 |
|
|
Otpor: la
juventud contra Milosevic
Christophe
Chiclet, periodista e historiador francés, autor entre otras obras de La
République de Macédoine, París, L’Harmattan, 2ª edición
1999, y Kosovo: le piège, París, L’Harmattan, 2000. |

Una estudiante en una manifestación en Belgrado, en octubre de 2000.

© Otpor

“Porque quiero a Serbia”.

“We started from nil.”
|
Fechas:
Diciembre
de 1989: Slobodan Milosevic es elegido presidente de Serbia.
Mediados de 1991: Desmembramiento de Yugoslavia.
Noviembre de 1996-enero de 1997: Manifestaciones estudiantiles en Belgrado, sin
éxito.
Octubre de 1998: Fundación de Otpor en Belgrado.
24 de septiembre de 2000: Milosevic pierde las elecciones presidenciales en la
República de Yugoslavia (Serbia y Montenegro).
5 de octubre de 2000: Los militantes de Otpor participan masivamente en las manifestaciones
que derriban la dictadura.
6 de octubre: El candidato de la DOS, Vojislav Kostunica, es elegido presidente
de la República de Yugoslavia.
|
|
Frases
lapidarias

Otpor se hizo
famoso por su arma favorita: las consignas lapidarias pintadas en los muros de las
grandes ciudades de Serbia. La primera, cuando todavía nadie los conocía,
era la más clara y sencilla, una especie de partida de nacimiento: “Resistencia
hasta la victoria.” En diciembre de 1999, el Papá Noel de Otpor deseaba a
todo el mundo un “Feliz año resistente”. Pocos meses antes de los sucesos
del 5 de octubre, se leía por doquier: “El año 2000 es el bueno.” No
se equivocaban. Inventaron también una nueva medida de resistencia: el “otpórmetro”.
Tras las elecciones del 24 de septiembre floreció la famosa “Gotov je” (Está
liquidado). Es la consigna que más aparecía en las paredes, las escaleras,
los aseos de los bares… Cuando, el 5 de octubre, un bulldozer derribó las
puertas de la radiotelevisión del Estado, principal órgano de propaganda
del gobierno, Otpor imprimió carteles y calendarios con la consigna: “En el
fondo de cada uno de nosotros duerme un conductor de bulldozer.” Sin confianza en
los políticos, ni siquiera en los de la oposición, Otpor advierte:
“¡Cuidado! No les quitamos la vista de encima.”
|
Más
que políticos, estos jóvenes son intuitivos. Tienen el ímpetu
de la adolescencia que el régimen les robó. |
Agrupada
en un movimiento sin programa, sin violencia y sin jefe, la generación de
los jóvenes de 20 años saca a la sociedad serbia de su letargo. Su
única arma: los aerosoles de pintura. Su acción acabó con la
dictadura.
Slobo, salva a Serbia:
suicídate”, repetía a gritos un grupo de chiquillos en las calles de
Belgrado, la capital serbia. Candidato derrotado a la presidencia en la elección
celebrada en Yugoslavia el 24 de septiembre de 2000, Slobodan Milosevic, alias Slobo,
se aferraba al poder. El 5 de octubre, caía el dictador.
Los partidos de oposición, la presión internacional, las manifestaciones
de masas…Toda una serie de factores contribuyeron a derribarlo. La epopeya de Otpor
(Resistencia en serbio) es única en los anales de los movimientos de protesta
en Europa Oriental. Por sí solo, un movimiento de jóvenes sin jefes
ni una ideología política definida cumplió un papel decisivo:
Otpor, como una colonia de termitas, socavó las bases del régimen antes
de que la cúspide se diera cuenta de que vacilaba.
Fundado por un puñado de libertarios en octubre de 1998, Otpor tenía
4.000 afiliados a fines de 1999 y actualmente cuenta con 100.000. La gran mayoría
de ellos no recuerdan la fecha en que nació el movimiento.
Un
movimiento con escasos medios
Para
conocerlos basta ir al 49 de Knez Mihajlova, la calle peatonal más elegante
de Belgrado, donde los centros culturales francés, británico, alemán
y estadounidense fueron saqueados por manifestantes contrarios a la OTAN durante
los bombardeos de marzo de 1999. Allí, Otpor ocupó ilegalmente un edificio
destartalado anexo a la universidad. Desde este exiguo cuartel general, cubierto
de pintadas con el famoso puño de la resistencia, atestado de documentos,
octavillas y carteles, partieron las iniciativas que neutralizaron el sistema político-mafioso
instalado desde hacía 13 años en una parte de Serbia.
Sofía, Ana, Milos y Mihailo tienen entre 17 y 24 años de edad. Al llegar
un periodista occidental, muchos de sus compañeros acuden a participar en
la conversación en una habitación muy pequeña. Los cafés
turcos se acumulan en un minúsculo escritorio. Cada cual se sirve, se intercambian
cigarrillos, el ambiente es desenfadado. Primera observación: todos proceden
de un medio social homogéneo. Sus padres, como la mayoría de los serbios,
se las arreglan con 40 a 80 dólares al mes y empleos ocasionales de poca monta.
Los abuelos, que se han quedado en el pueblo, envían algunos alimentos.
