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Ciencia y
religión: el eterno debate
Dominique
Lambert, profesor de la Universidad Notre-Dame de la Paix, Namur, Bélgica. |

Simulación numérica de un agujero negro

Dios, arquitecto del universo.
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“Las
religiones mueren cuando se prueba su veracidad. La Ciencia tiene el récord
de religiones muertas.”
Oscar
Wilde, poeta y dramaturgo irlandés, 1854-1900
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“El
cerebro es más grande que el cielo, si los pones uno junto al otro el primero
contiene al segundo y, sin dificultad, te incluye a ti también.”
Oscar
Wilde, homme d’esprit, poète et dramaturge irlandais (1854-1900)
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La
ciencia y la religión, ¿son amigas inseparables o enemigas hostiles?
¿Puede un tercer elemento, la filosofía, servir de puente entre ambas?
“Había dos vías
para llegar a la verdad, y decidí seguir ambas”, declaraba Georges Lemaître,
uno de los padres de la cosmología física contemporánea, que
era también sacerdote1. “Nada en mi trabajo, nada de lo que aprendí
en mis estudios científicos o religiosos me hizo modificar este punto de vista.
No tengo que superar ningún conflicto. La ciencia no quebrantó mi fe
y la religión nunca me llevó a interrogarme sobre las conclusiones
a las que llegaba por métodos científicos.”
¿Qué interacciones existen entre las ciencias contemporáneas
y las teologías, entendidas como discursos que dan una explicación
racional de una tradición religiosa? ¿Están totalmente disociadas
o, por el contrario, imbricadas, o sólo son complementarias?
Georges Lemaître, partidario del “discordismo”, sostiene que los planteamientos
científicos y el enfoque teológico son diametral y herméticamente
opuestos. Y que se encuentran tan distantes que no pueden influir uno en otro.
Sobre este último punto, otros partidarios de este modelo adoptan una postura
diferente. Según el “principio NOMA” (Non-Overlapping Magisteria —magisterios
no superpuestos) invocado por el paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould2,
las ciencias y las religiones son magisterios que imparten conocimientos, que no
se invaden unos a otros, pero que no por ello están absolutamente separados.
Permiten un diálogo continuo. Gould utiliza la metáfora del agua y
el aceite. Esos dos elementos no se mezclan, pero su contacto es íntimo.
Una
interacción fructífera
Error, replican los adeptos de un segundo modelo, llamado “concordista”: los datos
científicos pueden servir directamente a las teologías. Conceptos de
los dos ámbitos pueden corresponder –concordar– por pares. Así, entre
el Big Bang y la Creación hay una interacción fructífera. Pero
este modelo plantea numerosos interrogantes.
La variante del “concordismo” llamada del “Dios comodín” cae de lleno en este
fallo. Ejemplo: como los científicos no tienen una teoría de la gravitación
cuántica para describir la evolución del universo en los primeros instantes
que siguieron al Big Bang, se le atribuye a la creación divina. Dios no aporta
aquí ningún elemento de explicación; pasa a ser una mera causa
física inmersa en otras causas físicas.
El “discordismo” evita este escollo a la vez que permite un diálogo sereno
y respetuoso entre científicos y teólogos, negándose a recurrir
a los saberes de uno de estos ámbitos para hacer avanzar al otro. Pero, ¿no
existe el riesgo de que la separación sea demasiado tajante, hasta el punto
de privar a unos y otros de elementos útiles para su propia reflexión?
De ahí que surja un tercer modelo que, contrariamente al “concordismo”, rechaza
toda fusión entre ciencias y teologías. Sin embargo, establece un diálogo
indirecto entre ellas, gracias a la mediación que ofrece una tercera disciplina,
la filosofía en sentido amplio.
En el punto de partida de este modelo se da por sentado que la ciencia suscita inevitablemente
dilemas filosóficos que la superan, como las cuestiones de sentido o de ética.
Por su parte, los filósofos pueden recurrir a las diversas tradiciones religiosas
para dar respuestas adecuadas. Éstas sirven al científico no para avanzar
en sus investigaciones en sentido estricto, sino para ayudarlo a resolver las preguntas
que todo ser humano se plantea. Y, sobre todo, las teologías pueden aprovechar
a su vez el trabajo filosófico suscitado y fecundado por las ciencias. Esta
trayectoria de las ciencias hacia las teologías es fruto de una labor que
ha de reanudarse constantemente en función del progreso de los conocimientos
científicos. En una primera etapa, este traslado suscita interrogantes y,
en una segunda etapa, brinda respuestas filosóficas confrontadas con las teologías.
