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¿Un
lujo de
países ricos?
Rohan
Samarajiva, profesor visitante de la Universidad de Tecnología de Delft (Países
Bajos). Director de Programas Externos de LIRNE.net (Learning Initiative for Reforms
in Network Economies). Ex director general de Telecomunicaciones de Sri Lanka.
A lo largo del último
decenio, el discurso y, hasta cierto punto, la práctica en relación
con la vida privada han experimentado un gran cambio en los países ricos.
El derecho a la intimidad, considerado antaño preocupación minoritaria
de algunos militantes paranoides, ocupa hoy un lugar central en los debates sobre
el comercio electrónico y la sociedad de la información.
¿Es esta inquietud exclusiva de los países ricos? El derecho a la vida
privada en Internet y en las telecomunicaciones, ¿no existe como tal preocupación
en los países del lado pobre de la línea divisoria digital? ¿Es
éste un derecho humano sin carácter universal? Planteo estas preguntas
desde mi doble condición de estudioso y de antiguo alto funcionario encargado
del tema.
En los países pobres hay muy poca preocupación por el asunto, si es
que hay alguna. La realidad es que el derecho a la vida privada apenas tiene cabida
en sus programas respectivos. En Sri Lanka, por ejemplo, lo más probable es
que la prioridad sea la guerra civil y los problemas conexos de seguridad, costo
de vida y desempleo, y no el derecho a la intimidad. Incluso centrándose exclusivamente
en Internet y las comunicaciones telefónicas, lo más importante sería
conseguir un simple teléfono. La actitud ante el número de teléfono
puede servir para evaluar el interés por salvaguardar la intimidad. En el
estado de Nevada, en Estados Unidos, más del 50% de los números de
teléfono particulares no figuran en la guía. Rara vez aparece el número
de teléfono del domicilio en la tarjeta de visita de los hombres de negocios
estadounidenses. Sin embargo, sería insólito que no figurara en la
de un negociante de mi país. En la placa del edificio del Tribunal de Colombo,
la capital, está grabado el teléfono particular del juez supremo.
En 1998-99 presidí una audiencia pública con objeto de mejorar las
facturas telefónicas agregando detalles sobre las llamadas que no aparecían
hasta entonces. Para asombro mío, sólo una de las más de 400
ponencias públicas aludía al tema del derecho a la intimidad, quejándose
de que las facturas se enviaran al usuario sin sobre. Antes de la audiencia, la principal
compañía telefónica no recogía ni facilitaba detalles
sobre las llamadas, lo que tenía sus ventajas para la vida privada, pero daba
lugar a numerosas protestas y reclamaciones de los consumidores. La audiencia tuvo
que decidir cómo ofrecer más información.
¿No apoya esto la tesis de que la noción de vida privada no es universal?
La investigación académica sostiene lo contrario. El erudito estadounidense
Irwin Altman ha demostrado que su esencia –la capacidad de negociar explícita
o implícitamente los límites de las relaciones sociales– es transcultural.
Lo que cambia de una cultura a otra es la forma concreta que adopte. Es lógico
que en Estados Unidos exista un gran interés por salvaguardar la intimidad
en Internet, pero no en Sri Lanka, donde hay menos de cuatro aparatos telefónicos
por cien habitantes.
Hay quienes insisten mucho en la importancia de las fuerzas externas como motores
de las políticas relacionadas con la vida privada en los países que
no tienen acceso a la revolución digital. Al preparar los elementos de la
infraestructura jurídica de la información y las comunicaciones para
el gobierno de Sri Lanka, a finales del decenio de 1980, me pareció más
convincente la idea de que nuestras políticas en la materia deben ajustarse
a las normas de la Unión Europea en aras de nuestras relaciones comerciales.
Pero el argumento exterior por sí solo no tiene mucho peso. Las políticas
requieren apoyo público para ser efectivas. Quienes abogan por el respeto
de la vida privada, deben tener muy presente la extraordinaria importancia que reviste
la educación del público. Si algo aprendí en la audiencia pública
antes citada fue la necesidad de transformar las ideas abstractas en ejemplos prácticos
de la vida cotidiana de los ciudadanos. |
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