
Fragmento de la copa de Eufronios restituida a Italia por el museo Getty en 1999.
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“El
motivo de mi acción en Grecia fue el deseo de brindar a Gran Bretaña
y, en consecuencia, a Europa entera, el mejor conocimiento posible basándolo
en las obras más excepcionales.”
Lord
Elgin, diplomático inglés (1766-1841), argumentando el traslado a Londres
de los frisos del Partenón
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Devolución
de antigüedades, política “ética” de compras… en abierta ruptura
con su pasada actitud irresponsable, el museo privado californiano ha adoptado un
nuevo credo. ¿Será imitado su ejemplo?
En 1997, Marion True,
conservadora del departamento de antigüedades del Museo J. Paul Getty de Malibú,
California, asistía a una conferencia en Italia cuando oyó a una funcionaria
del Patrimonio Nacional afirmar que una de las piezas más importantes de ese
museo, un kylix (copa) del siglo V a.C., había sido robado en Cerveteri, en
el Lacio. La copa, decorada con escenas de la guerra de Troya, llevaba las firmas
del alfarero Eufronios y el pintor Onesimos.
Dos años después, el 5 de febrero de 1999, Marion True volvió
a viajar a Italia, esta vez para devolver tres antigüedades, entre ellas el
kylix de Cerviteri. Las tres habían sido robadas y habían estado expuestas
en la colección de 50.000 objetos antiguos del museo californiano. La segunda,
un torso del dios Mithra, había sido comprada por el museo en 1982 a un marchante
europeo que aseguró que llevaba mucho tiempo en Inglaterra, cuando de hecho
pertenecía a una colección privada italiana. La tercera, una cabeza
de muchacho que había llegado al museo por conducto de los coleccionistas
neoyorquinos Lawrence y Barbara Fleischman, había sido robada del almacén
de una excavación en Venosa.
Un
museo poco escrupuloso
Cuando
entró en funciones en 1986, True tuvo que afrontar la ingrata tarea de ocuparse
de numerosas adquisiciones discutibles de sus predecesores, por no hablar de la reputación
que tenía el museo de ser poco escrupuloso en cuanto a la procedencia de antigüedades
muy valiosas. En 1988, la marchante estadounidense Peg Goldberg ofreció en
secreto al Getty, por 20 millones de dólares, unos mosaicos bizantinos del
siglo VI, robados de la iglesia chipriota de Panagía Kanakariá. True
declinó el ofrecimiento e informó del asunto al director del Departamento
de Antigüedades de Chipre. Los mosaicos fueron devueltos. Sin embargo, todavía
en 1994, Murray McClellan, de la Universidad de Boston, denunciaba el “flagrante
desprecio” del código deontológico de la Asociación Estadounidense
de Museos de que hacía gala el museo Paul Getty.
Una de las herencias más incómodas que recibió True es la estatua
de un kouros (adolescente desnudo) del siglo VI a.C., comprada en 1983 a un marchante
suizo por una suma estimada entre siete y nueve millones de dólares. La carta
que la acompañaba, supuestamente escrita por el sabio alemán Ernst
Langlotz en 1952, la atribuía a una colección suiza. Pero es una carta
falsa, pues lleva un código postal que no empezó a utilizarse hasta
el decenio de 1970. En 1990, un historiador del arte comparó el kouros del
Getty con un torso fabricado cinco años antes en Roma por un falsario italiano.
El museo compró el torso para hacer sus propias comparaciones y no logró
determinar si el kouros era o no auténtico. El misterio persiste.
Cuestionado debido a estas operaciones, en 1995, el Getty prometió modificar
su política para “dedicar sus recursos y energías a proyectos internacionales
en los terrenos de la conservación, la formación y la investigación
que culminen en exposiciones y publicaciones así como en intercambios y préstamos
a largo plazo a museos del mundo entero”, según afirmó True en un comunicado
de prensa.
El Getty anunció asimismo un cambio radical en materia de adquisiciones, que
True exponía así en la revista The Art Newspaper: “En lo sucesivo nos
proponemos comprar únicamente objetos de colecciones reputadas, para evitar
el problema que plantea la procedencia desconocida.”
