
El arqueólogo peruano Walter Alva.

Cultura moche

Materiales educativos para sensibilizar sobre el patrimonio arqueológico de
Sipán.
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La cultura moche:
esplendor en el desierto

Ornamentos
funerarios.
Mil años
antes de los incas, entre los siglos I y VII de nuestra era, los moche ocuparon una
angosta franja desértica de 600 km en la costa norte de Perú, entre
los Andes y el Pacífico. Sólo una civilización con un alto desarrollo
técnico habría podido sobrevivir en una de las zonas más áridas
del planeta. Los moche lo lograron, desarrollando una extensa y compleja red de canalizaciones
que alcanzó a irrigar el doble de las tierras cultivadas hoy en los mismos
valles. También llamados mochicas, se organizaron en pequeños reinos
gobernados por señores autócratas. Construyeron colosales edificaciones
de adobe en forma de pirámides truncas, como la de Huaca del Sol, la más
espectacular de todas: 345 metros de largo por 140 de ancho y 35 de altura. Innovaron
en la producción metalúrgica con el uso intensivo del cobre y desarrollaron
sofisticados talleres textiles con una producción abundante y de calidad.
El descubrimiento, en 1987, de la tumba de un dignatario de una de estas familias
reales, cerca del pueblo de Sipán, permitió a los investigadores saber
mucho más sobre una civilización hasta entonces poco conocida.
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El
arqueólogo peruano Walter Alva, guardián moderno de la Tumba Real de
Sipán, el más importante hallazgo arqueológico de los últimos
decenios en Latinoamérica, explica cómo este tesoro, arrebatado de
milagro a los huaqueros y a las bandas de tráfico internacional, ha beneficiado
a la población local.
¿En qué circunstancias
se descubrió el Señor de Sipán?
Cuando nuestro equipo llegó al sitio, el 25 de febrero de
1987, éste ya estaba en proceso de saqueo masivo. Varios huaqueros se habían
llevado piezas de oro de una primera tumba. Los habitantes de los alrededores habían
tomado posesión del monumento y, presas de una especie de fiebre del oro,
trataban de abrir nuevos hoyos para descubrir más objetos. Si no se hacía
algo, en poco tiempo el sitio quedaría totalmente arrasado, como ha sucedido
en tantos otros, como Vicus, Lomanegra, Frías y el Valle de Jequetepeque.
Perú se encontraba además en medio de una grave crisis económica
y moral: a la gente le parecía por lo tanto descabellado que la policía
protegiera un tesoro arqueológico que ellos consideraban legítimamente
suyo. La situación era muy tensa y la única manera de salvar el tesoro
era mantener un complejo dispositivo policial de vigilancia o desarrollar un proyecto
arqueológico, que fue lo que finalmente hicimos.
¿Con qué recursos contaron al principio?
Fueron muy escasos: 300 dólares donados por un patronato local, recursos
oficiales para contratar a 20 obreros y, más adelante, el apoyo financiero
de una cervecería. Los empleos sirvieron no sólo para algo tan importante
como limpiar el terreno, sino también para aliviar las tensiones con la población
local, dándoles trabajo. Durante el desalojo del monumento, uno de los huaqueros
murió en enfrentamientos con la policía.
¿Y la ayuda internacional?
Recibimos ayuda financiera de la Fundación Heinz y de la National Geographic
Society a mediados de 1987, cuando teníamos la certeza de que se trataba de
un hallazgo muy importante. La tumba principal del Señor de Sipán albergaba
un personaje envuelto en centenares de objetos de cobre, oro y plata, que era parte
de su fardo funerario. Pero los objetos de cobre estaban en un estado de corrosión
alarmante y necesitaban un tratamiento urgente. Por fortuna, el Museo Románico-Germánico
de Maguncia, en Alemania, ofreció no sólo restaurar unas 560 piezas,
sino también capacitar personal técnico para trabajar en un pequeño
