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“Indiana Jones
ya no tiene porvenir”
Entrevista
realizada por Michel Bessières periodista del Correo de la UNESCO.
El
saqueo prosigue, deplora la australiana Lyndel Prott, directora de la División
del Patrimonio Cultural de la UNESCO.
Pero algo ha cambiado: todo el mundo ha cobrado conciencia de la gravedad de esos
desmanes. |

Venta pública en Bogotá de cerámica precolombina robada.

El precio del arte.
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Tres
casos que conmocionaron el mercado del arte
1981.
Sotheby’s anuncia la puesta en venta del “tesoro de Sevso”. El precio de este servicio
romano de plata, testimonio capital de la estética romana tardía, se
estima en diez millones de dólares. Pero los certificados de exportación
libaneses son falsos, y el tesoro es confiscado en Nueva York. Las investigaciones
acusan a directivos de Sotheby’s.
Hoy seguimos ignorándolo todo sobre el origen de ese tesoro. Ninguno de los
países que lo reivindican (Líbano, Hungría, Croacia…) está
en condiciones de probar que fue robado en su territorio. Las pesquisas han sido
abandonadas, y el tesoro devuelto a su propietario inglés.
1990. Durante la Bienal de los Anticuarios de París, la policía
francesa se incauta de un lienzo de Franz Hals, pintor holandés del siglo
XVI, en el pabellón de las Newhouse Galleries de Nueva York. La pintura procede
de la valiosa colección constituida en el siglo XIX por Adolphe Schloss, un
judío alsaciano. En 1943 los nazis se apoderaron de ella con la ayuda de la
policía francesa. En 1945 se recupera la mitad. Desde entonces el cuadro de
Franz Hals, que era una de las piezas desaparecidas, había pasado cuatro veces
por las subastas de Christie’s o Sotheby’s sin que nadie se preguntara por su origen,
pese a ir acompañado de la mención “Colección Schloss, robado
por los nazis”. El galerista estadounidense Adam Williams, acusado de encubrimiento,
será juzgado en mayo de 2001 por un tribunal correccional francés,
lo que constituye una novedad sin precedente en el tráfico de obras de arte.
2000. En abril de 2000, la prensa francesa revela que tres esculturas de la
civilización nok, procedentes de sitios saqueados en Nigeria, se exhiben en
las nuevas salas de arte primitivo del Louvre. Stéphane Martin, director del
museo, justifica así esta adquisición: “Sabíamos perfectamente
en qué condiciones habían salido las esculturas de Nigeria. Se trata
de obras maestras, y más vale presentarlas al público que dejarlas
escondidas en un sótano.” Afirma que se ha llegado a un acuerdo con el gobierno
nigeriano por el que está autorizada la compra, pero en noviembre, Lord Colin
Renfrew, director del Instituto de Arqueología McDonald de Cambridge, acusa
a Francia de tráfico en este caso. Más tarde, el embajador de Nigeria
en Francia, Edward Abiodun Aina, declara que “no hay acuerdo sobre la adquisición
de esas piezas”, abriendo así la vía a una demanda de restitución.
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Evolución del mercado del arte

En 1945, soldados aliados decomisan obras robadas por los nazis. |
En Estados Unidos,
una revista profesional de marchantes de arte, Art and Auction, afirmaba recientemente
que “poseer obras robadas pronto estará tan mal visto como llevar un abrigo
de pieles o fumar en público”. ¿Comparte usted este juicio?
Es cierto que la situación cambia. Y no se trata de meras cuestiones de decoro
y urbanidad. Moralmente, el pillaje se torna cada vez más indefendible.
Y, sin embargo, el saqueo continúa.
En muchos países, incluso se agrava, sobre todo en las naciones desestabilizadas
por las guerras, como Afganistán, Camboya o Irak. Bajorrelieves procedentes
del palacio de Senaquerib, en Nínive, reaparecen desde hace algunos años
en los mercados de los países occidentales.
Además, gracias a los medios técnicos de que disponen, los saqueadores
actúan a gran escala. En el sur de Italia, los tombaroli destruyen los sitios
arqueológicos con bulldozers. Valiéndose de detectores de metales,
los buscadores del tesoro de Icklingham, en Gran Bretaña, se apoderaron de
bronces romanos de gran valor, que vendieron a un coleccionista privado en Estados
Unidos. En América Central, equipados con generadores y sierras eléctricas,
arrancan estelas mayas, y en las islas Xisha, en China, atacan los sitios submarinos
con dinamita
Por último, las imágenes de cementerios devastados en Jordania, ídolos
mutilados en Nepal, de estupas budistas destruidas en Pakistán ponen de relieve
la demanda en los países del Norte.
