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La guerra
en el cuarto de estar
Shiraz
Sidhva, periodista del Correo de la UNESCO. |

James Natchwey con una huérfana sobreviviente del genocidio de Rwanda.

Reporteros fotografían a un hutu apaleado por los tutsis.
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Ver
no siempre es creer
En 1995, cuando
la localidad histórica de Charar-e-Sharif, en Cachemira, fue incendiada, los
oficiales del ejército escoltaron autobuses repletos de periodistas extranjeros
para mostrarles las cenizas. Según decían, era obra de mercenarios
de Pakistán y, para probarlo, los reporteros fueron conducidos a un patio
donde se encontraban los cadáveres de “mercenarios extranjeros” muertos en
un tiroteo con el ejército. Los periodistas que participaron en esa “visita
guiada” descubrieron que los cuerpos no eran de extranjeros, sino de cinco hombres
de una aldea vecina que habían sido arrestados esa misma mañana y asesinados
como cebo para la maquinaria propagandística del gobierno.
Casi todos los periódicos indios publicaron la foto de los “odiosos mercenarios
afganos”. Sólo una revista extranjera publicó la foto de los miembros
de la aldea llorando angustiosamente a sus muertos.
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www.cpj.org
www.iwpr.net
www.rsf.fr
Phillip Knightley, The First Casualty, Prion Books, Londres, 1975, 2000. |
En
las guerras modernas, se lucha con el terror o con enormes maquinarias de propaganda
¿Cómo puede un periodista descifrar la verdad en medio de un conflicto?
Nada como una guerra
pone a prueba el compromiso con la verdad que tiene todo periodista. “La primera
baja en una guerra es la verdad”, señaló el senador norteamericano
Hiram Johnson en mitad de la Primera Guerra Mundial. Casi un siglo y muchos conflictos
más tarde, los avances tecnológicos han llevado las guerras a los cuartos
de estar de todo el mundo. Pero, sepultada bajo la propaganda, los intereses creados
y el miedo, la verdad sigue siendo la primera baja.
Técnicamente, con las líneas telefónicas vía satélite
y las noticias en tiempo real, nunca ha sido más fácil que ahora informar
desde el frente. Pero esto sólo ha servido para agravar el problema de los
corresponsales de guerra, ya que tanto los regímenes autoritarios como las
democracias hacen esfuerzos sin precedentes por ocultar la verdad. En el siglo XX,
las guerras a gran escala han dado paso a cruentas luchas civiles, a menudo entre
un gobierno y su propio pueblo. Desde África a Timor Oriental, desde Cachemira
y Sri Lanka a Chechenia, Bosnia, Colombia y Sierra Leona, el viejo odio étnico
se vuelve a encender y las guerras ya no transcurren en el frente, sino entre la
población civil. Según Robert Manoof, director del Centro de Guerra,
Paz e Información de la Universidad de Nueva York, la violencia colectiva
está tan “universalizada” que hay hoy más de 200 comunidades enfrentadas
militar y políticamente en 93 países.
El papel de los medios sigue siendo el de mensajero. Pero los periodistas tienen
también el poder de cambiar el curso de un conflicto al mediatizar a la opinión
pública. “Los resultados de estas pequeñas guerras postmodernas dependen
tanto del campo de batalla como de la manera en que el público las percibe”,
escribe Tom Gjelten, de la radio nacional pública de Estados Unidos. Gjleten,
que ha cubierto varios de los últimos grandes enfrentamientos, cree que la
labor de un periodista no es agradar a diplomáticos ni facilitar los procesos
de paz, sino describir un conflicto de la forma más precisa y veraz posible.
Pero, ¿las exigencias de la guerra justifican una serie de valores éticos
distintos de los que imperan en tiempo de paz? Los principios son básicamente
los mismos, aunque existe una diferencia esencial: en tiempos de guerra, los periodistas
son más vulnerables. En Sierra Leona, Timor Oriental y Rusia, los chalecos
anti-balas que utilizaban los reporteros occidentales sirvieron de poco ante la ira
de un escuadrón asesino o la bala vengativa de un soldado. Y para los periodistas
locales, el miedo es aún mayor. Yves Sorokobi, que coordina el programa africano
para el Comité de Protección de Periodistas, recuerda que en 1999 los
rebeldes de Sierra Leona ejecutaron a diez periodistas en 21 días (ver recuadro).
La
guerra de la información
Al
impedir el acceso a las zonas conflictivas, también los gobiernos obstaculizan
la labor de informar. Desde 1995, casi ningún reportero ha tenido acceso a
la región donde el gobierno de Sri Lanka sostiene una batalla infernal contra
la guerrilla separatista de los Tigres de la Liberación del Eelam Tamil. “Ni
nos acercamos a la zona”, dice Nirupama Subramanian, corresponsal de The Hindu en
Colombo. Cada bando transmite su versión de los hechos con notas de prensa
contradictorias. “Estamos cubriendo una guerra de faxes,” lamenta Subramanian . “No
hay manera de saber la verdad”.