¿Causas
naturales o intervención divina?
Volvamos al ejemplo del Big Bang. Un científico “concordista” podría
afirmar que no es más que la creación del mundo, en sentido teológico.
Ahora bien, esa afirmación no sería científicamente legítima:
la física sólo se basa en causas naturales mientras que la creación,
en sentido teológico, obedece a una intervención divina y, por ende,
“meta-física”.
La posición “discordista”, que pretende impedir todo diálogo entre
cosmología y teología acerca del mismo Big Bang, tampoco resulta satisfactoria.
En efecto, una reflexión filosófica intermedia sobre el sentido del
Big Bang como principio físico del cosmos puede ayudar al teólogo a
explicitar y precisar los nexos y las diferencias existentes entre los conceptos
de principio físico, origen metafísico y creación divina, y
a precisar mejor el sentido estrictamente teológico de esta última.
La creación en sentido teológico puede significar el surgimiento del
mundo en su ser en virtud de una causalidad divina, pero puede significar también
una relación mediante la cual Dios sostiene constantemente al universo en
su existencia, confiriéndole el ser. Este “surgimiento” no puede concebirse
como la iniciación de un proceso situado en el tiempo físico puesto
que es justamente el que genera el espacio, el tiempo y la materia. Del mismo modo,
no puede mirarse esta “relación creadora” como una causalidad física,
puesto que es precisamente la causa de todas las causas físicas.
De este esclarecimiento filosófico podrán emanar nuevas maneras de
expresar, en teología, las relaciones entre el tiempo y la eternidad, entre
el Mundo y Dios. Como contrapartida, dará también lugar a un mejor
conocimiento del alcance y los límites de las ciencias.
Así pues, para unos, ciencias y religiones son amigos inseparables pero profundamente
diferentes; para otros, amigos cuyos lazos sólo existen gracias a la intervención
de un tercero en discordia; para otros aún, amigos que son auténticos
mellizos, y, por último, dos individuos a los que no une ninguna amistad,
ya que nunca se encuentran. Relaciones, pues, que van de la fusión a la fisión.
1. Entrevista
al New York Times Magazine, 19 de febrero de 1933.
2. Et Dieu dit: “Que Darwin soit”, Seuil 2000, París. |
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Opiniones
(Entrevistas
realizadas por Ivan Briscoe)
Steven
Weinberg*: Hacia una teoría definitiva
“Estoy razonablemente
seguro de que habrá una teoría definitiva gracias a la cual podrán
explicarse todas las irregularidades de la naturaleza, pero también estoy
razonablemente seguro de que dejará un misterio sin resolver: ¿Por
qué la teoría no es algo diferente, por ejemplo, que no hay absolutamente
nada, o bien sólo dos partículas girando eternamente en órbita
una en torno a otra? Lo más que podemos pretender descubrir es una teoría
lógicamente frágil, en el sentido de que cualquier cambio que experimente
acarree contradicciones lógicas.
En un nivel más prosaico, hay límites de la ciencia que no son tan
radicales, pero que probablemente no seremos capaces en lo práctico de superar.
Por ejemplo, es muy posible que la teoría definitiva sea algo así como
la teoría de las cuerdas, pero no consigo imaginar cómo podríamos
producir directamente estructuras que son diez elevado a 17 veces menores que las
descubiertas en el laboratorio hasta ahora. Asimismo, hay una categoría importante
de teorías cosmológicas según las cuales nuestro Big Bang es
uno de los muchos que se producen a lo largo y a lo ancho del universo, aunque en
principio nunca podremos observar los demás. En ambos casos la teoría
será válida si sus previsiones sobre los fenómenos que podemos
observar son correctas.
Al igual que en la religión, cualesquiera que sean las razones que invoque,
siempre surgirá el porqué: ¿Por qué tiene que haber divinidades
con determinadas características? En realidad, cuanto mayores son los conocimientos
de física que uno adquiere, menos entiende cuál puede ser la finalidad.”
