1. Junto con
Catherine Blaya, fue el organizador de la primera Conferencia Mundial sobre “Violencias
en la escuela y políticas estatales”, que se celebró en la UNESCO del
5 al 7 de marzo de 2001. |
La
escuela cristaliza las tensiones de nuestras sociedades y, a veces, las exacerba.
Es un fenómeno sensible que conviene tratar con prudencia, porque ningún
país está a salvo.
La violencia en los
medios escolares es un problema mundial. Afecta tanto al Norte como al Sur. Es un
fenómeno esencialmente masculino, que culmina a cierta edad —16 años
en algunos países, 13 años en otros—. En cuanto a sus causas, los investigadores
están al menos seguros de una cosa: no hay un factor único, sino modelos
complejos ligados, por ejemplo, a la situación familiar, a las condiciones
socioeconómicas y al estilo pedagógico de los establecimientos. Pero
la investigación sólo indica las tendencias. No construye ningún
determinismo.
Distintos
motivos
Cuando
se concluye que entre 10% y 20% de los factores de riesgo se explican por la monoparentalidad,
ello significa que 80% a 90% de las familias monoparentales no generan ninguna violencia.
Un niño nacido en un gueto negro, hijo de madre adolescente y padre preso,
no será necesariamente violento.
Asimismo, los investigadores admiten la existencia de un “foco tenaz de violencia”
de 5% de los niños, aproximadamente. Pero al comparar varios centros situados
en un mismo tipo de zona difícil, comprobé que en realidad dicho foco
fluctuaba entre 1% y 11%. La propia escuela puede agravar la situación, por
falta de estabilidad de los equipos y por la existencia de clases convertidas en
guetos. Por consiguiente, esos “focos tenaces” no son naturales.
La acción es posible. ¿Hay que deshacerse de los jóvenes violentos,
como exigen algunos? Eso no haría más que agravar la segregación
y la exclusión que originan la violencia escolar. Las soluciones presuponen,
evidentemente, programas específicos, pero ante todo un fortalecimiento de
la democracia económica y social. Para acabar con la violencia, se precisa
un Estado sólido capaz de compensar las desigualdades, un Estado que se esfuerce
por que los distintos grupos sociales convivan en los barrios y en las escuelas y
no renuncie, como algunos reclaman a veces, a la idea de una justicia para los menores.
Abrir
la escuela a la sociedad
Hemos
de procurar también sacar a la escuela de su fortaleza, para que no se convierta
en la encarnación de una sociedad excluyente. La escuela puede ser —como han
demostrado ciertas experiencias en los Países Bajos, Brasil y Estados Unidos—
un centro de convivencia que presta servicios sociales, médicos y culturales
a los habitantes del barrio. Así, en el estado brasileño de Minas Gerais
hay una escuela profesional donde artesanos veteranos enseñan su oficio a
los adolescentes. Este contacto entre generaciones favorece una extraordinaria socialización.
“Hace falta toda una aldea para criar a un niño”, dice el proverbio africano.
Esforcémonos por alcanzar esta apertura, incluso en nuestras ciudades más
impersonales. |