
Una universitaria observa un puesto callejero de libros en Lima.
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Un
delito multiforme

Un
niño indio de diez años vendiendo libros piratas.
Tampoco Asia
escapa a los corsarios de la imprenta. En India, país donde unos 11.000 editores
producen más de 57.000 nuevos títulos por año, un estudio realizado
por el ministerio de Educación cita tres tipos de piratería: la más
clásica, consistente en copiar los libros y vender los falsos (la joven escritora
Arundhati Roy y su Dios de las pequeñas cosas es una de sus últimas
víctimas), otra algo más trabajosa por la que se fabrican libros firmados
por autores muy conocidos pero escritos realmente por burdos imitadores y, la última,
más sofisticada: vender sin el debido contrato libros extranjeros traducidos
fraudulentamente. El célebre aprendiz de hechicero Harry Potter pasó
en China por esta triste experiencia: días antes del lanzamiento de la traducción
oficial estaban a la venta en la calle sus aventuras traducidas en Taiwán,
lo que obligó a la empresa estatal titular del contrato a imprimir al auténtico
en páginas verdes para distinguirlo del pirata.
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Además
de los discos, vídeos y programas informáticos, también la industria
editorial está amenazada por la piratería. En algunos lugares se venden
más libros piratas que legales. Panorama del libro en español.
La calle Amazonas de
Lima alberga una de las mayores librerías de la capital peruana. Vende, entre
otros títulos, Guía triste de París, del peruano Alfredo Bryce
Echenique, Yo soy el Diego, la autobiografía del futbolista Diego Armando
Maradona o La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. También hay obras de
premios Nobel como Günther Grass, José Saramago o Gabriel García
Márquez. Esta librería, sin embargo, carece de facturas o recibos.
Cuando no hay clases en las academias cercanas, sus vendedores se trasladan a cualquier
otra esquina concurrida de la ciudad, a un semáforo o a las playas del litoral.
Sus estantes están en el piso y su vitrina es la calzada, puesto que todo
lo que vende son libros piratas, reproducidos en imprentas clandestinas sin permiso
de sus autores ni de sus editores, y por supuesto sin pagar impuesto o derecho alguno.
Por lo general, sus precios son de tres a cinco veces más baratos que los
de los libros normales, aunque El misterio del capital, exitoso ensayo del economista
peruano Hernando de Soto que se vendía a unos ocho dólares, se agotó
a poco de salir y su “clon” llegó a venderse más caro que el verdadero.
Tan
buenos como el original
La
industria del plagio de productos culturales ataca en todos los frentes: discos compactos,
cassettes, vídeos y programas informáticos. En lo referente a los libros,
el fenómeno se da casi exclusivamente en países en desarrollo, y, para
los libros en español, es un auténtico flagelo que amenaza a toda la
industria. Según cálculos del Grupo Interamericano de Editores, cada
año se reproducen ilegalmente 50.000 millones de páginas en América
Latina, entre fotocopias y libros completos. La industria editorial formal mueve
en América Latina y España unos 5.000 millones de dólares al
año, mientras que el mercado paralelo surgido en torno a la piratería
alcanza los 8.000 millones. Las pérdidas en derechos de autor alcanzan, por
su parte, los 500 millones de dólares anuales.
Carmen Barvo, consultora editorial colombiana y gran conocedora del sector, recuerda
un caso particularmente flagrante: “El libro Jaque Mate, de Rosso José Serrano,
director de la Policía Nacional colombiana y agente modelo en todo el país,
fue pirateado y vendido en las calles, lo que prueba que a los delincuentes no les
importó quién era el autor.”
Los libros piratas de hoy son exactos a sus originales, al punto de que a veces resultan
difíciles de identificar incluso para sus propios editores y autores. No sólo
copian el texto, sino también el diseño, la portada, el color, el código
de barras… Libros piratas argentinos pero fabricados en Colombia o Brasil incluyen
la irónica mención “Impreso en la Argentina”, y falsos libros chilenos
advierten con descaro: “Prohibida la reproducción.” Cargados en camiones o
furgonetas, se exportan de un país a otro y, lo que es peor, llegan a invadir
los escaparates de las librerías legales: ¿ingenuidad o complicidad
de los libreros?
