
Llanura y mogotes del Valle de Viñales.

El “Mural de la Prehistoria”, pintado en el mogote Dos Hermanas.
El Valle de Viñales
forma parte de la Lista del Patrimonio Mundial desde noviembre de 1999. Constituye
un paisaje cultural enriquecido por la arquitectura tradicional de sus granjas y
poblaciones. En Viñales continúan utilizándose los métodos
agrícolas tradicionales, en particular para la producción del tabaco.
En el sitio se ha perpetuado una sociedad pluriétnica que ilustra el desarrollo
cultural de las islas caribeñas y de Cuba en particular.
Fuente: Informe de la 23ª Sesión del Comité del Patrimonio
Mundial, celebrada en Marrakech, Marruecos, el 4 de diciembre de 1999.
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En
el extremo oeste de Cuba, el valle de Viñales, uno de los sitios de la Lista
del Patrimonio Mundial, es un paisaje mágico de colinas y grutas cuya vida
gira en torno al cultivo del tabaco.
En el lado oeste de
la Cordillera de Guaniguanico, bajo la Sierra de los Órganos, surge una tierra
formada por montañas de piedra caliza llamadas mogotes —de cimas redondeadas
y laderas casi verticales— que emergieron del mar hace más de dos millones
de años y se formaron durante el período Jurásico. Es una tierra
nacida en condiciones difíciles, en cuyo relieve todavía se ven las
huellas de aquellas elevaciones, desniveles, abismos y junturas, que la erosión
trae consigo.
De su interior nacen las franjas rojas y extrañas de las plantas de tabaco,
casi quemadas por la sal y reverdecidas luego por un sol permanente.
Siempre soñé con el Valle de Viñales, pero no me atrevía
a llegar hasta él. En las imágenes de los libros escolares, tan brillantes,
tocaba la hoja de tabaco y veía a la oruga que pretendía vivir en ella,
apoderándose de su aroma lentamente y con pasión, vampirizándola.
Yo, tan de asfalto, tan de ciudad, recuerdo como si hubiera sido real la sensación
que el rocío dejaba en mi mano. Esa hoja, verde brillante como la adolescencia,
se tiñe de carmelita oscuro, y, ya seca, se aspira, se masca o se fuma, como
el tiempo, y se transfigura en humo: la vejez.
Hacia el 1800, tabacalistas provenientes en su mayoría de las Islas Canarias,
en la metrópoli, desarrollaron la cultura del tabaco en toda la región,
llamada comúnmente “Vuelta Abajo”. Dos siglos después, ese cultivo
continúa siendo la razón de ser del Valle de Viñales, que produce
661.000 quintales de hoja por año. Sólo las mejores hojas viajan a
La Habana, donde cientos de torcedores y anilladores las transforman en cigarros
puros. El país produce un total de sesenta y cinco millones, que, envasados
en cajas de cedro, se exportan a todo el mundo.
Es el tabaco una planta de paciente trabajo. Hay quien afirma, además, que
crece mejor si se le habla. Del momento exacto de sembrarlo (entre octubre y diciembre),
recogerlo y conservarlo dependerá que se ponga agrio o ácido, o que
se pierda.
El Valle es como el tabaco: reservado, parsimonioso, quieto y encerrado en un tiempo
tan detenido como el de sus pobladores.
Los que nunca han visitado el valle de Viñales, en la provincia cubana de
Pinar del Río, han de saber que es un lugar que posee especies animales y
vegetales únicas o casi en extinción, como la palma de corcho, el agabe,
el macusey hembra; el roble caimán o el drago. Extrañas a la llegada
de la civilización y a otra música que no sea la de sus cantos, las
aves son también de una extraordinaria variedad y de nombres sonoros: tomeguines
del pinar, sinsontes, totíes…
Historia
y prehistoria
En
esta tierra, los indios guanajatabeyes construyeron sus bohíos primitivos
en cuevas excavadas dentro de los mogotes, donde se han encontrado objetos de su
cultura nómada y restos fósiles de mamíferos del pleistoceno
incrustados en la piedra. En las profundidades de las grutas nadan peces albinos
y vuelan murciélagos mariposa. Algunas, como la Cueva del Indio, redescubierta
en 1920, tienen hasta cuatro kilómetros de canales subterráneos que
pueden visitarse a bordo de botecitos, si es que se tiene la valentía de escuchar
las mil leyendas tenebrosas que sobre ella gustan contar los guajiros.
Al penetrar muy despacio en la roca caliza de la cueva y fundirse con la arcilla
de los mogotes que cae desde arriba, las aguas de estos ríos subterráneos
disuelven cantidades de sales minerales y tierra cobriza que se depositan luego en
el techo y las paredes de las grutas, que, teñidas de ocre y de verde lechoso,
hacen el lugar aún más misterioso.
Estamos a unos 150 kilómetros al oeste de La Habana, pero a millones de años
de su origen.
Un
pueblo detenido en el tiempo
Regresar
al valle de Viñales es disecarlo un poco. Sobre él pende un silencio,
una calma, un misterio envuelto en la niebla de la mañana .Al llegar al pueblo
topamos con su iglesia del siglo pasado y, dentro de ella, sus bancos oscuros, tantas
veces reconstruidos. El olor a humedad se mezcla con el olor a comida recalentada.
La abundante lluvia de la estación húmeda ha deteriorado los frontales
brillantes de las casas, que lucen ahora como mosaicos desvaídos. Y la mano
del cubano, que siempre toca, o más bien manosea las cosas, acariciándolas
al pasar, ha gastado las barandas de filigrana de madera de los portales. Y, como
en todos los pueblos de mi país, hay en Viñales una plaza central que
insiste en el orden contra la arbitrariedad.
A cuatro kilómetros del pueblo, el mogote Dos Hermanas exhibe en una de sus
laderas el Mural de la Prehistoria, impresionante fresco de 120 metros de alto por
180 de ancho en el que el cubano Leovigildo González, discípulo del
muralista mexicano Diego de Rivera, representó los animales y criaturas que
vivían en esta región en la prehistoria.
Los que no hayan leído el poema de José Lezama Lima1 Bajo el arco de Viñales,
ni hayan visto los cuadros del pintor cubano Domingo Ramos, ni contemplado el Mural
de la prehistoria, han de saber que este valle, como surgido del fondo del océano
en la parte más occidental de la isla, es ante todo una región del
arte, donde la Naturaleza hace el cuadro y espera a que llegue después su
pintor.
Y ¿cómo regresar desde el corazón del valle? ¿Por los
acantilados, por los hoyos? ¿Por el corte transversal de algún mogote
y sus columnas de dulces estalagmitas? ¿Por la larga guardarraya de palmas
barrigonas con los penachos de tea encendidos por el verano? ¿Por la algarabía
de sus manantiales poblados de peces ciegos? ¿Por los gritos que los peleadores
de gallos han dejado en la zona de un antiguo batey? ¿O por la copia infiel
de un cuadro colgado sobre la pared amarilla de un restaurante cualquiera del Vedado2? ¿Desde dónde,
por cuál de los caminos volver?
1. Poeta
cubano (1912-1976).
2. Barrio
turístico de La Habana. |