La proliferación de noticias en tiempo real ha endurecido aun más el
control político. Los periodistas descubren que están poco preparados
a la hora de tomar decisiones en situaciones de conflicto. Cuando dos países
están en guerra, ¿qué versión deben dar: la de su país
de origen o la del enemigo que puede incluso ser más verosímil? Para
John Pilger, escritor de renombre y corresponsal de guerra, es precisamente “esta
virulencia de la censura encubierta, a menudo camuflada bajo falsos principios de
objetividad” la que contribuye a “minimizar y negar la culpa de las potencias occidentales
en actos de gran violencia y terrorismo como las guerra del Golfo y de Kosovo”.
De todas formas, la cobertura informativa de operaciones militares ha avanzado mucho
desde las dos guerras mundiales, cuando el periodismo era utilizado como brazo acrítico
de los esfuerzos bélicos. Veinte años más tarde, los gobiernos
aprendieron en Viet Nam que el acceso sin restricciones a las zonas de guerra, especialmente
con la llegada de la televisión, era un suicidio político. En su libro
La primera baja, Phillip Knightley concluye que la libertad que los periodistas tenían
en Viet Nam, “para ir a cualquier parte, ver cualquier cosa, y escribir lo que les
pareciera no se va a volver a repetir nunca”. “En una democracia no se puede dar
rienda suelta al autoritarismo cerrando periódicos o tomando emisoras; puede
hacerse un control más sutil sobre la información, dejando caer historias
sensacionalistas del enemigo, convocando ruedas de prensa amables para periodistas
complacientes e intimidando de forma explícita a los menos simpatizantes”,
escribe en su análisis del libro de Knightley, Steven Barnett, profesor de
comunicación en la Universidad de Westminster. Durante la guerra de las Malvinas,
en 1982, los británicos utilizaron una estrategia excelente para manejar a
los medios: sólo dieron acceso a las islas a los periodistas simpatizantes
dispuestos a dar la información del Ministerio de Defensa.
La guerra del Golfo fue la primera en la historia en la que el público esperaba
el parte diario desde una “capital enemiga” asediada. En esta guerra de ataques aéreos,
los periodistas internacionales no podían verificar en el terreno la información
militar ni informar acerca de las bajas iraquíes. Más tarde aparecerían
las difamaciones, como la historia de los iraquíes tirando a los bebés
kuwaitíes de las incubadoras (que resultó ser obra de una agencia de
relaciones públicas estadounidense pagada por el gobierno kuwaití)
o la película sobre los preparativos de un desembarco aliado en la costa kuwaití
(que jamás figuró como objetivo militar). También durante el
bombardeo de la OTAN a Serbia en 1999, la prensa fue utilizada para azuzar a la opinión
pública, y la manipulación de las noticias en directo se hizo demasiado
evidente. En el momento en que la OTAN entró en Kosovo, había allí
2.700 representantes de medios de comunicación (en comparación con
los 500 que hubo como máximo en Viet Nam); la guerra habría podido
producir un periodismo excepcionalmente libre y justo. Pero, en cambio, “el público
se ahogó en oleadas de imágenes que en su conjunto no decían
nada”, escribe Knightley.
Entre
neutralidad y objetividad
Sin
embargo, por encima de este ruido de fondo, varios corresponsales de guerra han trabajado
aun corriendo un gran riesgo. John Burns, del New York Times, ganador del premio
Pulitzer, pasó más de un año en un Sarajevo asediado, compartiendo
noches de terror con los habitantes de la capital bosnia. Para semejantes periodistas,
la objetividad tiene poco que ver con la neutralidad, especialmente cuando hay que
elegir entre víctimas inermes y agentes de un genocidio. Para muchos, el gran
dilema es sencillo; ¿cuánto se debe involucrar un periodista?. Embargados
con frecuencia por el miedo y la indefensión, son el único vínculo
entre una población en guerra y el mundo exterior. “No pude impedir una sola
muerte”, reconoce Lindsey Hilsum, del servicio de noticias británico ITN al
evocar la masacre de tutsis en Rwanda, en 1994. “Sólo pude observar y sobrevivir”.
Sin embargo, Hilsum decidió testificar ante el Tribunal Internacional de Justicia
de la Haya. “No era mi responsabilidad como periodista y testificar podía
incluso haber comprometido mi trabajo”, explica. “Pero también tengo responsabilidades
como ser humano.” Los cursos en las escuelas de periodismo y las normas profesionales
establecidas por organizaciones de periodistas como Freedom Forum han abierto un
debate deontológico sobre el papel del corresponsal de guerra, aunque para
muchos, las cualidades básicas son la integridad y mucho sentido común.
