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Solidaridad nuclear Norte-Sur

Puntos de vista

¿Qué energía frente al cambio climático?

Christine Laurent, periodista francesa especialista en medio ambiente.

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Esta bombilla de bajo consumo dura 12 veces más que una bombilla incandescente tradicional.



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Obras de construcción del reactor Angra 2, en Brasil.


Solidaridad nuclear Norte-Sur

Defensores y detractores de la energía nuclear se enfrentan ahora en el terreno del desarrollo sostenible a escala planetaria. En efecto, de los tres mecanismos de flexibilidad, en vías de definición, que deben ayudar a los países ricos a cumplir los objetivos de Kioto, el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) es el único que contempla la solidaridad Norte-Sur. Apunta a reducir la contaminación en los países más pobres favoreciendo la transmisión de tecnologías limpias y con escasas emisiones de gases con efecto de invernadero.
Un país en desarrollo podría recibir una ayuda para la inversión mientras que un país desarrollado deduciría de sus emisiones de CO
2 una parte de los beneficios así obtenidos. Concretamente, si el gobierno chino resuelve recurrir a un consorcio de empresas europeas para construir una central nuclear en vez de una de carbón, la reducción de las emisiones de CO2 que ello permitiría podría repartirse entre los distintos participantes del consorcio y contabilizarse en sus objetivos nacionales.
La energía nuclear, interesante sin duda desde el punto de vista del efecto de invernadero, ¿es por ello una energía propicia al desarrollo sostenible? En La Haya, las ONG se pronunciaron en favor de la elaboración de una lista de tecnologías aceptables para todas las partes, lo que excluye la nuclear, demasiado controvertida.
En su propuesta final, que sin embargo no prosperó, el presidente de la Conferencia, Jan Pronk, reiteró la formulada por las ONG de descartar la energía nuclear para los países en desarrollo pero, lo que es contradictorio, admitió que las inversiones nucleares en los países de Europa del Este pudieran entrar en el gran regateo del CO
2.


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En lugares como Armenia, en la foto, la población vive muy cerca de las centrales nucleares.



Las bombillas de bajo consumo permiten ahorrar el equivalente de varias centrales

La industria nuclear afirma ser una solución al problema del calentamiento climático, pero, examinados a fondo, sus argumentos no se sostienen.

Desde hace algunos años, la industria nuclear le ha encontrado nuevas virtudes ecológicas a sus actividades. ¿Ha elaborado otros procedimientos de seguridad para sus centrales eléctricas, concebido una tecnología que torna sus desechos inofensivos?, ¿ha creado reactores que impiden el reciclaje del átomo con fines militares? No. Sencillamente, esta fuente de energía que despide poco CO2 constituye al parecer un arma muy eficaz en la lucha contra el calentamiento climático. Formulado a fines de los años ochenta, cuando el fenómeno era aún discutible, este argumento se esgrime hoy en todos los círculos.
En la actualidad, nadie puede negar que el calentamiento es un hecho al que los habitantes de la Tierra van a tener que adaptarse. El último informe del Grupo Internacional de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEC), entregado en noviembre a todos los gobiernos, confirma esta hipótesis y, lo que es peor, revisa las previsiones al alza, pronosticando un aumento de la temperatura de 1,5 a 4,5º C para finales de siglo. La fundición de los glaciares, la reducción de los casquetes polares y el recalentamiento de la superficie del océano son para los científicos signos inequívocos. Este aumento de temperaturas tendrá efectos variables según las regiones, pero los expertos prevén una elevación del nivel de las aguas y una multiplicación de las catástrofes naturales.
La actividad humana y, en primer lugar la de los países ricos, donde el desarrollo industrial se inició a mediados del siglo XIX, es en parte responsable del calentamiento. Se estima que, desde hace 150 años, las emisiones de CO
2 han aumentado 70% y las de metano, 145%. Reunidos en Kioto (Japón) en 1997, 38 países industrializados firmaron un protocolo por el que se comprometían a haber reducido en 5,2% sus emisiones de CO2 en 2012, tomando 1990 como año de referencia.
Este objetivo representa 8% de reducción para la Unión Europea, 7% para Estados Unidos, 6% para Japón y Canadá y 0% para Rusia, a causa del derrumbe de su economía desde 1990. El esfuerzo previsto no es de desdeñar, puesto que, de mantenerse la tendencia de los últimos diez años, al terminar el plazo fijado esos países emitirían 20% más de CO
2 y no 5% menos.
Pero, ¿qué medios emplear para cumplir los objetivos? ¿Adoptar la energía nuclear en gran escala, dar prioridad al transporte colectivo, ahorrar energía o plantar bosques? Los negociadores estudiaron todas esas posibilidades, al punto de que en la Conferencia de La Haya, celebrada en noviembre de 2000, los 180 países representados no lograron un acuerdo sobre las modalidades de aplicación del Protocolo de Kioto. “Existen posibilidades de todo tipo para reducir las emisiones de CO
2. Si se estudian todas al mismo tiempo, las negociaciones se tornan sumamente complejas”, comenta Antoine Bonduelle, fundador de la Red Acción Clima, que agrupa a 320 ONG de todo el mundo.
Pero la batalla por la reducción de las emisiones se libra ante todo en el terreno del consumo energético, responsable de cerca de 80% de las emisiones. En los países en desarrollo, que despiden actualmente por término medio, 0,4 toneladas de carbono por habitante y año, frente a una media de tres toneladas en los países de la OCDE, las necesidades de crecimiento van a provocar a corto plazo un rápido aumento de las emisiones.

