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Los mitos
de la ciencia
Marcelo Gleiser, brasileño, profesor de Física en Dartmouth College,
autor de The Dancing Universe: From Creation Myths to the Big Bang (Plume,
1998). |

El mundo heliocéntrico según Copérnico.
El
deslumbramiento del hombre por la Naturaleza siempre estuvo asociado al miedo a la
muerte. |
El
mito, la religión y la ciencia han tratado casi siempre de responder a la
eterna pregunta de por qué existe algo en lugar de nada.
Desde los albores de
la civilización, la humanidad se ha maravillado contemplando el cielo y las
múltiples obras de la Naturaleza. Este deslumbramiento estuvo siempre estrechamente
asociado al miedo: la doble función de la Naturaleza, que crea y destruye,
ha alterado y polarizado nuestras percepciones del cosmos. Para controlar hasta cierto
punto el carácter aleatorio de los fenómenos naturales, se atribuyeron
a los dioses esas manifestaciones de signo contrario o, dicho de otro modo, se divinizó
la Naturaleza.
La pregunta de por qué existe algo en lugar de nada forma parte indisociable
de ese proceso. Todas las culturas han tratado de explicar el misterio de la creación,
y nuestra tradición científica moderna no se sustrae a esta regla.
Más sorprendente sea tal vez la curiosa correspondencia que existe entre las
explicaciones que daban las mitologías y las que propone la investigación
científica. La gran diferencia estriba en que el procedimiento científico
excluye toda explicación que no se ajuste a fenómenos observables,
mientras que la fe es el único fundamento de las teorías que tienen
su origen en los mitos.
La
mente de Dios
Cabe distinguir dos tipos de mitos relacionados con la creación: aquéllos
para los que el cosmos apareció en un momento dado en el tiempo, marcando
el principio de la historia, y los que sostienen que siempre existió. Los
primeros conciben el tiempo linealmente, con un principio, un transcurso y un final,
como en el Cristianismo. Para los segundos, el tiempo carece de importancia o es
cíclico. Tanto unos como otros presentan múltiples variantes. En los
“mitos sin creación” caben dos posibilidades: el cosmos es eterno, como sostiene
el Jainismo en la India, o es cíclico y se encuentra en un proceso constante
de creación y destrucción, que la danza de Shiva ilustra maravillosamente
en el Hinduismo.
El primero y el más común de los “mitos con creación” apela
a una o varias deidades creadoras del mundo, como en el relato judeo-cristiano del
Génesis. Otra posibilidad es que el mundo apareciera de la nada, sin intervención
de un dios, que es lo que significa este canto de los maoríes de Nueva Zelandia
: “de la nada la generación, de la nada el crecimiento…” La última
posibilidad es que el mundo haya surgido espontáneamente de un Caos primordial
en el que el orden coexiste con el desorden y el Ser con el No Ser.
El aspecto religioso de la creación ha impregnado el pensamiento científico
desde sus orígenes en la antigua Grecia, en el siglo VI a.C. Cuando los filósofos
griegos consideraban los mecanismos físicos que habían creado el mundo
y regían sus movimientos, muchos de ellos daban por sentado un principio organizador
basado en un plan racional, que Platón atribuía a un “Demiurgo” y Aristóteles
a un “Motor Inmóvil”. Platón era el auténtico heredero de la
tradición pitagórica, para la que el mundo era una manifestación
del Número, dispuesta y combinada para producir las armonías que perciben
los sentidos. Comprender la Naturaleza era pues comprender a Dios o, según
un aforismo muy citado, “la mente de Dios”.
Esta tradición resurgió en Occidente durante el Renacimiento con la
aparición de la ciencia moderna. Todos los grandes filósofos de la
naturaleza que propiciaron la Revolución de Copérnico eran, en mayor
o menor grado, hombres profundamente religiosos, para los que la labor científica
formaba parte integrante de su fe. El propio Copérnico era canónigo
de la catedral de Frombork y, revolucionario sin querer, trataba de conciliar el
orden de las esferas celestes con el ideal platónico del movimiento circular
a velocidad constante. Su modelo de sistema solar, que remite a la vez a Platón
y a los principios estéticos de su época, representa un compromiso
elegante entre la antigüedad y la modernidad. Copérnico dedicó
al Papa Paulo III su gran obra, Seis libros sobre las revoluciones de los orbes celestes,
con la esperanza de que la Iglesia reconociera la necesidad de una nueva interpretación
de las Escrituras a la luz de los nuevos conocimientos astronómicos.
