
Manifestación en Munich para promover el reciclaje de ordenadores viejos.

Viajar conectado: un “cibertranvía” en Amsterdam.
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Las
cuatro edades de Internet
Internet se
convirtió en una red de comunicación de masas hace solemente diez años.
Según el especialista británico Lorcan Dempsey, su crecimiento se ha
producido en cuatro etapas.
Simple banco de pruebas durante los años setenta, Internet es un terreno de
juego para científicos, que se esfuerzan por resolver los problemas técnicos
que plantea la creación de una red informatizada en gran escala. Esta primera
etapa se desarrolla principalmente en Estados Unidos.
Internet emergió después como comunidad, compuesta esencialmente por
profesionales de la informática y estudiantes. Desde fines de los años
setenta a 1987, aparecieron nuevos servicios y nuevas formas de comunicación,
como los grupos Usenet. El movimiento sigue siendo esencialmente estadounidense,
pero poco se interesan por él otros países industrializados
Al adquirir mayor envergadura, se transforma en un recurso universitario generalizado.
Se empieza a dar más importancia a las informaciones y los servicios disponibles
que a las simples direcciones de las computadoras conectadas. Esta etapa dura aproximadamente
de 1987 a 1993, primero en los países industrializados.
En su última fase, Internet se convierte en una infraestructura de información
comercial, gracias a la creación del World Wide Web en 1993. Teóricamente
planetaria, la red cubre ante todo los países desarrollados.
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A pesar de los descontentos, Internet sigue atrayendo a multitudes. |
Desanimados
por la complejidad técnica o para huir de la preponderancia del comercio en
línea, numerosos internautas abandonan la red. Algunos estudios recientes
tratan de entender las causas de este nuevo fenómeno.
Hasta ahora, Internet
pertenecía a los optimistas. Éstos concibieron la red, escribieron
su breve historia y siguen trazando sus perspectivas futuras. Christian Huitema,
por ejemplo, uno de los investigadores que participaron en la creación del
último protocolo de Internet, IPv6, declaraba recientemente: “La cifra de
un centenar de computadoras por ser humano no es totalmente descabellada. Se llegaría
así a un billón de computadoras conectadas a Internet en 2020. Un objetivo
aún más ambicioso no es en modo alguno inaccesible.”
Más entusiasta todavía, Vinton Cerf exponía hace dos años
la nueva ambición de los investigadores. El coinventor del lenguaje informático
que dio origen a Internet anunciaba que estaba en estudio un proyecto de desarrollo
de la red más allá de los límites de la tierra: el InterPlaNet
podría extender la informática en línea al espacio sideral.
Sin embargo, una conjunción de factores empieza a ensombrecer esas perspectivas
radiantes. En primer lugar, la “fractura numérica” –que separa a los países
pobres de los países ricos, así como a las distintas capas de la población
dentro de un mismo país– aparece cada vez más como el principal obstáculo
al desarrollo de la red. Aunque la mayoría de los responsables políticos,
económicos y científicos se obstinan en estimar que se trata de un
contratiempo pasajero, insignificante frente a la extensión irresistible de
la red, según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) publicado en 1999, menos de 15% de la población mundial representa
más de 88% de los usuarios de Internet. Por otro lado, las dificultades del
comercio en línea y la impresión de que la tecnología sigue
siendo demasiado lenta y poco fiable hacen dudar de las perspectivas ambiciosas de
las “autopistas de la información”. Por último, la reticencia frente
a Internet, fenómeno sin precedentes, cobra de pronto un importancia significativa.
Ilusiones
perdidas
Hasta
la fecha ningún pronóstico había previsto esta tendencia, y
todas las conjeturas sobre la extensión de la red se basaban en el mismo supuesto,
resumido en una fórmula por los especialistas norteamericanos: “garanticemos
el acceso y la utilización seguirá necesariamente”.
Algunos estudios recientes desmienten esta máxima. A raíz de una serie
de entrevistas con 1.000 usuarios y 1.000 no usuarios, Cyber Dialogue, un grupo de
consultores norteamericanos, confirmó que ha disminuido la expansión
de Internet. Al parecer, no sólo el ritmo de crecimiento global ha bajado,
sino que en términos absolutos el número de internautas de 19 a 28
años se ha reducido. Según este estudio, uno de cada tres adultos en
Estados Unidos afirma no tener ninguna necesidad de Internet ni de sus servicios.