¿Era ésta la reacción del Museo para adaptarse a los nuevos
vientos? Ciertas organizaciones como el Instituto Arqueológico de América
llevan años criticando implacablemente a los museos, coleccionistas y marchantes
negligentes. Las encuestas de opinión revelan un gran interés del público
por la protección del patrimonio cultural en todo el mundo, y al mismo tiempo
los países de origen –entre ellos Turquía, Italia, Grecia y China–
han empezado a presentar demandas en Estados Unidos. En su propio interés,
los museos se lo piensan dos veces antes de proceder a una adquisición que
puede resultarles muy costosa
Ahora bien, según algunos observadores, la nueva política del Getty
presenta graves defectos. Ricardo Elia la comentaba así en la revista Archaelogy:
“La expresión ‘procedencia bien documentada’ se refiere a la historia de la
propiedad de un objeto (más exactamente, la historia de su posesión)
y no debe confundirse con la ‘procedencia’ arqueológica o lugar en que el
objeto fue hallado. De hecho, la nueva política del Getty no exige la prueba
de que un objeto ha salido legalmente de su país de origen, sino tan sólo
un certificado de posesión debidamente documentado anterior a noviembre de
1995. Esta política se orienta a impedir la adquisición de antigüedades
robadas o en circulación ilegal después de esa fecha, pero permite
al museo adquirir piezas ilícitamente trasladadas con anterioridad a ella.”
Una
política limitada
Las
actitudes más polémicas de True son las relacionadas con la colección
Fleischman, que consta de unas 300 antigüedades de la Edad de Bronce, griegas,
romanas y etruscas, valoradas en 1996 en 80 millones de dólares. En 1994 y
1995 fue expuesta en el Getty y en el Museo de Arte de Cleveland. ¿Eligió
el Getty noviembre de 1995 pensando en adquirir la colección? ¿Por
qué 1995 y no 1970, fecha de la Convención de la Unesco, o 1983, año
en que ésta empezó a aplicarse en Estados Unidos? True sostiene que
no existía ningún arreglo o acuerdo en cuanto a una eventual donación
de la colección al Getty. “Esta adquisición,” afirmaba en The Art Newspaper
en 1996, “es en todo punto conforme con nuestra declaración de propósitos.”
Asimismo explicaba que el museo había llegado a rechazar algunos objetos adquiridos
en una fecha posterior a la exposición de 1994-1995.
Incluso admitiendo que no hubiera acuerdo previo, esta adquisición pone de
manifiesto las verdaderas limitaciones de la nueva política del Getty. ¿Era
la colección Fleischman “reputada” y tenían los objetos que la componen
una “procedencia bien documentada”? Por lo que respecta a la cabeza esculpida que
True acompañó en su viaje de vuelta, no cabe la menor duda: proviene
del almacén de la excavación de Venosa de donde había sido robada.
Pero es posible que esto no sea más que la punta del iceberg: en un análisis
sumamente revelador, los investigadores del Museo de Arqueología y Antropología
de la Universidad de Cambridge descubrieron que 92% de los objetos inscritos en el
catálogo carecían de toda indicación sobre el lugar en que fueron
hallados, y que el público se había enterado en la exposición
de la existencia de 70% de ellos.
Influencia positiva
Pese a estas reservas, en puridad no se puede seguir atribuyendo al Getty la fama
de voracidad que tenía. Además, los considerables recursos de que dispone
van a emplearse con fines constructivos, entre ellos la conservación de sitios
arqueológicos. Aunque el museo haya aceptado una colección como la
Fleischman, 1995 representa innegablemente una ruptura. Y también hay que
decir que True no ha escatimado su cooperación en la repatriación de
objetos.
¿Ha influido en otros museos estadounidenses este cambio de actitud del Getty?
El Museo Metropolitano de Nueva York sigue sin devolver un montón de vasijas
de plata del siglo III a.C., pese a estar demostrado que fueron robadas en Morgantina
(Sicilia). El Museo de Bellas Artes de Boston se ha negado a atender las reclamaciones
presentadas en 1998 por Malí (esculturas de terracota) y Guatemala (vasijas
mayas). Más desalentadora aún resulta la adquisición por el
Museo Arthur M. Sackler de Harvard, a mediados del decenio pasado, de fragmentos
de cerámica griega y monedas de origen muy dudoso, en contradicción
con la política anunciada en 1971, según la cual Harvard no iba a seguir
aceptando piezas en esas condiciones “por compra, legado ni donación”.
Con todo, el panorama no es uniformemente desolador. Así, a finales de 1998,
el Museo de Arte de Denver devolvió por su propia iniciativa un dintel maya
de madera (aprox. 550-650 d.C.) procedente de El Zotz, en Guatemala, robado unos
treinta años antes y adquirido por el museo en 1973. “Una vez que habíamos
reunido toda la información relacionada con la adquisición del dintel”,
explica Lewis Sharp, director del museo, “lo único que cabía hacer
era devolverlo.” |