
© Guy Vivien, París

La haitiana Mimi Barthélemy. |
Los
narradores orales causan furor en América Latina. En apenas doce años,
la región ha asistido a un inusitado interés por esa forma de cuento:
¿moda o retorno a las tradiciones?
Amitad de la función,
Diego Camargo se percata de que ha olvidado a uno de los personajes de su cuento.
Pide permiso al público, da marcha atrás y lo encuentra trepado en
un árbol, cabizbajo y muy contrariado. Para convencerlo de volver al relato,
lo tiene que ascender a protagonista. Así, nadie, nunca más, volverá
a dejarlo a mitad de camino…
Para escuchar historias como ésta, más de 800 personas se dieron cita
en el último Encuentro Internacional de Narración Oral que se celebra
desde 1995 durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La gente, procedente
de distintos lugares de Argentina y de países vecinos, quería volver
a escuchar cuentos, pero también aprender a contarlos: descubrir las sutilezas
del ritmo y los misterios de la voz, ajustar el gesto y el ademán.
Muchos de los participantes de esos talleres son profesores que quieren fomentar
la lectura. Adaptan cuentos de la literatura universal —por ejemplo de Isaías
Bashevis Singer y Rad Bradbury— y los narran durante las horas de curso. La profesora
Nora Fonollosa, narradora e investigadora en literatura infantil, ha comprobado que
los estudiantes van a buscar a la biblioteca el relato que han escuchado y, si no
lo encuentran, piden otro libro del mismo autor.
Pero esta afición va más allá de las aulas. El argentino Juan
Moreno dejó la enseñanza de la literatura hace diecisiete años
para dedicarse exclusivamente a contar cuentos y leyendas del mundo en teatros, cafés-teatro,
bares, universidades y bibliotecas. Lo hace, además, en la versión
original cuando se trata del francés, inglés, portugués, alemán,
italiano y hebreo. Dicta asimismo talleres para psicólogos, abogados, amas
de casas y abuelas. ¿Qué puede enseñarles a personas tan distintas?
“El valor de la palabra; la palabra que cura, restaura, que puede dar la vida, pero
también quitarla”, afirma. Esta enseñanza es fundamental, según
él, en el trabajo de mediación de un abogado, pero también en
el de las asistentes sociales que trabajan en hospitales y asilos de ancianos. Moreno
recuerda lo que le dijo una mujer desahuciada a Dora Pastoriza de Echebarne, la pionera
de los estudios sobre narración oral en Argentina: “Cuando usted narraba,
a mí no me dolía.”
De
brujas y duendes a selvas y bosques
Corre además la voz de que la narración oral puede ser una salida laboral
—por lo general es una actividad más lucrativa que la de actor de teatro—
y, sobre todo, que abundan los viajes. La cubana Fátima Paterson ha estado
ya dos veces contando con sus músicos en Liverpool.
Cada año se celebran encuentros, festivales y coloquios, como el Festival
Iberoamericano de Cuentos Abra Palabra en Bucaramanga, Colombia; el Festival Iberoamericano
de Narración Oral Escénica en Monterrey, México, y la Muestra
Anual de Narración Oral Escénica de Agüimes, en Gran Canaria,
España.
La narración oral está, pues, en pleno auge en Latinoamérica,
desde hace quince años.
Sin embargo, no se trata de un renacimiento de los cuentos de la tradición
oral latinoamericana, sino más bien de una moda de lo oral. Esto sostiene
el antropólogo argentino Adolfo Colombres. En los países con bajos
niveles de lectura, explica, “lo oral se utiliza paradójicamente para estimular
lo escrito”.
No obstante, la tradición oral en América Latina es muy rica, pues
es el resultado de la mezcla de tres sociedades históricamente orales: la
indígena, la africana y, en menor medida, la criolla. Como explica Víctor
Montoya, “la tradición europea de brujas, duendes y fantasmas se mezcla con
la indígena y la africana de los espíritus del agua, las selvas y los
montes. Hay espíritus que defienden la naturaleza y que castigan brutalmente
a quien la daña, como la Marimonda en Colombia o el Coipora en Brasil; barcos
malditos que navegan sin llegar jamás a puerto, como el Caleuche en Chile
o el Barco Negro en Nicaragua, y mujeres hermosas que seducen hombres pero cuando
éstos las abrazan los espantan con su rostro de calavera”1.