Otra encuesta, realizada durante el año 2000 en el Reino Unido, confirma esta
actitud: 40% de los adultos no tienen la menor intención de conectarse. Justifican
en primer lugar sus reservas por el costo excesivo y la escasa utilidad de Internet.
Es más: el número de adultos que han abandonado Internet aumenta, y
sólo un tercio piensa renovar la experiencia. A comienzos de 1997, según
estimaciones de Cyber Dialogue, en Estados Unidos había 9,4 millones de ex
internautas y en septiembre de 1999 eran ya 27,7 millones. Dos investigadores norteamericanos,
James Katz y Philip Apsden, llegaban a conclusiones comparables, aunque de menor
magnitud. Según los resultados de su encuesta telefónica, realizada
a escala nacional, los decepcionados de Internet pertenecían en primer lugar
a las capas sociales menos favorecidas y con menos estudios. Las más de las
veces, esos desilusionados habían descubierto la red gracias a sus familiares
y amigos, y no por iniciativa propia ni a través de una formación escolar
o profesional. Y, cosa aún más sorprendente, la decepción frente
Internet era más frecuente entre los menores de 20 años que entre los
adultos.
Hay que acoger esos datos con suma cautela: en efecto, nada impide que esos ex usuarios
vuelvan a conectarse, en un futuro más o menos cercano. Pero la mera existencia
de este grupo –considerable, si creemos a Cyber Dialogue– de descontentos, constituye
un fuerte desafío para los profesionales del sector. ¿A qué
se debe esta reticencia en los años noventa, simultánea de la introducción
del World Wide Web que permitió la gigantesca expansión de la red?
¿Sería víctima Internet del síndrome de la radio de banda
ciudadana o del videotexto, dos tecnologías que rápidamente quedaron
obsoletas? De no ser así, ¿cómo incitar a esos ex internautas
a regresar a la red?
Este desinterés coincide con el vuelco más importante registrado por
Internet. Aunque no se disponga de pruebas concretas, parece ser que la expansión
del comercio en línea en los últimos cinco años ha desagradado
a los primeros usuarios. ¿Puede tratarse de los primeros indicios de una rebelión
contra la irrupción del mercado en la comunidad de internautas?
Durante sus primeros 20 años de existencia, Internet fue el coto reservado
de los profesionales de la informática, de estudiantes y de universitarios
capaces de dominar sus complejos protocolos (ver recuadro). Pero la decisión
de autorizar los intercambios comerciales, adoptada en 1991 por la National Science
Foundation de Estados Unidos, provocó la transformación del foro universitario
en un bazar virtual. A esa decisión siguió la creación del Commercial
Internet Exchange, organismo encargado de controlar la actividad de los primeros
proveedores de servicios comerciales.
De cuatro computadoras que funcionaban en red a fines de 1969, se pasó a 188
en 1979, luego a 159.000 en 1989 y a más de 56 millones en el mundo entero
a mediados de 1999. Pero las decisiones tomadas a comienzos de los años noventa
y la aparición del World Wide Web –que facilitó la navegación
e integró funciones dispersas hasta entonces, como el correo electrónico,
el traspaso de archivos y el acceso a la información–, inauguraron una nueva
época. La tentación de utilizar esta interfaz única con fines
publicitarios y comerciales iba a tornarse pronto irresistible.
El número de direcciones electrónicas correspondiente al sector privado
(las que terminan por .com o .net) explotó. En 1999, éstas representaban
79% del conjunto, frente a 47% cuatro años antes. En ese mismo periodo, la
parte del sector público representada por la direcciones terminadas .edu,
.mil, .gov o .int, disminuyó de 48% a 17%. A su vez, la parte de las organizaciones
sin fines de lucro bajó de 5% a 2%. Sumamente minoritarias a fines de los
ochenta, las empresas comerciales pasaron a ocupar una posición preponderante
en menos de diez años.