Anthony Borden, director ejecutivo del Institute of War and Peace Reporting de Londres,
subraya la importancia de cooperar y valorar el trabajo de los periodistas locales,
sobre todo en un momento en que, por presiones comerciales, los conflictos en regiones
que no son consideradas de “importancia estratégica” corren el riego de no
ser cubiertos. Con tantos peligros, ¿por qué siguen informando los
corresponsales de guerra? Resulta poco probable que lo hagan por fama o dinero, o,
como algunos creen, por afán de riesgo. Muchos reporteros creen que lo que
escriben puede cambiar algo. La legendaria corresponsal de guerra Martha Gellhorn
lo explica perfectamente: “He pasado toda mi vida de reportera tirando piedrecitas
a un gran lago, aunque no tengo ninguna forma de saber si alguna piedra causó
la menor conmoción.” |
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Jia
Kangbai*: Noticias desde el corredor de la muerte
Desde que
en 1991 estalló el conflicto en Sierra Leona entre los rebeldes y el gobierno,
30.000 personas han muerto y otras 120.000 han sido mutiladas. Al margen de las facciones
combatientes, ningún grupo lo ha pagado más caro que los periodistas.
Informar sobre este conflicto implica encontrarse constantemente cara a cara con
la muerte, con secuestros, tortura y largas detenciones sin juicio previo. Todo periodista
que ha estado en Sierra Leona tiene una historia de horror que contar. Recibí
mi bautismo de guerra en 1995, cuando me dirigía a la ciudad sureña
de Bo a investigar la presunta colaboración entre el gobierno y los rebeldes
del Frente Unido Revolucionario. Sólo había transcurrido una hora de
viaje cuando nuestro convoy, de más de 100 vehículos, cayó en
una emboscada. Nunca estuve más cerca de la muerte: 75 coches fueron destrozados
y 36 personas asesinadas. Los que sobrevivimos tuvimos que llevar el botín
de los rebeldes a su campamento. No todos salieron tan bien parados. Mustaph Sesay,
que solía trabajar el periódico Standard Press, perdió un ojo
al recibir un golpe de machete mientras intentaba escapar de Freetown, la capital,
durante la invasión de los rebeldes en 1999. Las tropas invasoras mataron
al editor jefe de Sesay, Paul Mansaray, y a toda su familia en la puerta de su casa.
Los rebeldes se dirigieron después a incendiar las oficinas del Standard Times
y de otros cinco periódicos.
Ambos bandos se dedicaron a buscar casa por casa a los periodistas que aparecían
en su lista negra, lo cual suscita la siguiente pregunta: ¿es necesario ir
a al matadero en aras de la objetividad en una guerra como la nuestra?
La objetividad de la información fue el caballo de batalla de Corinne Dufka,
de la ONG Human Rights Watch, en su visita a Freetown, el año pasado. “¿No
saben las autoridades que ustedes los periodistas tienen que conocer todos los puntos
de vista, incluido el de los rebeldes?”, preguntaba al conocer la suerte del reportero
local Abdul Kutayeh, detenido seis meses por tener contactos con los rebeldes.
No hay ningún periódico que pertenezca a los rebeldes, y todo artículo
equilibrado o crítico sobre cualquiera de los dos bandos (gobierno y rebeldes)
en el proceso de paz es interpretado como partidista. Si escribes un artículo
o un editorial insinuando la falta de respeto por parte del gobierno de los compromisos
en el acuerdo de paz de Lomé de 1999, te tildan de rebelde. Dame el nombre
de un periódico local y te diré qué ministro del gobierno y
qué oficial financia dicha publicación. En tiempos de paz, lo que escribas
o digas será la bala que te mate cuando la guerra se intensifique.
Muchos periodistas locales, sobre todo en medios escritos, han contribuido a este
estado deplorable de las cosas. En octubre del año pasado, fui secuestrado
y torturado por la milicia pro-gubernamental Kamajor. Fue obra de un alto dirigente
de la defensa nacional, Sam Hinga Norman, quien cuatro días antes de mi secuestro
intentó sobornarnos para que no escribiéramos un artículo sobre
un enfrentamiento armado entre sus milicias y el ejército. Un colega mío,
que también era un informador de la milicia, había contado la historia
a sus jefes.
Todavía hoy tememos un posible ataque de los Kamajors, a cuyo jefe hemos fustigado
con una acusación de presunta corrupción. Todavía no conozco
ningún tribunal local que pueda condenar a la milicia o a las fuerzas de seguridad.
Debemos alentar y apreciar a los pocos periodistas que se atreven a informar desde
este corredor de la muerte. Pero deben comprender que, por muy importante que sea
su artículo, es inútil arriesgar la vida: el periodismo de guerra es
para los vivos, no para los muertos.
* Redactor
jefe del Standard Times.
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