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El arte de la palabra de Nicolás Buenaventura

Los “cuenteros” retoman la palabra
Asbel López, periodista del Correo de la UNESCO.
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© Guy Vivien, París








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La haitiana Mimi Barthélemy.
Los narradores orales causan furor en América Latina. En apenas doce años, la región ha asistido a un inusitado interés por esa forma de cuento: ¿moda o retorno a las tradiciones?

Amitad de la función, Diego Camargo se percata de que ha olvidado a uno de los personajes de su cuento. Pide permiso al público, da marcha atrás y lo encuentra trepado en un árbol, cabizbajo y muy contrariado. Para convencerlo de volver al relato, lo tiene que ascender a protagonista. Así, nadie, nunca más, volverá a dejarlo a mitad de camino…
Para escuchar historias como ésta, más de 800 personas se dieron cita en el último Encuentro Internacional de Narración Oral que se celebra desde 1995 durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La gente, procedente de distintos lugares de Argentina y de países vecinos, quería volver a escuchar cuentos, pero también aprender a contarlos: descubrir las sutilezas del ritmo y los misterios de la voz, ajustar el gesto y el ademán.
Muchos de los participantes de esos talleres son profesores que quieren fomentar la lectura. Adaptan cuentos de la literatura universal —por ejemplo de Isaías Bashevis Singer y Rad Bradbury— y los narran durante las horas de curso. La profesora Nora Fonollosa, narradora e investigadora en literatura infantil, ha comprobado que los estudiantes van a buscar a la biblioteca el relato que han escuchado y, si no lo encuentran, piden otro libro del mismo autor.
Pero esta afición va más allá de las aulas. El argentino Juan Moreno dejó la enseñanza de la literatura hace diecisiete años para dedicarse exclusivamente a contar cuentos y leyendas del mundo en teatros, cafés-teatro, bares, universidades y bibliotecas. Lo hace, además, en la versión original cuando se trata del francés, inglés, portugués, alemán, italiano y hebreo. Dicta asimismo talleres para psicólogos, abogados, amas de casas y abuelas. ¿Qué puede enseñarles a personas tan distintas? “El valor de la palabra; la palabra que cura, restaura, que puede dar la vida, pero también quitarla”, afirma. Esta enseñanza es fundamental, según él, en el trabajo de mediación de un abogado, pero también en el de las asistentes sociales que trabajan en hospitales y asilos de ancianos. Moreno recuerda lo que le dijo una mujer desahuciada a Dora Pastoriza de Echebarne, la pionera de los estudios sobre narración oral en Argentina: “Cuando usted narraba, a mí no me dolía.”

De brujas y duendes a selvas y bosques
Corre además la voz de que la narración oral puede ser una salida laboral —por lo general es una actividad más lucrativa que la de actor de teatro— y, sobre todo, que abundan los viajes. La cubana Fátima Paterson ha estado ya dos veces contando con sus músicos en Liverpool.
Cada año se celebran encuentros, festivales y coloquios, como el Festival Iberoamericano de Cuentos Abra Palabra en Bucaramanga, Colombia; el Festival Iberoamericano de Narración Oral Escénica en Monterrey, México, y la Muestra Anual de Narración Oral Escénica de Agüimes, en Gran Canaria, España.
La narración oral está, pues, en pleno auge en Latinoamérica, desde hace quince años.
Sin embargo, no se trata de un renacimiento de los cuentos de la tradición oral latinoamericana, sino más bien de una moda de lo oral. Esto sostiene el antropólogo argentino Adolfo Colombres. En los países con bajos niveles de lectura, explica, “lo oral se utiliza paradójicamente para estimular lo escrito”.
No obstante, la tradición oral en América Latina es muy rica, pues es el resultado de la mezcla de tres sociedades históricamente orales: la indígena, la africana y, en menor medida, la criolla. Como explica Víctor Montoya, “la tradición europea de brujas, duendes y fantasmas se mezcla con la indígena y la africana de los espíritus del agua, las selvas y los montes. Hay espíritus que defienden la naturaleza y que castigan brutalmente a quien la daña, como la Marimonda en Colombia o el Coipora en Brasil; barcos malditos que navegan sin llegar jamás a puerto, como el Caleuche en Chile o el Barco Negro en Nicaragua, y mujeres hermosas que seducen hombres pero cuando éstos las abrazan los espantan con su rostro de calavera”1.
Por fortuna, esta tradición no está desamparada: existen narradores orales que la difunden y la ponen a dialogar con otras tradiciones. Éste es el caso del colombiano Nicolás Buenaventura (véase artículo siguiente) y de la haitiana Mimi Barthélemy. Nacida en Puerto Príncipe, Mimi abandonó una cómoda carrera de esposa de diplomático para dedicarse a recopilar relatos de la tradición de Haití y difundirlos no sólo en la isla, sino también por Latinoamérica y Europa.

