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El lujo de un seguro

Proteger los secretos genéticos
Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO.

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Julie Sando y su familia.




El lujo de un seguro

A diferencia de los sistemas de seguros universales como en Canadá o Francia, en EEUU la mayoría de la gente depende de su empleo para poder tener acceso a un seguro médico. A veces los empresarios negocian acuerdos competitivos con las principales compañías aseguradoras, otras veces pagan por los servicios médicos de sus trabajadores.
Debido a la desgravación fiscal correspondiente, cada vez son más los empresarios, entre 55 y 65%, que se inclinan por la segunda opción. Sin embargo, los empleados se arriesgan a pagar caro a costa de su intimidad. Al introducir todos los partes médicos en bases de datos electrónicas, los empresarios pueden identificar a los trabajadores “más caros”: aquéllos que padecen o tienden a padecer una enfermedad grave. Además, los empresarios no están sometidos a las normas federales que protegen la información genética.
Los particulares pueden recurrir directamente a las compañías de seguros. Sin embargo, la mayoría de las pólizas están “clasificadas”: los clientes pagan precios distintos según sus posibilidades de enfermedad y sus antecedentes familiares. Así pues, puede ser cuestión de tiempo el que las pruebas genéticas se utilicen en los procesos de selección.



“Nadie está obligado a revelar de su vida íntima a los otros nada más que lo que a él le parezca natural.”

Albert Schweitzer,
misionero y teólogo francés (1875-1965)



“Esperé cuatro o cinco años hasta hacerme la prueba. No pasó un solo día sin que me viera síntomas de la enfermedad.”
Para asegurar su intimidad médica, muchos estadounidenses prefieren no conocer sus propios “secretos” para no someterse a pruebas genéticas.

“Hace cinco años, mi madre empezó a comportarse de una forma extraña. Contaba secretos y mentiras. Sólo tenía 59 años, pero se caía mucho y movía las cejas de forma descontrolada. Al día siguiente de enterarme de que tenía el mal de Huntington, decidí ir a la biblioteca, porque no sabía nada de dicha enfermedad. Leí varios libros de medicina en los que descubrí tres cosas: la primera, que es incurable y que mi madre iba a morir; la segunda, que sus hijos, es decir mi hermano, mis dos hermanas y yo, teníamos un 50% de posibilidades de haber heredado el gen causante de la enfermedad; la tercera, que nuestros hijos estaban en peligro.”
“Supe que tenía que ocultárselo a todos salvo a mi familia. Me metí en Internet y encontré un foro sobre la enfermedad de Huntington donde me informaron de la posibilidad de someterme a un test genético para detectar si la padecía y me recomendaron que fuera precavida. Tras escuchar historias de personas que habían perdido sus trabajos y el seguro médico, decidí no hacerme la prueba.”
Julie Sando no es un caso único en Estados Unidos. Mucha gente protege sus secretos genéticos evitando informarse a fondo de su salud y la de sus familias. Es evidente que el riesgo de discriminación genética es la razón principal por la que un tercio de las personas a las que entrevistó el Instituto Nacional de Investigaciones sobre el Genoma Humano (NHGRI) se niegan a hacerse pruebas, según afirma Barbara Fuller, asesora del NHGRI. De hecho, sólo se han sometido al test de Huntington entre el 15% y el 25% de las personas más propensas del país. Julie Sando narra su propia experiencia para explicar la dimensión personal y social de estos secretos genéticos:

Una espera angustiosa
“Esperé cuatro o cinco años hasta hacerme la prueba. No pasó un solo día sin que me viera síntomas de la enfermedad, como un tic en una mano o una forma entrecortada de hablar. No podía soportar la angustia de no saber si mis hijos la tenían. Era el momento de enfrentarme a ello. Había dos formas de financiar la prueba: con el seguro y que constara en el historial, o permanecer en el anonimato y pagarla de mi bolsillo (unos 1.000 dólares). Andábamos mal de dinero, así que opté por correr el mayor riesgo.”
Para proteger a pacientes como Julie, en los últimos cinco años se han promulgado leyes que garantizan la confidencialidad de la información genética en el 75% de los estados. Una nueva serie de reglamentos federales para reforzar el secreto médico entrará en vigor en 2003, pero el nuevo gobierno puede volver a abrir el debate.
Algunos estudios indican que el temor a la discriminación genética enmascara el número real de casos documentados. A finales de 1999 se publicó un estudio realizado entre gestores de seguros médicos, representantes de compañías, agentes y consejeros genéticos de siete estados en el que se comparaba el efecto de la legislación sobre la confidencialidad genética. Según uno de los autores, el profesor Mark Hall de la Facultad de Medicina de la Universidad de Wake Forest, “no encontramos ni un solo caso bien documentado de discriminación”. La razón, en su opinión, es que las compañías de seguros dan por sentado que la gente cambiará de trabajo y por tanto de póliza cada dos a cinco años. Así, cuando el cliente necesite tratamiento, es probable que se haya cambiado de compañía de seguros.
Pero, como señalan los críticos, éste puede ser el caso de una mujer de 35 años genéticamente predispuesta al cáncer de mama, pero ¿qué pasa con una mujer de 50? Como señala Fuller, del NHGRI, a medida que las pruebas genéticas vayan siendo más precisas y accesibles en los próximos años, “no veo ninguna razón para que las aseguradoras no las utilicen”. De ahí la expresión de Julie Sando: “Opté por correr el mayor riesgo.” Al notificarlo al seguro, podía haber privado a sus hijos de una cobertura médica en el futuro.
“En la primera cita”, cuenta Julie, “el especialista me hizo todo tipo de preguntas: a quién le informará usted de la prueba y por qué…Pero la verdadera sorpresa fue cuando me preguntó si tenía un seguro de asilo. Tenía 35 años, así que le dije que si no le parecía fuera de lugar. Su respuesta fue un no rotundo”.
“En la siguiente cita, me sacaron sangre. Los dos meses de espera de los resultados fueron los más duros de mi vida. El 22 de enero de 1999, me levanté temprano con mi marido y rezamos. La espera en el hospital fue eterna. El médico no sonreía cuando nos llevó a un cuarto en el que había cajas de pañuelos de papel por todas partes. Finalmente dijo: ‘No tiene usted el gen, ni sus hijos tampoco. Pero no quedan descartados sus hermanos.’ Me sentí como un zombi. Me llevó un año superar la culpa del superviviente.”
“Soy la única de mi familia que se ha hecho el test. Hace poco pregunté a mi hermana que por qué no se lo hacía, y me dijo: “Tengo una amiga que le dio negativo, pero la empresa lo encontró en su expediente y la despidieron. Mi marido está enfermo. ¿Cómo podremos vivir si pierdo mi trabajo y mi seguro médico?.”
Aunque reconocen la amenaza de la discriminación, algunos expertos como Dorothy Wertz, del Shriver Center (un centro de investigación), se preguntan si este miedo puede deberse a la confusión. Para la mayoría de las personas, los resultados son ventanas abiertas al alma, sostiene Wertz. No sólo somos incapaces de alterar esta información, sino que puede ser utilizada en contra nuestra. De ahí el instinto visceral de preservar nuestra “intimidad genética” a cualquier precio.
Ahora bien, esta noción de “intimidad genética” no tiene sentido desde un punto de vista biológico. Muchas leyes federales brindan una protección especial para las pruebas genéticas de una enfermedad como la de Huntington, pero, sin embargo, un análisis corriente de colesterol puede revelar mucho más sobre el historial de una familia, por ejemplo, su predisposición a las enfermedades coronarias.
“Las leyes federales son un esfuerzo bienintencionado, pero ofrecen una falsa sensación de seguridad”, dice Thomas Murray, presidente del Centro Hastings de Bioética. “No es honesto dotar a la genética de un estatuto moral especial.” Según Murray, la mayoría de las enfermedades más graves y comunes son una intrincada mezcla de información genética y no genética.
Julie está de acuerdo en que la solución está en proteger la intimidad médica, no sólo la genética. Esto no excluye, sin embargo, la necesidad de leyes que impidan la discriminación genética, según Joanne Hustead, defensora de los derechos de los pacientes y directora de la organización no lucrativa National Partnership of Women and Families (Asociación Nacional de Mujeres y Familias). “En los derechos civiles se establece una nueva frontera para proteger a la gente de la discriminación en función de unas características personales e inmutables, como la raza y la religión. También hay algo de interés personal”, afirma. “Todo el mundo sufre mutaciones genéticas. Todos estamos en peligro.”

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