Internet sigue ofreciendo abundantes recursos de una increíble variedad, que
proponen prácticamente todo para satisfacer los más diversos gustos.
Esencialmente, la noción inicial de servicio público sigue siendo válida:
la mayoría de los sitios son gratuitos y muchas bases de datos o archivos
de empresas (en particular de prensa) son accesibles a quien lo desee.
Pero es muy probable que la gran mutación de los años noventa haya
hecho huir a numerosos usuarios de la generación anterior. Hasta entonces,
ninguna frontera separaba en la red a los productores de los consumidores. Quienquiera
que tuviese la competencia necesaria para conectarse era las más de las veces
capaz de introducir contenidos en línea.
Tras la introducción del World Wide Web, la cultura interactiva se mantuvo
algunos años. Dominar un mínimo de conocimientos técnicos bastaba
para convertirse en “editor en línea”. Hoy día ya no es así.
Dada la importancia creciente de los lenguajes de los scripts, del multimedia y de
los enlaces entre la red y las grandes bases de datos, los especialistas y los profesionales
de la programación han tomado el poder. El nuevo medio de comunicación,
concebido inicialmente para favorecer la expresión de pequeñas organizaciones
y de individuos, se ha convertido en una industria de productores que se dirigen
a una masa de consumidores.
El desarrollo de los motores de búsqueda, como Yahoo! o AltaVista, destinados
primero a guiar al internauta en la jungla de los recursos, ha acentuado esta tendencia.
Más allá de las posibilidades de búsqueda que ofrecen, esos
portales se esfuerzan por obtener el máximo de beneficios gracias a la publicidad
y a los convenios con empresas de comercio electrónico. Los enfrentamientos
entre portales por la supremacía han desencadenado una serie de fusiones y
adquisiciones. Los principales rivales –AOL, Yahoo! y Microsoft– han multiplicado
las compras de otras firmas, desarrollado su contenido, y se han aliado con empresas
de comunicación como Disney y ABC. Con el advenimiento de la televisión
digital, la convergencia entre acceso y contenido habrá de acentuarse aún
más.
Las
promesas rotas de la revolución informática
Para
la mayor parte de los usuarios, este fenómeno no tiene ningún inconveniente.
Menos, en todo caso, que la lentitud de la conexión, los problemas de transmisión,
la avalancha de correo publicitario y los demás obstáculos, típicos
de los años noventa, que desanimaron a numerosos neófitos, seducidos
en un primer momento por las promesas de la revolución de la información.
Un mejor funcionamiento de la red tal vez incite a esos usuarios a volver a conectarse.
Personalización de los contenidos propuestos por los portales, sistemas complejos
de cifrado, conexiones más rápidas… la navegación es actualmente
más fácil, a expensas de la diversidad de las fuentes. Además,
la multiplicación de los modos de entrar en Internet –a partir de un teléfono
móvil, un televisor interactivo o una agenda electrónica– precipita
la comercialización de la red.
Es posible observar que las exigencias de los distintos tipos de usuarios –o los
antiguos usuarios– no son necesariamente las mismas. Para algunos, es posible que
la eliminación de la gratuidad y la integridad iniciales sea un elemento disuasivo.
Para otros, la complejidad técnica y la navegación caótica pueden
resultar intolerables.
Ninguno de estos obstáculos es insuperable. El número y la diversidad
de las fuentes siguen aumentando, en especial fuera de Estados Unidos. La creación
de servicios de correo únicamente de texto, que utilicen conexiones de escasa
velocidad, podría acelerar el despegue de Internet en el mundo en desarrollo,
evitando la trampa onerosa del acceso comercial de alta velocidad.
Pero la realidad ha desmentido ya la mayoría de las ideas preconcebidas sobre
el crecimiento exponencial de la red y la lealtad inquebrantable de sus usuarios.
Internet sigue teniendo un gran valor simbólico. Conectarse es adherir a las
altas tecnologías y a sus promesas. Permanecer al margen de la red o abandonarla
es un signo de desconfianza hacia la innovación tecnológica y social
y su ritmo febril. Es posible que Internet llegue a conquistar el espacio, pero no
ha ganado aún la batalla en la Tierra. |