
Museo de los Indios de América en Nueva York.
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“Uno
de los dos Budas de oro hallados en la cámara del emperador del Palacio de
Verano en Pekín (…) fue para Napoleón III. El otro fue entregado a
los ingleses… Éramos los vencedores, y en consecuencia, todos los objetos
de valor pertenecían a nuestras
naciones.”
Conde
d’Hérisson,jefe del ejército anglo-francés en China (1838-1898)
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Los
museos de Estados Unidos conservan los restos de unos 500.000 aborígenes. |
Entre
las comunidades indígenas y los museos estadounidenses reina la armonía
desde que una ley permite a las tribus recuperar los objetos y los restos humanos
de sus antepasados.
Hace más de un
año, desafiando el frío, varios clanes de la tribu de los indios tlingits
del sudeste de Alaska participaron en una emotiva ceremonia que a muchos de ellos
les habría parecido antes imposible: la devolución, tras un siglo de
ausencia, de la estatua de un castor tallada en madera, símbolo esencial de
su historia y su cultura.
Antaño esa escultura adornaba la proa de una canoa de guerra gracias a la
cual los tlingits pudieron abastecerse después del bombardeo de sus reservas
por la marina estadounidense, en 1881. Más tarde un miembro de la tribu la
vendió, por su cuenta y riesgo, a un coleccionista que pasaba por el lugar,
y no se supo más de ella.
En 1998, uno de los ancianos de la tribu que visitaba el Museo de Historia Natural
de Nueva York, oyó, según recuerda, una “voz interior” que lo instaba
a acercarse a una vitrina. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir
el castor…!
Acogiéndose a una ley adoptada hace diez años, los tlingits exigieron
la devolución del castor y el museo accedió. “El día de la restitución,
toda la aldea estaba presente. La gente lloraba. Para nosotros esa escultura no es
sólo una obra de arte”, explica Leonard John, que organizó el retorno
del castor a su tribu. “Es algo mucho más profundo, pues tiene una dimensión
espiritual y poderes curativos. La dispersión de nuestros objetos dejó
un gran vacío. Habíamos perdido nuestro honor y nuestros valores. Afrontábamos
graves problemas sociales, como el suicidio y el alcoholismo. Desde la restitución,
nuestro pueblo siente que ha recuperado también el honor y la dignidad. No
se han cerrado todas las heridas, pero la curación ha empezado.”
Esta ley sobre la protección de las sepulturas indias y la restitución
de los objetos de su propiedad (Native American Graves Protection and Repatriation
Act) fue promulgada durante la presidencia de George Bush, en noviembre de 1990,
al término de prolongadas negociaciones entre científicos, conservadores
de museos y comunidades indígenas. Trata de conciliar dos escalas de valores
radicalmente diferentes, una basada en la primacía de la razón y de
la ciencia, y la otra en consideraciones espirituales y religiosas.
La ley obliga a todos los museos y organismos federales que tienen cadáveres
y objetos indígenas en sus colecciones a inventariarlos, identificar de dónde
proceden y notificar su existencia a las tribus descendientes. Se estima que los
museos de Estados Unidos conservan los restos de unos 500.000 aborígenes,
así como millones de objetos. Según el Servicio de Parques Nacionales,
desde que la ley entró en vigor, se han devuelto unos 20.000 lotes de restos
humanos y más de 385.000 objetos.
Para los especialistas, estas cifras son engañosas, pues tienen en cuenta
el más mínimo abalorio o fragmento de cerámica. Pero también
se refieren a centenares de objetos de gran belleza, que figuraban entre las piezas
más destacadas de algunos museos.
“Algunos piensan que de este modo la religión intentaría afirmarse
por encima de la ciencia”, declara Keith Kintigh, presidente de la Sociedad de Arqueología
Estadounidense. “Nosotros estimamos que los derechos de la comunidad indígena
existen, pero que la investigación científica es igualmente legítima.
De lo que se trata es de encontrar un equilibrio. Es justamente lo que pretende hacer
la ley y, a mi juicio, con éxito.”
“Tomemos esos magníficos recipientes de arcilla sepultados hace mil años”,
agrega. “Algunos estiman que deben permanecer bajo tierra, junto a los restos mortales.
