
Estudiantes colombianas en el museo arqueológico de Cúcuta.

Figura decapitada en Angkor. |
El
conocimiento de civilizaciones enteras depende de que los arqueólogos lleguen
a los sitios antes que los saqueadores.
Como los arqueólogos
no saben dónde se encuentra, llaman simplemente “Sitio Q” a una importante
ciudad maya perdida en algún lugar indeterminado de la jungla de Guatemala.
Su existencia está fuera de toda duda, ya que se han identificado en colecciones
privadas y museos del mundo entero fragmentos de relieves murales arrancados de sus
templos piramidales. Pero esos fragmentos no bastan para reconstruir una cultura.
La pérdida es aún más grave en las culturas que no han dejado
testimonios escritos, como la sociedad comerciante que floreció en Malí
hace aproximadamente 1.000 años, ya que sólo la arqueología
puede permitirnos entenderla. Se estima que casi la mitad de los sitios antiguos
del país han sido saqueados en busca de sus magníficas esculturas de
terracota. Toda la historia de un país está desapareciendo.
Desde tiempos remotos, los buscadores de tesoros han desvalijado las sepulturas y
destrozado el patrimonio cultural. Ahora bien, en los últimos decenios la
demanda de objetos se ha tornado insaciable, y el pillaje afecta a todos los sitios
arqueológicos del mundo. Los progresos de la tecnología y las comunicaciones,
asociados a redes de contrabando muy complejas, han hecho del pillaje moderno una
industria terriblemente eficaz. Se destruyen sitios enteros para apoderarse únicamente
de determinados objetos que se venden a precios astronómicos en Occidente,
donde son apreciados por su valor artístico, financiero u ornamental.
Pero el verdadero valor de las antigüedades es otro: las excavaciones, cuando
se realizan como es debido, representan una ventana abierta a la historia. Los sitios
arqueológicos son un recurso no renovable en el que sólo se puede excavar
una vez, de modo que hay que aprovechar la oportunidad. En caso de pillaje, detalles
esenciales sobre la procedencia de un objeto (dónde fue hallado) y su contexto
(junto con qué fue hallado), se pierden irremisiblemente. En América
del Sur, los saqueadores afirman haber arrojado decenas de momias antiguas por un
precipicio tras haber comprobado que no contenían oro ni plata. Nos privaron
así de importantes fuentes de información histórica, como los
quipu, cordeles con nudos que los incas utilizaban para la contabilidad oficial.
Otros muchos vestigios que los saqueadores desprecian, como huesos, vasijas rotas,
restos orgánicos e incluso la propia tierra, ofrecen indicios inestimables
sobre culturas enteras. Gracias a los constantes progresos científicos, nuestros
conocimientos no cesan de aumentar. Es posible, por ejemplo, determinar dónde
pasó su infancia un individuo estudiando su dentición, saber qué
alimentos se consumían en una época determinada analizando otros restos
humanos, reconstruir los cráneos y los rostros de nuestros antepasados y,
mediante análisis del ADN, descubrir sus relaciones entre ellos y con nosotros.
El estudio de los restos contenidos en vasijas aparentemente anodinas permite determinar
qué y cómo se cocinaba, se bebía y se fabricaba. Cuando los
arqueólogos acceden a sitios intactos, pueden encontrar respuesta a preguntas
más generales en relación con nuestro pasado, por ejemplo, cuándo
adoptaron los seres humanos el estilo de vida agrario. Gracias a la excavación
meticulosa de suelos muy antiguos se han podido descubrir huellas ínfimas
y combinarlas con el estudio de restos antiquísimos de plantas. Estos detalles
son también interesantes de cara al futuro: así, en Inglaterra, el
análisis de los restos marinos del río Ouse ha permitido determinar
los niveles de contaminación de los últimos 1.900 años.