Muy pronto se aborda en la conversación la historia reciente. En 1989 los
nacionalismos de todo tipo hundieron la federación yugoslava. La guerra estalló
en 1991 en Eslovenia, se contagió pronto a Croacia y, por último, en
la primavera de 1992, a Bosnia. Ahora bien, el ejército yugoslavo se basa
en el servicio militar obligatorio. Todos los jóvenes fueron movilizados.
A fines de 1991 se iniciaron las manifestaciones de la juventud de Belgrado. Nuestros
militantes sólo conservan un vago recuerdo de esos sucesos. Cuando apenas
tenían diez años, vivieron una guerra y fueron víctimas de privaciones
y pauperización.
El 17 de noviembre de 1996, Slobodan Milosevic perdió las elecciones municipales
serbias y las anuló. Decenas de miles de serbios se manifestaron en señal
de protesta en Belgrado y en provincias. Los estudiantes, punta de lanza de la movilización,
reclamaron el reconocimiento de los resultados. Finalmente Milosevic hizo algunas
concesiones y, al cabo de tres meses, el movimiento se desintegró.
Objetivo:
derrocar a Milosevic
Sofía
Jarkovic, de 17 años, alumna de primer curso en un instituto de Belgrado,
había participado en las manifestaciones junto con sus padres. Desanimada
por el fracaso de esas acciones, el 20 de marzo de 2000 se incorporó a Otpor,
cuya única finalidad era expulsar del poder a Milosevic. A su vez, Ana Vuksanovic,
de 24 años, que prepara una licenciatura en literatura francesa, participó
diariamente en las manifestaciones del 96-97. “En realidad nuestra meta no era suficientemente
ambiciosa: pedíamos el reconocimiento de los resultados, cuando habría
sido mejor exigir que se convocaran nuevas elecciones municipales, legislativas y
presidenciales controladas por observadores extranjeros. Como a tantos otros, me
descorazonó terriblemente este revés. Por eso me incorporé a
Otpor desde su fundación, dos años más tarde.”
El movimiento se inició tímidamente, apartándose de los planteamientos
manoseados de la oposición serbia. Entre tanto, Milosevic terminó por
corromper a una parte de los municipios de oposición. La juventud estudiantil
estaba asqueada de la política tradicional. Los líderes del movimiento
de 1996-1997 optaron por el exilio, como lo habían hecho antes los desertores
y rebeldes de las guerras de 1991-1995. Pronto se les sumaron los desertores de la
guerra de Kosovo (marzo-junio 1999). En menos de diez años, se expatriaron
varios cientos de miles de serbios. Constituían la flor y nata de la juventud
democrática.
Así, la generación siguiente se encontró aislada. Tuvo que imaginar
nuevas formas de lucha, vivir su propia experiencia. Con un imperativo: escapar a
toda manipulación. Más que políticos, estos jóvenes son
intuitivos. Tienen el ímpetu de la adolescencia que el régimen les
robó.
Con esta sola arma lograron que sus padres y abuelos salieran de su letargo. Los
adultos empezaron a avergonzarse de su apatía. A la agitación de pasillo
de los partidos políticos o los cuarteles, prefirieron la labor de concienciación
de su entorno próximo.
Los manuales de represión de la policía no habían previsto nada
contra el despertar de la sociedad civil. Y Milosevic, encerrado en su torre de marfil,
era incapaz de captar la efervescencia que terminaría por derribarlo.
Una de las principales ventajas de Otpor es la falta de jerarquía, regla de
oro del movimiento, que funciona en medio de una alegre anarquía. “El 20 de
marzo de 2000, me presenté en la sede”, recuerda Sofía Jarkovic. Estaba
un poco nerviosa. Abrí la puerta y dije: ‘Buenos días. Me llamo Sofía
y quiero militar en el movimiento.’ Los chicos me pasaron un formulario de adhesión.
Lo llené y me marché. Quince días después me llamaron
por teléfono, me dieron una cita y me incorporé a sus filas.” Milos
Stankovic, de 17 años, alumno de bachillerato en Belgrado, miembro de Otpor
desde el 15 de febrero de 2000: “Entré en Otpor porque era contrario a los
partidos políticos. Quería participar en los cambios, pues me resultaba
intolerable que la gente tuviera que afrontar tantos problemas para sobrevivir.”
Ana Vuksanovic: “Lo que me entusiasmó es que no había jefes y, por
consiguiente, ningún riesgo de traición.”
En un año, el movimiento se implantó en cuatro facultades de Belgrado,
sobre todo entre los estudiantes de primero y segundo. Su núcleo esencial
lo constituyen tres grupúsculos: los Estudiantes Demócratas, la Unión
de Estudiantes y la Federación de Estudiantes. Otpor estableció contactos
con Nezavisnost (Independencia), el único sindicato libre de Serbia, pero
también con el sindicato de jubilados y de trabajadores del armamento. Ello
no obedecía a una finalidad política, sino simplemente al hecho de
que los padres de algunos de los chicos pertenecían a esas estructuras. Ésta
