
Una mujer afgana huye con su hija de los bombardeos en el barrio de Jadá Maywand
de Kabul.

Una generación sacrificada por la guerra.

Un campo de refugiados afganos en la frontera iraní.
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La
pasión del relato
Nacida en
Kabul en 1949, Spojmai Zariab comenzó a publicar sus relatos cuando tenía
17 años. “Debo a mi padre el amor a la literatura. Era un hombre excepcional.
Nunca me hizo sentir como una niña, jamás me prohibió ni impuso
nada. Durante mi infancia no existía la televisión. Por la noche nos
leía poemas. De tanto escucharlos, terminé por sabérmelos de
memoria. Mi padre iniciaba un poema y yo recitaba el final. Debía de tener
tres o cuatro años… Más tarde, la poesía clásica persa
me ayudaría mucho en mi camino literario. Pero la novela corta, que es mi
forma literaria predilecta, es un género occidental. Una pasión que
le debo a los autores extranjeros, sobre todo europeos y estadounidenses.”
Formada en la Facultad de Letras y en la Escuela de Bellas Artes de Kabul, Spojmai
Zariab viajó un año a Francia para continuar sus estudios literarios.
A su vuelta, en 1973, el golpe militar de Mohamed Daud, primo del rey, acabó
con la monarquía parlamentaria y marcó el inicio de una serie de conflictos.
Cinco años más tarde se produjo un segundo golpe militar y el asesinato
de Daud, al que siguió, en septiembre de 1979, la eliminación del presidente
Noor Mohamad Taraki a manos de su segundo, Hafizzulá Amin. Este último
fue asesinado dos meses más tarde por los soviéticos, que pusieron
en el poder a Babrak Karmal e invadieron el país en diciembre de 1979.
Durante los diez años de régimen soviético, Spojmai Zariab continuó
trabajando como traductora en la embajada de Francia en Kabul. Publicó en
una editorial iraní y, pese a la censura, en la única editorial e imprenta
afgana, la Unión de Escritores.
En los primeros 90, la situación comenzó a ser muy peligrosa en Afganistán.
En 1991, Spojmai Zariab emigró con sus hijas a Montpellier (sureste de Francia).
En 1994, cuando los talibanes ocuparon Kabul, su esposo, Rahnaward Zariab, otro eminente
escritor afgano, se reunió con ellas en Francia.
Escritas en dari (persa), que es, junto al pashto, la lengua oficial de Afganistán,
las novelas cortas de Spojmai Zariab se caracterizan por un estilo que alía
con armonía simplicidad, sobriedad y poesía. La humanidad y el universalismo
son las dos grandes bazas de su escritura, que continúa inspirándose
en su tierra natal.
Su colección de novelas cortas La plaine de Caïn (La llanura de Caín),
publicada en francés en 1988, tuvo un gran éxito, así como Portrait
de ville sur fond mauve, (Retrato de ciudad con fondo malva) una adaptación
teatral de su obra presentada en 1991 en el Festival Off de Aviñón.
En la nota final del libro Ces murs qui nous écoutent (Esas paredes que oyen),
el especialista francés en literatura persa Michael Barry escribió:
“Spojmai –cuyo nombre significa “luna llena”–es una de las grandes voces literarias
afganas de nuestro tiempo, junto a dos poetas, Jalili, muerto en el exilio, y Madjruh,
asesinado.”
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La
escritora afgana Spojmai Zariab, exiliada en Francia desde 1991, denuncia sin descanso
las guerras que devastan su país desde hace un cuarto de siglo.
Kabul, la capital
afgana, es hoy una ciudad desolada y aterrorizada. Usted la conoció cuando
brillaba una luz diferente…
Tuve la suerte de vivir los años en que mi país empezaba a saborear
la democracia, a modernizarse, a introducir reformas en todos los terrenos, a combatir
el sistema feudal aún vigente en algunas regiones.
A partir de 1954 se eliminaron las restricciones en materia de vestimenta. En las
ciudades, eran escasas las mujeres que llevaban chador o velo. Muy pronto, la mujer
estuvo presente en todos los ámbitos de la vida social; había médicas,
parlamentarias, militares, paracaidistas, conductoras de autobuses… Tal vez, en porcentaje,
su participación no fuera apreciable, pero la gama de sus actividades era
muy amplia.
