
Bamiyan: “Un crimen contra la cultura”, según el Director General de la UNESCO.

Afghanistán
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La
UNESCO prosigue su esfuerzo
Desde que
el mulá Omar formuló sus amenazas contra el patrimonio afgano, la UNESCO ha impulsado o servido de antena
para todas las iniciativas internacionales destinadas a “detener este movimiento
hacia el absurdo en el que están inmersas las autoridades de Kabul”, según
las palabras de Koichiro Matsuura, Director General de la Organización.
Éste envió un emisario especial para tratar de convencer a los talibán
de revocar su decisión de destruir el patrimonio preislámico afgano.
También convocó una reunión urgente de los representantes de
la Organización de la Conferencia Islámica para discutir con ellos
líneas de acción comunes. Al tiempo que impulsaba la movilización
de los dirigentes políticos y religiosos, la UNESCO lanzó una petición
internacional pidiendo el cese de las destrucciones e instando a los talibán
a dialogar. La confirmación de la destrucción de las estatuas de Bamiyan
—representaciones de Buda excepcionales por sus dimensiones y su antigüedad—
no debe interrumpir la presión internacional sobre el régimen afgano.
Para más información sobre la petición y sobre el fondo especial
de la UNESCO:
http://www.unesco.org/
opi2/afghan-crisis
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Pese
a la indignación unánime, a principios de marzo los talibán
destruyeron los budas gigantes de Bamiyan. La comunidad internacional debe ahora
movilizarse para rescatar lo que todavía se pueda.
El 26 de febrero de
2001, el mulá Omar, emir autoproclamado de los talibán, decretó
la destrucción de todos los monumentos y obras de arte figurativas en territorio
afgano. Esta decisión sin precedentes suscitó una reacción internacional
unánime. ¿Por qué una movilización semejante? Y, ¿por
qué no sirvió para nada?
A mi juicio, si el régimen talibán contribuyera al bienestar de la
población en otros terrenos, su ira iconoclasta no habría provocado
tanta oposición.
Es seguro que el vandalismo cultural habría movilizado las conciencias, pero,
en este caso concreto, la destrucción del patrimonio se suma a todas las vejaciones
impuestas a los afganos, y por eso exacerba la indignación universal.
Desde que el régimen se instaló en Kabul en 1996, ha manifestado un
desprecio sin límites hacia toda la población. En primer lugar la minoría
shií, luego las mujeres, forzadas a usar el chador con rejilla, las niñas,
a las que se prohibió asistir a la escuela a partir de los ocho años,
y los campesinos, afectados por la sequía y obligados a partir por millares
al exilio, mientras los campos del sur y del este del país se dedicaban al
cultivo del opio. Los atentados contra el patrimonio se diferencian de los demás
atropellos en un solo punto: esta vez el mensaje va dirigido ante todo a la comunidad
internacional.
Destrucción
ideológica
Y
esta vez el mensaje fue escuchado. En 1989, pocas semanas después de la retirada
de las tropas soviéticas, un grupo de guerrilleros del Hezb-i-Islami saqueó
el monasterio budista de Hadda y sus obras de calidad excepcional, en el este de
Afganistán, sin provocar la menor reacción. Esos mismos combatientes
que después se sumaron a los talibán, sentaron las bases de la destrucción
motivada por la ideología.
El decreto del mulá Omar oficializa esta lógica. Expresa mucho más
que un desprecio de principio por la cultura de las demás comunidades y en
particular la budista: la rechaza categóricamente, hasta el punto de decidir
erradicarla, porque no puede dejar de atribuir a esas estatuas un valor mágico,
maldito y temido.
La representación de Buda quedó fijada por primera vez en el actual
territorio de Afganistán. Y, desde que los artistas de la civilización
de Gandhara, entre los siglos I y V de nuestra era, dieron a Buda el rostro de Apolo
inspirándose en la estatuaria helenística, Japón, Sri Lanka,
China, Birmania, Corea o Tailandia consideran a Afganistán como la Atenas
del budismo. Herat, en la parte occidental de Afganistán, fue más tarde,
en el siglo XV, la Florencia de la pintura musulmana. Pues, aunque en la querella
que había opuesto algunos siglos antes a partidarios y adversarios del derecho
a representar lo divino, el califato de Damasco había impuesto la prohibición
de representar a Dios, en cambio había autorizado la del príncipe y
su poder.