Por fortuna, esta tradición no está desamparada: existen narradores
orales que la difunden y la ponen a dialogar con otras tradiciones. Éste es
el caso del colombiano Nicolás Buenaventura (véase artículo
siguiente) y de la haitiana Mimi Barthélemy. Nacida en Puerto Príncipe,
Mimi abandonó una cómoda carrera de esposa de diplomático para
dedicarse a recopilar relatos de la tradición de Haití y difundirlos
no sólo en la isla, sino también por Latinoamérica y Europa.
La
joven generación
Ha recorrido aldeas escuchando a los narradores naturales y ha consultado libros
de antropólogos haitianos en bibliotecas de Washington. Entre los cuentos
que ha recopilado está el del monstruo Bakulu Baka, que se traga el sol y
deja la isla en las tinieblas hasta que llega un dios bueno con un machete y lo libera.
“En los cuentos que narro hago referencia a Haití, al sincretismo que existe
entre el vudú y el catolicismo. En uno de mis espectáculos, los dioses
del vudú y los dioses católicos cooperan por una misma causa.”
Para ella contar es un acto político. “Cuando cuento, dejo de ser ‘la señora
de’; soy yo, Mimi, una mujer de este siglo que toma la palabra en el espacio público”.
Y cuidado con preguntarle si no siente que su trabajo se limita a prestarle su voz
y su cuerpo a una tradición: “En absoluto. Lo mío no es el folklore.
Yo rompo con la tradición porque doy mi propia versión. Al contar en
francés, y no sólo en creole, la lengua original, les doy a los cuentos
una apertura al mundo que no tenían antes, los sitúo en un contexto
completamente diferente.”
Para Mimi la difusión de esta tradición es muy importante para los
haitianos. Al escucharla, dice, sus compatriotas crean un puente con esa tradición
de la cual son herederos. En Guyana, donde existe una minoría haitiana excluida,
los cuentos se convierten en un espejo que les devuelve a estos indocumentados y
sin empleo una imagen más humana de sí mismos.
Otro contexto, otros narradores. En Colombia, existe un movimiento de narradores
orales urbanos que se han asumido como auténticos “cuenteros”, a pesar del
sentido peyorativo que tiene esa palabra (alguien aficionado a las exageraciones
y los infundios). Se trata en su mayoría de estudiantes universitarios cuyas
edades oscilan entre 17 y 35 años. Aunque no se reclaman de ninguna tradición,
tampoco están parados en el vacío: “Siempre sabemos algo de algo, ya
sea de música, cine, teatro o literatura, y desde ahí formamos nuestro
punto de vista narrativo”, explica Carolina Rueda.
Ella, por ejemplo, es hija de un apasionado de las corridas de toros, estudió
literatura y fue actriz de teatro. A partir de ahí ha creado un ensayo oral
sobre la tauromaquia con base en las anécdotas que ha escuchado desde niña
y un libro de crónicas taurinas. La estructura del espectáculo es similar
a la de una corrida: seis partes como seis son los toros que se lidian en una tarde.
Nuevos
recursos
Los cuenteros rompen con la narración lineal y recurren al lenguaje del cine
e incluso de la publicidad. Uno de ellos cuenta en media hora una propaganda de televisión
de treinta segundos en la que una gota de salsa de tomate, que cae del piso 22 de
un edificio, desata una balacera en pleno centro de Bogotá.
Diego Camargo, el cuentero que olvida a uno de sus protagonistas al comienzo de este
artículo, también es autor de un relato bisilábico en 174 palabras.
Pero como es difícil que el personaje se suicide de dos balazos, pide permiso
al público para tomarse una licencia y termina con un fulminante: pum—pum.
Estos juegos narrativos de relato en el relato constituyen la principal ruptura del
movimiento con la tradición. Se inspiran en la literatura postmoderna, en
obras como Si en una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Los cuenteros
colombianos han logrado así conquistar para el cuento en general un público
urbano educado por los medios de comunicación y que hoy llena plazas públicas
y salas de teatro.
Ya sea con cuentos ancestrales o postmodernos, los narradores orales están
devolviendo a los latinoamericanos el rito de escuchar historias, esos imborrables
momentos de comunión iniciados por padres y abuelos a través de los
primeros cuentos. Un espectáculo que suele provocar una emoción inédita
en un mundo regido por la omnipresente pantalla: la comunicación directa,
de tú a tú, entre un público y un ser humano de carne y hueso
que lo mira a los ojos y le exige aguzar la imaginación para no pasar al lado
del único cuento sobre la tierra que, quizás, podrá redimirlo.
1. Ver “Cuentos
de espantos y aparecidos”, Ed. Atica, Brasil, 1984, p. 6-7. |