Libros,
cigarrillos, pañuelos
Quienes
respaldan la piratería de libros, comprándolos por ejemplo, se escudan
en que los originales son demasiado caros. Además, como señala Carmen
Barvo, el problema no puede entenderse sin su aspecto social: “la venta de un libro
pirateado es para el vendedor el pan de ese día. Hoy puede vender libros en
los semáforos, pero mañana serán cigarrillos, pañuelos
de papel o muñecas Barbie. A mi modo de ver el delincuente no es él,
sino el que produjo el libro y asaltó en sus derechos al autor y al editor”.
No cabe duda de que las nuevas tecnologías facilitan –y abaratan– mucho la
tarea a los filibusteros de la letra impresa. “Técnicamente, hoy día
se puede hacer todo”, explica la responsable de una imprenta legal parisiense. “Para
copiar un libro, bastan dos ejemplares de la obra original, un escáner, un
ordenador con un programa de reconocimiento tipográfico, tinta, papel, una
rotativa pequeña y una máquina de encuadernación.” Con todo
ello, y un lugar apartado donde poner en marcha la maquinaria, pueden fabricarse
libros piratas en un plazo que oscila entre 48 y 72 horas. Parece entonces difícil
que la lucha antipiratería pueda librarse en el campo de la tecnología,
pues todos los intentos por complicar la tarea resultan vanos.
Quedan por tanto la represión y la legislación, campos en los que organizaciones
como el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe
(CERLALC), en Bogotá, o el Centro Español de Derechos Reprográficos
(CEDRO) en Madrid, trabajan conjuntamente para atajar el desastre.
Incluso en el plano penal, como explica Manuel José Sarmiento, subdirector
de Antipiratería y Reprografía ilegal de la Cámara Colombiana
del Libro, “desde 1997 la Cámara, los editores y el ministerio de Cultura
multiplican las acciones de lucha, desde operativos policiales hasta campañas
publicitarias difundidas en prensa y televisión”. Así, hasta enero
de 2001 se habían sustanciado en Colombia 139 causas penales por las que se
desmantelaron sitios de producción, distribución y venta de libros
piratas.
La
ley es papel mojado
En
Perú, sin embargo, mientras los libros piratas toman el sol, los editores
denuncian la impunidad. Germán Coronado, responsable de la editorial Peisa,
explica: “Perú cuenta con una legislación bastante avanzada de protección
de la propiedad intelectual, acorde con el contexto internacional. Nuestra ley de
propiedad intelectual, de 1996, pena la piratería con hasta ocho años
de cárcel y favorece claramente a los autores, reconociendo derechos a sus
herederos hasta 70 años después de la muerte de los primeros. Todo
esto suena maravilloso, y donde quiera que haya un foro internacional, allá
van los tecnócratas peruanos a presumir de normativa… Pero esa ley es papel
mojado; los piratas facturan hoy más que el sector formal y calculamos que
venden 2,5 o 3 veces más libros que nosotros.”
Una
tarea inmensa
En
Argentina, que cuenta con una industria editorial sólida y el mayor parque
de librerías de la región, “se piratean sobre todo libros técnicos
y de autoayuda”, explica Ana Cabanellas, directora del sello Heliasta, algunos de
cuyos libros han pasado por las manos de los piratas. “Es muy doloroso, es como si
te violasen”, lamenta. “Los piratas son muy astutos, y por mucho que uno se las ingenie,
siempre se las arreglan para copiar. Yo edito cada año un Diccionario Jurídico
Elemental que escribió mi padre, Guillermo Cabanellas, y le cambio cada vez
el color de la portada. Y ni con ésas.”
Además de la represión, no estaría de más que los editores
primaran las ediciones de calidad en colecciones de bolsillo, algo en lo que todavía
queda mucho por hacer en la esfera del libro en español. Por su parte, los
poderes públicos de algunos países deberían favorecer la venta
de libros legales rebajando el IVA que, como en Chile, está entre los más
altos del mundo (18%) o desarrollando redes de bibliotecas públicas donde
todos los lectores latinoamericanos puedan acceder gratis a sus autores favoritos.
La tarea es inmensa, pero el entusiasmo de algunos también. Como apunta Manuel
Sarmiento: “Nuestro compromiso en la erradicación de la piratería es
integral y en mi caso prácticamente personal”, asegura. “Lo lograremos”. |