Herederas de esta tradición, las miniaturas y estampas iluminadas de la corte
de Herat fijaron los cánones de este género, reproducidos hasta el
siglo XVIII desde Estambul a Agra. La mayoría de esas obras maestras fueron
trasportadas a Persia, tras la anexión del reino en 1510, y otras acompañaron
a los príncipes tamuríes de Kabul, primos de los de Herat, cuando conquistaron
la India e instalaron allí a la dinastía mogola. Las últimas
estampas iluminadas figurativas conservadas en una biblioteca al norte de Kabul fueron
quemadas después de 1996… a veces, trasladar el patrimonio fuera de su marco
original tiene efectos positivos.
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“La
herencia cultural de estos países ha sufrido considerables destrucciones y
saqueos en momentos de guerra e inestabilidad. Aparentemente, paz y estabilidad son
factores fundamentales para preservar y proteger el patrimonio.”
Kassaye
Begashaw, Director del Centro de Investigación y Conservación de la
Herencia Cultural, Etiopía
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Una
nación moderna
Por
último, en el siglo XX todos los Estados de cultura musulmana sin excepción,
así como todos los demás Estados, adoptaron el principio de que la
conservación y la valorización del patrimonio arqueológico son
esenciales para la edificación de una nación moderna y representan
uno de los cimientos de la identidad cultural. Rompían, como habían
hecho las potencias europeas tras el descubrimiento de Pompeya en el siglo XVIII,
con el terror sagrado que inspiraban hasta entonces las obras de tradición
religiosa extranjera. En lo sucesivo, debía preservarse el pasado arqueológico
como base del conocimiento, al margen de la carga religiosa que pudiera inicialmente
tener.
Desde 1919, el Afganistán independiente invitó a los arqueólogos
—primero franceses, luego italianos, rusos, japoneses y estadounidenses, más
adelante británicos e indios— a realizar excavaciones en su territorio y a
formar arqueólogos afganos a cambio de acuerdos sobre el reparto de los hallazgos.
Pero en 1979 la guerra puso término a estos intercambios. Sin embargo, fue
después de la retirada de los soviéticos cuando los desmanes adquirieron
dimensiones inquietantes, de las que yo mismo puedo dar testimonio.
En el otoño de 1994, entré en el museo al mismo tiempo que las tropas
del comandante Massud. Hacía dos años que el barrio estaba en manos
de una facción independiente de todo poder central. El edificio recibió
impactos de obuses y las colecciones fueron saqueadas por pura codicia. Massud aceptó
acordonar los sitios con fuerzas militares y dio garantías de que serían
protegidos. En 24 horas, Carla Grissmann, miembro de la SPACH (Sociedad Protectora
del Patrimonio Cultural Afgano, con sede en Peshawar, Pakistán) empezó
a inventariar las colecciones restantes.
Ese mismo año los arqueólogos afganos me expusieron sus temores. Según
ellos, el gobierno de Rabbani y Massud no se mantendría mucho tiempo en Kabul.
Era muy posible que, cuando entraran en la capital, los islamistas extremistas acabaran
con las colecciones. Nayibulá Popal, conservador del museo, propuso una solución
de emergencia: crear un depósito provisional en un país lejano. Consulté
entonces a los representantes diplomáticos y a las asociaciones de protección
del patrimonio afgano, pero desgraciadamente, nadie reaccionó.
El
exilio del patrimonio
Desde
entonces ha habido diversos proyectos de la misma índole. Paul Bucherer-Dietschi,
un coleccionista suizo de manuscritos afganos, afirma que tanto los talibán
como Rabbani han tomado contacto con él para que reciba en su museo de Bubendorf
(cantón de Basilea) lo que queda del patrimonio afgano. Después de
la fatwa del mulá Omar, el Museo Metropolitano de Nueva York propuso a su
vez albergar las piezas rescatadas. Si el traslado fuera aún posible, cualquiera
que sea el destino fijado, debería llevarse a cabo bajo el control de una
autoridad supranacional. La UNESCO sería la más
legítima.
En 1937, durante el sitio de Madrid, el gobierno republicano español pidió
a Suiza que diera asilo a las colecciones del Museo del Prado. Sólo regresaron
al territorio nacional después de la Segunda Guerra Mundial. Las circunstancias
en Afganistán son diferentes, pero la gravedad de la crisis es comparable.
Por eso la noción de patrimonio nacional debe ceder el paso a la de patrimonio
de la humanidad. De no ser así, habrá que aceptar la desaparición
del arte afgano preislámico o musulmán. |