afirma. “Los rusos están acostumbrados a luchar para sobrevivir. Salen adelante gracias al humor.”
Mucho humor hace falta aquí para enseñar matemáticas e informática. Tatiana Serguéyevna no ha utilizado nunca Internet y sólo puede enseñar la teoría de la programación, pues los ordenadores de fabricación soviética que posee la escuela tienen 13 años, y su utilización no es aconsejable debido al alto nivel de radiaciones electromagnéticas. “Trato de no hablar demasiado de Internet a los niños y me limito a familiarizarlos con los algoritmos. Redactan programas informáticos en sus cuadernos de ejercicios. Tengo que apañármelas para hacer frente a esta triste realidad.”
Vyacheslav Sashenkov, el director, esboza una sonrisa al recordar que el ministerio federal de Educación tiene previsto formar a cientos de miles de docentes en Internet y equipar en diez años a todas las escuelas del país con un ordenador, como mínimo, conectado a la red. “Un solo alumno en toda la escuela tiene un ordenador personal, y el proveedor de acceso más próximo se encuentra en Saratov, a 200 kilómetros de aquí. El gobernador de la región, Dmitri Ayatskov, financia el equipo informático de las escuelas en construcción, pero no otorga ninguna ayuda a las ya existentes”, afirma.
Sin embargo, el Colegio Nº 2 no ha perdido del todo la esperanza. Desde 1991, la liberalización de la enseñanza ha permitido renovar los programas. Las asignaturas principales —ruso, historia y matemáticas— dependen de las orientaciones nacionales, pero para las demás hay cierto margen de maniobra. Los profesores organizan los programas y las asignaturas optativas con una libertad desconocida bajo el régimen soviético.

El experimento de la libertad
A principios del decenio aparecieron así toda una serie de opciones “de moda”, como las califica Sashenkov: inglés, danza, ajedrez, estudios culturales, informática. El horario de los alumnos se ha ido cargando, y en la actualidad asisten a clase ocho horas diarias seis días por semana. Pero las dificultades financieras y, más recientemente, consideraciones de orden médico, han templado estos ardores. La delegación nacional de Sanidad ha obligado a reducir las clases a seis horas y la semana a cinco días.
Los profesores más abnegados tienen que ejercer otras actividades fuera de horario. Para preparar los exámenes de ingreso en la Universidad se organizan unas clases suplementarias por las que los alumnos pagan, y así pueden los docentes sobrevivir. Gracias a un acuerdo con las dos universidades —técnica y agrícola— de Saratov, los mejores alumnos pueden incluso asistir a un ciclo preparatorio.
Han surgido nuevos problemas: los propios padres, que necesitan ayuda para atender su puesto en el mercado, fomentan muchas veces el absentismo. Y pese a las múltiples dificultades, financieras en particular, con que tropiezan las escuelas públicas y que son más patentes a medida que aumenta la lejanía de Moscú, Tatiana Serguéyeva no se queja. “La descomposición social es menor en provincias, y el nivel de educación se mantiene más alto. Los problemas de alcohol y droga en la escuela son prácticamente inexistentes.”
Al igual que el Colegio Nº 2, la escuela que dirige Alexander Tubelsky funciona también con fondos estatales e imparte una enseñanza general, pero se encuentra en Moscú, que viene a ser como si estuviera en otro mundo.
Esta escuela experimental ha estado siempre al margen de la ortodoxia escolar, tanto antes como después de la caída del régimen comunista. También aquí se perciben los efectos de los recortes presupuestarios, pero la preocupación principal sigue siendo la independencia pedagógica.
Los métodos que se aplican en esta escuela del barrio de Izmailovo, al nordeste de Moscú, se inspiran en diversos experimentos realizados tanto en Rusia como en el extranjero, sobre todo en Summerhill, en el Reino Unido, y en el movimiento de las escuelas libres de A.S. Neill.
La escuela se interesa ante todo por la personalidad de los alumnos, por sus aptitudes y necesidades concretas, a las que los programas y la disciplina deben subordinarse. La escuela garantiza a cada alumno la libre elección de las asignaturas, de los profesores e incluso de la asiduidad. “Creer que los jóvenes tienen que absorber una serie determinada de asignaturas para completar su educación y encontrar su puesto en la sociedad es un mito”, afirma Alexander Tubelsky, un sexagenario de rostro expresivo y pelo cano. “Si el alumno aprende a encontrar la información necesaria para alcanzar los objetivos que se ha propuesto, si sabe comunicar y cooperar y si es capaz de analizar los datos que posee, adquiere competencias que le servirán toda su vida.”
La escuela, en la que la única obligación es el respeto de unos horarios mínimos para las asignaturas fundamentales, ofrece a sus mil alumnos y 200 niños de maternal un nivel de libertad inimaginable en ningún otro lugar del país.

