
Clase de informática en una escuela canadiense.

Internet es una magnífica fuente de información, siempre que se utilice
correctamente.
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Un
punto de vista distinto
“Cuando los
alumnos se aventuran por los paisajes virtuales, suelen quedar deslumbrados y confusos
ante las múltiples posibilidades que se les ofrecen. Un profesor de Montreal
visitó unas 40 escuelas elementales para ver cómo usaban Internet y
descubrió que los alumnos de quinto y sexto grado cambiaban de sitio en la
red entre 15 y 25 veces por hora, por término medio. Asimismo comprobó
que no eran capaces de asimilar lo que veían. Después de haber observado
a unos 1.000 alumnos, llegó a la conclusión de que prácticamente
ninguno asimilaba nada de valor. Los maestros deben familiarizarse también
con las nuevas formas de plagio que la informática permite. Hay que instalar
todo un andamiaje humano antes de que Internet pueda ser útil a todos y para
impedir que se convierta en un pasatiempo oneroso en el aula. Puede no haber filtros
en Internet, pero sí los hay en las escuelas, y se llaman maestros.”
Fragmento
de un discurso de Alison Armstrong, coautora de “The Child and the Machine” (El niño
y la máquina), en la Conferencia de Educación Pública de Columbia
Británica.
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Canadá
es uno de los países del mundo con mayor número de aulas conectadas
a Internet. Sin embargo, los docentes no reciben el apoyo que necesitan para una
utilización óptima de la nueva tecnología.
En la Escuela Elemental
Católica Sagrada Familia, de Toronto, la profesora de octavo Irene Korbabicz-Putko
está deseosa de ayudar a sus alumnos a utilizar mejor las computadoras. El
consejo escolar imparte cursos de formación para profesores, pero son en un
suburbio que se encuentra a 45 minutos de coche en las horas punta, de modo que no
siempre puede asistir.
En Calgary, en el centro del país, la Escuela Elemental Glendale ha recibido
fondos no sólo para la formación in situ del personal docente, sino
también para poner en marcha un programa innovador en cuyo marco expertos
en la enseñanza de la informática asisten a las clases y actúan
como consejeros del profesor.
Algunas escuelas como Glendale están descubriendo las extraordinarias posibilidades
de la nueva tecnología, pero no todas las del país se encuentran en
la misma situación. Así, por ejemplo, la Sagrada Familia no tiene más
que una computadora conectada a Internet para sus 600 alumnos. Glendale, en cambio,
tiene varias por aula. Pero a nivel nacional, la revolución informática
está aún en mantillas.
“Es evidente que todavía estamos en los comienzos”, afirma Richard Smith,
director del Centro de la Universidad Simon Fraser de Análisis de Políticas
de Ciencia y Tecnología, que estudia la introducción de computadoras
en las aulas del país. “Cometeremos torpezas y errores, pero algo está
cambiando en la educación, y es innegable que la informática tiene
mucho que ver en ello.”
En 1994, Canadá se fijó como meta que todas las escuelas y bibliotecas
contaran con al menos una computadora conectada a Internet. Los políticos
federales estimaban que, si el país quería prosperar, debía
preparar a los jóvenes para un mundo basado en el conocimiento. En 1999, Canadá
podía presumir de ser el primer país del mundo con la totalidad de
sus escuelas y bibliotecas conectadas. Sólo Suecia tiene un porcentaje superior
de alumnos conectados.
Un
programa distinto en cada provincia
Ahora
bien, la responsabilidad de la educación en Canadá recae en las provincias,
cada una de las cuales tiene su propio presupuesto y punto de vista acerca de cómo
y cuándo integrar la informática en la escuela. Por ejemplo, en Alberta
esa integración se produce en primer grado, mientras que en Ontario no suele
producirse hasta séptimo. El estado de Alberta, tras haber pasado años
exprimiendo a las escuelas para sacarles dinero, pone ahora a su disposición
fondos suplementarios para la innovación, y el consejo escolar de Calgary
no ha dejado pasar la oportunidad: la Red de Educación Galileo es uno de los
proyectos que ha ideado para adaptar las escuelas a la era de la economía
del conocimiento.
