Hace
400 años, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por afirmar, entre otras
cosas, que cada estrella del cielo era un sol igual al nuestro y que el espacio era
infinito. La ciencia moderna ha demostrado que el astrónomo italiano estaba
en lo cierto. Nuestro universo tiene unas inconmensurables dimensiones, orígenes
misteriosos y objetivos impredecibles.
Las fronteras de la cosmología exploradas en este número superan con
mucho la escala humana. Utilizando la conocida teoría del Big Bang (18-20; 26-27),
los científicos han desplegado telescopios, matemáticas y colisiones
de partículas a fin de acercarse cada vez más a los primeros momentos
de la creación. ¿Fue una explosión increíblemente violenta
la que dio origen al universo primitivo? (21) ¿Vivimos
en una franja distorsionada de la realidad, incapaces tanto de observar la estructura
profunda de la materia (22-23) como
de discernir esa gigantesca ilusión óptica que es en realidad el universo
(24-25)?
En todo caso, pese a los esfuerzos de las nuevas teorías por responder a cada
una de nuestras preguntas, la ciencia podría estar llegando a sus propios
límites. La absoluta improbabilidad de la vida sigue careciendo de explicación
(28-29) y
ninguna teoría del cosmos está libre de profundos supuestos metafísicos
(30-31).
¿Dios podría volver a ser la respuesta a nuestras dudas, siglos después
de haber sido desplazado de los cielos (31-34)? ¿O
es sólo un Dios-comodín, que puede ser sustituido por una teoría
científica de múltiples universos reciclados, no muy alejada del mito
hindú de la creación (35-36)?
El consuelo reside en nuestros inefables y sublimes orígenes. El costo (ver
relato en la p.37)
podría ser enterarnos de que todo lo que quedará de nosotros será
un rumor apenas perceptible. |