La Revolución Copernicana llegó a producirse gracias a la obra de Giordano
Bruno y, sobre todo, de Johannes Kepler y Galileo Galilei. Kepler, muy influido por
la corriente pitagórica del número místico, pensaba que la geometría
era la clave de la armonía del cosmos. Sus tres leyes del movimiento planetario
constituyen un perfecto ejemplo de cómo la producción científica
de una inteligencia poderosa puede convertirse en el subproducto de un sistema de
creencias combinado con un análisis de datos.
El
mito de la verdad última
Los conflictos de Galileo con la Iglesia, hoy famosos, se debían también
a sus creencias. Hombre piadoso (y excesivamente confiado), se impuso como misión
imprimir un nuevo rumbo a la teología cristiana, tratando de convencer a los
dignatarios de la Iglesia de la importancia de aceptar la nueva configuración
del universo. El choque era inevitable, y en 1633 Galileo se vio obligado a retractarse
de su adhesión a las teorías de Copérnico. Sin embargo, poco
después de que Isaac Newton expusiera en 1687 sus tres leyes del movimiento
y su teoría de la gravitación universal, quedó generalmente
reconocido que el sol era el centro del universo. Según Newton, el cosmos,
infinito por su extensión y sublime en su propósito, era una manifestación
de la gloria de Dios.
El universo curvo de Einstein vino a sustituir en el siglo XX al universo newtoniano.
Einstein demostró cómo la materia y la energía pueden curvar
el espacio y modificar el curso del tiempo, dotando a ambos de una plasticidad sin
precedente. La manifestación más espectacular de sus teorías
es la expansión del propio Universo, descubierta por Edwin Hubble en 1929.
Una vez más la cuestión de los orígenes volvió a mortificar
a los científicos: si el Universo está en expansión, hubo un
momento en el tiempo en que toda la materia estaba comprimida en un volumen pequeñísimo.
La Astronomía proclamaba que, después de todo, el Universo tenía
efectivamente un origen. El desacuerdo surgió en la Universidad de Cambridge
con la proposición de un “modelo estable”, según el cual el Universo
nunca había tenido un principio en el tiempo. La mayoría de los cosmólogos
abandonaron esta teoría en el decenio de 1960, cuando se descubrió
que todo el cosmos está inmerso en un baño de radiaciones de microondas,
y desde entonces se acepta el “modelo del Big Bang”, por ser el que más se
ajusta a los datos que se poseen.
¿Puede “explicar” la ciencia el enigma inmemorial de la Creación? Se
pueden proponer, y de hecho se han propuesto, al menos en los últimos treinta
años, modelos físicos que describen el origen del cosmos, pero todos
ellos topan con un serio impedimento técnico, al no haber una teoría
adecuada que explique los procesos físicos en las enormes escalas de energía
imperantes en los primeros momentos de la historia del universo. Se podría
calificar a estos modelos, al menos mientras sigan careciendo de un fundamento teórico
más sólido, de mitos de la ciencia. Sin embargo, es difícil
descartar todos los modelos. A lo más que podemos aspirar es a un modelo viable
de los orígenes del cosmos que sea compatible con las observaciones y modificable
a la vez. La investigación científica es, en definitiva, un proceso
en curso, no existe una verdad última, sólo aproximaciones a la verdad.
Además la ciencia, al menos tal y como hoy la entendemos, no puede responder
a preguntas sobre su propio origen: no sabemos por qué el Universo funciona
según las leyes que hemos descubierto y no otras. Esta insuficiencia, que
es consustancial al quehacer científico, abre la vía a una nueva forma
de complementariedad entre la ciencia y la religión; la finalidad de ésta
no es colmar las lagunas del saber científico, sino actuar como una fuerza
generadora de la inspiración científica. Nuestro afán de conocimientos
nos permite descubrir nuestra verdadera naturaleza, estimulados por la misma sensación
de misterio que maravillaba y espantaba a nuestros antepasados. |
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