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| Violencia escolar: un problema mundial | La escuela también puede ser violenta | El fracaso de los profesores karatekas |

Sudáfrica: más allá de la exclusión

Graeme Simpson, director ejecutivo del Centro de Estudio de la Violencia y la Reconciliación, Johannesburgo (www.csvr.org.za).
Hay que escuchar a los estudiantes: ellos saben dónde se cometen los delitos. En tiempos del apartheid, las escuelas de los townships eran focos de lucha política. Hoy, a menudo están a merced de la actividad criminal. La solución depende de toda la sociedad.

Yo vendí drogas en la escuela”, “Alumno baleado por un teléfono celular”, “Niño de 11 años se suicida por depresión”, “Estudiantes claman venganza por la muerte de un profesor”. Éstos son algunos titulares recientes de la prensa de Sudáfrica. Bandas juveniles se infiltran en las escuelas de las comunidades vulnerables, utilizándolas como mercado para las drogas, el alcohol, las armas de fuego y también para procurarse muchachas jóvenes, que secuestran y violan.
No es posible elaborar una estrategia eficaz para prevenir la violencia escolar sin antes comprender el legado del apartheid. Bajo ese régimen, los alumnos negros de secundaria eran un verdadero barómetro de la impotencia y la exclusión sistemática. El sistema de educación era un instrumento del poder colonial, cuyo único fin era preparar a los alumnos para “cortar madera” y “extraer agua” al servicio de las prósperas industrias de blancos. La escuela, aunque les oprimía, era también escenario de una lucha altamente politizada, un vehículo gracias al cual la juventud de color podía afianzar su posición y su papel en la sociedad. Muchos jóvenes adoptaron una cultura alternativa en la que los ritos iniciáticos y los medios para lograr un ascenso social exigían a menudo someterse a prueba participando directamente en actos de violencia. Puesto que la ley era ilegítima, estar perseguido era considerado noble. La violencia era aprobada socialmente en nombre de la liberación: los héroes del momento eran muchachos que tenían armas y las usaban.
Aunque muchos de estos menores que habían crecido en la calle volvieron a la escuela durante la transición a la democracia, por la extrema lentitud con que se aplicaban las reformas la situación en las aulas había cambiado poco o nada. Las instalaciones escasas o inexistentes, la falta de calificación del profesorado y el fracaso casi total de la integración racial siguieron siendo símbolos inequívocos de que la marginación persistía. Y, con ella, la violencia. Al no existir ya un movimiento de resistencia política, los jóvenes, marginados y frustrados, encontraron otra forma de integración y de cohesión social en las bandas criminales.
Esas bandas nos enseñan una dura lección: nada podrá lograrse sin reconstituir la estructura social diezmada por nuestro pasado de apartheid. La escuela constituye un punto vital de contacto con los jóvenes, que son a la vez los autores y las víctimas principales de la violencia. La escuela es también un territorio en disputa, puesto que la línea que separa a los menores que corren riesgos en clase de los que la criminalidad ha instalado en la calle es sumamente tenue. Es una línea muy leve, trazada en la arena que formaba parte de la vida en los townships. Con frecuencia, las estrategias de prevención del delito son incapaces de comprender lo fácil que es cruzarla.
Nuestra primera iniciativa fue un programa de atención de los traumas en las escuelas de Soweto, dirigido a ayudar a los maestros a identificar y apoyar a los alumnos víctimas, por ejemplo, de violencia en el hogar. No fue cosa fácil, pues los profesores son reacios a abordar los problemas de seguridad y prevención de la violencia. En efecto, para hacerlo es indispensable que tengan una formación adecuada y sepan adónde enviar a los niños conflictivos. A partir de este trabajo, elaboramos una estrategia más amplia de prevención. Una de las conclusiones más importantes a las que llegamos es que hay que escuchar a los estudiantes: ellos saben exactamente dónde se cometen los delitos, dentro y fuera de la escuela, y a menudo sugieren soluciones prácticas, como iluminar mejor un lugar o cortar la hierba en un terreno cercano. Asimismo, hay que hacer hincapié en el papel de la comunidad en la disminución de la violencia.
De este modo hemos formado equipos de vigilancia en los que participan profesores, alumnos, padres, organizaciones cívicas y otros actores locales, y mejorado nuestras relaciones con la policía local. También se ha incitado a las escuelas situadas en zonas peligrosas a aunar esfuerzos. En un plano más general, hemos lanzado proyectos multimedia, en particular varias series de televisión sobre derechos humanos, racismo y violencia en la escuela, difundidos en horarios de máxima audiencia. El gobierno, que ha apreciado este enfoque global, ha apoyado éstas y otras iniciativas comunitarias para hacer frente con más eficacia a la delincuencia escolar. No se trata de aislar la escuela, sino de tender puentes hacia las comunidades y restablecer la sensación de que todos pertenecemos a una misma sociedad.

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