La policía
y las empresas se meten en nuestras vidas de un modo tan subrepticio que es difícil
darnos cuenta, advierte Simon Davies, director de Privacy International. Pronto nos
conocerán mejor que nuestra propia familia por el simple hecho de registrar
nuestros gestos más anodinos ayudados por las nuevas tecnologías (p.
18-19).
Puede que usted apruebe estas intrusiones múltiples creyendo que esta “sociedad
de la vigilancia” en gestación garantizará la seguridad y la prosperidad
económica (p.
20-22).
Sin embargo, en Japón, donde el mercado del voyeurismo high-tech está
en auge, se comienza a apreciar el valor de la intimidad (p. 22-23).
¿Cómo protegernos? Con la ayuda de la ley: la Unión Europea
pugna por regular el floreciente mercado mundial de los datos personales (p.
24-25);
de la técnica, gracias al nuevo mercado de los “escudos tecnológicos”
(p.
26);
de la criptografía, como lo hacen las organizaciones de defensa de los Derechos
Humanos (p.
27-28);
o simple y llanamente, negándonos, como hacen los estadounidenses, a someternos
a exámenes genéticos, sea cual sea el peligro (p. 29-30).
Los defensores de la vida privada contraatacan desde todos los flancos. Un legislador
de Hong Kong se enfrenta al “Big Brother” chino (p. 31).
Una ecléctica coalición de ONG y empresarios lucha contra un proyecto
de tratado sobre la cibercriminalidad (p. 32-33). El periodista
Duncan Campbell, que descubrió la red Echelon, continúa su pesquisa
(p.
34-35).
Y el humorista inglés Mark Thomas ridiculiza el uso masivo de la videovigilancia
en el país de Georges Orwell (p.
36-37). |