La universidad era mixta y aparecían las primeras escuelas primarias mixtas.
En Kabul era posible encontrar todo tipo de libros, procedentes de todas las latitudes,
traducidos al persa. Vivíamos libres y satisfechos. Podíamos reunirnos,
expresarnos, crear partidos… Afganistán había logrado cierta estabilidad
política y social, tras una larga historia sumamente agitada. Pero este breve
periodo de grandes esperanzas llegó a su fin en 1973, con el golpe de Estado
de Daud, que preparó el terreno para la toma del poder por los comunistas
y, más tarde, por el Ejército Rojo.
En su relato Las botas del delirio describe usted la invasión soviética.
La narradora está agonizando en una aldea en el momento en que llegan
los tanques. Su obsesión es mantener cerrada la puerta de su casa. Pero los
soldados la derriban y entran: ésa es para mí la imagen de la violación
total de un país.
La joven, herida en la cabeza, delira. Recorre mentalmente el país. En lugar
de racimos de uvas, ve que cuelgan de las cepas de las viñas brazos, piernas
y cabezas. Las vacas no dan leche sino sangre. En la ciudad, se acerca a un grupo
de niños que calzan enormes botas ensangrentadas. Los ojos de éstos,
transformados en bolitas de piedra, son inexpresivos, inhumanos. Lo dicen todo sobre
la juventud de mi país, perdida y transformada en instrumento de guerra.
Otro de sus cuentos, El carné de identidad, narra el destino de un adolescente
al que su madre oculta por temor de que sea movilizado a la fuerza.
Ese relato es el símbolo del destino de toda una nación a la que
se impuso una guerra que era un auténtico montaje. Las dos grandes potencias
de la época (la URSS y Estados Unidos) encontraron en Afganistán un
campo de batalla donde librar su guerra fría. Los afganos les sirvieron de
carne de cañón. Se abusó de su buena fe, de su furia contra
el invasor. Pasaron a ser instrumentos de ideologías que no servían
los intereses de su país. Esa guerra fratricida dura hasta la fecha y ha cobrado
además otras dimensiones: étnica, lingüística…
¿Tenían los afganos otra vía que no fuera sumarse a uno u otro
de los bandos?
Por desgracia, no había más que esos dos extremos. Aunque la mayor
parte del pueblo, lo que se da en llamar la “mayoría silenciosa”, no se inclinó
por ninguno de los dos. A ella pertenecía mi familia. Para esa mayoría,
matar a unos o a otros era igualmente horrible: siempre era un afgano el que moría.
Y ha de saberse que una nación es como una muralla. A cada ladrillo que cae,
la muralla se desintegra un poco más.
En su calidad de escritora, ¿cómo vivió el régimen soviético?
El nuevo régimen prohibió la importación y traducción
de todos los libros extranjeros, llegando incluso a censurar las obras clásicas
persas. En la sección de literatura extranjera de las librerías sólo
se vendían libros soviéticos traducidos al persa por los tayikos. Parecía
que habían sido escritos por máquinas y no por seres humanos. Ahora
bien, a veces se encontraban obras de gran calidad. Pienso en particular en las de
Chinguiz Aitmatov. No me podía imaginar que en un lugar remoto de Kirguistán,
con un régimen semejante, existiera un escritor como él. Sus relatos
me maravillaron. Lo dice todo con lo que no dice. Desde entonces, Aitmatov ha sido
para mí un rayo de esperanza.
Cuando se halla en situaciones de opresión el escritor ha de encontrar medios
literarios que le permitan transmitir mensajes. Felizmente, los censores no estaban
a la altura de sus funciones. Sabían muy poco de literatura y numerosos poetas
y novelistas lograron publicar en la Unión de Escritores Afganos, que realizaba
una intensa labor editorial y disponía de un cuantioso presupuesto.
En el momento en que se retiraron los soviéticos, ¿qué futuro
imaginaba para su país?
Hay situaciones históricas en las que nada se puede prever. Todo era posible.
