Vuelvo a pensar a menudo
en ese día del año pasado. Era el 27 de mayo, día siguiente
a mi cumpleaños. Acababa de cumplir 28 y francamente no tenía ganas
de ir a trabajar, pero, como dice el aforismo ucranio: “Hiba hotchech, mousych!”
(¡Quieras o no, tendrás que ir!).
Esa mañana, como de costumbre, antes de que la ambulancia saliera a las calles
de Kiev, practiqué todos los controles de rigor. El médico había
llenado los formularios de llamada, una colega había verificado el material.
En resumen, cuando todos estuvimos listos, emprendimos la marcha.
Nuestro servicio de urgencias recibe llamadas de todo tipo. Pero la mayoría
de las veces tenemos que atender enfermedades cardiovasculares o gástricas,
envenenamientos diversos y, desde luego, traumatismos.
Así pues, de las diez de la mañana a las cuatro de la tarde recorrimos
la ciudad de acuerdo con un ritual cotidiano. Tal vez a causa de los caprichos de
la meteorología en esa primavera, los ataques cardíacos eran frecuentes.
Algunos enfermos eran atendidos a domicilio, otros eran trasladados al hospital de
guardia. A un hombre le había caído un tonel de 200 litros en una pierna.
Precio de su imprudencia: fractura de un pie…
Luego tuvimos que lidiar con dos locos del volante. Tras la colisión, uno
sufría traumatismo cerebral y contusión en el tórax. El otro
daba vueltas a nuestro alrededor y gesticulaba desesperadamente tratando de convencernos
de que no conducía a demasiada velocidad, que apenas había empinado
el codo, sólo unas cervezas, aunque beber al volante esté prohibido
en Ucrania.
Hacia las cinco y media recibimos una llamada. Se nos informaba que el herido ya
no daba señales de vida. Corrimos. Era un vagabundo. Estaba borracho perdido,
incapaz de la más mínima reacción. Fuimos tres las muchachas
que entramos –soy la mayor de las tres–, a levantar a esa “criatura de Dios”, pobre
y sucia, para instalarla en una camilla y arrastrarla hasta la ambulancia. Nuestro
chófer, por cierto, nos ayudó, pero ningún hombre, y menos aún
una mujer, puede conformarse con un trabajo semejante.
Todos somos hijos de Dios, y nadie tiene derecho a juzgar a este vagabundo. ¿Quién
puede saber por qué ha caído tan bajo? Los grandes cambios que se han
producido en nuestro país en los últimos quince años han dado
a algunos la posibilidad de hacerse muy ricos, pero han sumido a otros en la pobreza,
y éstos últimos, por desgracia, son la gran mayoría. Pero hay
otra cosa que me deja asombrada. Antes, disponíamos de un servicio especializado
para los casos de este tipo y de centros de tratamiento del alcoholismo con personal
masculino y robusto. Era indispensable: para nosotros “beber” no significa lo mismo
que en Occidente. Pero hace poco, algunos burócratas decidieron liquidar esos
establecimientos, probablemente por razones económicas; y encomendaron la
“recogida” de borrachos a los servicios de urgencia.
Los
grandes cambios que se han producido en Ucrania en los últimos quince años
han dado a algunos la posibilidad de hacerse muy ricos, pero han sumido a otros en
la pobreza.
El
nuestro se despierta y decide que ha llegado el momento de “presentarse”. Me agarra
la pierna y empieza a tirarme hacia él. Grito. El chófer para y viene
a auxiliarme. Lo calma golpeándole con un objeto contundente. El incidente
queda zanjado en un abrir y cerrar de ojos, pero las manos me siguen temblando un
buen rato. Esta vez hemos tenido suerte. Nuestro “cliente” duerme sin hacer ruido
ni moverse, así que, para asegurarnos de que sigue vivo, tenemos que tomarle
el pulso.
Hay veinte kilómetros por recorrer hasta el hospital y otros tantos para regresar,
en medio de los atascos, es tiempo suficiente para hacerse algunas preguntas. Ésta,
por ejemplo: ¿para qué ir a la escuela durante diez años y seguir
después varios cursos de formación superior –tres años para
ser enfermera, seis para ser médico– si se trata sólo de recoger borrachos?
En momentos así me da la sensación de que mi profesión, mis
conocimientos, mis ocho años de experiencia son inútiles. ¡Qué
inmensa decepción!
Antes
disponíamos de centros de tratamiento del alcoholismo. Pero hace poco, algunos
burócratas decidieron liquidar esos establecimientos, probablemente por razones
económicas..
Pero
basta de pensamientos sombríos. Dentro de dos meses, me voy de vacaciones
con mi novio a orillas del Mar Negro. Antes iba allí con mis padres, pero
de eso hace mucho tiempo. Parece un sueño… Queremos detenernos en Feodocia,
la ciudad en la que vivió Ayvasovsky, el pintor de marinas. Después
iremos más al sur, a Sudak y Novi Svet, allí donde el príncipe
Galitzín ordenó excavar galerías para producir un champaña
premiado en 1900 en la Exposición Universal de París. Muy cerca se
encuentra la gruta donde el cantante Chaliapin, famoso en el mundo entero, daba recitales
improvisados. Además, me han hablado de un bosquecillo de enebros con aromas
tan sutiles que es imposible describirlos con palabras. Conozco el perfume de la
rosa, la lila o la lavanda, pero no sé cómo huele el enebro.
Pienso visitar también el monasterio de Toplovski, de la santa mártir
Paraskeva. Después de la Revolución de Octubre, los soviéticos
instalaron el koljós Besboshnik (El Ateo) en tierras del monasterio. Entonces
las tres fuentes sagradas se secaron. A comienzos de los años noventa, cuando
los lugares fueron devueltos a la Iglesia Ortodoxa, el agua volvió a brotar,
y, desde entonces, acuden peregrinos de todas partes para beberla y tocarla. Conozco
todo esto por relatos y fotos. Pero, ahora que creo en la Divina Providencia, espero
verlo con mis propios ojos.
Una nueva llamada nos lleva a un callejón sin salida, cerca de la estación,
donde alguien ha encontrado a un muchacho sin conocimiento. Suena la sirena. Nos
adentramos en lo desconocido, hacia un lugar sin calles ni viviendas. Es casi medianoche. |

Ucrania |
Cifras clave
Población
(1999): 50 millones
Superficie: 604.000 km2
Tasa de alfabetización
en los adultos
(1998): 99,6%
Esperanza de vida (1998): 69 años
Porcentaje de la población incapaz
de subvenir a sus necesidades básicas: 50%
PNB / habitante (en dólares)
1989: 2.610
1999: 750 |
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