En cambio, cuando sólo se dispone para el estudio de material de origen desconocido,
la idea que nos hacemos de los pueblos antiguos es pobre y deformada. Ejemplo típico
es la cultura preincaica moche, en Perú. Durante decenios los investigadores
trataron de comprender esta civilización muy adelantada a partir de “objetos
artísticos” que aparecían en el mercado sin ninguna relación
con el pasado al que pertenecían. Más tarde, en 1987, unos saqueadores
forzaron la entrada de una tumba en una inmensa pirámide de adobe en Sipán
(véase entrevista en página 30). Se previno a los arqueólogos,
que por primera vez pudieron examinar una sepultura real moche intacta. Esta sola
excavación transformó de forma radical nuestra visión de esa
cultura. Además, el análisis del contexto demostró que ciertos
objetos que ya se conocían, pero de los que se ignoraba la procedencia, habían
sido mal interpretados.
Información
perdida para siempre
Estas
mismas dificultades se plantean también a los investigadores que estudian
las estatuillas de mármol blanco halladas en sepulturas de la Edad de Bronce
en las islas Cíclades, en Grecia, de las que se conocen unas 1.600, pero sólo
de 150 se tiene seguridad en cuanto a su origen. Como es imposible datar científicamente
el mármol, los expertos no pueden descartar que buen número de ellas
sean falsas, y hayan sido fabricadas en los últimos treinta años para
responder a la creciente demanda.
La importancia de la información perdida es incalculable. Según un
estudio, los tombaroli italianos han de saquear nueve tumbas para dar con un vaso
de Apulia, pero desde 1980 han aparecido misteriosamente más de 4.000. En
Wanborough (Inglaterra), los saqueadores actuaron de noche, equipados con detectores
de metales y camiones, y se llevaron la mayor parte de un templo romano, con tierra
y todo, para poder excavar con la mayor tranquilidad. A veces, como en el caso del
“Sitio Q” en Guatemala, los saqueadores son los únicos conocedores de culturas
enteras. En este sentido, actualmente se venden en Europa hermosas cerámicas
procedentes de una cultura desconocida de la región montañosa del río
Marañón, en Perú. Son espléndidas, pero no tenemos la
menor idea de su auténtico significado histórico. Este tipo de problemas,
más que los relacionados con la propiedad, son los que verdaderamente preocupan
a los arqueólogos.
El
patrimonio, fuente de ingresos
Sin
embargo, las cuestiones relacionadas con la propiedad revisten gran importancia para
los gobiernos, que estiman tener derecho de soberanía sobre el material arqueológico.
Pero muchos países con grandes tesoros figuran entre los más pobres
de la Tierra y, aunque no pueden sufragar la protección de su patrimonio,
reconocen el valor de la arqueología, tanto para sustentar la identidad y
el orgullo nacionales como para generar los tan necesarios recursos económicos.
Líbano, consciente de que su patrimonio arqueológico equivale a los
recursos petroleros de otras naciones árabes por su capacidad para producir
ingresos derivados del turismo, ha levantado recientemente inventario de los numerosos
sitios y objetos saqueados durante la guerra civil.
En los raros casos en los que se ha conseguido la repatriación de objetos
robados, las autoridades han comprendido enseguida el interés de entregarlos
a museos regionales, fundados en cooperación con la población autóctona,
para la que el pillaje constituye muchas veces la principal fuente de ingresos de
la familia. En Sipán, por ejemplo, se ha construido en las proximidades del
sitio un nuevo museo que se ha convertido ya en una atracción turística.
Se han instalado bares y tiendas de recuerdos. Los dólares de los turistas
aportan a toda la comunidad más de lo que pudieron soñar los saqueadores.
Este tipo de museos no son simplemente fuente de orgullo e ingresos, sino, ante todo,
poderosos instrumentos educativos tanto para las poblaciones locales como para los
turistas. En la inauguración del museo de Angkor Borei, fundado en Camboya
con ayuda de la Unión Europea, saltaban a la vista la admiración, la
fascinación e incluso el fervor de la población local. Los más
jóvenes afirmaban que nunca antes habían visto esas esculturas ni percibido
la importancia de su ciudad.
Estas actividades son la mejor arma contra el saqueo, ya que permiten cobrar conciencia
de que el patrimonio tiene más valor que la miseria que aportan esos objetos
al venderlos a los intermediarios locales. El valor monetario que representa el comercio
ilícito de obras de arte y antigüedades (comprendidos el arte religioso,
los objetos etnográficos y tribales y las bellas artes) se estima en miles
de millones de dólares. Pero en caso de pillaje casi todo el mundo sale perdiendo. |