¿Cómo se explica la expansión del mercado del arte en los países
del Norte?
Varias razones se conjugan. En Estados Unidos, un decenio de crecimiento económico
sostenido ha dado impulso a la especulación con obras de arte. Por otro lado,
las grandes exposiciones organizadas por los museos han permitido descubrir culturas
dejadas de lado: los coleccionistas son cada vez más numerosos, y su curiosidad
se diversifica. En términos más generales, está claro que el
consumo cultural ocupa un lugar preponderante en la economía.
¿Qué tipo de control debe ejercerse sobre ese mercado?
La UNESCO fomenta la circulación de las obras de arte, siempre y cuando
se conozca su procedencia. Luchamos contra el comercio ilícito, lo que implica
romper con ciertas tradiciones. Si usted quiere vender un terreno o un automóvil,
le exigirán el título de propiedad. Pero tratándose de un bien
cultural, esa exigencia es la excepción.
¿A qué se debe esto?
El mercado del arte goza de gran prestigio, lo que explica la tradición
de confidencialidad. Durante generaciones y todavía en el último decenio,
numerosos diplomáticos adquirieron y exportaron ilícitamente obras
importantes, estimando que esa forma de actuar reflejaba su interés por la
cultura. En el mismo periodo, Interpol nos señaló que ciertas operaciones
contra el narcotráfico habían dado lugar a la incautación de
centenares de cuadros. Este medio de pago anónimo mantiene su valor durante
mucho tiempo, y, en los medios criminales, es una moneda de cambio muy fiable.
Pinta usted un cuadro muy sombrío. Y, sin embargo, afirma que las mentalidades
van cambiando.
Hoy esta realidad no pasa ya desapercibida. Los medios de comunicación
dan cuenta del pillaje y del comercio ilícito. Y, con razón, estos
hechos nos escandalizan. Un coleccionista que compra una pieza de procedencia dudosa
ya no puede tener la conciencia tranquila. Además, hay toda una serie de medidas
que procuran atajar ese tráfico. Los autores de esas iniciativas son individuos
e instituciones, así como minorías nacionales o Estados. En ese plano,
el principal instrumento de lucha contra el saqueo es la Convención de 1970,
elaborada por la UNESCO (ver recuadro).
Frente a la gravedad de la situación, ¿no es la Convención un
arma insuficiente?
Ha contribuido mucho a cambiar las mentalidades. A comienzos de los años
70, los conservadores de museos nos decían: “Nuestro trabajo consiste en reunir
las más bellas colecciones. La UNESCO debería ayudarnos, en vez de
ponernos obstáculos.” Hoy esta postura es minoritaria. La mayor parte de los
museos han adoptado el código deontológico del ICOM (Consejo Internacional
de Museos, que colabora estrechamente con la UNESCO), que controla estrictamente
la procedencia de las piezas que compran o de las que ya son propietarios.
Los museos también suelen pedirnos datos sobre la procedencia de determinada
pieza que desean adquirir. Cuando lanzamos alertas concretas en los casos de Camboya,
Irak o Afganistán, recibimos solicitudes de información sobre el origen
de determinadas piezas.
¿Ha habido también un cambio en la opinión pública?
Sí. En los años 80, los medios de comunicación denunciaron
la “mentalidad Indiana Jones”, la caza inescrupulosa de todos los tesoros, explicando
los problemas que planteaba el saqueo para los países afectados. En esa misma
época, algunas organizaciones no gubernamentales se decidieron a reaccionar.
Pienso, en particular, en la Declaración de Berna, una ONG suiza que promueve
proyectos educativos y económicos en los países del Sur. Vieron hasta
qué punto el pillaje era una causa de alienación cultural para las
poblaciones locales y publicaron testimonios sobre las consecuencias humanas de la
pérdida del patrimonio. En Suiza, país donde el mercado del arte tiene
gran importancia, el cambio de actitud se debió a esas iniciativas. Nos encontramos
aún en esa etapa; muchos países dejan de justificarse y de estimar
que el pillaje concierne sólo a los demás.
¿Contribuyeron a esta toma de conciencia las campañas de opinión
en favor de la restitución de los bienes expoliados por los nazis?
Evidentemente. En los años 80 la opinión se percató de la
magnitud de ese expolio. Era el resultado de una inmensa injusticia y no era posible
seguir ignorándolo. Todo ello afianzó nuestra posición: si los
anticuarios y los museos hubieran adoptado los principios establecidos por la Convención
de la UNESCO, nunca se habría llegado a esta situación, dado que se
conocía la historia de la mayor parte de las obras en cuestión. Desde
entonces, si las reglas de restitución han de aplicarse a Europa, son válidas
también para el resto del mundo.
