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James To: la libertad de elección

Glenn Schloss, corresponsal del South China Morning Post en Hong Kong.
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James To contra la vigilancia.









“No te metas conmigo, y no me meteré yo contigo.”

George Eliot, novelista inglés (1819-1880)

Para este legislador de Hong Kong, el gobierno debe permitir a los ciudadanos proteger su intimidad, algo que ellos consideran un lujo.

A James To no le cabe duda de que su teléfono está intervenido. Se lo dijo un policía, pero él no siente paranoia ni indignación, sólo resignación. Lleva diez años observando sin desmayo las tácticas de vigilancia de las autoridades británicas o chinas.
“El gobierno debería tener sólo un mínimo de informaciones sobre los ciudadanos”, afirma este legislador del Partido Demócrata. “No pretendo hacerme amigo del gobierno, lo único que quiero es que nos deje tranquilos y libres de convertirnos en lo que nos parezca.”
James To fue elegido por primera vez a los 28 años, en 1990, un momento crucial para la historia de la ciudad en el que los administradores británicos procuraban tranquilizar a la población, aterrorizada por los actos de violencia registrados en 1989 en la plaza de Tiananmen y por la retrocesión de Hong Kong a China, en 1997. Para calmar los ánimos, las autoridades coloniales introdujeron una Carta de Derechos Humanos que reproducía, a escala local, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.
Pero, al examinar la carta, James To no encontró nada acerca de la protección de la vida privada, lo que, según él, no es de extrañar “puesto que la propia madre patria, el Reino Unido, no cuenta con mecanismos específicos que garanticen el respeto de la vida privada”.
Desde sus tiempos de estudiante, James To ha hecho de obtener ese respeto un compromiso personal.
Si las autoridades coloniales no tuvieron en cuenta para nada sus advertencias, no pudieron sin embargo ignorar las amenazas formuladas por la Unión Europea, en 1994, de prohibir a los bancos tratar con sus homólogos de Hong Kong por falta de una protección jurídica de los datos. Un año más tarde, el poder legislativo adoptó una ley sobre los datos personales. Pero James To descubrió que no se aplicaba a las telecomunicaciones y otorgaba amplios poderes al gobierno en materia de escuchas telefónicas. Presentó entonces su propio proyecto de ley, que exigía la supervisión del dispositivo por un juez, lo cual fue rechazado por las autoridades británicas.

Un combate en varios frentes
Hoy en día, su combate contra las escuchas se extiende a otros aspectos. Nuevas leyes facultan a la policía para constituir una gigantesca base de datos tomando muestras de ADN de toda persona sospechosa o condenada en un proceso criminal. Los servicios de inmigración encabezan también los empeños por instaurar un sistema nacional de tarjetas “inteligentes”, con chip incorporado, en lugar de los antiguos documentos de identidad. Los residentes deben llevar consigo la tarjeta permanentemente y obtener un número de identificación para las actividades más corrientes: pedir la instalación de un teléfono, entrar en un edificio residencial o incluso reservar una cancha de tenis. Los defensores de la vida privada temen que estas tarjetas puedan tener otros usos más perversos. Al centralizar las informaciones más personales y más nimias –desde los libros sacados de una biblioteca pública a los antecedentes médicos–, todo servicio capaz de utilizar las tarjetas podría por ejemplo comunicar información confidencial a los empleadores.
Los conciudadanos de To no parecen interesados en su batalla. Según él, están tan acostumbrados que la vigilancia les parece normal. La gente está dispuesta a tolerar intromisiones en su vida privada, afirma, si ello no les impide ganar dinero. Y si la situación se hace realmente difícil, emigran. A juicio de James To, “la vida privada es considerada un auténtico lujo. No forma parte de la cultura china”, que hace prevalecer lo colectivo sobre los derechos del individuo. Él, en cambio, estima que el bienestar del grupo presupone la seguridad de cada uno de sus miembros.

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