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Burlar cámaras ... ¡acción!
Jack Cheshire, productor de televisión y periodista independiente instalado en Londres.
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Bailarines ingleses de danza folklórica en las calles de Newham.





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jack.cheshire@clara.net







Sabía usted que…
El mercado de la televisión en circuito cerrado del Reino Unido es en la actualidad el mayor de Europa y, con más de 200.000 cámaras instaladas, representa más de 616 millones de dólares anuales. En 1999, 500 ciudades y pueblos estaban dotados de sistemas públicos de televisión en circuito cerrado, frente a sólo 74 tres años antes.
www.indexoncensorship.org
http://privacyinternational.org
Aplicando la ley al pie de la letra, un programa de televisión denuncia con humor la omnipresencia de las cámaras de vigilancia en el Reino Unido.

Suele considerarse a los británicos como un modelo de discreción, pero lo cierto es que somos un pueblo de mirones y exhibicionistas. El Estado y los ciudadanos llevan 25 años instalando cámaras de videovigilancia en cualquier sitio: estaciones de ferrocarril, autobuses, aeropuertos, centros de las ciudades e incluso cabinas telefónicas. Colocamos cámaras ocultas en los probadores de las tiendas y pasamos delante de policías uniformados con cámaras escondidas bajo el casco.
El país de George Orwell puede jactarse de tener la mayor densidad de cámaras de vigilancia en el mundo: 55 por habitante, según un estudio reciente de la universidad de Hull. En 1995, cerca de 80% del presupuesto del ministerio del Interior contra la delincuencia se destinó a la adquisición de nuevas cámaras. Y el sector privado representa actualmente en torno a 30% de un mercado que se cifra en 210 millones de dólares al año, según estimaciones prudentes, y que progresa anualmente entre 15 a 20%.
Michael Howard, ex ministro del Interior, afirma que “la videovigilancia permite atrapar a los delincuentes, descubrir los delitos, identificar a los que violan la ley y condenar a los culpables”, si bien no se dispone de ninguna estimación oficial actual acerca de la repercusión de las cámaras en los índices de criminalidad.
Lo cierto es que el desarrollo exponencial de los circuitos de vídeo va acompañado de un aumento de la criminalidad y una disminución de los efectivos policiales en las calles. El índice aludido se duplicó entre 1980 y 1990 y, según la Federación de la Policía, en las calles de Londres, ciudad con siete millones de habitantes, sólo patrullan de noche 300 policías.

Respetar sí, pero con humor
Olvidemos pues el argumento de la lucha contra la delincuencia y volvamos a la hipótesis inicial: una obsesión por la vigilancia como medio de control social, que sólo parece justificarse en la medida en que el respeto de la vida privada de los británicos no está previsto en la ley. En cambio, disponemos de una ley de protección de datos, aprobada en 1994, que da a los ciudadanos acceso a la información personal que les concierne y derecho a rectificarla, indiferentemente de quien la tenga, sea el Estado, una empresa o un particular.
Trabajo con el humorista Mark Thomas en el programa de televisión The Mark Thomas Product. Así pues, con un propósito de servicio público, él y yo nos empeñamos en que se respete esta nueva ley. Una de las obligaciones de los responsables de circuitos de vídeo es declarar sus actividades a las autoridades: buena noticia, ya que cualquiera puede instalar una cámara de vídeo donde se le antoje. Nuestra primera visita fue, lógicamente, una exposición de los profesionales de la seguridad. De unos 200 expositores, 127 habían omitido la declaración, de modo que estaban fuera de la ley. Los invitamos al cibercafé de la exposición, a fin de que hicieran el trámite correspondiente en línea. La mayoría se negaron y no tardamos mucho en ser expulsados de la reunión, pero conseguimos que los organizadores redactaran una carta notificando a los expositores sus obligaciones legales.
Después caímos en una frase interesante de la ley: “las garantías legales relativas al tratamiento de la información, aplicables anteriormente a los responsables del tratamiento informático de datos, valen ahora para la videovigilancia.” Dicho de otro modo, todo individuo identificable filmado por una cámara tiene derecho a una copia de las imágenes correspondientes. Éste es el sueño de todo humorista satírico: si nos han de filmar durante la mitad de nuestra existencia, entonces que nos den el vídeo que cubre esos 40 años de vida.
Así pasamos a nuestra siguiente etapa: los ferrocarriles británicos, privatizados y desorganizados. Nos dijimos que mucha gente debía de pasar malos ratos por llegar tarde a su trabajo. Encontramos a varios viajeros angustiados, encantados de servir como conejillos de Indias plantándose frente a una de las cámaras de la estación con un reloj de medio metro de alto. Una escueta petición por escrito bastó para lograr que la compañía Railtrack enviara gratuitamente una cinta de vídeo a cada uno de los viajeros para que éstos pudieran demostrar a sus patrones que los culpables no eran ellos, sino el tren.
Una vez que estábamos probando los últimos prodigios tecnológicos de la videovigilancia nos llevamos una auténtica sorpresa. El ayuntamiento de Newham (división administrativa de Londres) destinó 2,8 millones de dólares a la adquisición de cámaras informatizadas, capaces de reconocer automáticamente las matrículas de los vehículos o de identificar a los malhechores gracias a un sistema de reconocimiento fisionómico. Pedimos a seis bailarines folklóricos ingleses que interpretaran algunas de sus danzas típicas, con pañuelos y cascabeles, en ese distrito. Poco después de nuestra visita recibimos una carta en la que los servicios municipales nos explicaban que no podían enviarnos las imágenes solicitadas, porque era “imposible separar las que nos interesaban de las de otras personas desconocidas”.

Participe en nuestro concurso
Se planteaba así un grave dilema: ¿se había financiado con el dinero de los contribuyentes un material defectuoso, o existía otra motivación oculta? Nos encontrábamos por casualidad frente a una fábrica de la Ford cuando unos sindicalistas, que repartían pasquines incitando a la huelga, fueron increpados por algunos empleados. Respondiendo a nuestra petición, la Ford nos envió la cinta de vídeo en el momento de los hechos. Pero, aparte de una preciosa vista del aparcamiento vecino, no había señales de vida: ¿se había producido otro incidente técnico?
Todo esto confirma nuestra hipótesis: la videovigilancia tiene un brillante porvenir en el ámbito del espectáculo. Decidimos entonces lanzar un concurso para designar el mejor vídeo conseguido gracias a las leyes sobre la protección de datos. El crítico cinematográfico de la BBC, Jonathan Ross, examinará las candidaturas.
Como conclusión, me complace anunciar oficialmente la creación de una nueva categoría para el Premio Internacional a la mejor película: se recibe toda grabación realizada gracias a un sistema de vigilancia que emane de un país en el que exista o no legislación sobre la materia. Envíen sus cintas, con la mención “Concurso videovigilancia”, a Vera Productions, 3rd Floor, 66-68 Margaret Street, London, WIW 8SR, Reino Unido. Gracias.

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