¿Los marchantes admiten estos principios?
La mentalidad de una parte de los profesionales está cambiando. En Gran
Bretaña, algunos anticuarios participaron en una comisión interministerial
que, al término de sus trabajos, recomendó que el país firmara
la Convención de 1970. En Suiza, la retención de los bienes culturales
u otros expoliados durante la Segunda Guerra Mundial dejó mal parada la reputación
del mercado. Frente a esta movilización de las conciencias, los marchantes
comenzaron a pensarse bien lo que más les convenía, y ya no descartan
la adhesión a la Convención.
Históricamente, la constitución de colecciones obedece a un afán
de conocimiento del pasado y de las demás civilizaciones. A su juicio, ¿sigue
siendo legítimo este propósito?
Sí, pero actualmente sentimos más respeto por la diversidad cultural.
Más allá de los objetos producidos por las otras culturas, nos interesa
también su enfoque y su percepción del mundo. Estados Unidos, Nueva
Zelandia o Australia, que tienen un pasado colonial, terminaron por entender que
debían integrar a las minorías étnicas en la gestión
de sus colecciones, dejando de exponer ciertas piezas sagradas o respetando las costumbres.
Se trata de un nuevo enfoque de las adquisiciones resultantes del colonialismo, basadas
en una apreciación estética, pero ignorantes de los daños y
el despojo causados a otra cultura.
¿Qué medios podrían atajar el tráfico en los países
de origen?
Solamente se consigue localizar entre 5 y 10% de las piezas saqueadas. Pero no
más. Lógicamente, los esfuerzos han de concentrarse en esos países.
Por nuestra parte, impartimos regularmente talleres regionales en los que participan
diversos países. En primer lugar, para contribuir a la formación de
redes entre policías, aduaneros y conservadores de museo. Si sus esfuerzos
se dispersan, pierden eficacia. Recurrimos también a asesores que nos ayudan
a mejorar las legislaciones nacionales. Y colaboramos con los países que desean
hacer inventarios. Recientemente realizamos un taller regional en Viet Nam. Sólo
en la ciudad de Hanoi hay más de 700 pagodas con millones de piezas valiosas
que, en su mayoría, no están inventariadas. La intervención
de un experto chino en el taller fue escuchada con gran interés. Viet Nam
se abre al turismo, explicó. Deben dotarse ustedes de medios de control antes
de que sea demasiado tarde. China vivió la misma experiencia y, en pocos años,
el saqueo alcanzó proporciones que nadie había previsto.
Pero, ¿es posible atajar el pillaje? En las zonas rurales pobres, los habitantes
pueden lograr un beneficio económico inmediato con las excavaciones.
Es cierto. Pero también allí es posible invertir la tendencia.
En Perú, por ejemplo, donde el saqueo de las tumbas era feroz, la iniciativa
de Walter Alva cambió la situación (ver p. 30). Con el tiempo, los
indígenas entendieron que se trataba de sus antepasados. Hacemos cuanto está
a nuestro alcance para favorecer la toma de conciencia de las poblaciones. El mejor
conservador de un sitio es la población local, que se vuelve muy activa en
cuanto está convencida de la importancia del patrimonio.

• www.unesco.org/culture
• www.icom.org
• www.artloss.com
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Los
argumentos contra la reglamentación del mercado
En el Preámbulo
de la Convención de 1970 se afirma que “el intercambio de bienes culturales
entre las naciones con fines científicos, culturales y educativos aumenta
los conocimientos sobre la civilización humana y enriquece la vida cultural
de todos los pueblos…” Los partidarios de un control del mercado no se oponen a la
circulación de los bienes culturales. Lo que denuncian es el comercio ilícito,
que afecta a piezas cuya procedencia no se ha establecido. Una vez aclarado este
punto crucial, exponemos a continuación las razones por las que los argumentos
de sus adversarios no resisten el menor análisis.
Sólo el mercado confiere valor a las obras. Sin mercado no se hace caso
al patrimonio.
Falso. Numerosas piezas sin el menor valor comercial presentan un interés
de primer orden para la arqueología. Por ejemplo, gracias a la dendrocronología
(análisis de los anillos de crecimiento de los árboles), elementos
tan sencillos como las tablas de los barcos permiten datar los pecios. Por lo demás,
el mercado del arte presenta fluctuaciones cíclicas. El alza desmedida de
los precios suele provocar una afluencia de piezas falsas, seguida de una depreciación
total. Por ejemplo, hoy los floreros art nouveau de Daum o de Gallé son muy
difíciles de vender.
