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2. El cosmos, Dios y nosotros
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Callejón sin salida | Los mitos de la ciencia |Ciencia y religión: el eterno debate|De manteca y agua: la Creación hindú |Fresco |
Fresco
Un cuento de Alastair Reynolds. Autor de Revelation Space (Victor Gollancz, 2000), trabaja como científico en la División de Astrofísica de la Agencia Espacial Europea.
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Júpiter y dos de sus lunas.

El día que los seres azules dejaron de transmitir, el vigilante estaba haciendo su ronda del Ojo, canturreando entre los demás robots de mantenimiento.
   Junto al corazón del Ojo –inmenso radiotelescopio flotante más allá de la órbita de Júpiter– había un gigantesco depósito esférico que había servido antaño para almacenar el agua necesaria para los seres humanos durante la fase de construcción. Habían vivido allí, además, en cabinas presurizadas rodeadas de agua, protegidos de las radiaciones.
Ya se habían marchado hacía mucho tiempo, pero quedaba el depósito de color azul noche, como un enorme lienzo virgen, pensaba el vigilante.

III

Antes del Ojo, ningún radiotelescopio había tenido la sensibilidad suficiente para captar señales de origen inteligente en medio de las interferencias del ruido cósmico de fondo, pero con él había sido el delirio: una avalancha de conocimientos que casi sobrepasaban el entendimiento humano. Sin embargo, los mensajes indicaban que la humanidad seguía estando sola. Todas las señales procedían de otras galaxias, a menudo de distancias limítrofes con los confines del cosmos, y habían sido emitidas cientos de millones de años antes, cuando los dinosaurios eran todavía la última ocurrencia de la evolución.
Pero había algo más inquietante aún que la soledad. A cada instante el Ojo recibía mensajes de un centenar de civilizaciones, pero cada una de ellas sólo había dado señales de vida durante unos pocos siglos y había enmudecido después. El total permanecía más o menos constante, ya que siempre estaban surgiendo nuevas especies que descubrían la radioastronomía, pero todas ellas estaban predestinadas a durar relativamente poco. Durante unos cuantos siglos gloriosos difundían su cultura por el cielo.
Pero después –solía coincidir con el momento en que empezaban a descubrir algunas de las cosas más interesantes que se podían hacer con las partículas subatómicas– dejaban de emitir.
Por lo general sin aviso previo.

III

No hubiera debido ser motivo de preocupación para el vigilante.
Pero, al dirigir el Ojo, observó que se apegaba mucho a algunas culturas transmisoras. Permanecía absorto en sus historias respectivas, le fascinaban la flora, la fauna y las posibilidades de cada una de ellas.
Tarareaba su música y admiraba sus obras de arte.
Y esperaba con profunda y creciente tristeza el día que siempre supo que tendría que llegar, el súbito y estrepitoso silencio de aquella región del cielo.

III

Se trasladó a la parte del Fresco que recibía las emisoras de una galaxia lejana de la constelación del Escultor.
El vigilante había trazado vagamente en el depósito las líneas correspondientes a la longitud y la latitud del cielo. Exactamente en las coordenadas de la civilización transmisora había dibujado una galaxia en espiral muy parecida a la nuestra, un remolino impresionista de blanco y ocre. Era una de las primeras galaxias que había pintado y, aunque había hecho progresos desde entonces –casi todas las del Fresco estaban mejor trazadas –,tenía para él un encanto particular al que no sabía resistirse.
A una distancia de dos tercios del centro, el vigilante había señalado el emplazamiento del sistema solar de la cultura transmisora.
Pensaba: unos seres azules y acuáticos, dotados de tentáculos, con un sistema de reproducción tan complicado que le había llevado decenios averiguar cuántos sexos tenían. Su música había resultado aún más enrevesada; de entrada sonaba como un ahogo sincronizado. Pero el vigilante había perseverado y al cabo de poco tiempo había llegado a sorprenderse a sí mismo tarareando algunos de los fragmentos más accesibles.
Pero ahora se habían ido.
Silencio.

III

Entonces, nada.
Con el corazón lleno de tristeza, pero enardecido a la vez por la solemnidad de labor que tenía que llevar a cabo, el vigilante preparó la cantidad exacta de sombra de color azul noche que precisaba y, cuando estuvo lista, la fue aplicando cuidadosamente a la galaxia hasta hacerla desaparecer, del mismo modo que un restaurador elimina una mancha de un cuadro. Al vigilante se le daba muy bien este trabajo y, cuando estuvo terminado, no quedaba ni el menor indicio de que la galaxia hubiera existido alguna vez.
El Fresco estaba al día, pero no transcurriría mucho tiempo antes de que hubiera que modificarlo otra vez.
El arte dura, se dijo, pero la vida es breve.

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