Le Courrier

sommaire

d'ici...

Opinion

Notre planete

Education

Droits humains

Cultures

Medias

Entretien

dossier
1. El robo de la historia
|
“Indiana Jones ya no tiene porvenir” |
El saqueo del pasado

Jenny Doole, arqueóloga e investigadora del Instituto McDonald de la universidad de Cambridge, Reino Unido.
photo
Estudiantes colombianas en el museo arqueológico de Cúcuta.







photo
Figura decapitada en Angkor.
El conocimiento de civilizaciones enteras depende de que los arqueólogos lleguen a los sitios antes que los saqueadores.

Como los arqueólogos no saben dónde se encuentra, llaman simplemente “Sitio Q” a una importante ciudad maya perdida en algún lugar indeterminado de la jungla de Guatemala. Su existencia está fuera de toda duda, ya que se han identificado en colecciones privadas y museos del mundo entero fragmentos de relieves murales arrancados de sus templos piramidales. Pero esos fragmentos no bastan para reconstruir una cultura. La pérdida es aún más grave en las culturas que no han dejado testimonios escritos, como la sociedad comerciante que floreció en Malí hace aproximadamente 1.000 años, ya que sólo la arqueología puede permitirnos entenderla. Se estima que casi la mitad de los sitios antiguos del país han sido saqueados en busca de sus magníficas esculturas de terracota. Toda la historia de un país está desapareciendo.
Desde tiempos remotos, los buscadores de tesoros han desvalijado las sepulturas y destrozado el patrimonio cultural. Ahora bien, en los últimos decenios la demanda de objetos se ha tornado insaciable, y el pillaje afecta a todos los sitios arqueológicos del mundo. Los progresos de la tecnología y las comunicaciones, asociados a redes de contrabando muy complejas, han hecho del pillaje moderno una industria terriblemente eficaz. Se destruyen sitios enteros para apoderarse únicamente de determinados objetos que se venden a precios astronómicos en Occidente, donde son apreciados por su valor artístico, financiero u ornamental.
Pero el verdadero valor de las antigüedades es otro: las excavaciones, cuando se realizan como es debido, representan una ventana abierta a la historia. Los sitios arqueológicos son un recurso no renovable en el que sólo se puede excavar una vez, de modo que hay que aprovechar la oportunidad. En caso de pillaje, detalles esenciales sobre la procedencia de un objeto (dónde fue hallado) y su contexto (junto con qué fue hallado), se pierden irremisiblemente. En América del Sur, los saqueadores afirman haber arrojado decenas de momias antiguas por un precipicio tras haber comprobado que no contenían oro ni plata. Nos privaron así de importantes fuentes de información histórica, como los quipu, cordeles con nudos que los incas utilizaban para la contabilidad oficial. Otros muchos vestigios que los saqueadores desprecian, como huesos, vasijas rotas, restos orgánicos e incluso la propia tierra, ofrecen indicios inestimables sobre culturas enteras. Gracias a los constantes progresos científicos, nuestros conocimientos no cesan de aumentar. Es posible, por ejemplo, determinar dónde pasó su infancia un individuo estudiando su dentición, saber qué alimentos se consumían en una época determinada analizando otros restos humanos, reconstruir los cráneos y los rostros de nuestros antepasados y, mediante análisis del ADN, descubrir sus relaciones entre ellos y con nosotros. El estudio de los restos contenidos en vasijas aparentemente anodinas permite determinar qué y cómo se cocinaba, se bebía y se fabricaba. Cuando los arqueólogos acceden a sitios intactos, pueden encontrar respuesta a preguntas más generales en relación con nuestro pasado, por ejemplo, cuándo adoptaron los seres humanos el estilo de vida agrario. Gracias a la excavación meticulosa de suelos muy antiguos se han podido descubrir huellas ínfimas y combinarlas con el estudio de restos antiquísimos de plantas. Estos detalles son también interesantes de cara al futuro: así, en Inglaterra, el análisis de los restos marinos del río Ouse ha permitido determinar los niveles de contaminación de los últimos 1.900 años.
En cambio, cuando sólo se dispone para el estudio de material de origen desconocido, la idea que nos hacemos de los pueblos antiguos es pobre y deformada. Ejemplo típico es la cultura preincaica moche, en Perú. Durante decenios los investigadores trataron de comprender esta civilización muy adelantada a partir de “objetos artísticos” que aparecían en el mercado sin ninguna relación con el pasado al que pertenecían. Más tarde, en 1987, unos saqueadores forzaron la entrada de una tumba en una inmensa pirámide de adobe en Sipán (véase entrevista en página 30). Se previno a los arqueólogos, que por primera vez pudieron examinar una sepultura real moche intacta. Esta sola excavación transformó de forma radical nuestra visión de esa cultura. Además, el análisis del contexto demostró que ciertos objetos que ya se conocían, pero de los que se ignoraba la procedencia, habían sido mal interpretados.