Francia, líder de la energía nuclear
Según un informe reciente redactado por el francés Georges Charpak, premio Nobel de Física en 1992, “si en China prosigue el desarrollo industrial al ritmo actual, en 2050 ese país emitirá una cantidad de gas carbónico ocho veces superior a la que despide hoy todo el mundo industrializado”.
¿Los chinos, los indios, los africanos pueden aspirar a una vida decente en la que los bebés no mueran por beber agua no potable, y los niños vayan a la escuela por la mañana y encuentren por la tarde un hogar con electricidad? Para evitar que la mejora de las condiciones de vida en el Sur acarree emisiones incontroladas de gases con efecto de invernadero, en la Cumbre de Kioto los países ricos se comprometieron también a transmitirles tecnologías que favorezcan un desarrollo más parco en energías fósiles a base de carbono.
En este contexto, la energía nuclear aparece como una solución sencilla, eficaz y tanto más atractiva cuanto que no compromete el modo de desarrollo de nuestras sociedades. Ya en 1989, los siete países mas ricos del mundo, entre los que figuran los que más utilizan la energía nuclear, confirmaron su interés por esta solución: “La energía nuclear cumple un papel decisivo en la reducción de las emisiones de gases con efecto de invernadero”, reconocieron en una de sus cumbres. Francia, primer exportador de energía nuclear, obtiene 75% de su electricidad de las centrales atómicas, y la compañía estatal Électricité de France insiste en todas sus campañas de comunicación dirigidas al gran público en la lucha contra el efecto de invernadero.
Con 54 reactores en marcha, Francia se ve incluso dispensada de reducir sus emisiones de gases. “Si se toma 1990 como año de referencia, el país produjo el equivalente a siete toneladas de CO
2 por habitante, frente a 34 toneladas en Luxemburgo, 13 en Alemania, 12 en Bélgica, 10 en el Reino Unido, ocho en Italia y seis en España”, señala Électricité de France. Por su parte, el Foro Atómico Europeo (Foratom), que agrupa a los operadores de la industria nuclear europea, afirma que “en un año, la energía nuclear permite evitar que se emitan 1.800 millones de toneladas de CO2 en el mundo, lo que equivale a las emisiones de 200 millones de automóviles”.

