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Espionitis a la japonesa
Michel Temman e Yves Bougon, periodistas franceses en Tokio.
photo
La cámara digital Sony más pequeña del mundo sólo pesa 26 gramos.
En Tokio causan furor los artilugios electrónicos que permiten espiar a una vecina o a la última estrella de la actualidad.

Desde 1998, año crucial en el despegue de la nueva economía nipona, Akihabara, el barrio de la electrónica de Tokio, está en plena efervescencia. “Los nuevos modelos de computadoras y teléfonos celulares con acceso a Internet son los productos que mejor se venden”, explica Toshihiro Miyazaki, dependiente deLaox, supermercado de esta meca de la electrónica para el gran público.
Pero otro sector marcha viento en popa, el de los aparatos y artilugios que sirven para espiar al consorte, a los vecinos o a los colegas: minicámaras digitales cuya imagen puede consultarse a distancia, microchips, minigrabadoras y otras miniaturas electrónicas casi invisibles. En los laboratorios de Sony, Sharp, Panasonic Fuji y Nikon se fabrican sin tregua adminículos cada vez más miniaturizados. Los precios oscilan entre 300 y 2.000 dólares y en Laox las ventas no cesan de aumentar desde 1999. Estos productos seducen a los jóvenes de 15 a 25 años (la generación de los videojuegos, tan extendida que incluso se ha acuñado el término game sedai para designarla) y, sobre todo, a los otaku (literalmente “hijos del imperio de lo virtual”). Algunos se divierten, por ejemplo, tomando fotos comprometedoras valiéndose de miniaparatos con control remoto.
En Japón, sociedad marcada por el confucianismo, siempre ha imperado el control de uno mismo y de los demás. Aún es frecuente que la comisaría de cada barrio elabore listas precisas de sus habitantes, e incluso que la policía acuda a informarse de la identidad de los recién llegados en cuanto se instalan. Otra institución que contribuye al control social son los comités de barrio (tonarigumi), que surgieron en el siglo XVI y sirvieron durante la guerra para reprimir las actividades consideradas antinacionales.
Pero estas tradiciones parecen hoy inofensivas comparadas con las prácticas resultantes de la llegada al mercado de los productos electrónicos. La televisión se hace eco regularmente de actividades de voyeurismo. Algunos individuos se han especializado en el espionaje de los aseos públicos, otros introducen cámaras y micrófonos en casa de sus amigos o de muchachas solteras, otros por último se han convertido en auténticos paparazzi de Internet y difunden en la red imágenes robadas. Recientemente, un vídeo de la campeona de maratón de los Juegos Olímpicos de Sydney, convertida en una estrella nacional, se vendió bajo cuerda en miles de ejemplares. Se la veía desnuda en el cuarto de baño. Las imágenes se filmaron sin que ella lo supiera, con una minicámara.
Los japoneses toleran cada vez menos estos abusos. A comienzos de enero, un profesor de secundaria fue detenido por haber filmado a sus alumnas mientras se cambiaban en los vestuarios, en tanto que un camarógrafo de la cadena nacional NHK filmaba en su casa a personas que ignoraban tal intrusión. Actualmente, arrecia la polémica en torno a Imadoko (¿Dónde estás?), un servicio barato propuesto por la empresa NTT PHS a los padres que quieren seguir la pista a su prole. Gracias a un chip incorporado en un teléfono móvil, NTT PHS sabe en todo momento dónde se encuentra su dueño. A petición de los padres, les envía un mapa que localiza al menor con exactitud.
Los japoneses se inquietan tanto más cuanto que recientemente se promulgó una ley que da poderes más amplios a la Agencia de Policía (NPA) y al ministerio de Justicia para la utilización de instrumentos tecnológicos (intervención de líneas telefónicas, filtrado del correo electrónico, etc).“Esta ley se concibió para acelerar las investigaciones criminales, no para interferir en la vida diaria de la gente”, asegura la NPA. Pero expertos como Shin Mizukoshi, de la universidad de Tokio, se interrogan. “¿Ha entrado Big Brother en nuestros hogares? El hecho de que la policía intercepte las comunicaciones, ¿no es una nueva invasión de la vida privada de los japoneses?
Las escuchas telefónicas se utilizan en particular para combatir la piratería informática. Acaba de entrar en vigor una ley que castiga todo delito informático con un año de prisión y 5.000 dólares de multa. Las pesquisas corren a cargo de 80 ingenieros-policías agrupados en el High Tech Crime Technical Expert Center de la NPA, un cibercentro de vigilancia dotado de un presupuesto anual de unos dos millones de dólares.
Pero los perturbadores dominan cada vez mejor los últimos adelantos de la electrónica.“La omnipresencia de los sistemas de comunicación móviles y perfeccionados suscita nuevos problemas. Hay que buscar soluciones de compromiso en interés del público y en aras de su seguridad”, afirma un responsable de la NPA. En Japón, como afirma el jurista Yoichi Higushi, el derecho a la vida privada parece condenado a ser “un derecho virtual”.

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