
Escuela primaria en Uagadugú, Burkina Faso. |
En
África, la violencia escolar no procede de los alumnos, sino más bien
del sistema. Éste es el punto de vista de un experto de Burkina Faso.
Señor,
no quiero volver a la escuela
Haz, te lo ruego, que no vaya más.”
Esta “Oración de un negrito”, escrita en los años 50 por el martiniqués
Guy Tirolien, sigue por desgracia muy actual en África subsahariana, donde
la escuela ejerce una violencia sobre el niño desde que llega a clase. En
Burkina Faso, por ejemplo, lo obliga a pasar, sin la más mínima preparación
psicológica, de su lengua materna a una lengua extranjera, el francés,
cuyo dominio será en lo sucesivo el único criterio del éxito.
En cuanto cumple siete años, se prohíbe al niño —al menos dentro
de los límites de la escuela— utilizar de cualquier modo la lengua vernácula
que habla en casa: el mooré, el fulbe o el diula… Se le obliga a aprender
a escribir en un idioma que no es el suyo, valiéndose de textos que hablan
de aldeas francesas con campanarios, y según programas que le harán
estudiar París antes que Uagadugú. Castigos humillantes —a veces se
le cuelga del cuello una calavera de asno con un cartel que dice “Burro, ¡habla
francés!”— terminan de convencerlo de que la escuela le reserva una atmósfera
de conflicto violento.
La gestión del tiempo escolar constituye otra fuente de violencia. Y los pocos
maestros inteligentes que han tenido la audacia de suspender sus clases a las nueve
de la mañana (para que los niños que han llevado a los animales a pastar
a las cinco de la madrugada puedan desayunar y descansar), son sancionados por no
haber respetado el horario oficial del recreo a las diez y media.
Para el niño africano, la sociedad entera, la aldea, los campos en el momento
de las faenas agrícolas, son ocasiones únicas de socialización
y educación no formal. Pero en cuanto entra a la escuela, adiós a la
pedagogía según la cual un niño ha de criarse en su aldea con
los de su edad, de acuerdo con reglas estrictas. Adiós también a la
cultura de la solidaridad, el apego a ciertos valores, el respeto de los mayores,
el legítimo orgullo de pertenecer a una familia, a un clan, por cuya prosperidad
no se escatima ningún sacrificio. En vez de ello, debe adaptarse a una cultura
de competencia, a un individualismo a ultranza, que conducen a la despersonalización
e incluso a la alienación.
La
colonización de la enseñanza
Las
escenas de violencia en la escuela sólo las vemos por ahora en la televisión.
En Burkina Faso la problemática se ha invertido: la escuela clásica,
fruto de la colonización francesa, ejerce una violencia sobre el niño
e incluso sobre toda la sociedad. No es la sociedad la que genera su escuela, sino
que esta última se impone a la sociedad con el firme propósito de vencerla.
¿Lo ha logrado? Si la escuela clásica ha podido imponerse en África
subsahariana hasta el punto de provocar la aparición de un nuevo tipo de hombre
—el señor de la ciudad—, lo cierto es que éste, por las buenas o por
las malas, convive con otro tipo de hombre producto de la escala de valores tradicionales
y que se niega a darse por vencido. Y en este conflicto violento, del que la primera
responsable es la escuela, el sistema educativo tradicional sale victorioso: cerca
de 60% de los niños de Burkina no tienen acceso a la escuela moderna, y más
de 80% de los adultos no saben leer ni escribir.
Es cierto que no hay aulas suficientes para acoger a todos los menores. Pero se advierte
también una resistencia pasiva que provoca una desescolarización en
ciertos medios (en el norte y el este del país). Para las familias campesinas,
enviar a un hijo a la escuela es perderlo cultural y económicamente.
Todos estos marginados de la escuela moderna sobreviven gracias a lo numerosos que
son y a la fuerza de las estructuras tradicionales que, para la inmensa mayoría
de los habitantes del país, siguen rigiendo la vida en todos sus aspectos.
No se trata de solazarse en la nostalgia, sino de analizar esta realidad en términos
tanto más duros cuanto que es urgente conjurarla antes de que la violencia
ejercida por la escuela sobre el niño desemboque en una auténtica violencia
en la escuela.
Pues si bien ésta no ha alcanzado las proporciones alarmantes que se observan
en los países del Norte, existen ya signos precursores: comportamientos discriminatorios,
castigos corporales, insultos humillantes, estereotipos sexistas en los manuales…
La introducción de las lenguas nacionales maternas como lenguas enseñadas
y, sobre todo, como lenguas de la enseñanza, responde a este propósito,
así como la revisión periódica de los programas de estudio y
la adaptación del calendario escolar a las exigencias de la vida social. ¿Por
qué, por ejemplo, no dar vacaciones durante el periodo de iniciación,
rito de paso a la vida adulta?
La escuela en su forma clásica no es una fatalidad. Hay alternativas posibles
para instaurar una escuela no violenta en Burkina Faso, así como en el resto
de África. |