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Del cero a
la eternidad
George Ellis, profesor de Matemáticas Aplicadas de la Universidad de Ciudad
del Cabo (Sudáfrica), autor de Before the Beginning (Bowerdean/Marion
Boyar, 1993). |

Ecos del universo primitivo: imagen satelital de vestigios de radiación.
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Un
siglo de pioneros
1905: Albert
Einstein formula la teoría de la relatividad.
1912: Ernest Rutherford descubre el núcleo del átomo.
1924: Se establecen las ecuaciones fundamentales de la mecánica cuántica.
1929: Edwin Hubble revela que el universo está en expansión.
1950: El astrónomo Fred Hoyle lanza la expresión humorística
“Big Bang”, cuyo empleo perdurará.
1965: Descubrimiento del fondo difuso cosmológico (radiación de ondas
milimétricas).
1981: Alan Guth presenta la primera versión de la teoría de la inflación
cósmica.
2000: Primera prueba experimental del Campo de Higgs —la fuerza que da una masa a
las partículas.
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“Toda
la teoría del universo está dirigida a un solo individuo: a ti.”
Walt
Whitman,
poeta estadounidense, 1819-1862
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A medida
que el universo se fue expandiendo y enfriando se constituyeron gradualmente unidades
más grandes y más complejas.
Creíamos que la expansión del universo se reducía por la fuerza
de gravedad de toda materia, pero en realidad parece irse acelerando. |
El
Big Bang es hoy la explicación científica admitida del nacimiento del
universo y de los comienzos de su evolución, pero es mucho aún lo que
queda por descubrir..
El objeto de la cosmología
es determinar la naturaleza del universo en la mayor escala observable, y explicar
así cómo llegó a ser lo que es en la actualidad. Descartada
durante mucho tiempo como una empresa fundamentalmente filosófica sin más
base que unas raras observaciones esporádicas, esta rama de la ciencia ha
experimentado una extraordinaria transformación en los últimos cincuenta
años, convirtiéndose en un conjunto impresionante de conocimientos
sobre el universo, rico en datos y vinculado con los últimos adelantos de
la física nuclear y de partículas.
En primer lugar, esta disciplina se vale de los más sofisticados instrumentos,
a fin de amplificar y analizar la radiación1 increíblemente débil
que nos llega de la materia muy distante. Ahora es posible observar hasta distancias
casi inconcebibles el diámetro aparente, la intensidad de la radiación
y el número de galaxias lejanas y de cuásares. Cuando se conjugan estos
datos con las teorías de la física –las leyes matemáticas que
indican el comportamiento de la materia y la radiación– el resultado es algo
que hace un siglo pocos científicos habrían creído posible:
un “modelo físico uniforme” de cosmología, suficientemente completo
como para retrotraernos hasta los primerísimos segundos de la existencia del
universo, en los que se formaron los núcleos atómicos. Menos definida
y más especulativa, es una ciencia que promete llevarnos aún más
lejos, posiblemente hasta el umbral mismo de la creación.
La estructura básica del universo visible en su mayor escala se entiende ya
bien: hay enormes extensiones de espacio vacío pobladas con más o menos
uniformidad por conjuntos de galaxias, cada una de las cuales es una configuración
dinámica de unos 100.000 millones de estrellas separadas por polvo y gases.
Además, se conoce el movimiento fundamental del cosmos: una expansión
uniforme de esos conjuntos de galaxias, con distancias entre ellos que no cesan de
aumentar también en todas direcciones. Si extrapolamos este movimiento hacia
atrás en el tiempo, obtenemos una densidad y una temperatura cada vez más
elevadas de la materia y la radiación que, en un momento dado del pasado remoto
–en condiciones de calor extremas– estaban estrechamente unidas. Las estimaciones
sobre el momento en que se originó apuntan a hace 10.000 millones de años.
Dadas las increíbles temperaturas (más de mil millones de grados centígrados)
de esta fase inicial, la materia sólo existía en forma de partículas
sumamente elementales, en equilibrio con la radiación. Era imposible que estructuras
complejas sobrevivieran al bombardeo de rayos con tal calor. Pero a medida que el
universo se fue expandiendo y enfriando se constituyeron gradualmente unidades más
grandes y más complejas: para empezar, en los primerísimos segundos
del cosmos, protones y neutrones se formaron a partir de quarks, que figuran entre
las unidades de materia más primitivas cuya existencia se conoce. Luego, sólo
unos minutos después del comienzo del universo, protones y neutrones pudieron
combinarse para formar núcleos atómicos ligeros, un proceso conocido
como nucleosíntesis.
