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Bajo la superficie de los Estados de papel

Ken Menkhaus, profesor de Ciencias Políticas en Davidson College, Estados Unidos.















En teoría, gobiernan el mundo Estados soberanos, cada uno de los cuales ejerce un control exclusivo dentro de sus fronteras. En la práctica, millones de personas viven en un vacío político en el que el Estado tiene poco o ningún poder. Así, las periferias urbanas a la deriva y las comunidades rurales olvidadas. Los observadores muestran una lógica alarma ante esta tendencia. Citan la extensión del “caos” como una amenaza global para la seguridad, terreno abonado para la anarquía, el crimen organizado, la tiranía, las crisis humanitarias y el descontrol sanitario. Es indudable que a esta crisis del poder se deben en buena medida el subdesarrollo y la violencia que padecen muchos de los países más pobres de la Tierra.
Por fortuna, las comunidades que viven en esas zonas a las que el Estado no llega no se quedan de brazos cruzados. En las zonas rurales de Somalia como en los tugurios urbanos de Haití, estas comunidades están inventando formas innovadoras de organización que permiten atender toda una serie de necesidades básicas, desde la seguridad pública hasta el abastecimiento de agua.
Las variantes más ambiciosas de estas formas espontáneas de autogobierno llegan incluso a mantener relaciones casi diplomáticas con el mundo exterior y se han convertido en asociados importantes de los organismos internacionales de desarrollo. Esta tendencia lleva a plantearse una cuestión histórica de mayor alcance: Esta merma del poder de los Estados e incluso el hundimiento de algunos de ellos, ¿es un fenómeno provisional, secuela de la conclusión de la Guerra Fría, o se trata del principio del fin de la era de las organizaciones políticas centradas en el Estado? Con frecuencia se ha sostenido que el Estado soberano no era más que una absurda imposición occidental al mundo colonizado. A lo que estamos asistiendo en la actualidad, agregan esas mismas voces, es al rechazo por parte de las comunidades locales de esa herencia colonial y a la reconstrucción de organizaciones y sistemas autóctonos de gobierno más adaptados a las realidades locales. Según otros, las fuerzas de la mundialización aceleran también la erosión que están sufriendo el poder y la soberanía del Estado, de modo que los fenómenos que observamos son, para bien o para mal, el resultado de fuerzas tanto locales como mundiales que están socavando sus funciones.
¿Quiere esto decir que esas instituciones de autogobierno están sustituyendo al Estado? En este terreno hay que moverse con la mayor cautela. En la mayoría de los casos se trata de instituciones sumamente limitadas y frágiles, situadas en barrios de tugurios y zonas de guerra. En segundo lugar, pese a su inadecuación como forma funcional de organización política en algunas partes del mundo, lo más probable es que el Estado tarde mucho en desaparecer. Sigue siendo la piedra angular en la que reposa el sistema político internacional actual; el Estado es la base de las organizaciones y las leyes internacionales, y los pasaportes de los ciudadanos son expedidos por un Estado. La ironía es que para algunos pueblos, el Estado es a la vez absurdo e indispensable. Así, se observa una tendencia a que la vida política se mueva en dos niveles: en un nivel habrá “Estados de papel” —unas estructuras jurídicas tenues, formales y frágiles— que seguirán invocando una soberanía que no podrán ejercer en la realidad, pero que la comunidad internacional pide y seguirá reconociendo. Bajo la superficie del Estado de papel, la otra vertiente de la vida política —un mosaico desordenado, cambiante, innovador, a menudo informal, de organizaciones políticas locales— seguirá filtrándose y evolucionando, y suministrará al menos algunos servicios públicos: ley, orden y sanidad. En este nivel actuarán las organizaciones no gubernamentales locales, los movimientos religiosos, los grupos de vecinos, las asociaciones comerciales, los clanes y la mafia, y todos ellos encontrarán un fuerte apoyo. La dificultad para el mundo exterior consistirá en aprender a trabajar de modo constructivo con esta evolución política, de creciente complejidad, que se está produciendo en algunos lugares del Tercer Mundo.

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