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| Violencia escolar: un problema mundial | La escuela también puede ser violenta | Sudáfrica: más allá de la exclusión |

El fracaso de los profesores karatekas

Entrevista realizada por Philippe Demenet, periodista del Correo de la UNESCO.
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Pantallas de vigilancia en una escuela de Tokio.







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Celda de un correccional de menores en Kioto.
Una violencia juvenil sin precedentes sacude Japón. Ésta se explica en parte como reacción a la violencia ejercida por el Estado en las escuelas durante los últimos veinte años. Un círculo vicioso que denuncia el sociólogo Yodji Morita, de la Universidad de Osaka.

La sociedad japonesa se encuentra frente a lo que usted denomina actos de “violencia imprevisible” perpetrados por colegiales. ¿Qué forma adopta esta violencia?
Surgió en 1998 cuando, por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial, una profesora fue asesinada a puñaladas por un alumno de 14 años. Más tarde, un colegial que pertenecía a una banda robó una suma equivalente a unos 180.000 dólares. Luego, un muchacho de 17 años se apoderó de un autobús y asesinó a la mujer que había tomado como rehén. Otro, víctima de bromas pesadas, machacó el cráneo de otros dos alumnos con un bate de béisbol, antes de volver a su casa para matar a su madre… Entre 1998 y 2000 tuvimos 22 casos de este tipo.

¿Cuál fue la reacción de la población?
La conmoción y el miedo. Los padres tuvieron la impresión de que ya no entendían a sus hijos.

Sin embargo, no era la primera vez que estallaba la violencia en la escuela o en torno a ella.
Es cierto que hubo otra oleada en los años 80, a la que el gobierno respondió por la fuerza. Contrató entonces profesores que practicaban el kárate, el yudo o el kendo. El objetivo era mantener a raya a los alumnos, que casi siempre actuaban en grupo, a fin de que las clases se desarrollaran normalmente.

¿Incluso empleando la fuerza?
Antaño, el castigo físico se aplicaba en todos los sectores de la sociedad japonesa. Pero, al término de Segunda Guerra Mundial, Japón tomó la resolución de eliminarlo. Así pues, todo castigo físico está oficialmente prohibido. En realidad, este tipo de sanción se utilizaba de todos modos en la escuela, en los años 80, cuando el alumno había recibido ya una advertencia.

¿Cuál fue el resultado de esa política?
Creó un círculo vicioso. Frustrados y angustiados por la represión, los niños “con problemas” acumularon tensión. Este malestar, interiorizado, terminó por explotar con una violencia aún mayor. Y el Estado los volvió a reprimir. Por lo demás, a los niños llamados “normales” esta política de fuerza les sirvió de ejemplo.
Aplicada drásticamente (los directores de las escuelas llegaban incluso a registrar las carteras y confiscar las golosinas), terminó por resultar intolerable. Exteriormente, se había restablecido la calma. Pero a partir de 1990 se observó un recrudecimiento de las humillaciones (físicas y psicológicas, sobre todo con las niñas), la extorsión, el absentismo…

Todo esto en un sistema escolar que somete al niño a una presión muy fuerte…
La presión no viene de la escuela, sino de los padres. En nuestro país, que no tiene riquezas naturales, la formación de mano de obra cualificada representa la única fuente de riqueza. Para los padres, impacientes de que su retoño salga adelante, la enseñanza es una inversión. Y así se ha instaurado en la escuela una forma de jerarquización piramidal. Ya en primaria se distingue, la base, por un lado, y, por otro, la élite.

Pero, a diferencia de lo que ocurre en Occidente, los lazos familiares y comunitarios siguen siendo muy fuertes. ¿Contribuyen a frenar la violencia?
Nuestro índice de criminalidad es sumamente bajo si se compara con el de los demás países desarrollados. Lo mismo sucede con la violencia en la escuela. De ahí que la explosión de 1998 nos resultara un golpe particularmente duro. Nos pareció el signo precursor de un cambio de sociedad. En el pasado, uno tenía que reprimir su personalidad para disolverse en el grupo. Hoy Japón se dirige hacia un mayor individualismo.

¿Qué puede hacer la escuela?
Respetar la personalidad de los alumnos, pero inculcándoles un claro sentido de sus responsabilidades. Favorecer nuevas solidaridades. Es el significado de las reformas actuales de la educación.

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