Unos 300.000 años más tarde se constituyeron átomos completos
a partir de esos núcleos y electrones, un episodio denominado recombinación.
Fue entonces cuando la radiación, hasta entonces atrapada por electrones flotantes,
pudo separarse (o desacoplarse) de la materia y circular libremente durante miles
de millones de años-luz, enfriándose durante todo ese tiempo debido
a la expansión del universo: de una temperatura de unos 3.000 grados Kelvin
en el momento de la emisión, bajó a 2,75 grados Kelvin (–270 grados
centígrados). Esta radiación, conocida como fondo difuso cosmológico,
nos brinda el mejor mapa de que disponemos actualmente sobre los momentos iniciales
del universo.
Una vez constituidos átomos completos –de hidrógeno y helio, fundamentalmente–
la gravitación pudo concentrar la materia para formar la primera generación
de estrellas; éstas se agruparon en galaxias, que a su vez se reunieron en
conjuntos de galaxias.
Algunas estrellas de la primera generación desaparecieron en explosiones masivas
de supernovas, esparciendo en el espacio los elementos de vida orgánica constituidos
en su interior por reacciones nucleares sucesivas. Las nubes de polvo resultantes
fueron la cuna de las estrellas de segunda generación, rodeadas de planetas,
en las que las moléculas orgánicas pudieron finalmente encontrar medios
hospitalarios para engendrar las primeras células vivas y dar origen así
a seres vivos complejos (ver
también p. 26-27).
Existen varias razones esenciales para dar crédito a esta visión de
la historia de nuestro universo.
Así pues, la comunidad científica ha dado por buena esta historia del
cosmos. Tenemos pruebas palpables de que el universo emergió a gran velocidad
de una bola de fuego inicial, aunque lo remoto que resulta este fenómeno –y
la inmensidad del espacio– deja evidentemente una infinidad de incógnitas
sin resolver, en especial cuando tratamos de entender sus orígenes.
Ahora bien, las observaciones recientes han precisado muchos detalles sobre la estructura
y la historia del cosmos. Hemos logrado evaluar la cantidad de materia presente en
el universo, en especial estudiando los movimientos de las galaxias y sus conjuntos.
A partir de esas cifras, hemos deducido la presencia de gran cantidad de una misteriosa
“materia oscura”, materia que no puede detectarse por una radiación emitida
como la luz, por la sencilla razón de que no brilla. La composición
de esa materia oscura es totalmente diferente de la de la materia ordinaria.
También hemos logrado evaluar mucho mejor que antes la distancia de las galaxias
muy lejanas, en especial observando en ellas las explosiones de supernovas y midiendo
el debilitamiento de la luz debido a la agonía de esas estrellas calcinadas.
Ello nos llevó a otro descubrimiento inesperado. Creíamos que la expansión
del universo se reducía por la fuerza de gravedad de toda materia, pero en
realidad parece irse acelerando. Cabe atribuir este fenómeno a una forma de
energía oscura que, a diferencia de la materia oscura antes mencionada, actúa
como un campo de gravitación negativo, impulsando a toda la materia a alejarse
aún más deprisa. Así pues, parece ahora claro que el universo
va a expandirse indefinidamente.
Las teorías sobre el nacimiento de las galaxias y los conjuntos de galaxias
dieron lugar también a una intensa investigación. Así, hemos
logrado representarnos en términos generales la aparición de las estructuras
de gran tamaño a partir de pequeñas variaciones de la densidad en el
universo primitivo.
Pero estas conclusiones dejan pendiente una pregunta importante: ¿Cómo
explicar que el universo sea tan homogéneo (es decir, uniforme) en todas direcciones,
cuando contiene también las mínimas diferencias de densidad que fueron
el germen de las futuras galaxias?
El concepto esencial de inflación –periodo de expansión sumamente rápida,
que se fue acelerando, en la primerísima fracción de segundo de la
vida del universo– posiblemente explique ambas características. Una expansión
tan prodigiosa tuvo en primer lugar que dejar el espacio totalmente liso, antes de
que las fluctuaciones cuánticas2 de esta fuerza inicial crearan áreas
de densidades marginalmente distintas. Es posible que la expansión, en sus
fases de inflación primero, y de desaceleración después, haya
propagado esas variaciones insignificantes a regiones de las dimensiones de los conjuntos
de galaxias. Y ulteriormente la fuerza de gravedad atrajo la materia durante miles
de millones de años hacia las estrellas y galaxias que ahora nos son familiares.