La joven generación
Ha recorrido aldeas escuchando a los narradores naturales y ha consultado libros de antropólogos haitianos en bibliotecas de Washington. Entre los cuentos que ha recopilado está el del monstruo Bakulu Baka, que se traga el sol y deja la isla en las tinieblas hasta que llega un dios bueno con un machete y lo libera. “En los cuentos que narro hago referencia a Haití, al sincretismo que existe entre el vudú y el catolicismo. En uno de mis espectáculos, los dioses del vudú y los dioses católicos cooperan por una misma causa.”
Para ella contar es un acto político. “Cuando cuento, dejo de ser ‘la señora de’; soy yo, Mimi, una mujer de este siglo que toma la palabra en el espacio público”. Y cuidado con preguntarle si no siente que su trabajo se limita a prestarle su voz y su cuerpo a una tradición: “En absoluto. Lo mío no es el folklore. Yo rompo con la tradición porque doy mi propia versión. Al contar en francés, y no sólo en creole, la lengua original, les doy a los cuentos una apertura al mundo que no tenían antes, los sitúo en un contexto completamente diferente.”
Para Mimi la difusión de esta tradición es muy importante para los haitianos. Al escucharla, dice, sus compatriotas crean un puente con esa tradición de la cual son herederos. En Guyana, donde existe una minoría haitiana excluida, los cuentos se convierten en un espejo que les devuelve a estos indocumentados y sin empleo una imagen más humana de sí mismos.
Otro contexto, otros narradores. En Colombia, existe un movimiento de narradores orales urbanos que se han asumido como auténticos “cuenteros”, a pesar del sentido peyorativo que tiene esa palabra (alguien aficionado a las exageraciones y los infundios). Se trata en su mayoría de estudiantes universitarios cuyas edades oscilan entre 17 y 35 años. Aunque no se reclaman de ninguna tradición, tampoco están parados en el vacío: “Siempre sabemos algo de algo, ya sea de música, cine, teatro o literatura, y desde ahí formamos nuestro punto de vista narrativo”, explica Carolina Rueda.
Ella, por ejemplo, es hija de un apasionado de las corridas de toros, estudió literatura y fue actriz de teatro. A partir de ahí ha creado un ensayo oral sobre la tauromaquia con base en las anécdotas que ha escuchado desde niña y un libro de crónicas taurinas. La estructura del espectáculo es similar a la de una corrida: seis partes como seis son los toros que se lidian en una tarde.

Nuevos recursos
Los cuenteros rompen con la narración lineal y recurren al lenguaje del cine e incluso de la publicidad. Uno de ellos cuenta en media hora una propaganda de televisión de treinta segundos en la que una gota de salsa de tomate, que cae del piso 22 de un edificio, desata una balacera en pleno centro de Bogotá.
Diego Camargo, el cuentero que olvida a uno de sus protagonistas al comienzo de este artículo, también es autor de un relato bisilábico en 174 palabras. Pero como es difícil que el personaje se suicide de dos balazos, pide permiso al público para tomarse una licencia y termina con un fulminante: pum—pum.
Estos juegos narrativos de relato en el relato constituyen la principal ruptura del movimiento con la tradición. Se inspiran en la literatura postmoderna, en obras como Si en una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Los cuenteros colombianos han logrado así conquistar para el cuento en general un público urbano educado por los medios de comunicación y que hoy llena plazas públicas y salas de teatro.
Ya sea con cuentos ancestrales o postmodernos, los narradores orales están devolviendo a los latinoamericanos el rito de escuchar historias, esos imborrables momentos de comunión iniciados por padres y abuelos a través de los primeros cuentos. Un espectáculo que suele provocar una emoción inédita en un mundo regido por la omnipresente pantalla: la comunicación directa, de tú a tú, entre un público y un ser humano de carne y hueso que lo mira a los ojos y le exige aguzar la imaginación para no pasar al lado del único cuento sobre la tierra que, quizás, podrá redimirlo.


1. Ver “Cuentos de espantos y aparecidos”, Ed. Atica, Brasil, 1984, p. 6-7.

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