Los defensores del patrimonio son partidarios de un repliegue nacionalista contra
una concepción universalista de la cultura.
Cada país debe tener derecho a conservar las obras representativas de su patrimonio,
como parte integrante de su identidad. Algunos han perdido casi todo, como las islas
Samoa, Bangladesh o Malí. Otros, que tienen aún riquezas arqueológicas
abundantes, como Turquía, Italia o Grecia, combaten lisa y llanamente una
forma de robo.
A causa de la inestabilidad política o la corrupción de las élites,
algunos países son incapaces de conservar su patrimonio. Las piezas están
mejor protegidas en las colecciones de los países del Norte.
Después de una serie de robos cometidos en varios museos de Nigeria, Frank
Willett, especialista escocés en la cultura de ese país, exhortó
a los coleccionistas a no devolver las piezas porque reaparecerían en el mercado
y acusó a las autoridades de ser cómplices de esas desapariciones.
Incluso en casos tan peliagudos, está claro que en los países de origen
existe un tráfico para atender una demanda. ¿Debido al mercado?
Más exactamente, a causa de sus tradiciones de confidencialidad, combatidas
por los partidarios del control. ¿Cuál es la solución? Los museos
y los coleccionistas privados con una política de adquisiciones poco escrupulosa
podrían destinar las mismas sumas a financiar excavaciones arqueológicas
oficiales. La fundación estadounidense Packard, por ejemplo, dedicó
cinco millones de dólares a búsquedas arqueológicas en Zeugma,
Turquía, contribuyendo a impedir el saqueo, hasta entonces endémico,
en este emplazamiento destacado del mosaico romano.
¿Con qué derecho pueden los arqueólogos impedir que los campesinos
pobres saqueen las tumbas de sus antepasados si así pueden alimentar a su
familia?
El saqueo no alimenta a sus autores. Hace unos años, un campesino indio vendió
un ídolo recién exhumado a un intermediario local por 12 libras. Tres
años más tarde, el mismo objeto fue adquirido en una subasta en Londres
por 300.000 libras. En cambio, la conservación de un emplazamiento representa
una fuente de ingresos.
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La
Convención de 1970
La
Convención sobre las Medidas que Deben Adoptarse para Prohibir e Impedir la
Importación, la Exportación y la Transferencia de Propiedad Ilícitas
de Bienes Culturales es la culminación de una larga toma de conciencia. El
primer intento se remonta al Tratado de Sèvres, en 1921, cuya finalidad era
controlar la circulación de piezas arqueológicas en Oriente Medio.
En los años 60, a medida que iban conquistando la independencia, las antiguas
colonias quisieron obtener la restitución de su patrimonio o, cuando menos,
que cesara el pillaje. Nigeria, China e Indonesia se mostraron particularmente activas,
así como Grecia, gravemente expoliada desde hacía más de un
siglo.
Los Estados que adhirieron a la Convención se comprometieron a luchar contra
la importación, la exportación y la trasferencia de propiedad de los
bienes culturales robados y admitieron el principio de su restitución. Por
último, se comprometieron a colaborar con museos y anticuarios para evitar
el tráfico.
Hasta la fecha 91 países han firmado la Convención. Durante mucho tiempo,
los principales países del mercado del arte se mostraron sumamente reticentes.
Entre estos últimos, Estados Unidos fue el primer signatario en 1983, después
de trece años de negociaciones.
Una segunda convención, finalizada en 1995 por Unidroit, iba a eliminar las
últimas resistencias. El Instituto Internacional para la Unificación
del Derecho Privado es una organización intergubernamental independiente cuya
misión consiste en armonizar y coordinar el derecho privado de los Estados
en diversos ámbitos. Por estimar que la Convención de 1970 les imponía
menos obligaciones, numerosos países iniciaron desde 1995 los trámites
necesarios para adherir a ella.
Entre los países que actualmente se disponen a firmar la Convención
figuran Bélgica Suiza y el Reino Unido, tres países de suma importancia
para el mercado. Japón estudia las condiciones de su adhesión.
La Convención no tiene efecto retroactivo, por lo que no puede contribuir
directamente a la solución de litigios pasados, como el existente entre Grecia
y el Reino Unido por los mármoles del Partenón. El Comité Intergubernamental
para Fomentar el Retorno de los Bienes Culturales a sus Países de Origen cumple
la función de mediador en las querellas pendientes. En los últimos
tiempos, supervisó el retorno al Museo de Corinto, en Grecia, de varios cientos
de objetos conservados en Estados Unidos y en la actualidad prepara el regreso a
Bolivia de textiles antiguos importados ilícitamente por Canadá.
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