laboratorio financiado también por la cooperación alemana y que se
fue constituyendo en Lambayeque a partir de 1990.
¿Con qué objeto?
Para tratar otras piezas que se fueran encontrando. En 1989, cuando se descubrió
otra tumba tan rica e importante como la primera, la del Viejo Señor de Sipán,
los objetos fueron restaurados por técnicos peruanos, con los mismos resultados
que los de los que fueron restaurados en Alemania. Este laboratorio, que ha contado
desde 1992 con el apoyo del gobierno español, ha restaurado además
objetos venidos de excavaciones de otras regiones. Nuestros conservadores, cuatro
de los cuales estuvieron becados en Madrid, también han dictado un curso de
conservación de metales para técnicos latinoamericanos. Esto demuestra
que la cooperación internacional crea una dinámica que puede prolongarse,
pues desde 1998 funcionamos solos.
Las autoridades estadounidenses han devuelto a Perú varias piezas de una tumba
saqueada anteriormente en Sipán. ¿Cómo catalogaría esta
iniciativa?
Es fundamental. En 1987, una banda de traficantes ofreció uno de los ornamentos
por 1.600.000 dólares, un escándalo en el que estuvieron involucrados
varios diplomáticos. Por fortuna, en 1990, Estados Unidos promulgó
una Ley de Emergencia para restringir el acceso de piezas de Sipán a ese país.
Cuando esa ley, que sólo podía prorrogarse una vez, perdió su
vigencia, se formuló un Memorandum de Entendimiento, que fue firmado en 1998.
Este último contempla no sólo la protección de Sipán,
sino de casi todo el patrimonio arqueológico de Perú que se halla en
Estados Unidos. Creo que todos los países deberían suscribir este tipo
de acuerdos. Es la única forma de cerrar filas frente a los delitos que afectan
al patrimonio de tantos países que tienen un pasado extraordinario, pero un
difícil presente. Es, además, una forma de respeto. Así como
se respetan los derechos humanos, la autonomía, la no injerencia o el medio
ambiente, también la protección de la herencia de los pueblos debería
formar parte de la conciencia mundial.
¿Ha cambiado la actitud hostil de la población?
Mucho. Desde un principio hicimos esfuerzos por recobrar su confianza. Se permitió,
por ejemplo, el acceso directo a las excavaciones de unas 6.000 personas de la región.
La gente pudo comprobar el carácter público y nacional de esta investigación
arqueológica, dirigida exclusivamente por peruanos y cuyos hallazgos son propiedad
de toda la nación y no de un puñado de huaqueros.
¿Están satisfechos los habitantes con las repercusiones sociales para
la región?
Por supuesto, el descubrimiento no resolverá la crisis económica,
pero sí logró que la región de Lambayeque se incorporara a los
circuitos turísticos. La gente recuperó la autoestima y hoy se sienten
orgullosos de ser descendientes de la cultura moche, que inspira tanta admiración
en todo el mundo. La tumba ha sido objeto de reportajes en la revista National Geographic
y en cadenas de televisión de Japón, Australia, Estados Unidos o Chile.
Hoy hay colegios, universidades, restaurantes y almacenes que se llaman Señor
de Sipán. El nombre se ha incorporado al lenguaje público y ha dado
sustento a la identidad regional. Con el tiempo, la gente ha comprobado por sí
misma el gran impacto positivo del descubrimiento y del proyecto arqueológico
que lo preserva.
¿Cómo van los trabajos del nuevo museo?
Es más que un museo: aspiramos a que sea un centro cultural que se convierta
en polo de desarrollo cultural, turístico y científico de la región.
La inauguración está prevista para finales de este año. Tendrá
3.000 m2 de exposición, contará con las más importantes innovaciones
de la museografía moderna y estará ubicado en un terreno de siete hectáreas
con laboratorios y jardines botánicos. Queremos que sea el gran museo peruano
del milenio.

www.telefonica.com.pe/sipan/hallazgo.htm |