El problema de la gestión de los residuos
Pero la energía nuclear produce también cantidades de desechos radiactivos difícilmente controlables. Desde la catástrofe de Chernobil, en 1986, casi todos los países industrializados han congelado sus programas atómicos. Actualmente, la energía nuclear sólo encuentra partidarios en Asia (en especial en Japón, Corea y, en menor medida, en China y la India) y en los países del Este. En el año 2000, en Norteamérica y Europa no había ningún reactor ni en construcción, ni encargado, ni programado. En Estados Unidos, la última vez que se encargó un reactor fue en 1973 y en Europa en 1980, con excepción de Francia, donde las últimas obras se iniciaron en 1993. En 1999, el Organismo Internacional de Energía Atómica, con sede en Viena, inventarió 38 reactores proyectados o en construcción en 14 países, pero un análisis más cuidadoso indica que muchos de ellos tienen escasas probabilidades de funcionar algún día a causa de los problemas económicos que afrontan los países que los han encargado. “Globalmente, la energía nuclear sólo representa 2,5% de la demanda final de energía del planeta, pero en cambio 17% de la electricidad, con notables disparidades entre los países en los que la proporción oscila entre 5%, (como Brasil, China, la India, Kazajstán, los Países Bajos, o Pakistán), y más de 50%, como Francia, Bélgica o Lituania”, indica el informe Cambio climático y energía nuclear, publicado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF).
“Este balance no impide que los partidarios de la energía nuclear propicien escenarios muy optimistas de vuelta a este tipo de energía, en los que el tema del calentamiento cobra una importancia capital”, comenta Mycle Schneider, autor de ese informe y director del World Information Service on Energy (WISE), un organismo de información especializada sobre energía y medio ambiente. Alude, en particular, a un estudio publicado a comienzos de 1999 por el Organismo de Energía Nuclear de la OCDE, que se apoya en la hipótesis de un desarrollo constante de los programas nucleares a fin de triplicar la capacidad instalada de aquí a 2050. De cumplirse ese objetivo, se evitaría despedir a la atmósfera 6.300 millones de toneladas de CO
2 al año. Ahora bien, las emisiones ascienden ya a 22.000 millones de toneladas anuales y de aquí a 2020 está previsto un aumento de 60%. Aunque no sea de despreciar, este resultado no permite afirmar que la energía nuclear sea “la” solución para el calentamiento climático.
Después de la Cumbre de Kioto, la Unión Europea quiso saber en qué medida estaba cumpliendo su compromiso de reducción de 8% de las emisiones de CO
2 para el año 2012. En 1999, publicó un estudio cuyo elocuente título, Dilema, ilustra muy bien lo difícil que resulta adoptar decisiones políticas en la materia. Por un lado, saben que la opinión pública es más bien desfavorable a la energía nuclear y, por otro, tienen que respetar sus compromisos. Los expertos europeos han estudiado tres escenarios, cada uno de los cuales asigna una parte diferente a la energía nuclear. Llegan a la conclusión de que no existe ninguna posibilidad de cumplir los objetivos comunitarios, a menos que se aumente la capacidad nuclear europea en 100 gigavatios, lo que significaría construir un centenar de nuevos reactores en Europa. Una solución poco realista desde el punto de vista político, pero también tecnológico, en razón de los plazos de construcción de una central.
Este enfoque siembra la duda entre los ecologistas, que estiman que la capacidad excesiva de producción de energía eléctrica en los países fuertemente nuclearizados frena la expansión del ahorro de energía. Además, en el informe del WWF se hace notar que la energía nuclear no contrarresta necesariamente el CO
2 “Estados Unidos alberga 5% de la población mundial, genera 25% de las emisiones de CO2 y produce 29,4% de la electricidad de origen nuclear. En el extremo opuesto, en China, esos porcentajes ascienden respectivamente a 21,5% (población), 13,5% (emisiones de CO2) y 0,6% (nuclear). El análisis de la evolución registrada entre 1980 y 1997 muestra que, en ese lapso de tiempo, la penetración de los combustibles no fósiles (en particular la energía hidráulica) en China sólo permitió ahorrar 10 millones de toneladas de carbono, frente a un ahorro de 430 millones gracias a las medidas de eficacia energética.”
El Consejo Mundial de Energía comparte este punto de vista: para reducir el consumo, la solución más eficaz consiste en mejorar la rentabilidad energética. En ese ámbito, el potencial es enorme: según las estimaciones realizadas, los ahorros podrían ser de 30 a 50% en los países europeos y de 30 a 70% en Estados Unidos. Esta idea, defendida desde hace mucho tiempo por las ONG, suscita poco a poco la conformidad de los responsables políticos.
“Estamos trabajando desde hace tres años para que los compromisos políticos de Kioto se traduzcan en medidas concretas”, explicaba Dominique Voynet, ministra francesa de Medio Ambiente, tras el fracaso de la Conferencia de La Haya, en la que encabezaba la delegación europea. “Para lograrlo, habrá que modificar los hábitos de consumo en los países ricos y brindar perspectivas menos devoradoras de energía a los países en desarrollo. Será difícil.”
Las instalaciones llamadas “de cogeneración”, en pleno auge en Estados Unidos, muestran el camino a seguir. Se trata de centrales eléctricas alimentadas con carbón o petróleo que producen a la vez calor y electricidad y permiten recuperar hasta 90% de la energía producida, en vez de 45% como media en las centrales convencionales. La tecnología del ciclo combinado (una turbina de gas asociada a una de vapor) ha progresado de modo espectacular y ofrece hoy una eficacia energética de 60% con un costo inferior al de una central térmica clásica.
También es posible un ahorro apreciable en materia de consumo individual. Las industrias de alumbrado han calculado que la utilización sistemática de bombillas de bajo consumo permite ahorrar anualmente el equivalente de varias centrales nucleares. Con este mismo afán, los fabricantes de electrodomésticos y aparatos electrónicos están concibiendo modelos que requieren menos energía. Algunas décimas de kilovatios-hora ahorradas en un refrigerador representan a nivel mundial varias decenas de centrales nucleares. Por último, numerosas pistas de investigación permiten augurar que el siglo XXI dará una nueva dimensión a las energías renovables, como el hidrógeno, la energía solar o la eólica. En Alemania, los generadores eólicos existentes producen ya una cantidad de electricidad equivalente a la cuatro reactores nucleares. Según la consultoría danesa BTM-Consult, es probable que esta fuente de energía suministre rápidamente más de 10% de la electricidad mundial, o sea la mitad de lo que actualmente producen las centrales nucleares del mundo. El encendido debate sobre el tema dista mucho de haberse agotado.