Pero la mayoría de los museos exponen también objetos funerarios, que
son extraordinarios exponentes del apogeo de una cultura. Y en muchos casos han servido
de modelo para resucitar o desarrollar estilos artísticos tradicionales.”
Desde hace diez años, los representantes oficiales de las tribus multiplican
las reuniones con los conservadores, que han aprendido a mirar sus colecciones con
otros ojos. Por su parte, los indígenas reconocen que más vale a veces
dejar esas piezas en los museos, donde pueden ser admiradas. En ciertos casos, han
autorizado a éstos a conservar objetos sagrados, siempre que al manipularlos
se ciñan a un protocolo muy preciso. Algunos no pueden exponerse al público,
otros sí, pero siempre que estén correctamente orientados y hay algunos,
por último, que es necesario espolvorear regularmente con substancias, como
tabaco o polen de maíz.
El Field Museum de Chicago, que alberga la colección más importante
de objetos indígenas, ha restituido una docena en los últimos años.
Ahora se dispone a devolver a la tribu Cape Fox en Alaska una de sus piezas más
famosas, un poste totémico que representa un águila, el pájaro
del trueno y un oso, recogido en una aldea abandonada en 1899. “La finalidad de la
ley nunca ha sido vaciar los museos, sino permitir la restitución de un número
de piezas fundamentales que nunca deberían haber salido de su lugar de origen”,
explica el conservador del museo, Jonathan Haas.
Esta restitución no se lleva a cabo sin dificultades. Muchas tribus carecen
de los medios financieros necesarios para reclamar sus objetos sagrados. Otras están
tan dedicadas a la protección de sus cementerios, dañados por las inundaciones
y la construcción de carreteras, que no les quedan fuerzas para ocuparse de
objetos que están a salvo en los museos. Además, algunos de los objetos
que quisieran recuperar han sido tratados químicamente, a veces con arsénico,
lo que los vuelve tóxicos e inaptos para las ceremonias.
Algunos jefes de tribu sostienen que todos los objetos procedentes de culturas no
europeas en territorio norteamericano pertenecen a los indios. Sin embargo, la ley
de 1990 rechaza esta postura, llamada “panindia”, y estipula que, para reclamar un
objeto o un cadáver, una tribu ha de probar que es “descendiente directa”
de aquélla a la que pertenecían.
Una
ley que no favorece a todos por igual
Por
esta razón, la ley ha favorecido a ciertas tribus. Por ejemplo, la cultura
de los hopis y de los navajos, en el sudoeste, se ha mantenido ininterrumpidamente
a lo largo de los siglos, por lo que a los indígenas no les cuesta nada fundamentar
sus reclamaciones. A otras tribus, sobre todo a las diezmadas por oleadas sucesivas
de colonos europeos en el Este, les resulta difícil probar su ascendencia.
Hay otro conflicto que enfrenta a las tribus que quieren recuperar restos humanos
de miles de años de antigüedad y los científicos, para los que
contienen indicios esenciales para estudiar la historia de las migraciones en el
continente americano. Pero muchos conservadores admiten que los indios tienen derecho
a recuperar sus objetos sagrados y las osamentas de aquéllos a quienes pueden
legítimamente proclamar sus antepasados.
Esta evolución es la principal contribución de la ley, a juicio de
los expertos, entre los que figura Rick West, un indio cheyene que es conservador
del prestigioso National Museum of the American Indian (Museo Nacional de los Indios
Americanos) del Smithsonian Institute, en Nueva York. Este museo ha restituido unos
2.000 objetos a tribus indígenas de Estados Unidos, Canadá y Sudamérica.
“A los museos que conservan esos objetos les interesa prestar apoyo a esas culturas
y transmitirlas a las generaciones futuras”, afirma West. “Los propios museos han
sacado partido del proceso de restitución. Nuestra colección sólo
está someramente documentada,por lo que la visita de indígenas nos
ha enseñado muchas cosas sobre los objetos.”
“Cuando se promulgó la ley, en 1990, muchos museos se alarmaron”, prosigue.
“Hoy la situación se ha estabilizado. Ambas partes han actuado con cordura
y prudencia, por lo que tanto las comunidades indígenas como los museos han
salido bien parados. La ley no ha sido letra muerta. Su efecto es real.” |