* Profesor de Física de
la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos; Premio Nobel de Física
(1979).
John
Leslie*: En la mente de Dios
“La cosmología
puede darnos explicaciones hipotéticas que realmente vale la pena tomar en
serio. Pero, de momento, la ciencia no puede confirmarnos que esas versiones sean
correctas. Se intenta explicarnos cómo nació el universo, con las leyes
de la física como trasfondo, pero cabe preguntarse por qué hay leyes
de la física, y por qué deben aplicarse a algo.
Imaginemos una situación de vacío total. ¿Qué elemento
en tal situación podría haber desencadenado la creación del
universo? Reconozcamos para empezar que una situación de vacío total
sería imposible, porque se darían numerosos hechos de todo tipo, por
ejemplo que 2+2=4. No me parece que estos hechos puedan descartarse así, con
sólo privar de existencia al universo, porque son hechos que suponen posibilidades
y que persisten pase lo que pase. También habría fenómenos éticos:
por ejemplo, sería un hecho que en cierto modo el vacío resultaría
negativo puesto que en su lugar podría haber algo realmente bueno, un cosmos
maravilloso.
Si Platón tenía razón al pensar que el valor en sí actúa
creativamente, el cosmos tendría que ser entonces el mejor posible. Se compondría
de un número infinito de mentes, conocedoras cada una de todo lo que vale
la pena saber: mentes que podríamos calificar de divinas. La estructura del
universo no sería más que una de las cosas dignas de conocerse, y todos
nosotros existiríamos dentro de una de estas mentes divinas. Se trata de una
visión panteísta, según la cual la estructura del cosmos es
lisa y llanamente la estructura del pensamiento divino.”
* Catedrático emérito
de Filosofía, Universidad de Guelph, Canadá; autor de Universes (Routledge,
1996).
Michael
Heller*: Los límites del saber científico
“Los científicos
se sienten muy tentados a confundir los límites de la racionalidad con los
límites del método científico o, dicho de manera más
pintoresca, de identificar los límites del método con los límites
del universo. Esta tentación es tan fuerte porque el método científico
es la forma más sencilla de racionalidad y puede distinguir con eficacia una
información científicamente válida de otra que no lo es. La
naturaleza del Big Bang es un problema exclusivamente científico. “Explicarlo”
como un resultado de la acción de Dios equivale a atribuir el trueno al mal
humor de Zeus. Pienso que la cuestión realmente importante es otra, a saber,
¿de dónde vienen las leyes de la física?
Actualmente hay dos maneras de responder a esta pregunta. Una es mostrar que en un
nivel fundamental reina la anarquía más completa y que las leyes de
la física son sólo la consecuencia de procesos circunstanciales puramente
fortuitos. La otra es imaginar el conjunto de todos los universos posibles, cada
uno de ellos regido por leyes físicas diferentes. Resulta entonces que vivimos
en un universo sumamente ordenado, porque en todos los demás la vida de seres
como nosotros no existe. Pero ¿pueden esas probabilidades ofrecer una explicación
definitiva? ¿Por qué el universo –o el conjunto de todos los universos–
tiene esta propiedad de la probabilidad? Creo que en este punto tocamos los verdaderos
límites de nuestro entendimiento del universo.
La única manera de librarse de estas preguntas es no formularlas. Pero eso
iría en contra de un criterio de racionalidad crítica: uno no ha de
cejar en su búsqueda de nuevos argumentos siempre que quede algo que argumentar.”
* Profesor
de la Facultad de Filosofía de la Academia Pontificia de Teología de
Cracovia, Polonia.
Tsevi
Mazeh*: La belleza del mundo
“La ciencia
no puede decirnos por qué y para qué, y en cierto modo la ciencia se
limita a los detalles técnicos de cómo funciona el mundo. Pienso que
no hay problema en afirmar que Dios estaba al comienzo, que Dios echó a rodar
el mundo y dictó la reglas que lo rigen. Ahora bien, por lo que respecta a
la intervención de Dios en la historia del universo, es algo en lo que creo,
pero que no puedo entender plenamente.