PUNTOS DE VISTA

“Subvencionemos energías sostenibles”
Corinne Veithen, Global 2000, doctora en biología, responsable de la campaña Cambio Climático
de la Asociación Global 2000 (Los Amigos de la Tierra, Austria).

Numerosas asociaciones de protección del medio ambiente nacieron de la lucha contra la energía nuclear. Los riesgos ligados a la gestión de los residuos para las generaciones futuras, los riesgos de proliferación o de accidentes justifican nuestra oposición a ella. Y el efecto de invernadero no modifica para nada esta postura. Querer resolver el problema del cambio climático con la energía nuclear es como reemplazar la peste por el cólera.
En el marco del Protocolo de Kioto, la debates no versan sobre la energía nuclear en sí, sino sobre la oportunidad de incluirla entre los mecanismos de flexibilidad destinados a los países del Este o a los países en desarrollo. ¿Un país rico que invierte, fuera de su territorio, en la energía nuclear puede pretender recuperar “bonos” de CO
2, que podrá contabilizar en sus objetivos de reducción o vender en el mercado? Nuestra respuesta es no, pues la nuclear no es una energía sostenible y por consiguiente no puede ser estimulada por el Protocolo de Kioto. Los países empeñados en reducir las emisiones de CO2 piensan acumular los esfuerzos “internos” (en su propio país) con los realizados en el exterior (en los países en desarrollo o en los países del Este). Podrían entonces conseguir créditos de CO2 construyendo algunos reactores nucleares en los países menos favorecidos, en perjuicio de las energías renovables más difíciles de explotar. En el caso de los países del Este, bastaría incluso que se comprometieran a reparar una central que funciona y a mantenerla en actividad diez años más para adquirir créditos de CO2. Estimamos que la energía nuclear ya ha recibido suficientes subvenciones desde hace 40 años. Hay que dar ahora una oportunidad a otras energías, como la éolica o la solar. Los mecanismos de flexibilidad deben favorecer el desarrollo de las energías que todos consideren sostenibles.

"La solucíon: los reactores pequeños"
Christian Stoffaës, director de la división de prospectiva internacional de Électricité de France.

La energía nuclear es la única alternativa frente al carbón para reducir masivamente las emisiones de CO2, pero el movimiento ecologista se niega a rehabilitarla. En Europa, varios países —Alemania, Suecia, Italia, Suiza, España— han firmado una moratoria por la que se comprometen a no construir nuevas centrales. En esos países, la necesidad de contar con más reactores no se hará sentir antes de 20 años. En cambio, existen grandes posibilidades en ese campo en los países emergentes, donde la demanda de electricidad aumenta de 3 a 6% al año. En la lucha contra el efecto de invernadero, las energías renovables tienen un importante papel que cumplir en las zonas rurales. Pero es inimaginable que puedan alimentar megalópolis de 20 millones de habitantes en China, la India o el Sudeste Asiático. Allí, habrá que escoger entre el carbón, el gas o la energía nuclear. Deseamos fomentar una utilización diferente de la energía nuclear, imponiendo, en materia de seguridad, un control internacional ejercido por un organismo intergubernamental y la concepción de nuevos reactores más pequeños e incluso más seguros, que produzcan de 100 a 200 megavatios (frente a una capacidad media de 1.000 megavatios en la actualidad). Habría que organizar también un control internacional de las materias nucleares y proscribir el plutonio (resultante del tratamiento de los desechos nucleares) que vincula lo civil y lo militar. Actualmente, incumbe a las Naciones Unidas estudiar la inscripción de la energía nuclear entre los mecanismos de flexibilidad.

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