
Júpiter y dos de sus lunas. |
El día que los
seres azules dejaron de transmitir, el vigilante estaba haciendo su ronda del Ojo,
canturreando entre los demás robots de mantenimiento.
Junto al corazón del Ojo –inmenso radiotelescopio flotante
más allá de la órbita de Júpiter– había un gigantesco
depósito esférico que había servido antaño para almacenar
el agua necesaria para los seres humanos durante la fase de construcción.
Habían vivido allí, además, en cabinas presurizadas rodeadas
de agua, protegidos de las radiaciones.
Ya se habían marchado hacía mucho tiempo, pero quedaba el depósito
de color azul noche, como un enorme lienzo virgen, pensaba el vigilante.
III
Antes del
Ojo, ningún radiotelescopio había tenido la sensibilidad suficiente
para captar señales de origen inteligente en medio de las interferencias del
ruido cósmico de fondo, pero con él había sido el delirio: una
avalancha de conocimientos que casi sobrepasaban el entendimiento humano. Sin embargo,
los mensajes indicaban que la humanidad seguía estando sola. Todas las señales
procedían de otras galaxias, a menudo de distancias limítrofes con
los confines del cosmos, y habían sido emitidas cientos de millones de años
antes, cuando los dinosaurios eran todavía la última ocurrencia de
la evolución.
Pero había algo más inquietante aún que la soledad. A cada instante
el Ojo recibía mensajes de un centenar de civilizaciones, pero cada una de
ellas sólo había dado señales de vida durante unos pocos siglos
y había enmudecido después. El total permanecía más o
menos constante, ya que siempre estaban surgiendo nuevas especies que descubrían
la radioastronomía, pero todas ellas estaban predestinadas a durar relativamente
poco. Durante unos cuantos siglos gloriosos difundían su cultura por el cielo.
Pero después –solía coincidir con el momento en que empezaban a descubrir
algunas de las cosas más interesantes que se podían hacer con las partículas
subatómicas– dejaban de emitir.
Por lo general sin aviso previo.
III
No hubiera
debido ser motivo de preocupación para el vigilante.
Pero, al dirigir el Ojo, observó que se apegaba mucho a algunas culturas transmisoras.
Permanecía absorto en sus historias respectivas, le fascinaban la flora, la
fauna y las posibilidades de cada una de ellas.
Tarareaba su música y admiraba sus obras de arte.
Y esperaba con profunda y creciente tristeza el día que siempre supo que tendría
que llegar, el súbito y estrepitoso silencio de aquella región del
cielo.
III
Se trasladó
a la parte del Fresco que recibía las emisoras de una galaxia lejana de la
constelación del Escultor.
El vigilante había trazado vagamente en el depósito las líneas
correspondientes a la longitud y la latitud del cielo. Exactamente en las coordenadas
de la civilización transmisora había dibujado una galaxia en espiral
muy parecida a la nuestra, un remolino impresionista de blanco y ocre. Era una de
las primeras galaxias que había pintado y, aunque había hecho progresos
desde entonces –casi todas las del Fresco estaban mejor trazadas –,tenía para
él un encanto particular al que no sabía resistirse.
A una distancia de dos tercios del centro, el vigilante había señalado
el emplazamiento del sistema solar de la cultura transmisora.
Pensaba: unos seres azules y acuáticos, dotados de tentáculos, con
un sistema de reproducción tan complicado que le había llevado decenios
averiguar cuántos sexos tenían. Su música había resultado
aún más enrevesada; de entrada sonaba como un ahogo sincronizado. Pero
el vigilante había perseverado y al cabo de poco tiempo había llegado
a sorprenderse a sí mismo tarareando algunos de los fragmentos más
accesibles.
Pero ahora se habían ido.
Silencio.
III
Entonces,
nada.
Con el corazón lleno de tristeza, pero enardecido a la vez por la solemnidad
de labor que tenía que llevar a cabo, el vigilante preparó la cantidad
exacta de sombra de color azul noche que precisaba y, cuando estuvo lista, la fue
aplicando cuidadosamente a la galaxia hasta hacerla desaparecer, del mismo modo que
un restaurador elimina una mancha de un cuadro. Al vigilante se le daba muy bien
este trabajo y, cuando estuvo terminado, no quedaba ni el menor indicio de que la
galaxia hubiera existido alguna vez.
El Fresco estaba al día, pero no transcurriría mucho tiempo antes de
que hubiera que modificarlo otra vez.
El arte dura, se dijo, pero la vida es breve.
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