
Pantallas de vigilancia en una escuela de Tokio.

Celda de un correccional de menores en Kioto. |
Una
violencia juvenil sin precedentes sacude Japón. Ésta se explica en
parte como reacción a la violencia ejercida por el Estado en las escuelas
durante los últimos veinte años. Un círculo vicioso que denuncia
el sociólogo Yodji Morita, de la Universidad de Osaka.
La sociedad japonesa
se encuentra frente a lo que usted denomina actos de “violencia imprevisible” perpetrados
por colegiales. ¿Qué forma adopta esta violencia?
Surgió en 1998 cuando, por primera vez después de la Segunda Guerra
Mundial, una profesora fue asesinada a puñaladas por un alumno de 14 años.
Más tarde, un colegial que pertenecía a una banda robó una suma
equivalente a unos 180.000 dólares. Luego, un muchacho de 17 años se
apoderó de un autobús y asesinó a la mujer que había
tomado como rehén. Otro, víctima de bromas pesadas, machacó
el cráneo de otros dos alumnos con un bate de béisbol, antes de volver
a su casa para matar a su madre… Entre 1998 y 2000 tuvimos 22 casos de este tipo.
¿Cuál fue la reacción de la población?
La conmoción y el miedo. Los padres tuvieron la impresión de que
ya no entendían a sus hijos.
Sin embargo, no era la primera vez que estallaba la violencia en la escuela o en
torno a ella.
Es cierto que hubo otra oleada en los años 80, a la que el gobierno respondió
por la fuerza. Contrató entonces profesores que practicaban el kárate,
el yudo o el kendo. El objetivo era mantener a raya a los alumnos, que casi siempre
actuaban en grupo, a fin de que las clases se desarrollaran normalmente.
¿Incluso empleando la fuerza?
Antaño, el castigo físico se aplicaba en todos los sectores de
la sociedad japonesa. Pero, al término de Segunda Guerra Mundial, Japón
tomó la resolución de eliminarlo. Así pues, todo castigo físico
está oficialmente prohibido. En realidad, este tipo de sanción se utilizaba
de todos modos en la escuela, en los años 80, cuando el alumno había
recibido ya una advertencia.
¿Cuál fue el resultado de esa política?
Creó un círculo vicioso. Frustrados y angustiados por la represión,
los niños “con problemas” acumularon tensión. Este malestar, interiorizado,
terminó por explotar con una violencia aún mayor. Y el Estado los volvió
a reprimir. Por lo demás, a los niños llamados “normales” esta política
de fuerza les sirvió de ejemplo.
Aplicada drásticamente (los directores de las escuelas llegaban incluso a
registrar las carteras y confiscar las golosinas), terminó por resultar intolerable.
Exteriormente, se había restablecido la calma. Pero a partir de 1990 se observó
un recrudecimiento de las humillaciones (físicas y psicológicas, sobre
todo con las niñas), la extorsión, el absentismo…
Todo esto en un sistema escolar que somete al niño a una presión muy
fuerte…
La presión no viene de la escuela, sino de los padres. En nuestro país,
que no tiene riquezas naturales, la formación de mano de obra cualificada
representa la única fuente de riqueza. Para los padres, impacientes de que
su retoño salga adelante, la enseñanza es una inversión. Y así
se ha instaurado en la escuela una forma de jerarquización piramidal. Ya en
primaria se distingue, la base, por un lado, y, por otro, la élite.
Pero, a diferencia de lo que ocurre en Occidente, los lazos familiares y comunitarios
siguen siendo muy fuertes. ¿Contribuyen a frenar la violencia?
Nuestro índice de criminalidad es sumamente bajo si se compara con el
de los demás países desarrollados. Lo mismo sucede con la violencia
en la escuela. De ahí que la explosión de 1998 nos resultara un golpe
particularmente duro. Nos pareció el signo precursor de un cambio de sociedad.
En el pasado, uno tenía que reprimir su personalidad para disolverse en el
grupo. Hoy Japón se dirige hacia un mayor individualismo.
¿Qué puede hacer la escuela?
Respetar la personalidad de los alumnos, pero inculcándoles un claro sentido
de sus responsabilidades. Favorecer nuevas solidaridades. Es el significado de las
reformas actuales de la educación. |