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El negocio de
la intimidad
Evan
Hendricks, redactor jefe y editor de Privacy Times, Washington DC. |

© Jean Lecointre, Paris
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Todo
el mundo coincide en reconocer que la vida privada es provechosa para la actividad
económica, pero, ¿existe un mercado para las empresas que lo que ofrecen
es protegerla?
Mientras que varias
empresas han tenido que vérselas recientemente con la justicia y con la indignación
del público por no haber respetado la confidencialidad de los datos personales
de sus clientes, American Express es una de las sociedades que aspiran a sacar provecho
de la vida privada.
El año pasado, esta central emisora de tarjetas de crédito lanzaba
el “Pago Confidencial”, que permite a sus clientes conseguir en línea números
de tarjeta de crédito “desechables”, válidos para una sola operación.
En el caso de que alguien utilizara después fraudulentamente uno de esos números,
no le serviría para nada.
Lo fundamental aquí es que la protección de la vida privada supone
un “valor añadido” a un servicio ya existente. Además, American Express
proyecta lanzar en 2001 una gama de servicios afines, por ejemplo la navegación
anónima por Internet. Otras compañías rivales, Visa/Mastercard
en particular, están siguiendo el ejemplo.
Por su parte, PrivaSys, con sede en San Francisco, ha patentado una tecnología
que permite a las tarjetas de crédito generar un número desechable
para cada compra. Cada tarjeta lleva un teclado numérico, una pantalla de
cristal líquido, una minúscula batería y una pista magnética
especial. El titular no tiene más que marcar su código confidencial
de cuatro cifras en la propia tarjeta, y ésta genera el número desechable.
Pero la seguridad de los pagos es tan sólo una parte del mercado naciente
de protección de la intimidad. Otras empresas ofrecen instrumentos de navegación
anónimos o “pseudónimos”, programas de control de cookies (chivatos
electrónicos) y servicios de protección contra los hackers o intrusos
informáticos. Sólo el tiempo dirá cuáles de estas empresas
llegarán a imponerse.
Lo que sí está claro es que la industria naciente del comercio electrónico
evaluó muy mal la importancia de la confidencialidad. Si ésta no se
respeta, el consumidor no se fía. Y el bajón que la industria “puntocom”
experimenta en la actualidad pone de manifiesto lo cara que ha resultado esa mala
evaluación.
La
vida privada, un valor añadido
Ahora
bien, la confidencialidad no sólo representa un problema muy serio para el
comercio electrónico, sino también para los fabricantes de teléfonos
móviles. Esta industria tiene un potencial aparentemente ilimitado de bombardearlos
con servicios de información y localización, anuncios y cupones de
descuento. El comercio de los celulares puede con razón alarmar a los usuarios:
vigilancia constante por seguimiento, servicios no solicitados, aparatos para impedir
las comunicaciones, recuentos detallados de los temas de interés y los movimientos
del consumidor, y mecanismos de pago poco seguros.
Con todo, se ve que los fabricantes han aprendido algo de los errores del comercio
electrónico. Hace unos meses, un seminario de la Comisión Federal de
Comercio de Estados Unidos, que congregaba a los principales grupos de la industria
del móvil, anunció unas reglas que obligaban a las empresas a obtener
el consentimiento del consumidor antes de recopilar o utilizar sus datos personales.
No se trata de altruismo: la industria ha comprendido que los consumidores no tolerarán
que los servicios comerciales invadan sus teléfonos móviles contra
su voluntad.
La reciente aparición de la vida privada en el terreno comercial permite llegar
a la conclusión de que hay quienes están dispuestos a pagar más
para resguardar su intimidad. Pero la lección más importante es que
los consumidores no parecen muy animados a hacer más esfuerzos para proteger
sus datos personales y, si un medio —por ejemplo Internet— les parece poco seguro,
renunciarán a utilizarlo.
Es probable que el respeto de la intimidad se convierta en un “valor añadido”
y genere un mercado para las empresas que sepan integrarlo en sus mecanismos de pago
sin gravar excesivamente al consumidor. |
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