es una actitud típica de Otpor.
Resistencia
hasta la victoria
El
poder de Milosevic se endureció tras la pérdida de Kosovo, en junio
de 1999. Sin embargo, florecieron en los muros pintadas y carteles que llamaban a
la “resistencia hasta la victoria” contra los que ejercían el poder. Las consignas
eran cada vez más irreverentes y, por consiguiente, incomprensibles para el
miliciano de base y sus jefes (ver recuadro). El boletín Resistencia serbia
circulaba bajo cuerda con una tirada de 100.000 ejemplares. Durante las vacaciones,
los estudiantes universitarios, a los que se habían sumado numerosos alumnos
de secundaria e incluso de primaria, sembraron el germen de la rebelión en
sus familias, barrios y pueblos. Otpor se infiltró en las provincias. Las
termitas democráticas estaban actuando.
Causaron sensación al lanzarse contra el sacrosanto ejército yugoslavo.
Organizaron manifestaciones frente a los tribunales militares cada vez que era juzgado
un desertor. Los adultos, que habían perdido tantos hijos en los frentes de
Croacia y Bosnia, estaban profundamente conmovidos. Otpor estaba logrando un cambio
de mentalidades. Los adolescentes ponían el dedo en la llaga. Sin violencia.
La policía era incapaz de imaginar protestas de este tipo. En un año
detuvo a 60 autores de pintadas o muchachos que llevaban la insignia del puño
de Otpor, pero se resistía a vapulear a muchachos que tenían la edad
de sus propios hijos.
Desde abril de 2000, Sofía empezó a participar en manifestaciones callejeras:
“Un día un policía me arrancó la insignia. Pero no se atrevió
a detenerme.” Ana fue expulsada de la ciudad universitaria por activista, junto con
su novio Branko. Sus padres fueron citados por la policía.
En julio de 2000, Milosevic, que preparaba un golpe de estado constitucional, anunció
elecciones presidenciales anticipadas para el 24 de septiembre. La oposición
desunida terminó por constituir una coalición de 18 partidos, la DOS
(oposición democrática serbia). Mientras celebraba su primer mitin,
los representantes de Otpor le hicieron entrega solemne de una bandera negra con
el puño blanco. No se trataba de un apoyo, sino de una advertencia: Otpor
os vigila hasta la victoria final. No más chanchullos.
La ola impulsada por Otpor fue creciendo. “El 24 de septiembre no tenía la
edad necesaria para votar”, explica Sofía. “Mis padres estaban contra Milosevic.
Mi madre, Mira, quería votar por la DOS, pero mi padre, Dragan, pensaba abstenerse.
Lo convencí de que votara.”
Derrotado, el dictador anuló las elecciones. La ola creció aún
más. Todo el país se cubrió de las mismas pintadas: “Estás
liquidado”. “Slobo, salva a Serbia: ¡suicídate!” La DOS, los municipios
de oposición de provincias, los sindicalistas y antiguos militares tomaron
contacto con nuestros jóvenes guerreros urbanos. Había llegado la hora
decisiva.
Todos estaban listos el 5 de octubre. “Ese día arrastré a mi padre
ante el Parlamento a las dos y media de la tarde”, recuerda Milos. “Por mi parte,
me incorporé a los grandes batallones de Otpor frente a la facultad de filosofía”,
afirma Sofía. “Nos quedamos hasta las tres de la tarde, luego avanzamos hacia
el Parlamento. Todo el tiempo tuve miedo de la muchedumbre.” Ana: “Con otros cuatro
muchachos, yo formaba parte de una brigada de choque de Otpor en enlace con la DOS.
Nuestra misión era pedir a la gente que saliera a la calle. Fuimos de los
primeros en ocupar radio B92, intervenida por las autoridades. Durante varias noches
no pude dormir, tenía miedo de un contraataque del poder.”
Otpor habría podido disolverse ya el 6 de octubre, pero por desconfianza hacia
los políticos, el movimiento decidió permanecer alerta hasta que se
instaurara la democracia, sin ninguna claudicación. Mihailo Cvekic, de 18
años, alumno de bachillerato profesional en Belgrado, rama turismo, se afilió
el 8 de octubre. “Fue debido a su papel decisivo el 5 de octubre. Antes no me atrevía
a sumarme a ellos por temor a la represión, pero también a la reacción
de mis padres y abuelos, admiradores incondicionales de Milosevic. Hoy se avergüenzan
de ello.” Gradualmente, los adolescentes supieron inyectar una aspiración
democrática en los cerebros familiares gangrenados por el nacionalismo.
“Sigo movilizada, hoy como ayer”, afirma Sofía. “No quiero entrar en un partido.
Todavía necesitamos a Otpor. Aún no observo ningún cambio importante
en la vida de todos los días.” “Para empezar, ya no tengo miedo”, dice Ana.
“He encontrado donde vivir. Me siento aliviada y libre. Soy optimista, pero hay que
tener paciencia. En todo caso, quiero quedarme en Serbia.” Y Milos añade:
“Yo también deseo vivir en Serbia, aunque sé que un futuro mejor va
para largo.” |
|
 |