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Corales sitiados

Patrullando en los arrecifes

John C. Ryan, periodista especializado en cuestiones del medio ambiente.
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Los corales de la reserva de Komodo, en Indonesia.











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Indonesia.









La pesca con explosivos ha afectado ya a las cuatro quintas partes de los corales del país.
Gracias a las reformas políticas y a la ayuda extranjera, las empresas de turismo submarino y los indonesios aúnan esfuerzos para salvar algunos de los arrecifes de coral más ricos del planeta.

Desde este viejo avión de hélice, las islas y los estrechos del parque nacional de Komodo, en Indonesia, parecen fuera del tiempo. El mar con sus corales y la tierra con sus palmeras se ven como se debían ver hace siglos. De no ser por algunas embarcaciones de pesca, estos parajes primitivos en los que campan reptiles gigantescos podrían recordar los de la película Parque Jurásico.
Pero al aterrizar al este del parque toda duda se desvanece: estamos en la Indonesia del siglo XXI. Ante el minúsculo aeropuerto de Labuanbajo, haciendo uso de su libertad política recién estrenada, se han congregado manifestantes para significar al “regente”, antes de que se marche de la ciudad en uno de los dos vuelos semanales, su deseo de disfrutar de una mayor autonomía. Dentro, un reluciente cartel de la ONG estadounidense The Nature Conservancy (TNC) explica a los recién llegados la asombrosa diversidad de los arrecifes de Komodo y los riesgos que se ciernen sobre ellos, desde las anclas hasta los explosivos y el cianuro.
Con sus prodigiosos colores, formas y pobladores, los arrecifes psicodélicos de Indonesia dejan asombrados a quienes los contemplan por primera vez, incluso cuando se trata de buceadores experimentados. El parque nacional de Komodo alberga por sí solo 250 especies de corales hermatípicos y 1.000 de peces, más que todo el Caribe. De los arrecifes provienen la mitad de las proteínas de origen animal que se consumen en el país, de ahí su extraordinaria importancia para los indonesios. Hay aquí más especies submarinas que en cualquier otro lugar del mundo, de ahí la urgencia en acabar con las prácticas pesqueras destructoras.
La mayoría de los pescadores indonesios utilizan procedimientos sencillos con pocas repercusiones: el sedal o unas pequeñas redes colgadas de las bagan –esas embarcaciones de puente cuadrado cuyos faroles de queroseno pespuntean de noche el horizonte–, pero una minoría gana dinero en abundancia –hasta cuatro veces más que un funcionario– arrojando al mar cianuro a chorros o bombas de fabricación casera, dos medios de una eficacia brutal para capturar peces y destruir los arrecifes. La pesca con explosivos ha afectado ya a las cuatro quintas partes de los corales del país. Estas prácticas son ilegales, pero es raro que las autoridades indonesias, dotadas de escasos fondos y frecuentemente corrompidas, velen por el respeto de las leyes.
Con todo, algunos grandes parques nacionales y pequeñas reservas locales logran retardar la destrucción de esos habitats naturales. En Komodo, la pesca con explosivos ha disminuido en 80% gracias a la vigilancia regular de patrullas marinas creadas por las autoridades en 1996, con ayuda de TNC. En 2000, una nueva “estación flotante de vigilancia”, financiada por las empresas de buceo y por TNC, efectuó dos redadas masivas en sus primeras semanas de funcionamiento. Estas patrullas no son del gusto de todos, y las comunidades están divididas entre los que aprueban la protección de los arrecifes por su gran importancia económica, y los que no aceptan la intrusión de una poderosa ONG estadounidense.
Los esfuerzos de protección han sido mejor acogidos en la zona vecina al parque nacional de Bunaken, en Célebes del Norte. Los miembros de la Asociación de Deportes Acuáticos de esta provincia pagan una contribución voluntaria de cinco dólares por buceador para financiar las patrullas y han puesto en marcha programas de comercialización de productos artesanales para las comunidades próximas al parque. “Pagamos a la policía unos 250 dólares por dos días de patrulla. Hemos conseguido dos grandes detenciones por pesca con explosivos, seguramente las primeras en la historia de Indonesia. Y la población nos apoya de veras”, explica el biólogo Mark Erdmann.
Algunas aldeas también han tomado cartas en el asunto, aprovechando la oportunidad de participar en la gestión de los recursos que les brindaba la reformasi (actual proceso de descentralización en Indonesia). A finales de 1998, los habitantes de Blongko acotaron seis hectáreas de arrecifes coralinos y manglares, que constituyen la primera reserva marina de Indonesia administrada localmente, y prohibieron la pesca. En menos de un año las pesquerías se habían recuperado considerablemente.
“Creamos este refugio para que la pesca volviera a ser lo que era”, aclara el jefe de la aldea de Blongko, Dolvi Janis. “Ahora podemos echar un sedal desde la playa próxima a la reserva y atrapar un pez pelágico (de alta mar)”.
Otras dos aldeas de Célebes han creado desde entonces su propia reserva marina, y lo mismo quieren hacer 13 más del distrito de Blongko. La veda permite a los peces recuperarse tanto que desbordan a las zonas vecinas, de modo que la creación de reservas tiene por efecto una pesca más abundante.
Las reservas locales creadas hasta ahora son de poca extensión comparadas con los parques nacionales como el de Komodo, pero se pueden reproducir a bajo costo. Y si las dos fuerzas que se manifestaban en el aeropuerto de Labuanbajo, la reformasi y la ecología internacional, se unen para apoyarlas, pueden contribuir sobremanera a la futura prosperidad de los arrecifes, las pesquerías y las aldeas costeras de Indonesia.

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