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La verdad sobre Haití

La revolución silenciosa
Suelette Dreyfus, periodista australiana, autora de Underground-Tales of hacking, madness and obsession on the electronic frontier (Random House, 1997).
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La criptografía ayuda a romper el silencio de los guatemaltecos.







La verdad sobre Haití

Desde 1995, Patrick Ball colabora con la Comisión de la Verdad en Haití. Tras haber realizado unas 5.500 entrevistas, ésta documentó más de 18.000 denuncias de violación de los derechos humanos antes de analizar los datos para averiguar la verdad de lo sucedido en Haití bajo el régimen militar, concretamente entre 1993 y 1994.
“Al tomar la lista de todas las personas asesinadas y elaborar a partir de ella un gráfico, se observó que los asesinatos políticos se acumulaban en dos momentos distintos”, explica Ball. Cuando el equipo procedió a la comparación temporal con otros hechos, descubrió que el aumento de las violaciones de derechos humanos coincidía con la presencia en aguas territoriales de la isla de un buque estadounidense cargado de tropas, posible anuncio de una intervención militar.
“Lo interesante”, comenta el Dr. Ball, “era que muchos defensores del régimen haitiano habían sostenido que esa violencia en las calles no era sino mero ardor nacionalista, y que la culpa la tenía Estados Unidos con sus amenazas de intervención. Pero con el tiempo se van viendo las mismas refriegas en todo el país, lo que implica algún tipo de coordinación”.
La conclusión más lógica, según Ball, es que los grupos paramilitares haitianos sembraron el terror en las calles, con la bendición del Estado, para amedrentar a la sociedad haitiana y disuadirla de reclamar la intervención de Estados Unidos y el regreso del presidente Aristide.



“La mayor parte de las actividades de la inteligencia no implican (...) pesquisas enrevesadas, sino análisis y juicios prudentes de datos fácilmente accesibles.”

R.G.H. Siu,
filósofo estadounidense
(1917-1999)

De Guatemala a Kosovo, los grupos de defensa de los derechos humanos se han iniciado en una disciplina digna de las novelas de espionaje: la criptografía.

Una revolución silenciosa se abre paso entre los grupos de defensa de los derechos humanos. Sin manifestaciones estrepitosas ni protestas airadas, lugares como Guatemala o Kosovo están en la vanguardia de esta mutación, cuyas armas son la electrónica y la materia gris.
La informática y, más concretamente, los programas de criptografía (que utilizan claves secretas para transformar los textos en una sucesión de signos aparentemente aleatorios), están modificando sutilmente el equilibrio de fuerzas entre los gobiernos represivos y las ONG que los vigilan. De Camboya a El Salvador, las organizaciones populares recurren a programas informáticos que les permiten registrar las violaciones perpetradas por el gobierno y ocultar a continuación los datos para proteger a sus fuentes.