Es cierto que en esa época dejamos pasar la ocasión de adoptar rápidamente
decisiones que nos habrían permitido evitar el desastre. Y ahora nos encontramos
con los talibanes. No saben nada de Afganistán. Son aprendices religiosos
formados en las escuelas coránicas de Pakistán desde su más
tierna infancia. Llegaron con una furia destructora, con un afán de arrasarlo
todo. Supe que incendiaron todas las vides y arrancaron los pistacheros. El pistacho
era una de las principales exportaciones de Afganistán. Lo que inspira toda
la acción de los talibanes es el propósito de que el país se
vuelva totalmente dependiente: no más agricultura, no más sistemas
de riego, no más economía… El resultado en un país absolutamente
devastado.
Con los soviéticos, eran los tanques, con los talibanes, es el fuego. Antes
vivimos la experiencia del fanatismo político, ahora vivimos la del fanatismo
religioso. Y todo fanatismo, cualquiera que sea, desemboca en una especie de ceguera.
Usted emigró a Francia en 1991, tras haber resistido durante todo el régimen
soviético y antes de que los talibanes tomaran el poder. ¿Por qué?
No quería partir, pero la situación se volvía demasiado
peligrosa en Kabul. Las escuelas cerraron debido a los continuos bombardeos. En esa
época, tenía dos hijas de siete y once años. Ahora tengo tres.
Quería ponerlas a salvo durante cierto tiempo y me instalé en Montpellier.
Pero no tenía intención de quedarme. Me faltaba valor para hacer los
trámites para convertirme en refugiada política y entregar mi pasaporte.
¡Cuántas veces fui a la oficina de correos, con mis papeles bajo el
brazo, sin decidirme a enviarlos! Pero, cuando mi marido se reunió con nosotras
en 1994, me di cuenta de que todos los puentes se habían cortado. Tuve entonces
que hacerme a la idea de que no volvería a ver mi patria, mi ciudad, mi casa.
¿No mantiene ningún contacto con Afganistán?
Teníamos amigos. Se marcharon. Mi familia también. Permanecimos
en el país todo lo humanamente posible. Siempre nos dijimos que cualquier
cosa puede reemplazarse, salvo la patria. Pero hoy, mis padres, mis hermanos y nosotros,
vivimos todos en el extranjero.
¿Existen lazos entre las distintas comunidades afganas en el mundo?
Hay asociaciones, periódicos, revistas… Pero es muy difícil que
perduren esas relaciones. Por un lado, los refugiados no disponen de medios para
mantener un contacto permanente; por otro, los afganos no tienen una larga experiencia
del exilio. Antes de la época soviética los afganos no emigraban. Somos
un pueblo muy apegado a la tierra, a la familia. Ahora estamos desperdigados por
todo el planeta: Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, Asia… La mayoría
de los refugiados no conocen la lengua del país al que llegan. Necesitan cinco
o seis años para adaptarse a su nueva situación.
Verse obligado a buscar un refugio en cualquier lugar del mundo es un trauma muy
violento. Llevamos 20 años de guerra. Toda una generación perdida.
Seis millones de refugiados afganos es una cifra alarmante. Dispersar una nación
es el medio más seguro de aniquilarla.
¿Cómo ve el futuro de Afganistán?
Como le decía, después de 1973 todo se volvió imprevisible.
Eso no ha cambiado. Ninguna hipótesis me parece más probable que otra.
Pero subsiste la esperanza. Una solución podría venir del ex rey Zahir.
Es la única persona a quien aún escuchan todas las tribus, todos los
afganos. Pero hay que actuar con rapidez. El tiempo apremia. Mi país está
perdiendo una generación más, pues los niños no tienen acceso
a la educación. Sin embargo, es un derecho fundamental para todos los niños
del mundo. ¿Por qué ha de ser un sueño irrealizable para las
niñas afganas? Sólo tienen derecho a asistir a la escuela coránica,
hasta los diez o doce años. ¿Qué aprenden allí? A recitar
versículos en una lengua que no entienden. La situación de los varones
no es mejor. Por falta de profesores, de directivos, de medios, las escuelas han
quedado reducidas a simples guarderías.
Sin embargo, la población se organiza para que haya un mínimo de
educación.