Información perdida para siempre
Estas mismas dificultades se plantean también a los investigadores que estudian las estatuillas de mármol blanco halladas en sepulturas de la Edad de Bronce en las islas Cíclades, en Grecia, de las que se conocen unas 1.600, pero sólo de 150 se tiene seguridad en cuanto a su origen. Como es imposible datar científicamente el mármol, los expertos no pueden descartar que buen número de ellas sean falsas, y hayan sido fabricadas en los últimos treinta años para responder a la creciente demanda.
La importancia de la información perdida es incalculable. Según un estudio, los tombaroli italianos han de saquear nueve tumbas para dar con un vaso de Apulia, pero desde 1980 han aparecido misteriosamente más de 4.000. En Wanborough (Inglaterra), los saqueadores actuaron de noche, equipados con detectores de metales y camiones, y se llevaron la mayor parte de un templo romano, con tierra y todo, para poder excavar con la mayor tranquilidad. A veces, como en el caso del “Sitio Q” en Guatemala, los saqueadores son los únicos conocedores de culturas enteras. En este sentido, actualmente se venden en Europa hermosas cerámicas procedentes de una cultura desconocida de la región montañosa del río Marañón, en Perú. Son espléndidas, pero no tenemos la menor idea de su auténtico significado histórico. Este tipo de problemas, más que los relacionados con la propiedad, son los que verdaderamente preocupan a los arqueólogos.

El patrimonio, fuente de ingresos
Sin embargo, las cuestiones relacionadas con la propiedad revisten gran importancia para los gobiernos, que estiman tener derecho de soberanía sobre el material arqueológico. Pero muchos países con grandes tesoros figuran entre los más pobres de la Tierra y, aunque no pueden sufragar la protección de su patrimonio, reconocen el valor de la arqueología, tanto para sustentar la identidad y el orgullo nacionales como para generar los tan necesarios recursos económicos. Líbano, consciente de que su patrimonio arqueológico equivale a los recursos petroleros de otras naciones árabes por su capacidad para producir ingresos derivados del turismo, ha levantado recientemente inventario de los numerosos sitios y objetos saqueados durante la guerra civil.
En los raros casos en los que se ha conseguido la repatriación de objetos robados, las autoridades han comprendido enseguida el interés de entregarlos a museos regionales, fundados en cooperación con la población autóctona, para la que el pillaje constituye muchas veces la principal fuente de ingresos de la familia. En Sipán, por ejemplo, se ha construido en las proximidades del sitio un nuevo museo que se ha convertido ya en una atracción turística. Se han instalado bares y tiendas de recuerdos. Los dólares de los turistas aportan a toda la comunidad más de lo que pudieron soñar los saqueadores. Este tipo de museos no son simplemente fuente de orgullo e ingresos, sino, ante todo, poderosos instrumentos educativos tanto para las poblaciones locales como para los turistas. En la inauguración del museo de Angkor Borei, fundado en Camboya con ayuda de la Unión Europea, saltaban a la vista la admiración, la fascinación e incluso el fervor de la población local. Los más jóvenes afirmaban que nunca antes habían visto esas esculturas ni percibido la importancia de su ciudad.
Estas actividades son la mejor arma contra el saqueo, ya que permiten cobrar conciencia de que el patrimonio tiene más valor que la miseria que aportan esos objetos al venderlos a los intermediarios locales. El valor monetario que representa el comercio ilícito de obras de arte y antigüedades (comprendidos el arte religioso, los objetos etnográficos y tribales y las bellas artes) se estima en miles de millones de dólares. Pero en caso de pillaje casi todo el mundo sale perdiendo.

Top