Por último, algunos estudios en curso sobre los espectros distantes abren
vías muy interesantes, pues sugieren que la naturaleza misma de la física
podría ser diferente a grandes distancias, en las zonas cuya radiación
recibimos miles de millones de años después de su emisión. ¿Es
posible que las constantes de la naturaleza varíen con el tiempo? Si así
fuera, se trataría de un descubrimiento de trascendental importancia.
Es seguro que en los años y decenios venideros aumentarán considerablemente
la cantidad y la calidad de las observaciones cósmicas, permitiendo un progreso
que nos ayudará a definir el modelo que corresponde mejor a nuestra región
observable del universo.
Pero incluso una vez elaborado este modelo, numerosos enigmas quedarán por
resolver. ¿Cómo relacionar lo que sabemos de la gravitación
cuántica3, en especial, la creación del universo, con la teoría
cosmológica? ¿Y si las leyes de la naturaleza no fueran las mismas
en el universo inicial? ¿Cuán frecuente es la vida en el universo?
¿Podría crearse de otra manera un universo que permitiera la vida inteligente?
Queda así establecido el marco de reflexión sobre los principales problemas
filosóficos en el contexto de la unicidad del cosmos. La ciencia por sí
sola nunca logrará resolver estas cuestiones, pero podrá en todo caso
señalar con más claridad las bases físicas sobre las que se
plantean.
1. La radiación
es la corriente de energía que atraviesa partículas subatómicas.
Este término abarca las ondas radiofónicas, las microondas, los rayos
infrarrojos, la luz visible, los rayos X y los rayos gamma.
2. Según la mecánica cuántica –la ciencia de la energía
y las partículas a niveles subatómicos– las ondas de energía
tienden a fluctuar de manera aleatoria.
3. La gravitación cuántica es la teoría, hasta ahora desconocida,
del funcionamiento de la gravitación a nivel cuántico. Se estima que
operaba en el momento de la creación del universo. |
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Objetivos
de la investigación cosmológica
¿Cuáles
son los grandes problemas que quedan por resolver? En primer lugar, quisiéramos
saber más sobre la geometría del universo, dentro como fuera de la
zona observable. En gran escala, esta región parece sumamente simple, puesto
que es espacialmente homogénea e isótropa (de igual apariencia en todas
direcciones). Pero sus grandes parámetros sólo son conocidos de manera
aproximada. El margen de incertidumbre de nuestras estimaciones sobre la edad del
universo es de alrededor de 20%. Es necesario que sean más precisas, así
como las de la “energía oscura” que provoca su expansión acelerada.
Nos preguntamos también si hay secciones del espacio encerradas en sí
mismas y si, en ese caso, la magnitud de este fenómeno es tal que vivimos
en un “pequeño universo” en el que vemos múltiples reflejos de las
mismas galaxias (ver
pp.24-25).
En segundo lugar, nos interesa saber de qué está hecho el universo:
ignoramos qué tipo de materia compone su densidad y en qué consiste
la fuerza que provoca su expansión. Ahondar en el conocimiento de esos aspectos
nos ayudará a saber por qué surgieron las grandes estructuras en el
universo.
En tercer lugar, deseamos entender mejor el universo de los primerísimos instantes.
¿Qué desencadenó la potente expansión cósmica?
¿Qué la precedió? ¿Cuáles fueron las características
de la creación? ¿Existen hipótesis al margen de la creación?
Hay una multiplicidad de tesis opuestas; todas muy difíciles de probar. Para
avanzar tenemos que profundizar al máximo nuestro conocimiento de la física
de las partículas, a fin de realizar experimentos sobre las interacciones
presentes en el momento de la creación e inmediatamente después. Pero,
por mucho que los llevemos adelante, nunca podremos lograr los niveles de energía
necesarios para descifrar experimentalmente los secretos de la gravitación
cuántica.
Así pues, no todo es demostrable en las leyes que rigen el análisis
cosmológico de la creación. Nuestra tarea es elaborar una teoría
física coherente, que sea confirmada por los experimentos.
En cuarto lugar, ¿cómo vincular la teoría y la observación
en el contexto excepcional de una ciencia que tiene un solo objeto de estudio: el
universo existente? En este caso, no contamos con ningún análisis de
los límites de la prueba científica. La idea de un “conjunto de universos”
(un “multiverso”) podría ayudarnos a superar este obstáculo.
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