En Kabul hay escuelas clandestinas en las que las madres de familia dan clases a
sus hijas. Es una forma de resistencia. Se necesita mucho valor para hacerlo, pues
es una actividad considerada ilegal. Y el régimen la reprime duramente. Por
otro lado, basta una acusación de adulterio hecha por cualquiera, sin ninguna
prueba, para que una mujer sea lapidada.
¿Cómo reaccionan los hombres, los maridos, los hijos ante castigos
de esta índole?
Los talibanes controlan casi 90% del país. Basta leer los últimos
informes de Amnistía Internacional y de la Comisión de Derechos Humanos
de las Naciones Unidas. Describen las mismas atrocidades. Además de las minorías
étnicas desplazadas y perseguidas, la población afgana vive bajo la
amenaza constante de sanciones y de todo tipo de castigos y humillaciones. En su
gran mayoría, las personas que se quedaron en Kabul son las que no disponen
de medios para escapar. Para sobrevivir obedecen las “leyes” y es difícil
imaginar hasta qué punto son absurdas.
Me contaron, por ejemplo, que un afgano que vivía en Pakistán murió.
Su voluntad era ser enterrado en Kabul. Su familia decidió transportarlo en
un ataúd hasta la capital. Al llegar a territorio afgano los talibanes quisieron
verificar el contenido del ataúd —pues a menudo hay tráficos— y descubrieron
el cadáver. Pero resultó que no llevaba barba. Ésta no es obligatoria
en Pakistán como lo es en Afganistán. Le propinaron entonces 80 latigazos
al cadáver… ¡Qué delirio!
En muchos países musulmanes se advierte un recrudecimiento del fanatismo religioso.
¿Cómo explica esta radicalización del Islam?
Pienso que los dos factores que contribuyen al auge del integrismo islámico
—ya sea en Afganistán, Irán, Argelia u otros países árabes—
son el analfabetismo y la ignorancia. Preparan el terreno para una especie de “mala
comprensión” o más bien una incomprensión total de la religión.
A estas carencias se suman el contraste entre las generaciones y el profundo foso
que separa el medio rural del medio urbano. No olvidemos que la mayoría de
los miembros de la Yihad (guerra santa) pertenecen al medio rural, que desconfía
de todo tipo de modernización y libertad, y las interpreta como una amenaza.
Además, desde hace algunos años, la mundialización y otras formas
de progreso que sirven los intereses económicos y políticos de las
grandes naciones industriales se han impuesto en los países mencionados a
un ritmo vertiginoso. Es posible que los integristas, atemorizados, traten de reforzar
sus movimientos para asegurar su supervivencia. En todo caso, este fortalecimiento
del integrismo perjudica al Islam, porque da la imagen de una religión fanática,
privada de toda espiritualidad.
El terror de la guerra ha inspirado la mayoría de sus relatos. ¿Cuáles
son actualmente los temas que le preocupan?
Antes de ser escritora soy afgana y creo que lo único que interesa a un
afgano hoy en día es que se acabe la pesadilla que vive nuestro país
desde hace 20 años. Que el país se salve de la política discriminatoria
de los talibanes que cuentan con el apoyo de Pakistán, Arabia Saudí
y los Emiratos Arabes Unidos. Que se libere a las mujeres de las garras de esos locos
de Dios. Antes de la llegada de los talibanes, éstas constituían el
40% del profesorado, lo que indica cuál era su nivel intelectual. Actualmente
se hallan al margen de la sociedad. Su estado físico, intelectual y psicológico
es alarmante y no tienen derecho a consultar un médico hombre. Y, lo que es
peor, muchas de ellas son objeto de tráfico sexual en Pakistán.
Nunca en el pasado las mujeres habían sufrido semejante humillación
y Afganistán jamás había conocido una regresión comparable.
¿Qué queda de mi país? Una tierra destruida, sembrada de minas,
con miles y miles de viudas, huérfanos y minusválidos. Una tierra devastada
por las guerras, el frío, la sequía y el hambre. Millones de refugiados,
que en su mayoría viven en campos en Pakistán o Irán, sin ningún
medio de subsistencia y en condiciones inhumanas.
Lo que escribo o haya de escribir no puede eludir esas preocupaciones. |