Mi religión (judaísmo ortodoxo) no influye en mi trabajo como astrónomo,
pero me permite apreciar al Creador y la belleza del mundo. En un curso que he estado
dando sobre las estrellas binarias hay una fórmula matemática que describe
perfectamente el movimiento de las estrellas. Para mí es un milagro que la
mente humana pueda encontrar instrumentos matemáticos tan hermosos para explicar
el movimiento del mundo; me parece uno de los milagros del mundo creado por Dios.
Como en el capítulo primero del Génesis, hay que distinguir entre lo
esencial y los detalles. Lo esencial es el mensaje teológico: hay un Dios
único. Cuando se escribió la Biblia, esto era una revolución
total. El autor del Génesis tenía que transmitir el mensaje en términos
cosmológicos, y escogió la cosmología de la época. No
podía mencionar el Big Bang, la velocidad de la luz o los átomos. En
cambio, se expresó de manera comprensible para la gente de su tiempo.”
* Profesor
de Astronomía de la Universidad de Tel Aviv, Israel.
Lee
Smolin*: La evolución cosmológica
“Un punto
esencial es entender la armonía del universo: ¿cómo fue posible
que los parámetros reguladores de las partículas elementales y sus
interacciones estuviesen sincronizados y equilibrados de tal modo que haya surgido
un universo tan variado y complejo? La probabilidad de que un universo creado con
parámetros elegidos al azar contenga estrellas es de una entre 10229.
El universo es improbable, y es improbable en el sentido de que tiene una estructura
mucho más compleja de lo que habría sido si sus leyes y condiciones
iniciales se hubieran elegido de forma más arbitraria. Buscamos entonces algún
tipo de explicación que pueda comprobarse, que pueda refutarse, y que se base
en alguna hipótesis sobre los fenómenos naturales. En términos
generales, la biología y la selección natural son los ejemplos más
satisfactorios de una teoría que aborda tales aspectos.
Tratándose del universo, esto nos lleva a la hipótesis de una selección
cosmológica natural: dicho de otro modo, que nuestras partículas elementales
son tal y como las observamos porque gracias a ellas la producción de agujeros
negros y, por ende, la de nuevos “universos”, es mucho más probable.
De ser cierto que el Big Bang no fue el comienzo del principio sino un episodio procedente
de otra parte del universo, como un agujero negro o alguna otra cosa con una estructura
previa, es entonces muy posible que las observaciones efectuadas durante los próximos
decenios nos resulten útiles –al igual que el estudio de las ondas en el agua
permite determinar la forma de la piedra que las ha provocado.”
* Profesor de Física de
la Universidad del Estado de Pennsylvania, autor de The Life of the Cosmos (Oxford
University Press, 1997).
Seyyed
Hossein Nasr*: Que sea, y fue…
“Por su naturaleza,
la ciencia sólo puede ocuparse de un nivel de la existencia, la existencia
física. La ciencia se basa también en el estudio de lo que pasa en
el tiempo y en el espacio. Por consiguiente, el científico se acerca al principio,
pero no puede llegar al comienzo propiamente dicho pues éste se encuentra
más allá de la existencia material y de las dimensiones espacial y
temporal. En cambio, la mayor parte de las religiones —con excepciones, como el confucianismo—
se han ocupado del origen del universo.
Los que, como yo, aceptan el punto de vista religioso, tienen mucho que decir sobre
los orígenes del universo. Creemos que la realidad que lo generó nos
entregó también una revelación para explicar su origen. En el
Islam, esta revelación procede en primer lugar del Corán, que describe
la creación del universo como resultante de la palabra de Dios, citada en
el conocido versículo del capítulo 36 en el que Dios afirma “Que sea,
y fue.”
Hasta el siglo XVII, de Oriente a Occidente, la finalidad de la ciencia fue estudiar
las huellas de la sabiduría de Dios en Su creación. Pero la filosofía
cartesiana que sirve de fundamento a la revolución científica estableció
una división entre el sujeto que conoce y el objeto conocido: la ciencia moderna
estimó que su meta era el estudio de la mera cantidad, y descartó todos
los aspectos cualitativos de la naturaleza –todos sus elementos espirituales.
Cada diez años surgen nuevas teorías y opiniones cosmológicas.
Pero no me parece que ellas nos permitan progresar realmente en el conocimiento de
la estructura última del universo, pues son muchas las incógnitas que
quedan por resolver.
* Catedrático de Estudios
Islámicos de la Universidad George Washington
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