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Un espía
en el frigorífico
Simon
Davies, director de Privacy International, una organización de defensa
de los derechos humanos con sede en Londres (www.privacyinternational.org).

© Jean Lecointre, Paris
La
policía y las empresas se están metiendo en su casa por medio de la
electrónica y es posible que usted no se dé ni cuenta. Simon Davies,
destacado defensor del derecho a la intimidad, denuncia los avances de la “sociedad
de vigilancia” (p.
18-22).
Si la tendencia actual
se mantiene, dentro de veinte años los instrumentos de vigilancia estarán
tan perfectamente integrados en nuestro entorno que no nos daremos ni cuenta de su
constante intrusión en nuestras vidas.
Las cámaras de televisión en circuito cerrado pueden ser la forma más
patente de esa futura intromisión. Como ya sucede en el Reino Unido (ver
p.36),
figurarán en cada centro urbano moderno, en zonas residenciales, en edificios
públicos y en la red viaria, donde reconocerán las matrículas
de los vehículos. La instalación de cámaras en los domicilios
privados tal vez sea sólo cuestión de tiempo.
La vigilancia visual se extiende por doquier, y otro tanto sucede con la de Internet
y la de las líneas telefónicas. Organismos policiales estadounidenses
y europeos han sentado ya las bases de un enorme sistema de escuchas, capaz de interceptar
en toda Europa todos los teléfonos móviles, las comunicaciones por
Internet, los faxes y los mensajes a buscapersonas. Este plan, bautizado Enfopol
98, ha sido preparado en secreto por policías y magistrados como parte de
la estrategia para crear una “malla inconsútil” de vigilancia que un día
afectará a los ciudadanos del mundo entero.
Esa estrategia obligará a todos los proveedores de servicios en Internet y
a las compañías telefónicas a proporcionar a policías
y magistrados acceso completo en tiempo real a todas las comunicaciones, independientemente
de cuál sea el país de origen. La televisión interactiva por
cable estará obligada a hacer lo mismo.
Enfopol contará con la ayuda de un sistema de marcaje de sujetos que puede
seguir continuamente la pista de los individuos seleccionados. Actualmente en fase
de diseño, este sistema, llamado IUR (International User Requirements for
Interception), no sólo comprenderá el nombre, la dirección y
el número de teléfono de las personas vigiladas y de aquéllas
con las que se relacionan, sino también las direcciones electrónicas,
los movimientos de sus tarjetas de crédito y las claves secretas de éstas,
las contraseñas e incluso, gracias a los teléfonos móviles,
el lugar en el que se encuentran.
Enfopol no es más que uno de tantos sistemas incipientes de inspección.
Quizá el más sorprendente de todos sea Echelon, un sistema creado por
el Organismo de Seguridad Nacional de Estados Unidos que se comenta con más
detenimiento en la página 34.
Una perfecta identificación es la clave de una vigilancia perfecta, y las
autoridades van a hacer un gran esfuerzo para conseguirla. Es probable que gobiernos
y empresas, además de crear bases de datos del ADN —en particular para identificar
a los autores de crímenes violentos y a niños desaparecidos— impongan
sistemas nacionales de exploración electrónica de los dedos y de la
mano.
De hecho, estos “identificadores biométricos”, se usan ya en todo el mundo.
Se supone que pueden identificar perfectamente a un individuo gracias a la exploración
electrónica de una mano, un dedo o la retina de un ojo. España ha puesto
en marcha un sistema nacional de huellas digitales para controlar los subsidios de
desempleo y el derecho a las prestaciones de la seguridad social, y Rusia ha anunciado
un proyecto similar para los bancos. Los jamaicanos tienen que registrar sus pulgares
en una base de datos para poder votar. En Francia y Alemania se están haciendo
pruebas para introducir las huellas digitales en las tarjetas de crédito.
Pero lo que afectará a la gente de modo más directo es el incremento
de la vigilancia en el lugar de trabajo. En la mayor parte de los países,
los patronos están autorizados —“dentro de límites razonables”— a vigilar
a todos sus empleados. Pueden intervenir los teléfonos, leer el correo electrónico
e inspeccionar la pantalla de los ordenadores. Pueden, pues, escuchar las conversaciones,
observar a sus empleados por medio de un circuito cerrado de televisión y
utilizar medios tecnológicos de rastreo, como los distintivos de identidad
“inteligentes”, para controlar incluso los desplazamientos a los lavabos. Ya ahora
los patronos abogan con insistencia por los análisis de orina para descubrir
el uso de drogas y tienen acceso a los datos personales y médicos de carácter
más íntimo.
El material telefónico que se emplea en la actualidad para controlar las llamadas
de los empleados resulta primitivo en comparación con el de la nueva generación,
capaz de determinar cuántas palabras ha tecleado una persona en su ordenador
entre dos llamadas. Es posible que el programa informático que le permite
a usted intercambiar ficheros con un colega esté permitiendo ya a su jefe
fisgonearle, ver su pantalla, explorar sus archivos y su correo e incluso descifrar
sus contraseñas.
Ni siquiera el hogar quedará exento de vigilancia. La nueva generación
de televisión digital interactiva creará una familiaridad inédita
entre proveedor y cliente. Al obtener directamente información sobre los hábitos
televisivos de éste, la empresa puede trazar un retrato robot de cada cliente.
Una obra de investigación reciente, Spy TV (compilada por el estadounidense
David Burke), explica cómo los difusores de la televisión interactiva
van a utilizar programas informáticos para crear “perfiles psicológicos”
y a continuación “modificar el comportamiento” de los espectadores. En líneas
generales, su televisor le mostrará un producto, analizará la respuesta
de usted y le propondrá después algo en función de ella. Este
ciclo permitirá a su televisor conocerle lo suficiente como para hacer de
usted lo que a él le dé la gana. Y un día, la persona que controla
su televisión será sustituida por una computadora dotada de inteligencia
artificial.
No son éstos los únicos atentados que se perpetran y perpetrarán
contra la vida privada. Con el pretexto de facilitar a los clientes información
“útil”, como la dirección de la gasolinera más próxima
o publicidad de un restaurante local, los teléfonos móviles están
pasando a ser instrumentos de rastreo geográfico. A uno, por supuesto, no
se le pregunta si desea o necesita esos servicios.
Es probable que ya lo estén a usted siguiendo en Internet. Algunas empresas
en línea llevan un registro de las compras del consumidor u ofrecen servicios
personalizados como búsqueda de noticias y valores en bolsa. Luego, sin el
consentimiento del consumidor, venden la información a sus socios comerciales
(ver
p.26).
Cada vez que usted visita un sitio web, un pequeño fichero con un número
de identificación comúnmente llamado “chivato” (en inglés cookie),
se coloca automáticamente en su disco duro para facilitarle la circulación
entre páginas. Ahora bien, con un solo cookie las redes publicitarias pueden
seguir la pista de un usuario a través de millares de sitios. Muy pronto,
alguien en algún lugar estará al corriente del contenido exacto de
su frigorífico.

Para sumarse
al boicot de la TV interactiva: http://www.spytv.co.uk. |