La tecnología, aliada de las ONG
Uno de los impulsores de esta revolución es Patrick Ball, subdirector del programa de Ciencias y Derechos Humanos de la Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia (AAAS). Durante los últimos nueve años, Ball ha viajado discretamente a distintos países, a raíz de guerras e insurrecciones, para iniciar a los activistas de los derechos humanos en el arte del acopio de información, y ha configurado y protegido las bases de datos correspondientes en El Salvador, Guatemala, Haití, Etiopía, Albania, Kosovo y Sudáfrica.
Cuando Ball empezó a trabajar con ellos a comienzos del decenio de 1990, la mayoría de los militantes de los derechos humanos estimaban que la tecnología, durante tanto tiempo al servicio de gobiernos represores, era a todas luces su enemiga. A Ball le costó muchísimo convencerlos de que se valieran de programas informáticos cada vez más baratos para burlar al gobierno. Pero las cosas están cambiando desde hace unos tres años.
“Esos grupos empiezan a comprender la inmensa capacidad de análisis que nos proporciona la información en gran escala, y que sin la tecnología es simplemente inaccesible”, afirma Ball. “Durante una visita a activistas en Camboya, me llamaron la atención las montañas de papeles que se apilaban en cada escritorio. Conseguir una sola cifra, por ejemplo, el número de violaciones registradas en el país en el mes de julio, podía llevar un par de semanas.”
Según Ball, el abaratamiento de las computadoras y la facilidad de uso de los programas informáticos facilitan mucho las cosas. Gracias a las bases de datos, las hojas de cálculo y los programas de tratamiento de texto, muchas organizaciones pueden hoy investigar las violaciones de derechos humanos con rigor científico.
Esta precisión analítica es un arma poderosa, lógico blanco asimismo de los adversarios políticos. La vida y la integridad de los testigos que prestan declaración de exacciones cometidas por gobiernos suelen peligrar. Por este motivo, “los militantes usan también la criptografía para proteger los informes de sus pesquisas y la identidad de sus testigos, datos que podrían comprometer la seguridad o la libertad de alguien”, explica Ball.
En Guatemala, la criptografía influyó decisivamente en el final de los 36 años de silencio impuesto por el terror y la guerra civil, que se cobraron la vida de más de 100.000 personas, indios mayas en su mayoría. Hasta hace muy poco, obtener y publicar un testimonio como éste habría sido imposible: “Mi hermana iba a hacer compras a Rabinal, pero cuando llegó al caserío del Plan de Sánchez, el ejército ya estaba allí. La agarraron y la violaron dentro de una casa. Violaron a quince muchachas y luego las acribillaron a balazos. Más tarde la población las enterró en un cementerio clandestino.” Esta declaración, tomada de un informe de la AAAS y del Centro Internacional de Investigaciones sobre los Derechos Humanos (CIIDH) de Ciudad de Guatemala, es uno de los 5.000 testimonios prestados entre 1994 y 1995 al CIIDH y otras organizaciones por personas que pidieron guardar el anonimato por temor a las represalias. Y pudieron hacerlo gracias a la criptografía.

Testimonios salvados por la criptografía
El CIIDH fue uno de los primeros grupos del mundo que protegió su base de datos por medio del PGP, el programa de criptografía más popular actualmente. Empleados del Centro recorrieron a pie y a lomo de mulas zonas montañosas y remotas de Guatemala llevando consigo ordenadores portátiles alimentados por paneles solares para recopilar testimonios de personas obligadas por el ejército a esconderse. Quemaron sistemáticamente todo rastro de su trabajo en papel y cifraron los datos antes de enviarlos a analizar a la capital. Después mandaron por correo electrónico copias codificadas por medio del PGP a un sitio seguro en el extranjero.
Según Ball, Guatemala sigue siendo uno de los mejores ejemplos de adopción de la tecnología por los militantes de los derechos humanos. No sólo siguen usando programas de seguridad para proteger a sus testigos, sino también con objeto de evitar que adversarios políticos se infiltren en las bases, alteren la información y desprestigien la labor del grupo.
Sin embargo, en otros lugares “los grupos han optado por no recurrir a la criptografía, porque el mero hecho de ocultar su labor llevaría al gobierno a considerarlos una amenaza para la seguridad nacional”, aclara Ball. “Sinceramente, no creo que ningún grupo de defensa de los derechos humanos represente una amenaza para la seguridad. Pueden poner en apuros a algunos cargos del ejército o la policía que han cometido atrocidades, pero todos los grupos que conozco están dedicados a la democratización de su país y las libertades cívicas.”
A lo largo de todo el decenio pasado, el gobierno de Estados Unidos, por un lado, y las ONG, por otro, libraron una batalla política sobre el derecho a utilizar y compartir la criptografía con el resto del mundo, batalla que Ball estima hoy terminada en ese país. “En resumidas cuentas”, dice, “el gobierno estadounidense decidió que los costos económicos y en materia de libertad civil que supondría reglamentar la criptografía eran de más peso que las alharacas de los magistrados y los responsables de la seguridad nacional”, quienes estimaban que ese instrumento sería un valioso auxiliar para delincuentes y terroristas.
Ball afirma que hay Estados que han prohibido el uso de la criptogafía o esperan hacerlo. Para evitarse problemas, muchos grupos no reconocen que la emplean. ¿Por qué divulgar que una pantalla plagada de signos raros es en realidad la declaración de un testigo presencial de matanzas y torturas?

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El informe titulado State Violence in Guatemala, 1960-1996: A quantitative reflection puede consultarse en: http://www.hrdata.aaas.org/ciidh

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