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Un día en la vida de Galina, enfermera en Kiev…
Texto de Galina Komarnitska y fotos de Reiner Riedler. Reiner Riedler nació en Austria hace 33 años y es fotógrafo desde los 12. Entre 1994 y 1995 realizó un extenso reportaje sobre los sin techo en Viena. Galina Komarnitska es enfermera ucrania.

En estas fotos hay personas que se parecen a mí. Al verlas, he sentido el impulso de dar a conocer mi trabajo, mis dificultades y parte de mis sueños a otras gentes de otros continentes.
Vuelvo a pensar a menudo en ese día del año pasado. Era el 27 de mayo, día siguiente a mi cumpleaños. Acababa de cumplir 28 y francamente no tenía ganas de ir a trabajar, pero, como dice el aforismo ucranio: “Hiba hotchech, mousych!” (¡Quieras o no, tendrás que ir!).
Esa mañana, como de costumbre, antes de que la ambulancia saliera a las calles de Kiev, practiqué todos los controles de rigor. El médico había llenado los formularios de llamada, una colega había verificado el material. En resumen, cuando todos estuvimos listos, emprendimos la marcha.
Nuestro servicio de urgencias recibe llamadas de todo tipo. Pero la mayoría de las veces tenemos que atender enfermedades cardiovasculares o gástricas, envenenamientos diversos y, desde luego, traumatismos.
Así pues, de las diez de la mañana a las cuatro de la tarde recorrimos la ciudad de acuerdo con un ritual cotidiano. Tal vez a causa de los caprichos de la meteorología en esa primavera, los ataques cardíacos eran frecuentes. Algunos enfermos eran atendidos a domicilio, otros eran trasladados al hospital de guardia. A un hombre le había caído un tonel de 200 litros en una pierna. Precio de su imprudencia: fractura de un pie…
Luego tuvimos que lidiar con dos locos del volante. Tras la colisión, uno sufría traumatismo cerebral y contusión en el tórax. El otro daba vueltas a nuestro alrededor y gesticulaba desesperadamente tratando de convencernos de que no conducía a demasiada velocidad, que apenas había empinado el codo, sólo unas cervezas, aunque beber al volante esté prohibido en Ucrania.
Hacia las cinco y media recibimos una llamada. Se nos informaba que el herido ya no daba señales de vida. Corrimos. Era un vagabundo. Estaba borracho perdido, incapaz de la más mínima reacción. Fuimos tres las muchachas que entramos –soy la mayor de las tres–, a levantar a esa “criatura de Dios”, pobre y sucia, para instalarla en una camilla y arrastrarla hasta la ambulancia. Nuestro chófer, por cierto, nos ayudó, pero ningún hombre, y menos aún una mujer, puede conformarse con un trabajo semejante.
Todos somos hijos de Dios, y nadie tiene derecho a juzgar a este vagabundo. ¿Quién puede saber por qué ha caído tan bajo? Los grandes cambios que se han producido en nuestro país en los últimos quince años han dado a algunos la posibilidad de hacerse muy ricos, pero han sumido a otros en la pobreza, y éstos últimos, por desgracia, son la gran mayoría. Pero hay otra cosa que me deja asombrada. Antes, disponíamos de un servicio especializado para los casos de este tipo y de centros de tratamiento del alcoholismo con personal masculino y robusto. Era indispensable: para nosotros “beber” no significa lo mismo que en Occidente. Pero hace poco, algunos burócratas decidieron liquidar esos establecimientos, probablemente por razones económicas; y encomendaron la “recogida” de borrachos a los servicios de urgencia.

Los grandes cambios que se han producido en Ucrania en los últimos quince años han dado a algunos la posibilidad de hacerse muy ricos, pero han sumido a otros en la pobreza.

El nuestro se despierta y decide que ha llegado el momento de “presentarse”. Me agarra la pierna y empieza a tirarme hacia él. Grito. El chófer para y viene a auxiliarme. Lo calma golpeándole con un objeto contundente. El incidente queda zanjado en un abrir y cerrar de ojos, pero las manos me siguen temblando un buen rato. Esta vez hemos tenido suerte. Nuestro “cliente” duerme sin hacer ruido ni moverse, así que, para asegurarnos de que sigue vivo, tenemos que tomarle el pulso.
Hay veinte kilómetros por recorrer hasta el hospital y otros tantos para regresar, en medio de los atascos, es tiempo suficiente para hacerse algunas preguntas. Ésta, por ejemplo: ¿para qué ir a la escuela durante diez años y seguir después varios cursos de formación superior –tres años para ser enfermera, seis para ser médico– si se trata sólo de recoger borrachos? En momentos así me da la sensación de que mi profesión, mis conocimientos, mis ocho años de experiencia son inútiles. ¡Qué inmensa decepción!

Antes disponíamos de centros de tratamiento del alcoholismo. Pero hace poco, algunos burócratas decidieron liquidar esos establecimientos, probablemente por razones económicas..

Pero basta de pensamientos sombríos. Dentro de dos meses, me voy de vacaciones con mi novio a orillas del Mar Negro. Antes iba allí con mis padres, pero de eso hace mucho tiempo. Parece un sueño… Queremos detenernos en Feodocia, la ciudad en la que vivió Ayvasovsky, el pintor de marinas. Después iremos más al sur, a Sudak y Novi Svet, allí donde el príncipe Galitzín ordenó excavar galerías para producir un champaña premiado en 1900 en la Exposición Universal de París. Muy cerca se encuentra la gruta donde el cantante Chaliapin, famoso en el mundo entero, daba recitales improvisados. Además, me han hablado de un bosquecillo de enebros con aromas tan sutiles que es imposible describirlos con palabras. Conozco el perfume de la rosa, la lila o la lavanda, pero no sé cómo huele el enebro.
Pienso visitar también el monasterio de Toplovski, de la santa mártir Paraskeva. Después de la Revolución de Octubre, los soviéticos instalaron el koljós Besboshnik (El Ateo) en tierras del monasterio. Entonces las tres fuentes sagradas se secaron. A comienzos de los años noventa, cuando los lugares fueron devueltos a la Iglesia Ortodoxa, el agua volvió a brotar, y, desde entonces, acuden peregrinos de todas partes para beberla y tocarla. Conozco todo esto por relatos y fotos. Pero, ahora que creo en la Divina Providencia, espero verlo con mis propios ojos.
Una nueva llamada nos lleva a un callejón sin salida, cerca de la estación, donde alguien ha encontrado a un muchacho sin conocimiento. Suena la sirena. Nos adentramos en lo desconocido, hacia un lugar sin calles ni viviendas. Es casi medianoche.

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Cristina, abandonada a los dos meses de edad, en el hospital estatal de Konotop.


Después de la escuela, un momento consagrado a la lectura.


Las matemáticas son más difíciles de aprender cuando no hay calefacción en las aulas.

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photo Un vendedor en el mercado de Ternopil.




photo Un niño juega con una lagartija en el campamento de verano para huérfanos.

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Ucrania
Cifras clave
Población (1999): 50 millones
Superficie: 604.000 km2
Tasa de alfabetización
en los adultos
(1998): 99,6%
Esperanza de vida (1998): 69 años
Porcentaje de la población incapaz
de subvenir a sus necesidades básicas: 50%
PNB / habitante (en dólares)
1989: 2.610
1999: 750

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