Este proyecto de tres años de duración, financiado con 600.000 dólares
a cargo de la provincia y otros tantos por cuenta de la industria, funciona ya en
diez escuelas, la Elemental Glendale entre ellas. La idea no consiste simplemente
en que los profesores entiendan el funcionamiento de las computadoras. “Creemos que
los cambios que hacen falta en las escuelas son fundamentales”, afirma Pat Clifford,
que preside Galileo. “Las escuelas se basan en el modelo industrial. Se educa a los
niños para que sean trabajadores de la industria, y aprenden muy pronto las
virtudes de la sumisión. Cada año pasan a otro curso. El aprendizaje
es sumamente estructurado y jerárquico.”
Según ella, los alumnos deben ser más responsables hoy de su propio
aprendizaje, y el maestro debe limitarse a dirigir y facilitar la tarea. Pero no
tiene sentido esperar que los profesores puedan afrontar este cambio por sí
solos. El programa Galileo colabora estrechamente con los directores de escuela y
los consejos escolares, y permite a los profesores disponer de tiempo para preparar
nuevos enfoques. Con este apoyo, pueden ensayar con tranquilidad distintos métodos.
Susan Marinucci, maestra en la Elemental Glendale, introdujo computadores en proyectos
que implicaban trabajo en equipo y situaciones de la vida real. Cuando visité
hace poco la escuela, sus 28 alumnos estaban entusiasmados con un proyecto de matemáticas
y química. Con la ayuda de su profesora, habían fabricado jabón
y discutían acerca del precio al que convenía venderlo. El ejercicio
completo había implicado la búsqueda de fórmulas e información
sobre precios en Internet. En otra clase, alumnos de menos edad tenían que
imaginarse que estaban en una isla desierta e improvisar medios de supervivencia
con los escasos recursos disponibles. También en este caso encontraron inspiración
en Internet.
La
clave es estar conectados
Estos
primeros pasos corresponden a la concepción que tiene Smith de las computadoras
como “medio de iniciar a los alumnos en un nuevo estilo de aprendizaje”, lo que conlleva
establecer contactos con otras personas y con nuevas fuentes de información.
Para la profesora Marinucci, la principal ventaja salta a la vista: “Estamos conectados
con el mundo”, afirma.
Hasta ahora, la conexión parece ser el elemento clave de las múltiples
iniciativas que proliferan en todo el país, tanto dentro como fuera de las
aulas. Así, el programa de Escritores en Residencia Electrónica conecta
a escritores en ciernes de diversas escuelas con autores profesionales que, a miles
de kilómetros, actúan como lectores y mentores. En Nueva Brunswick,
un programa mantiene en contacto con la escuela a las madres adolescentes después
del parto. En muchos centros, los alumnos graban CD-ROMs para documentar temas ambientales
y del patrimonio, crean páginas web y escriben revistas en línea. A
través de su programa “SchoolNet”, el gobierno colabora con el sector privado
y otros grupos para financiar y promover este tipo de innovaciones.
Los docentes con experiencia en el aprendizaje informatizado saben que su función
ha de cambiar. Larry Danielson, del Garden Valley Collegiate Institute de Winkler,
Manitoba, ha dado un curso de inglés parcialmente en línea a estudiantes
inscritos en un programa en cooperación (que permite terminar la escolaridad
y trabajar a la vez en jornada parcial). Sin embargo, insiste ante todo en el contacto
humano: “Nos centramos realmente en las relaciones personales, ya sea en línea
o frente a frente.”
Según Elise Boisjoly, directora ejecutiva del programa “SchoolNet”, “lo que
se observa es que los profesores van dejando de ser una especie de sabios distantes
para convertirse en guías más cercanos. Es un gran cambio cultural
y llevará su tiempo”. Reconoce que queda mucho por hacer, y, a su juicio,
la falta de cursos de capacitación del personal docente es uno de los principales
obstáculos. Además, escasean los fondos para mantener y reparar el
material. “Si las computadoras no se utilizan como es debido, pueden ser un estorbo
para el aprendizaje. Es primordial que el maestro guíe a los alumnos”, afirma
Boisjoly.
Pero, como parece indicar la experiencia de Irene Korbabicz-Putko, Canadá
no ha hecho más que empezar a abordar el problema que representa formar a
300.000 maestros públicos. Mientras la formación no reciba la atención
y los fondos que merece, el país seguirá sin disfrutar los beneficios
de las computadoras que tantos esfuerzos, y gastos, le ha costado instalar en las
aulas. |