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Piratas de papel

Chile: los libros de la discordia

Francisca Petrovich, periodista chilena.
Existe consenso en que hasta ahora los sucesivos gobiernos han mostrado muy
poco interés en llevar a cabo una política eficiente contra la piratería.
¿Son los libros piratas como billetes falsos? ¿Deben ser destruidos? Polémica en Chile entre magistrados, autores y editores.

Hace unos meses, la cancha de baloncesto de una comisaría de Santiago de Chile se llenó de unos curiosos jugadores: una montaña de libros, galeradas, tiras de prueba y material de impresión que sobrepasaba los 150.000 ejemplares de productos ilegales. Era el resultado de una operación policial llevada a cabo en tres ciudades de Chile bajo supervisión de Carlos Escobar, juez suplente del Segundo Juzgado del Crimen: la industria del libro pirata había perdido su primer partido.
Pero la incautación de esos libros creaba un nuevo problema: ¿qué hacer con ellos? En su investigación, el juez Escobar ordenó que fueran entregados a las comunas más pobres de la capital y de otras regiones del país. “Lo hice porque el juez dispone de la facultad de ver el destino de lo incautado y si se quedaban en los tribunales esos libros se podían estropear”, explica el magistrado, “porque este país es pobre y existe la tremenda necesidad de que nuestros hijos lean. Y porque considero que quemar los libros es una barbarie”.
Esta decisión despertó reacciones muy variadas: a la opinión pública en general le pareció una medida social interesante. Para algunos autores, como la periodista Patricia Verdugo –cuyas numerosas obras de investigación sobre la dictadura de Augusto Pinochet han sido ampliamente pirateadas–, el magistrado tomó una decisión equivocada: “¡Con qué derecho quiere regalar lo que no le pertenece!”, se indignó en una entrevista publicada por el diario La Tercera. “Esos libros habría que destruirlos, como se destruye la droga incautada.”
Su colega Hernán Rivera Letelier, autor muy apreciado en el país y traducido a varios idiomas, no comparte su visión. Para él, la piratería es incluso una vía de llegar a más gente. “Yo no estoy del lado de los piratas, sino del de los lectores. Los que compran un libro mío en la calle no son los mismos que lo comprarían en una librería, sino personas más modestas que no pueden pagar los precios oficiales”, asegura. Falso, responde Bartolo Ortiz, gerente general de la editorial Planeta en Chile: “Yo he visto gente de lo más elegante comprando libros en la calle. Sencillamente creo que no dan la misma prioridad a la lectura que a otras cosas.”
Lo cierto es que los editores apelaron la sentencia de Escobar y el juicio continúa.
Durante el año 2000 se incautaron en Chile 308.000 libros piratas correspondientes a 400 títulos de varias editoriales. “Calculamos una pérdida de 25 millones de dólares”, afirma Eduardo Castillo, presidente de la Cámara Chilena del Libro. “Somos de los primeros en piratería”, lamenta.
En Chile, el origen de la piratería editorial está ligado a la clandestinidad. Algunos aseguran que detrás de las primeras ediciones ilegales estaban los equipos de impresión del Partido Comunista, que en tiempos de la dictadura (1973-1989) habrían publicado ejemplares de los Diarios del Che y otros libros prohibidos. Hoy, distintos entrevistados del mundo del libro llegan a asegurar sin dar nombres que hay empleados de las propias editoriales legales que se encargan de comerciar con los originales de los libros para piratearlos, movidos, claro está, por las sumas de dinero que perciben a cambio.

El esfuerzo de los editores
Eduardo Castillo niega este argumento y destaca los esfuerzos conjuntos del mundo editorial por investigar, presentar querellas y recopilar información para sancionar a los culpables. En este sentido, Pedro Bosch, abogado contratado por Editorial Sudamericana, explica que en dos años de investigación su sello ha presentado 60 querellas con resultado de 200 imputados, 50 procesados y más de 30.000 libros incautados. “Con éstos hemos podido lograr información de quiénes son los piratas, crear una base de datos y frenar los daños, pero lo cierto es que siguen con el negocio”, agrega.
Donde sí existe consenso entre autores, editores, vendedores e incluso magistrados es que hasta ahora los sucesivos gobiernos han mostrado muy poco interés en llevar a cabo una política eficiente contra la piratería. Aún así, esperan que un estudio solicitado por el presidente Ricardo Lagos a la Cámara del Libro, que será presentado este mes, revierta la situación.
Mientras tanto, en una esquina de la transitada avenida Providencia un vendedor ambulante pide a su compañera que le traiga más Harry Potters. Ella acude a su almacén improvisado detrás de un carrito de venta de helados y los trae. Me intereso por un libro, le pregunto cuánto cuesta: 3.000 pesos aquí y 9.500 en la librería. Me dice que vende “entre veinte y treinta lucas diarias” (entre 35 y 53 dólares). El sueldo mensual de la mayoría de los chilenos es de unos 625 dólares. Le comento que es un libro pirata. Responde que sí y pregunta: “¿Lo va a llevar?”.

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