
La nebulosa de Ojo del Gato. A 3.000 años luz de nuestro sistema
solar.
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“Lo
contrario de un enunciado correcto es un enunciado falso. Pero lo contrario de una
profunda verdad bien puede ser otra profunda verdad.”
Niels
Bohr, físico danés, 1885-1962
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La
cosmología nos ha permitido revivir los primeros instantes de la existencia
del universo. Sin embargo, cuanto más multiplica la ciencia sus revelaciones,
más aumentan las preguntas que deja sin responder.
¿Está la ciencia
a punto de explicar de una vez por todas el misterio de la existencia? Así
lo afirman algunos científicos destacados. Según ellos, las teorías
físicas unificadoras, como la teoría de las cuerdas, conjugadas con
versiones perfeccionadas del Big Bang, nos proporcionarán muy pronto una “teoría
del Todo”. Según la descripción de físicos como Stephen Hawking,
esta teoría del Todo será una especie de revelación mística
que transformará definitivamente el “¡Oh!” lleno de perplejidad que
suscita la contemplación de la naturaleza en un “¡Ajá!” terminante.
Si la perspectiva de un mundo sin interrogantes sobrecoge a algunos en vez de entusiasmarlos,
lo cierto es que pueden estar tranquilos, ya que jamás se realizará.
Una de las grandes contradicciones de la ciencia moderna es que cuanto más
nos enseña sobre la existencia, más misteriosa se vuelve.
El
algo y la nada
Empecemos por una pregunta sumamente simple: ¿Por qué hay algo en lugar
de no haber nada? Por formidable que sea la teoría del Big Bang, es incapaz
de decirnos cómo y por qué ese Big Bang se produjo en primer lugar.
Según la mecánica cuántica, recuerdan algunos físicos,
en el vacío pululan partículas llamadas virtuales que de pronto pasan
a ser reales antes de desaparecer nuevamente; de ello concluyen que quizás
el universo en su totalidad haya empezado como una especie de partícula virtual.
Pero los físicos honrados reconocen que no tienen la menor idea de por qué
hay algo en lugar de nada. En definitiva, ¿de dónde vinieron las leyes
de la mecánica cuántica, que se supone permitieron la creación
cuántica?
Pasemos a la pregunta siguiente: ¿Por qué tiene el universo la apariencia
que le conocemos y no otra? ¿Por qué se ciñe a estas leyes de
la naturaleza y no a otras? La menor modificación de esas leyes habría
cambiado radicalmente la realidad. Habría bastado que la gravitación
fuese un poquito más fuerte para que el universo detuviera su expansión
casi inmediatamente después del Big Bang y se derrumbara en un agujero negro,
o que fuese apenas más débil para que el universo se dispersara con
tal rapidez que jamás se hubieran formado estrellas, galaxias y planetas.
El físico Lawrence Krauss estima que había aproximadamente tantas posibilidades
de que la gravitación fuese lo suficientemente fuerte para permitir la creación
del cosmos como las que hay de adivinar con precisión el número de
átomos que contiene el sol.
Tomemos a continuación el enigma de la vida. El biólogo Richard Dawkins
afirmó un día que la vida “ya no era un misterio”, pues éste
había sido aclarado por la teoría de Darwin: la evolución por
selección natural. Pero lo cierto es que la vida sigue siendo un perfecto
enigma, pese a todas las claves que brindan las teorías evolucionistas o los
paradigmas biológicos más modernos, como la genética y la biología
molecular. Ninguna de estas ciencias puede decirnos por qué la vida apareció
en la Tierra en primer lugar, ni tampoco si se trataba de un acontecimiento previsible
o de una contingencia altamente improbable.
Aunque Dawkins y otros sostengan que la vida es un fenómeno ineludible que
se da en todo el universo, no hay ninguna prueba científica que abone esta
tesis. Tras decenios de investigaciones, ningún rastro de vida se ha descubierto
en otras partes del universo. Y, hasta donde llegan nuestros conocimientos, aquí
en la Tierra la vida apareció sólo una vez, hace unos 3.500 millones
de años. Por otra parte, cuanto más tratan los científicos de
recrear la vida en laboratorio, mayor es su incertidumbre en cuanto a sus orígenes.
Francis Crick, galardonado con el Premio Nobel, deploraba un día que “el origen
de la vida fuese casi un milagro, por ser tantas las condiciones indispensables para
que se iniciara”. Aclaremos que Crick es un agnóstico próximo al ateísmo.
Sólo
el Homo Sapiens inventa radios
Muchos científicos sostienen que, una vez sentadas las bases de la vida en
la Tierra, pasó muy poco tiempo antes de que surgiera una especie tan compleja
como la nuestra. Pero la historia de la vida en la Tierra contradice esa afirmación.
Durante 80% aproximadamente de los 3.500 millones de años transcurridos desde
su aparición, la vida sólo se manifestó en organismos unicelulares
como las bacterias o las algas. Luego se produjo un acontecimiento —cuya naturaleza
exacta los biólogos probablemente nunca llegarán a conocer— que inauguró
la era de los tribolites, triceratops y otras criaturas multicelulares.
El paleontólogo Stephen Jay Gould ha destacado el papel decisivo de la contingencia
—el mero azar— en la aparición del Homo Sapiens. Si la vida en la Tierra volviera
a partir de cero un millón de veces, piensa Gould, es muy probable que nunca
más produjera mamíferos y, menos aún, una criatura como el Homo
Sapiens. También el biólogo Ernst Mayr considera que la humana es la
única forma de vida de toda la galaxia, incluso de todo el universo, capaz
de inventar radios y otras técnicas de comunicación. Por eso estima
condenada al fracaso la búsqueda de inteligencias extraterrestres por medio
de radiotransmisiones de esa misma índole.
Según Steven Weimberg, especialista en física de las partículas,
“cuanto más comprensible parece el universo, más absurdo parece”. Mi
propio análisis de la ciencia me sugiere el siguiente aforismo: “Cuanto más
comprensible parece el universo, más improbable resulta.” Y lo más
improbable de todo el universo es sin duda este amasijo de materia capaz de dejarse
carcomer por esa improbabilidad. |