Asumir responsabilidades
Las actividades que se proponen a unos 80 alumnos de sexto grado (entre los 11 y 12 años) un sábado de invierno por la tarde permiten hacerse una idea de los métodos en vigor desde hace 13 años. Las ilustraciones expuestas en el pasillo a la vuelta de viajes educativos por los sitios arqueológicos de Crimea indican que los alumnos estudian las civilizaciones de la Antigüedad. Ataviados con una toga y en zapatillas, están reunidos en el teatro de la escuela. Algunos muchachos llevan armaduras y cascos grecorromanos. También los profesores visten toga, y el ambiente, quitando una risita furtiva o una pelotilla de papel que vuela de una mesa a otra, es serio.
Habrá quienes encuentren ridículo asociar las matemáticas, las ciencias y la informática a juegos de roles en los que se entremezclan personajes de todas las épocas de la Historia. Alexander Tubelsky defiende su método, que permite a 60 o 70% de sus alumnos acceder a los estudios superiores y convertirse en adultos autónomos, responsables y equilibrados. “Me costaría mucho describirle a nuestro alumno-tipo. No tratamos de meter a los individuos en un molde. Si alguna característica tienen en común, es no acusar a los demás de sus fracasos. Asumen sus responsabilidades y se apoyan en la experiencia para progresar.”
Yulia Turchaninova confirma esta afirmación. Próxima colaboradora de Alexander Tubelsky, profesora de pedagogía y ex encargada de la formación continua de los docentes rusos, explica que “la libertad favorece la responsabilidad. Las personas sometidas pierden interés por el trabajo y por sus consecuencias. Sólo el individuo libre es responsable”.
Esta cultura de libertad explica el interés que despierta la escuela entre los numerosos pedagogos rusos y extranjeros que la visitan. Firmemente opuesta a los conceptos tradicionales de nivel, examen, clasificación y distribución en clases homogéneas, la escuela no selecciona a sus alumnos, 80% de los cuales viven en el mismo distrito, una barriada periférica con índices altos de desempleo, pobreza y delincuencia.
También aquí existen los problemas financieros y de disciplina que tienen todas las escuelas de Rusia. El presupuesto mensual de la escuela es de 105.000 dólares. Aunque es 10 veces superior al del Colegio Nº 2 de Rtishevo, está por debajo de las normas europeas. Los donativos de padres y mecenas ascendieron a 56.000 dólares en el año 2000. Como el sueldo medio de un profesor es de 1.800 rublos (unos 65 dólares), muchos de ellos dan clases fuera. De los problemas de disciplina se ocupa un Consejo del Centro, cuyo criterio básico es la noción de responsabilidad individual.
Dirigir un establecimiento de este tipo no es tarea fácil, y menos en Rusia, donde la disciplina resulta ser una respuesta eficaz a la corrupción rampante y al laxismo. El éxito de la escuela podría resumirse en esta respuesta de los alumnos, a los que unos profesores de Volgogrado que estaban de visita reprochaban su atuendo descuidado y poco apropiado para el estudio: “¿Por qué tendríamos que vestirnos de otra manera? Aquí no estudiamos, vivimos.”

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